¿Cuál fue (o es) tu cuento favorito?

¿Cuál fue (o  es) tu cuento favorito?

Publicada el 26.03.2018 a las 20:36h.

Etiquetas: cuento, fue

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Último acceso 17.11.2019

1

Los 3 cerditos

Los tres cerditos Había una vez tres hermanos cerditos que vivían en el bosque. Como el malvado lobo siempre los estaba persiguiendo para comérselos dijo un día el mayor: - Tenemos que hacer una casa para protegernos de lobo. Así podremos escondernos dentro de ella cada vez que el lobo... Ver mas
Los tres cerditos Había una vez tres hermanos cerditos que vivían en el bosque. Como el malvado lobo siempre los estaba persiguiendo para comérselos dijo un día el mayor:

- Tenemos que hacer una casa para protegernos de lobo. Así podremos escondernos dentro de ella cada vez que el lobo aparezca por aquí.

A los otros dos les pareció muy buena idea, pero no se ponían de acuerdo respecto a qué material utilizar. Al final, y para no discutir, decidieron que cada uno la hiciera de lo que quisiese.

El más pequeño optó por utilizar paja, para no tardar mucho y poder irse a jugar después.

El mediano prefirió construirla de madera, que era más resistente que la paja y tampoco le llevaría mucho tiempo hacerla. Pero el mayor pensó que aunque tardara más que sus hermanos, lo mejor era hacer una casa resistente y fuerte con ladrillos.

- Además así podré hacer una chimenea con la que calentarme en invierno, pensó el cerdito.

Cuando los tres acabaron sus casas se metieron cada uno en la suya y entonces apareció por ahí el malvado lobo. Se dirigió a la de paja y llamó a la puerta:

- Anda cerdito se bueno y déjame entrar...

- ¡No! ¡Eso ni pensarlo!

- ¡Pues soplaré y soplaré y la casita derribaré!

Y el lobo empezó a soplar y a estornudar, la débil casa acabó viniéndose abajo. Pero el cerdito echó a correr y se refugió en la casa de su hermano mediano, que estaba hecha de madera.

- Anda cerditos sed buenos y dejarme entrar...

- ¡No! ¡Eso ni pensarlo!, dijeron los dos

- ¡Pues soplaré y soplaré y la casita derribaré!

El lobo empezó a soplar y a estornudar y aunque esta vez tuvo que hacer más esfuerzos para derribar la casa, al final la madera acabó cediendo y los cerditos salieron corriendo en dirección hacia la casa de su hermano mayor.

El lobo estaba cada vez más hambriento así que sopló y sopló con todas sus fuerzas, pero esta vez no tenía nada que hacer porque la casa no se movía ni siquiera un poco. Dentro los cerditos celebraban la resistencia de la casa de su hermano y cantaban alegres por haberse librado del lobo:

Los tres cerditos- ¿Quien teme al lobo feroz? ¡No, no, no!

Fuera el lobo continuaba soplando en vano, cada vez más enfadado. Hasta que decidió parar para descansar y entonces reparó en que la casa tenía una chimenea.

- ¡Ja! ¡Pensaban que de mí iban a librarse! ¡Subiré por la chimenea y me los comeré a los tres!

Pero los cerditos le oyeron, y para darle su merecido llenaron la chimenea de leña y pusieron al fuego un gran caldero con agua.

Así cuando el lobo cayó por la chimenea el agua estaba hirviendo y se pegó tal quemazo que salió gritando de la casa y no volvió a comer cerditos en una larga temporada.
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2

La Cenicienta (Hnos Grimm)

La versión de los escritores alemanes Jacob y Wilhelm Grimm fue publicada a principios del siglo XIX, dentro de la colección Kinder- und Hausmärchen (Cuentos para la infancia y el hogar). Katharina Szelinski-Singer (1918 - 2010): Aschenputtel; estatua de caliza de la Cenicienta en la Fuente... Ver mas
La versión de los escritores alemanes Jacob y Wilhelm Grimm fue publicada a principios del siglo XIX, dentro de la colección Kinder- und Hausmärchen (Cuentos para la infancia y el hogar).


