Predicas Cristianas

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Publicada el 18.02.2017 a las 23:45h.

Predicas cristinas te enseña sobre la palabra de Dios, daremos a conocer por este medio la escrituras inspiradas por el espíritu santo de Dios para conocimiento de la verdad, Nosotros como el cuerpo de Jesucristo somos llamados a dar a conocer el don de salvación a la vida eterna ó las buenas nuevas de salvacion.

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Último acceso 28.06.2020

Como triunfar sobre la tentación

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Como triunfar sobre la tentación

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La palabra tentación tiene un significado distinto para cada persona. Algunos tienen problemas para controlar su lengua, en tanto que otros batallan con el impulso de usar drogas o de consumir demasiado alcohol. Muchos luchan una guerra secreta con sus apetitos sexuales. No importa con lo que... Ver mas
La palabra tentación tiene un significado distinto para cada persona. Algunos tienen problemas para controlar su lengua, en tanto que otros batallan con el impulso de usar drogas o de consumir demasiado alcohol. Muchos luchan una guerra secreta con sus apetitos sexuales.
No importa con lo que usted esté luchando, sepa que no está solo, que no es la única persona que tiene dificultades para tomar las decisiones correctas.

La tentación ha sido definida como “la atracción a cometer un acto imprudente o inmoral, especialmente por una recompensa ofrecida (o percibida)”. Eso es lo que hace que el proceso de tomar una decisión produzca mucha tensión. La buena opción puede parecer poco atractiva superficialmente, en tanto que la negativa tiene un atractivo especial.

Sentimos tensión cuando estamos decidiendo entre lo que debemos y lo que no debemos hacer. Esta lucha no es imaginaria; el cuestionamiento “debo o no debo” no es un ejercicio intelectual aislado. Se está librando una verdadera guerra dentro de nosotros.
La raíz de este conflicto se llama pecado. Por naturaleza todos hemos nacido pecadores y estamos separados de Dios; es decir, tenemos un deseo nato de vivir como queremos en lugar de hacerlo como Dios lo prescribe. La única solución para esta separación de Dios está en su Hijo Jesucristo que murió en la cruz para pagar el castigo por el pecado y reconciliarnos a Dios (Romanos 6:23; Juan 3:16).

¿Por qué parece tan bueno?

Cuando aceptamos el hecho de que Cristo ya pagó por el pecado y confiamos en Él como salvador, oficialmente hemos muerto al pecado. ¿Qué quiere decir esto? Muerto significa que el pecado ya no tiene poder para forzarnos a hacer o pensar nada (Romanos 6:1-3, 10-14). Por supuesto que el pecado todavía existe como influencia, pero su reinado ha sido destruido; tiene acceso a nosotros, pero no autoridad sobre nosotros. Somos libres para optar en contra del pecado; su dominio ha sido destrozado . Como creyentes, somos libres para decir “no”.
En Cristo tenemos una vida nueva y un espíritu nuevo (2 Corintios 5:17). El Espíritu Santo que habita en nosotros desde el momento en que depositamos nuestra confianza en Jesús, nos capacita para elegir la obediencia en lugar de la rebeldía. Aún así, la atracción hacia el pecado a veces puede ser demasiado fuerte.

El atractivo es real

Es importante entender que nuestros deseos naturales nos fueron dados por Dios y que son legítimos. Por ejemplo, no hay nada malo en querer comer. Pero cuando queremos comer más, o menos, de lo que debemos, o queremos estar a la moda aunque de alguna manera perjudique nuestro cuerpo, el deseo es ilegítimo. Siempre que sobrepasemos los límites del amor que Dios ha estipulado entramos en terreno pecaminoso.
La primera reacción cuando caemos en tentación es culpar a otra persona o atribuirlo a defectos de nuestra personalidad. “Mi amigo me empujó a hacerlo”, tratamos de explicar; o: “Así me educaron mis padres; no puedo evitarlo”. Esa táctica de desviar la culpa hacia los demás no es nueva. Cuando Dios buscó a Adán en el Huerto del Edén después de haber pecado, Adán culpó a Eva (Génesis 3:12).