Katharina Szelinski-Singer (1918 - 2010): Aschenputtel; estatua de caliza de la Cenicienta en la Fuente de los Cuentos de Hadas (Märchenbrunnen), en Von-der-Schulenburg-Park, del barrio berlinés Neukölln. La estatua se incorporó en 1970, tiempo de restauración de la fuente, que es obra de 1915 de Ernst Moritz Geyger (1861 - 1941).
Hace mucho tiempo una joven doncella y su madre y su padre tenían una hermosa vida, al poco tiempo su madre enferma y muere ellos deciden enterrarla en una tumba que está en una fuente cerca de la casa dónde ellos viven. Estaban tan devastados, que todos los días iban a llorar en frente donde su tumba.

Tiempo después, el hombre se casa con una mujer que tiene dos hijas de su fallecido, primer y antiguo esposo de su primer matrimonio anterior tan malvadas como ella y de un rostro muy hermoso pero de corazón muy duro y cruel como el de ella. Vienen entonces muy malos tiempos para la pobre huérfana: la madrastra y las dos hermanastras le quitan todos los vestidos preciosos y hermosos que tiene y le mandan ocuparse de la limpieza del hogar y también le obligan a vestirse con ropa vieja, estropeada y sucia y a hacer todas las tareas de la casa, por lo que la pobre muchacha pasa a ser prácticamente una sirvienta de la casa que vive llena de polvo y cenizas, así que se dirigen y se refieren a ella llamándole Cenicienta.

Un día, el padre fue a una feria y pregunta a su hija Cenicienta y a sus dos hijastras qué quieren que les traiga de la feria. Las dos hijastras piden vestidos y sortijas; su hija Cenicienta sólo pide una rama, que luego plantará al lado de la tumba de su fallecida, adorada y amada madre y regará con sus lágrimas.

Poco tiempo después, junto a la tumba ya hay un frondoso avellano. En él, acostumbra a posarse un pajarillo que concede a Cenicienta lo que ella desee.

Para que el príncipe escoja una muchacha y la convierta en su futura esposa, su padre, el rey, invita a todas las jóvenes del reino a una fiesta de un baile en su castillo que durará tres días. A Cenicienta le piden sus dos hermanastras que las ayude a arreglarse para ir al baile. Por su parte, Cenicienta pide asistir, pero su malvada madrastra se opone y se ríe de ella y le prohíbe asistir a la fiesta del baile del castillo del príncipe.

En cuanto se queda sola en casa, Cenicienta se dirige a la tumba de su fallecida, adorada y amada madre, y, debajo del árbol, pide un hermoso vestido de princesa y unos zapatos dorados. El pájaro se los concede, y así Cenicienta puede ir al primer baile.

Una vez allí, tan hermosa está que no es reconocida por su malvada madrastra ni por sus dos hermanastras. El príncipe, embelesado, baila toda la noche con Cenicienta. Pero antes de que termine la noche, ella escapa para no ser descubierta ni por sus dos hermanastras ni por su malvada madrastra.

La noche siguiente, el pájaro concede a Cenicienta un vestido de princesa aún más hermoso, sin olvidar los zapato dorados; y de nuevo baila Cenicienta toda la noche con el príncipe, y vuelve a escapar antes de ser descubierta por sus dos hermanastras y por su malvada madrastra.

La tercera noche, el pájaro concede a Cenicienta unos zapatos de oro y un vestido de princesa aún más hermoso que los dos anteriores. En el baile, el príncipe, para evitar que Cenicienta vuelva a escaparse sin revelar su identidad, hace untar las escaleras con pegamento. Al escapar, Cenicienta pierde uno de los zapatos dorados, que queda pegado en la escalera. El príncipe lo toma y decide buscar a la dueña de ese pequeño zapato de oro.

Al día siguiente, el príncipe sale en busca de la muchacha. Cuando llega a la casa de Cenicienta, pide al padre que le traiga a sus hijas. Salen a presentarse al príncipe las dos hermanastras de Cenicienta, pero no sale Cenicienta. La hermanastra mayor de Cenicienta se prueba el zapato, pero no le entra. Su madre le dice que se corte dos dedos del pie para que el zapato le entre, y ella lo hace, disimulando el dolor, sale con el zapato puesto, y el príncipe se marcha con ella. Pero dos palomas le dicen al príncipe que la muchacha que va con él no es la dueña del zapato. El príncipe ve la sangre en el pie de la muchacha y vuelve a la casa para probar el zapato en el pie de la hermanastra menor de Cenicienta.