¿Por qué hacemos esto? Es difícil admitir que el problema está en nosotros. Es probable que muchas veces hayamos oído la excusa: “El diablo me obligó a hacerlo”, y que nosotros mismos la hayamos usado. En efecto, frecuentemente Satanás juega un papel en la tentación; pero esa frase simplemente no es verdad.

Satanás jamás puede obligarnos a hacer nada. Su poder se limita a la manipulación y al engaño (2 Corintios 11:3); Juan 8:44). Puede impulsarnos a tener muchos deseos de hacer o decir algo, pero literalmente no puede forzarnos a hacerlo. Sí, Satanás es un enemigo formidable y su intención de hacernos caer en sus trampas y sus lazos nunca cambia. El Señor Jesús nos advirtió: “. . él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44).
La Palabra de Dios en 1 Tesalonicenses 3:5 y Mateo 4:3 se refiere a Satanás como el tentador, el responsable de inducir a muchos a descarriarse. Constantemente busca nuestros puntos débiles y vulnerables y los explota cuando tiene oportunidad de hacerlo (1 Pedro 5:8). No obstante, como nos asegura Job 1:12, sus facultades son limitadas por Dios.

Por otra parte, Dios no nos tienta a pecar; su carácter no le permite hacerlo. De ninguna manera puede el Dios santo y todopoderoso estar asociado con el pecado. Santiago 1:13-14 dice: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni Él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido”.

No importan ni la presión, ni los incentivos, ni los detalles atractivos, la Escritura dice claramente que nosotros somos los responsables de nuestro pecado y nadie más. Cuando somos tentados, podemos decir sí o no; la decisión es nuestra. Y pese a la influencia fuerte y negativa de la tentación podemos hacer la elección correcta con la ayuda de Dios. Al reconocer la verdadera naturaleza del conflicto, estamos preparados para poner la Palabra de Dios en acción ante cualquier desafío.
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¿Por qué somos quebrantados?

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Por qué Dios Permite que atravesemos tiempos difíciles ¿Por qué somos quebrantados? Cuando fijamos nuestra vista en el logro de nuestros objetivos, perdemos de vista los objetivos de Dios para nosotros. Debemos quebrar nuestro intenso amor hacia nosotros mismos si es que vamos a permitir que el amor de Dios nos envuelva y nos llene. Por Charles Stanley Un joven me dijo: “Hace dos años que soy cristiano y ¡no puedo decirle cuán diferente es mi vida ahora! Luego, en un tono de voz muy serio y pensativo, añadió: “Sin embargo, algunas veces me pregunto por qué tuve que atravesar... Ver mas
Por qué Dios Permite que atravesemos tiempos difíciles
¿Por qué somos quebrantados?
Cuando fijamos nuestra vista en el logro de nuestros objetivos, perdemos de vista los objetivos de Dios para nosotros. Debemos quebrar nuestro intenso amor hacia nosotros mismos si es que vamos a permitir que el amor de Dios nos envuelva y nos llene.
Por Charles Stanley


Un joven me dijo: “Hace dos años que soy cristiano y ¡no puedo decirle cuán diferente es mi vida ahora!
Luego, en un tono de voz muy serio y pensativo, añadió: “Sin embargo, algunas veces me pregunto por qué tuve que atravesar experiencias tan horribles antes de venir al Señor. Yo era alcohólico. Utilizaba a las personas. Me metí en problemas con la ley y estuve muy cerca de matar a un par de personas porque tuve un accidente mientras conducía bajo la influencia del alcohol. Hubiera querido que Dios me salvara mucho antes”.
Entonces le respondí: “Tal vez había algo en ti que debía morir antes de que pudieras vivir cabalmente”.
El joven pensó por un momento en lo que le había dicho. “Sí, usted tiene razón. Yo no estaba listo para dejar lo que llamaba la buena vida, hasta hace unos dos años y medio. Hasta ese momento pensaba que tenía una gran vida. Recién ahora me doy cuenta de lo terrible que era la vida que estaba llevando.”

Antes de que cualquiera de nosotros pueda vivir completamente de la manera que Dios quiere, debe morir al deseo de controlar su propia vida o de vivir de acuerdo con sus propios planes y voluntad.

Algo tiene que morir para que comience la vida
Un pasaje importante en las Escrituras acerca del quebrantamiento se encuentra en Juan 12:24-25. Al preparar a sus discípulos para su crucifixión y resurrección, Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24).
Mientras tenga un grano en su mano, tendrá solamente ese grano. Puede ponerlo sobre el piso del granero, sobre el marco de una ventana, o hasta debajo de una cúpula de vidrio, o puede guardarlo por siempre. Sin embargo, seguirá siendo un solo grano. De su interior no saldrá nada. Con el tiempo se pudrirá y se convertirá en polvo.

Pero cuando uno toma esa semilla y la introduce en el suelo y la cubre con tierra fértil, el calor del sol y la humedad de la tierra obrarán conjuntamente sobre la cáscara exterior de ella. Antes de que pase mucho tiempo, la cáscara exterior se rompe y un pequeño brotecito verde comienza a abrirse paso a través de la tierra hasta que con el tiempo traspasa la superficie y sale a la luz del sol. Una raíz comienza a crecer hacia abajo, y ancla la semilla a la tierra. La semilla en sí desaparece mientras el tallo crece y con el tiempo produce una espiga de trigo o una mazorca de maíz. Esa espiga de trigo o mazorca de maíz produce docenas de granos, cada uno de los cuales posee la capacidad de crecer y convertirse a su vez en una planta.
De un solo grano de trigo, una persona podría llegar a plantar cientos de miles de hectáreas. Lo único que tendría que hacer es volver a plantar todos los frutos de un grano, y luego todos los frutos de sus granos, y seguir así sucesivamente.
Jesús estaba enseñando que en tanto que el grano permaneciera solo (sin que nadie lo plantara y sin que se rompiera) no podría llevar fruto. Por supuesto, describía lo que le estaba por suceder. En tanto que Jesús permanecía vivo, unas pocas personas podrían ser sanadas, unas pocas se beneficiarían con sus milagros, unas pocas se volverían a Dios a través de sus enseñanzas y de su predicación, pero en última instancia, el mundo seguiría sin recibir el perdón.
Para que su vida se pudiera extender y multiplicar, Jesús tenía que morir. Una vez que hubiera muerto y resucitado, su vida podría multiplicarse millones de veces, tal como ha sucedido a través de los siglos.
Quienes lo hemos recibido como nuestro Salvador y quienes hemos sido perdonados de nuestros pecados, tenemos nuestro nombre escrito en el Libro de la vida del Cordero porque Él estuvo dispuesto a morir.
A su tiempo, Él nos llama a cada uno de nosotros a tomar nuestra cruz –debemos morir con sacrificio a nosotros mismos y entregarnos a su causa– para que podamos vivir para Él y de acuerdo con sus propósitos.
Jesús prosiguió diciendo: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).

¡Debemos morir a nosotros mismos para obtener más de nosotros mismos y vivir eternamente! Debemos quebrar nuestro intenso amor hacia nosotros mismos si es que alguna vez vamos a permitir que el amor de Dios nos envuelva y nos llene.
Hay muchos otros pasajes de las Escrituras que hacen eco de esta misma enseñanza: al aferrarnos a nuestro propio deseo y a nuestra propia voluntad, perdemos. Al soltarlos y al permitir que Dios tenga el control, ganamos (véanse Mateo 10:39 y 16:24-26).