Tampoco puede la hermanastra menor de Cenicienta calzarse el zapato, así que su madre le dice que se corte el talón. Ella hace caso a su madre y luego, disimulando el dolor también, sale con el zapato puesto. El príncipe la hace montar en el caballo y se va con ella, pero vuelven las palomas y le dicen lo mismo que ya le han dicho de la otra hermanastra mayor de Cenicienta.

Otra vez ve sangre el príncipe, así que vuelve a la casa y pregunta si queda allí alguna otra doncella. La madrastra dice que tiene una hija más llamada Cenicienta, pero que es imposible que sea ella la dueña del zapato, ya que va sucia y mal vestida, y no pudo acudir al baile. El príncipe insiste en verla, así que se la presentan y, al probarle el zapato de oro, calza éste perfectamente. Entonces, el príncipe se lleva a Cenicienta para desposarla.

Durante la boda de Cenicienta y el príncipe, las dos hermanastras de Cenicienta son picadas en los ojos por las palomas, que así las dejan ciegas durante el resto de sus vidas en castigo por sus maldades.
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3

Caperucita Roja (Hnos Grimm)

Ilustración inglesa de BJZ, imprenta Kronheim & Co., 1868, para una edición neerlandesa. En 1812, los hermanos Grimm, dieron otra vuelta de tuerca a la historia. Retomaron el cuento, y escribieron una nueva versión, que fue la que hizo que Caperucita fuera conocida casi universalmente, y que... Ver mas
Ilustración inglesa de BJZ, imprenta Kronheim & Co., 1868, para una edición neerlandesa.
En 1812, los hermanos Grimm, dieron otra vuelta de tuerca a la historia. Retomaron el cuento, y escribieron una nueva versión, que fue la que hizo que Caperucita fuera conocida casi universalmente, y que, aún hoy en día, es la más leída.

En la colección de cuentos de los Hermanos Grimm, Caperucita Roja (Rotkäppchen) es el n.º 26.2​

En contra de lo que se pueda pensar, los hermanos Grimm no se limitaron a transcribir palabra por palabra la tradición oral. Partieron de tres fuentes: la primera, el cuento de Perrault de 1697; la segunda, una versión oral de una chica que había tenido acceso a una buena educación, y que, por tanto, es probable que conociera el escrito de Perrault; y la tercera, una obra escrita en 1800 por el autor Ludwig Tieck, "Leben und Tod des kleinen Rotkäppchens: eine Tragödie" ("Vida y muerte de la pequeña Caperucita Roja. Una tragedia")[cita requerida], en la que se introduce la figura del leñador, que salva a la niña y a su abuelita.

Los hermanos Grimm escribieron una versión más inocente, y con menos elementos eróticos que las publicadas anteriormente. Además añadieron un final feliz para el cuento, tal y como solían tener los cuentos de la época.

Propusieron un final alternativo, en el que un momento antes de que el lobo se coma a Caperucita, ella grita y un leñador que estaba cerca, rescata a la niña, mata al lobo, le abre la panza y saca a la abuelita, milagrosamente viva.
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4

Pinocho (Carlo Collodi)

Érase una vez, un carpintero llamado Gepetto que decidió construir un muñeco de madera, al que llamó Pinocho. Con él, consiguió no sentirse tan solo como se había sentido hasta aquel momento. - ¡Qué bien me ha quedado!- exclamó una vez acabado de construir y de pintar-. ¡Cómo me gustaría que... Ver mas
Érase una vez, un carpintero llamado Gepetto que decidió construir un muñeco de madera, al que llamó Pinocho. Con él, consiguió no sentirse tan solo como se había sentido hasta aquel momento.

- ¡Qué bien me ha quedado!- exclamó una vez acabado de construir y de pintar-. ¡Cómo me gustaría que tuviese vida y fuese un niño de verdad!

Como había sido muy buen hombre a lo largo de la vida, y sus sentimientos eran sinceros. Un hada decidió concederle el deseo y durante la noche dio vida a Pinocho.

Al día siguiente, cuando Gepetto se dirigió a su taller, se llevó un buen susto al oír que alguien le saludaba:

- ¡Hola papá!- dijo Pinocho.

- ¿Quién habla?- preguntó Gepetto.

- Soy yo, Pinocho. ¿No me conoces? – le preguntó.

Gepetto se dirigió al muñeco.

- ¿Eres tu? ¡Parece que estoy soñando!, ¡por fin tengo un hijo!