Dios desea diseñar nuestro futuro
A través de los años, he descubierto que aquellos que son más jóvenes suelen tener más dificultad en someter su vida totalmente al Señor. Ven cómo el futuro se extiende ante sus ojos, lleno de lo que perciben como oportunidades ilimitadas. Satanás los engaña al hacerles pensar que el futuro no puede ser bueno sin determinada realización y comienzan a perseguir lo que Satanás presenta como el ideal de vida. Por supuesto, sus planes nunca incluyen a Dios. El resultado de perseguir lo que Satanás presenta como deseable es un espíritu de afán. El afán es ambición pura, y en última instancia es una atadura. Las ilusiones que Satanás nos presenta como objetos que pueden darle valor, significado o peso a nuestra vida son sólo eso: ilusiones. Son como un espejismo en el desierto. Uno puede luchar, rasguñar y dar manotazos al aire al arrastrárse hacia el espejismo con toda su energía, año tras año, sin llegar jamás. Aquello que tiene apariencia de ser una fuente de vida en realidad es polvo seco. ¿Está mal comprar lo mejor que uno pueda dentro de sus posibilidades? ¿Está mal desear tener una esposa o esposo e hijos? ¿Está mal desear tener éxito en el trabajo? ¡No! Lo que está mal es pensar que no podemos vivir sin esas cosas. Lo que está mal es sustituir una relación con Dios por la adquisición de cosas, de relaciones o de logros.
Cuando fijamos nuestra vista en el logro de nuestros objetivos, casi siempre perdemos de vista los objetivos de Dios para nosotros. Solamente cuando hacemos que nuestra relación con Dios sea la prioridad número uno de la vida, Dios puede llevarnos al lugar en el cual lograremos y recibiremos lo que nos trae satisfacción verdadera. Todas las cosas que Satanás nos presenta no sólo como deseables sino también como necesarias para nuestra identidad, son engaños. Su intención no es ver a una persona bendecida, sino más bien provocar su perdición. Si existe en nuestra vida cualquier cosa que nos haga pensar que no podemos vivir sin ella, esto debería ser una señal de advertencia para que volvamos a evaluar nuestra relación con Dios y para que echemos otra mirada a nuestras prioridades. Jesús nos enseñó claramente: “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:31-33).
Dios sabe lo que usted necesita. Él sabe lo que es mejor para usted, y la cantidad exacta que necesita. Lo cierto es que podemos vivir con muy poco, pero de ninguna manera podemos vivir plenamente sin Dios. Él es lo que necesitamos primordialmente y siempre. ¡Él es el único ser sin el cual realmente no podemos vivir! Las cosas que Satanás nos presenta como cosas que obligatoriamente debemos tener, son cosas pasajeras y temporales. Si estamos dispuestos a dejar de afanarnos por estas cosas y buscarlas sin importar su costo elevado, y en cambio decidimos volver a Dios, Él va a satisfacer todos nuestros deseos para el futuro. Si estamos dispuestos a dejar de definir nuestro propio futuro, Él nos dará algo mejor que lo que nosotros jamás podríamos haber arreglado, manipulado o creado. Su mejor voluntad será la nuestra, aunque sólo será así si estamos dispuestos a morir a ese rasgo egoísta e independiente para someter nuestra vida completamente a Él.



Dios desea determinar nuestras metas
Una joven vino a hacerme la siguiente pregunta luego de escucharme predicar acerca de esto: “Pastor, ¿está mal establecerse metas? Me parece que usted está diciendo que simplemente debemos vivir día por día, y confiar en Dios, sin tener ninguna clase de planes o metas”. No está mal que nos establezcamos metas; lo que está mal es fijarlas sin preguntarle a Dios cuáles son sus metas para nosotros. Siempre debemos enfocar nuestra meta con sincera oración, y preguntarnos: “¿Qué es lo que deseas, oh Dios, que yo haga, que diga y que sea?” Nuestra oración debe ser la misma que hizo Jesús en el jardín de Getsemaní: “No sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39).

Somos hechura de Cristo
¿Quién es el responsable por sus logros y sus éxitos en la vida? ¿Considera que usted es el responsable por aquella persona en la que se convertirá y por aquellas cosas en las que tendrá éxito? ¿O descansa en Dios para que Él viva su vida a través de usted, y para transformarlo de tal manera que Él lo use para sus propósitos?
Estas son dos perspectivas muy diferentes. Difícilmente vamos a rendir nos pronta y fácilmente al quebrantamiento si creemos que tenemos nuestro propio destino en nuestras manos.
La persona sabia enfrenta la realidad de que Dios merece y también exige el derecho y el control de todo lo que somos. Él tiene la autoridad de expresar su vida a través de nosotros, a través de nuestros labios, nuestros ojos, manos, pies, cuerpos, pensamientos y emociones, de la manera que Él elija. Nosotros no debemos ser meros reflejos de lo que Cristo fue, sino que tenemos que ser expresiones vivientes y caminantes de la vida de Cristo en el mundo actual.
La Biblia nos dice que una vez que reconocemos a Jesucristo como Salvador, ya no nos pertenecemos a nosotros mismos y no gobernamos ni determinamos nuestro futuro. Pablo escribió: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8-10). Como usted no ganó su propia salvación, tampoco es responsable de alcanzar su propia gloria en la vida. Usted es hechura divina, desde el comienzo hasta el final. Dios lo guía y lo dirige hacia las buenas obras que usted debe hacer para Él, obras que están totalmente en armonía con los talentos, las habilidades, las experiencias y las destrezas que Él le ha dado. Cuando miro hacia atrás, quedo asombrado al contemplar cómo Dios me llevó de un lugar a otro, de una experiencia a otra, siempre me colocó en la posición para dar el próximo paso en la vida, me puso siempre en lugares y situaciones en los que pudiera purificarme o donde pudiera desarrollar algo dentro de mí que sería útil a sus propósitos más tarde. Cuando era adolescente vendía periódicos para ganar dinero para comprar ropa y otras cosas que necesitaba. Una noche conversaba con un amigo llamado Julián mientras estábamos parados en la esquina de una calle donde vendía los diarios. Le dije que creía que el Señor me estaba llamando a predicar. “Sabes –le dije– debería ir a la universidad, pero no tengo el dinero para hacerlo.” Yo no conocía muy bien a este muchacho. Simplemente hablábamos acerca de nuestra vida de una manera más bien casual. En aquel preciso momento de la conversación, el pastor de mi iglesia se acercó caminando hacia nosotros. Julián le dijo: “Sr. Hammock, Charles cree que el Señor lo ha llamado para predicar. ¿Cree usted que podría ayudarlo para ir a la universidad?” Hammock respondió: “Bueno, podría ser. ¿Por qué no vienes a verme uno de estos días?” Fui a su oficina un día, y esta resultó ser una de las tardes más importantes de mi vida. El pastor Hammock hizo los arreglos para que recibiera una beca completa de cuatro años para la Universidad de Richmond a unos setenta kilómetros de mi ciudad. ¿Fue un accidente que yo hablara con Julián aquella noche, o fue casualidad que el pastor Hammock pasara por allí, o que Julián le dijera lo que le dijo? No. Dios obraba de maneras que yo no podía entender. Dios no solo es quien nos provee la orquestación, sino que también es nuestro compositor. El Señor es el autor y consumador de nuestra vida (véase Hebreos 12:2).
Mientras insistamos en escribir nuestra propia historia, Dios no podrá escribir su voluntad viva en nuestro corazón. Mientras insistamos en abrir nuestro propio camino, Él no podrá guiarnos por sus sendas de justicia. Mientras insistamos en vivir nuestra vida de acuerdo con los deseos propios, Dios no podrá impartirnos sus deseos ni podrá guiarnos hacia su integridad, su fecundidad y sus bendiciones. Mientras sintamos que tenemos el control de nuestro destino, no podremos experimentar cabalmente el destino que Él tiene para nosotros. Somos hechura suya. Cuando actuamos de otra manera, abrimos una brecha en nuestra relación de confianza con Dios y nos negamos a someter nuestra vida completamente a Él.

Extraído de “Las bendiciones del quebrantamiento”, por Charles Stanley, Editorial Vida.
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Las dos caras de la cruz

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Las dos caras de la cruz

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El Señor se enfrenta a la cruz y le hace frente a tres grandes realidades de pecado de su época: el pecado personal, de cada uno de los hombres que están apoyando la crucifixión o que se burlan de Él, el pecado estructural de una sociedad injusta que no puede dejar al justo con vida y el... Ver mas
El Señor se enfrenta a la cruz y le hace frente a tres grandes realidades de pecado de su época:
el pecado personal, de cada uno de los hombres que están apoyando la crucifixión o que se burlan de Él,
el pecado estructural de una sociedad injusta que no puede dejar al justo con vida y el pecado de la estructura religiosa corrompida, que deshumaniza al ser humano.


La cruz vista desde el punto de vista humano es el más triste y horrible de los espectáculos. Vemos en ella revelada la maldad del hombre, y por su puesto la mía y nuestra también.
Pero desde el punto de vista de Dios nos muestra lo profundo e incondicional que es el amor de Dios. La otra cara de la cruz.
Vamos a meditar acerca de las palabras de Jesús en la cruz y también acerca de las palabras que le dirigen a Jesús en la cruz.

Palabras que le dirigen a Jesús en la cruz.