Gepetto quería cuidar a su hijo como habría hecho con cualquiera que no fuese de madera. Pinocho tenía que ir al colegio, aprender y conocer a otros niños. Pero el carpintero no tenía dinero, y tuvo que vender su abrigo para poder comprar una cartera y los libros.

A partir de aquél día, Pinocho empezó a ir al colegio con la compañía de un grillo, que le daba buenos consejos. Pero, como la mayoría de los niños, Pinocho prefería ir a divertirse que ir al colegio a aprender, por lo que no siempre hacía caso del grillo.

Un día, Pinocho se fue al teatro de títeres para escuchar una historia. Cuando le vio, el dueño del teatro quiso quedarse con él:

-¡Oh, Un títere que camina por si mismo, y habla! Con él en la compañía, voy a hacerme rico dijo el titiritero, pensando que Pinocho le haría ganar mucho dinero.

A pesar de las recomendaciones del pequeño grillo, que le decía que era mejor irse de allí, Pinocho decidió quedarse en el teatro, pensando que así podría ganar dinero para comprar un abrigo nuevo a Gepetto, que había vendido el suyo para comprarle los libros.

Y así hizo, durante todo el día estuvo actuando para el titiritero. Pasados unos días, cuando quería volver a casa, el dueño del teatro de marionetas le dijo que no podía irse, que tenía que quedarse con él.

Pinocho se echó a llorar tan desconsolado diciendo que quería volver a casa que el malvado titiritero lo encerró en una jaula para que no pudiera escapar.

Por suerte, su hada madrina que todo lo sabe, apareció durante la noche y lo liberó de su cautivério abriendo la puerta de la jaula con su varita mágica. Antes de irse, Pinocho tomó de encima de la mesa las monedas que había ganado actuando.

De vuelta a casa Pinocho volvió a tener las prejas normales, cuando de repente, el grillo y Pinocho, se cruzaron con dos astutos ladrones que convencieron al niño de que si enterraba las monedas en un campo cercano, llamado el "campo de los milagros", el dinero se multiplicaría y se haría rico.

Confiando en los dos hombres, y sin escuchar al grillo que le advertía del engaño, Pinocho enterró las monedas y se fue. Rápidamente, los dos ladrones se llevaron las monedas y Pinocho tuvo que volver a casa sin monedas.

Durante los días que Pinocho había estado fuera, Gepetto se había puesto muy triste y, preocupado, había salido a buscarle por todos los rincones. Así, cuando Pinocho y el grillo llegaron a casa, se encontraron solos. Por suerte, el hada que había convertido a Pinocho en niño, les explicó que el carpintero había salido dirección al mar para buscarles.

Pinocho y grillo decidieron ir a buscarle, pero se cruzaron con un grupo de niños:

- ¿Dónde vais?- preguntó Pinocho.

- Al País de los Juguetes - respondió un niño-. ¡Allí podremos jugar sin parar! ¿Quieres venir con nosotros?

- ¡Oh, no, no, no!- le advirtió el grillo-. Recuerda que tenemos que encontrar a Gepetto, que está triste y preocupado por ti.

- ¡Sólo un rato!- dijo Pinocho- Después seguimos buscándole.

Y Pinocho se fue con los niños, seguido del grillo que intentava seguir convenciéndole de continuar buscando al carpintero. Pinocho jugó y brincó todo lo que quiso. Enseguida se olvidó de Gepetto, sólo pensaba en divertirse y seguir jugando. Pero a medida que pasaba más y más horas en el País de los Juguetes, Pinocho se iba convirtiendo en un burro. Cuando se dió cuenta de ello se echó a llorar. Al oírle, el hada se compadeció de él y le devolvió su aspecto, pero le advirtió:

- A partir de ahora, cada vez que mientas te crecerá la nariz.

Pinocho y el grillo salieron rápidamente en busca de Gepetto.

Geppetto, que había salido en busca de su hijo Pinocho en un pequeño bote de vela, había sido tragado por una enorme ballena.

Entonces Pinocho y el grillito, desesperados, se hicieron a la mar para rescatar al pobre ancianito papa de Pinocho.

Cuando Pinocho estuvo frente a la ballena le pidió porfavor que le devolviese a su papá, pero la enorme ballena abrió muy grande la boca y se lo tragó también a él.

¡Por fin Geppetto y Pinocho estaban nuevamente juntos!, Ahora debían pensar cómo conseguir salir de la barriga de la ballena.

- ¡Ya sé, dijo Pepito hagamos una fogata! El fuego hizo estornudar a la enorme ballena, y la balsa salió volando con sus tres tripulantes.

Una vez a salvo Pinocho le contó todo lo sucedido a Gepetto y le pidió perdón. A Gepetto, a pesar de haber sufrido mucho los últimos días, sólo le importaba volver a tener a su hijo con él. Por lo que le propuso que olvidaran todo y volvieran a casa.

Pasado un tiempo, Pinocho demostró que había aprendido la lección y se portaba bien: iba al colegio, escuchaba los consejos del grillo y ayudaba a su padre en todo lo que podía.

Como recompensa por su comportamiento, el hada decidió convertir a Pinocho en un niño de carne y hueso. A partir de aquél día, Pinocho y Gepetto fueron muy felices como padre e hijo.
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5

Blancanieves (Hnos Grimm)

Había una vez, al final del invierno, una joven y bondadosa reina que, paseando por el jardín de su palacio, vio una rosa roja creciendo a pesar del frío, cuando la fue tocar se pinchó el dedo con una espina, y dejó caer tres gotas de sangre en la nieve. Fue entonces cuando la reina deseó tener... Ver mas
Había una vez, al final del invierno, una joven y bondadosa reina que, paseando por el jardín de su palacio, vio una rosa roja creciendo a pesar del frío, cuando la fue tocar se pinchó el dedo con una espina, y dejó caer tres gotas de sangre en la nieve. Fue entonces cuando la reina deseó tener una hija con la piel tan blanca cual nieve que reposa, los labios rojos al igual que la sangre y el pelo negro como alas de cuervo. Y sin duda el deseo se cumplió, naciendo una preciosa y encantadora princesa a quién la reina junto a su esposo, el rey, decidieron llamarla Blancanieves. Sin embargo, la reina buena, la buena madre de Blancanieves enfermó poco después de dar a luz y murió, el rey se casó posteriormente con una mujer muy bella pero fría. La segunda y nueva esposa del rey, la segunda y nueva reina, la malvada madrastra de Blancanieves, realmente era una hechicera muy poderosa, además de ser egoísta, malvada, mala y excesivamente vanidosa, era poseedora de un espejo encantado.

La Reina Malvada, la malvada madrastra de Blancanieves, solía preguntarle a su espejo cada día:

Espejo espejo mágico dime una cosa, ¿Qué mujer de este reino es la más hermosa?

Y el espejo mágico le contestaba a la cruel reina:

Usted, majestad, es la mujer más hermosa de este reino y de todos los demás .

Pero, cuando Blancanieves cumplió diecisiete años era tan bella como el día, y la malévola reina le preguntó a su espejo mágico, y éste le respondió:

Mi Reina, está llena de belleza, es cierto, pero su joven hijastra, la princesa Blancanieves, es mil veces más hermosa que usted y jamás podrá cambiar eso.

La reina malvada, la malvada madrastra de Blancanieves, celosa, ordenó a un cazador que matara a su hijastra Blancanieves en el bosque y, para asegurarse, le exigió que le trajera el corazón, el hígado y los pulmones de la inocente, hermosa dulce y princesa Blancanieves, su propia hijastra. El cazador no cumple su tarea y en su lugar abandona la hermosa y dulce princesa Blancanieves en el bosque y le lleva a la malvada madrastra de Blancanieves, la maligna reina, el corazón de un jabalí joven que luego fue cocinado por el cocinero real y comido por la cruel reina.

En el bosque, Blancanieves descubrió una pequeña casita en un claro y en medio del bosque que pertenecía a siete enanitos y decidió entrar para descansar. Allí, éstos se apiadan de ella:

Si mantienes la casa para nosotros, cocinas, haces las camas, lavas, coses, tejes y mantienes todo limpio y ordenado, entonces puedes quedarte con nosotros y tendrás todo lo que quieras.

Le advirtieron, eso sí, que no dejara entrar a nadie mientras ellos estuvieran en las montañas. Mientras tanto, la reina malvada le preguntó a su espejo una vez más quién era la más bella de todas y, horrorizada, se enteró de que la princesa no sólo estaba viviendo con los siete enanitos, escondida en la casa del bosque, sino que Blancanieves seguía siendo la más hermosa de todas.