Cita. Personajes. Dichos.
Mt 27: 40. los que pasaban. Tu, el que derribas el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo. Si eres Hijo de Dios desciende de la cruz.
Mc 15: 29-30. Los que pasaban. Bah! Tú que derribas el templo de Dios y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo y desciende de la cruz.
Mt 27: 42-43. Principales sacerdotes, escribas, fariseos y ancianos. A otros salvó pero a sí mismo no puede salvarse. Si es el Rey de Israel que descienda ahora de l cruz y creeremos en Él. Confió en Dios; libérelo ahora si le quiere, porque ha dicho: “Soy Hijo de Dios”.
Lc 23: 39 Uno de los malhechores. Si tu eres el Cristo, sálvate a ti mismo, y a nosotros.
Lc 23: 42 Uno de los malhechores. Acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino.
Mt 27: 49 Otros. Deja, veamos si viene Elías a librarlo.
Mt 27: 54 El centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús. Verdaderamente este era Hijo de Dios.
A lo largo de los evangelios vemos cómo son el pueblo, los soldados, los principales sacerdotes, ancianos, escribas, uno de los que estaba crucificado con Él los que se burlan y lo rechazan en este momento.
Es más o menos como cuando esperamos que alguien que está haciendo algo bueno se equivoque para poder criticarlo. Y estamos seguros que se equivocará ya que tarde o temprano todos lo hacemos, sólo es cuestión de esperar. Y esperamos, hasta que por fin se equivoca. Y allí salimos nosotros a aprovechar.
Jesús es rechazado por las personas que están allí, por las autoridades y por los principales religiosos de su época.

Lo curioso es que de quienes poco se podría esperar vienen las palabras de alegría y reconocimiento: del centurión, jefe de cien soldados y del malhechor crucificado.
“Acuérdate de mi cuando vengas en tu Reino”
“Verdaderamente este era Hijo de Dios”.

La otra cara se ve en las palabras que Jesús dirige desde la cruz.

“Dios mío, Dios mío, porqué me has desamparado”.

“Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”.

“Tengo sed”.

“De cierto te digo: hoy estarás conmigo en el paraiso”
Lc 23: 43.

Estas son palabras de Jesús estando clavado en la cruz, dirigidas al ladrón arrepentido que estaba colgado a su lado.
¿Cómo puede ser que este ladrón consiguiera en un minuto lo que millones de feligreses intentan lograr toda su vida mediante ritos, rituales y ceremonias? ¿cómo puede ser que una persona que jamás se planteó el obrar conforme a la voluntad de Dios, en el último minuto de su vida consiga, casi por casualidad, estar junto al Señor en el paraíso ese mismo día?

Esto no es lógico. Visto desde la lógica de nuestro tiempo y de la de todos los tiempos, esto no es justo, no tiene explicación…
Desde nuestra perspectiva de varios años de banco en la iglesia no podemos dejar de ver al pecador arrepentido como el que cayó, o como el que puede caer nuevamente, y ahora hay que ver como se porta.
Y eso que Jesús nos dijo que no juzgáramos para no ser juzgados!

Aunque nosotros hayamos condenado a alguien a ser pecador perpetuo, el amor gratuito de Dios nos dice que existe para él la clara y genuina posibilidad de ser salvo.

El ladrón se arrepiente y le pide un lugar junto a Jesús. ¿Es que Jesús necesitaba algo más para concedérselo? ¿Qué alegraría más a Jesús que el pedido de un hijo perdido por estar otra vez junto a él en su casa?

Debemos reconocerlo: no está en nuestras manos la salvación ni la condenación.
Pero en las manos de Dios sí hay salvación, y ese es un ofrecimiento también para vos. Jesús te ama y te llama.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, Lc 23: 46.

Estas son palabras de Jesús cuando estaba clavado en la cruz, dirigidas en oración a su Padre.
Muchas veces vemos a Jesús como un superhombre, que no sufrió, sino que paso por todas sus pruebas sin hacerle mella.
Y a veces le pedimos que esa también sea nuestra situación.

Sin embargo Jesús se hizo tan ser humano, que sintió como su vida se desgarraba frente a las decisiones y cosas que tenía que enfrentar.
Frente a la muerte tuvo ganas de decir que no. Pero finalmente dijo: “en tus manos encomiendo mi espíritu”.
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