La Malévola Reina usa tres disfraces para tratar de matarla mientras los enanos están en las montañas. En primer lugar, disfrazada de vendedora buhonera, le ofrece a Blancanieves unas coloridas cintas para el cuello. Blancanieves se prueba una pero la maligna reina aprieta tan fuertemente la cinta al cuello que cae asfixiada, haciéndole pensar a la reina que la princesa está muerta. Los siete enanitos al regresar a la casa descubren a Blancanieves desmayada, le retiran la cinta del cuello y la joven se despierta.

La segunda vez la cruel reina va disfrazada de vendedora de peines y le ofrece un peine envenenado a Blancanieves. Aunque Blancanieves se resiste a que la mujer le ponga el peine, ésta logra ponérselo a la fuerza y la princesa cae desmayada, con el peine clavado en pelo. Cuando llegan los siete enanitos de las montañas le quitan el peine clavado y se dan cuenta de que no alcanzó a clavárselo en la cabeza, sino que solo la rasguñó. Le quitan y le desclavan el peine del pelo de Blancanieves y ésta se despierta.

Por último, la reina malvada prepara una manzana envenenada, se disfraza como una anciana vendedora y le ofrece la manzana a Blancanieves. Cuando Blancanieves se resiste a aceptar, la malévola reina corta la manzana por la mitad y se come la parte blanca y buena de la manzana y le da la parte roja y envenenada a la princesa. Blancanieves come la parte roja de la manzana con entusiasmo e inmediatamente cae en un profundo sopor. Cuando los enanos la encuentran, no la pueden revivir. Aún conservando su belleza, los siete enanitos fabrican un ataúd de cristal y oro para poder verla todo el tiempo.

El tiempo pasa y un príncipe que viaja a través del reino ve a Blancanieves en el ataúd. El príncipe está encantado por su belleza y de inmediato se enamora de ella. Este le ruega a los siete enanitos que le den el cuerpo de Blancanieves y pide a sus sirvientes que trasladen el ataúd a su castillo. Al hacerlo se tropiezan con algunos arbustos y el movimiento hace que Blancanieves escupa el trozo de manzana envenenada atorada en su garganta, despertando así de sueño de muerte. El príncipe luego le declara su amor a Blancanieves y pronto la pareja planea celebrar su boda.

La Maligna Reina, creyendo aún que su hijastra Blancanieves está muerta, pregunta una vez más a su espejo quién es la más bella de todas y, una vez más, el espejo la decepciona con su respuesta: «Usted, mi reina, es increíblemente bella, es cierto; pero la joven reina es mil veces más hermosa que tú».

Sin saber que a quien se refería era de hecho su hijastra Blancanieves, la cruel reina es invitada a la boda del príncipe del país vecino. Cuando se da cuenta de que la nueva reina es su propia hijastra Blancanieves, se asusta y se desespera tratando de pasar desapercibida.

Sin embargo, el príncipe y Blancanieves ven y reconocen a la reina malvada, la malvada madrastra de Blancanieves. Entonces, Blancanieves le cuenta al príncipe todos los malos momentos que su malvada madrastra, la reina malvada, le había hecho pasar, y cómo intentó matarla tres veces. Como castigo por sus malos actos, el príncipe, ahora rey, manda confeccionar un par de zapatos de hierro, obligando a la reina malvada, la malvada madrastra de Blancanieves, a ponérselos al rojo vivo y a bailar sin parar hasta que caiga muerta.
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6

Hansel y Gretel (Hnos Grimm)

Hansel y Gretel eran los hijos de un pobre leñador. Eran una familia tan pobre que una noche la madrastra convence al padre de abandonar a los niños en el bosque, dado que ya no tenían con qué alimentarlos. Hansel oyó esto, por lo que salió de su casa a buscar piedras, con las cuales marcó un... Ver mas
Hansel y Gretel eran los hijos de un pobre leñador. Eran una familia tan pobre que una noche la madrastra convence al padre de abandonar a los niños en el bosque, dado que ya no tenían con qué alimentarlos. Hansel oyó esto, por lo que salió de su casa a buscar piedras, con las cuales marcó un camino al día siguiente cuando se dirigían al bosque.

Hansel y Gretel se durmieron, y apenas salió la Luna comenzaron a caminar siguiendo el camino que Hansel había marcado con las piedras anteriormente. Por la mañana llegaron a su casa. Su madrastra, sorprendida por el hecho decide que la próxima vez llevarán a los niños aún más adentro en el bosque, para que no puedan salir de allí y regresar. Hansel, que otra vez escuchó las discusiones de sus padres, decide salir a juntar piedras nuevamente, pero esta vez no pudo, ya que la puerta estaba cerrada con llave.

En la mañana que fueron al bosque, Hansel marcó un camino tirando migas del pedazo de pan que su madrastra le había dado, solo que esta vez cuando salió la Luna no pudieron volver porque los pájaros se habían comido el pan.

Después de dos días perdidos en el bosque, cuando ya no sabían más que hacer, los niños se detienen a escuchar el canto de un pájaro blanco al cual luego siguen hasta llegar a una casita hecha de pan de jengibre, chocolate, caramelos, pastel y azúcar moreno. Hansel y Gretel empezaron a comer, pero lo que no sabían era que esta casita era la trampa de una vieja y malvada bruja para encerrarlos y luego comérselos.

Esta vieja y malvada bruja decide encerrar a Hansel y tomar a Gretel como criada. Todas las mañanas la bruja hacía que Hansel sacara el dedo por entre los barrotes del establo para comprobar que había engordado, pero éste la engañaba sacando un hueso que había recogido del suelo.

Un día, la bruja decide comerse a Hansel y manda a Gretel a comprobar que el horno estuviese listo para cocinar. La niña se da cuenta de la trampa y logra que la bruja se meta en el horno. Al instante, Gretel empuja a la bruja y cierra el horno.

Tras la muerte de la bruja, los niños toman de la casa perlas y piedras preciosas y parten a reencontrarse con su padre, cuya mujer había muerto.

Su vida de miseria por fin había terminado, desde ese día la familia no sufrió más hambre y todos vivieron juntos y felices para siempre.
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7

El lobo y las siete cabritillas (Hnos Grimm)

Cuando la madre de los siete cabritos tuvo que salir de casa les advirtió que tuvieran mucho cuidado con el lobo, pues seguramente intentaría engañarlas para poder entrar en la casa y comerlas. Pero pese a la precaución de las cabritillas, que desmonta las primeras tretas del lobo, finalmente... Ver mas
Cuando la madre de los siete cabritos tuvo que salir de casa les advirtió que tuvieran mucho cuidado con el lobo, pues seguramente intentaría engañarlas para poder entrar en la casa y comerlas. Pero pese a la precaución de las cabritillas, que desmonta las primeras tretas del lobo, finalmente este consigue que le abran la puerta. Solo una, la más pequeña, pudo salvarse de acabar en el estómago del lobo. Cuando su madre regresó a casa, le contó todo lo que había pasado y, juntas, consiguen salvarlas y deshacerse del lobo.
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8

El gato con botas (Charles Perrault)

Había una vez un molinero pobre que cuando murió sólo pudo dejar a sus hijos por herencia el molino, un asno y un gato. En el reparto el molino fue para el mayor, el asno para el segundo y el gato para el más pequeño. Éste último se lamentó de su suerte en cuanto supo cuál era su parte. - ¿Y... Ver mas
Había una vez un molinero pobre que cuando murió sólo pudo dejar a sus hijos por herencia el molino, un asno y un gato. En el reparto el molino fue para el mayor, el asno para el segundo y el gato para el más pequeño. Éste último se lamentó de su suerte en cuanto supo cuál era su parte.

- ¿Y ahora qué haré? Mis hermanos trabajarán juntos y harán fortuna, pero yo sólo tengo un pobre gato.

El gato, que no andaba muy lejos, le contestó:

- No os preocupéis mi señor, estoy seguro de que os seré más valioso de lo que pensáis.

- ¿Ah sí? ¿Cómo?, dijo el amo incrédulo

- Dadme un par de botas y un saco y os lo demostraré.

El amo no acababa de creer del todo en sus palabras, pero como sabía que era un gato astuto le dio lo que pedía.

El gato fue al monte, llenó el saco de salvado y de trampas y se hizo el muerto junto a él. Inmediatamente cayó un conejo en el saco y el gato puso rumbo hacia el palacio del Rey.

- Buenos días majestad, os traigo en nombre de mi amo el marqués de Carabás - pues éste fue el nombre que primero se le ocurrió - este conejo.

- Muchas gracias gato, dadle las gracias también al señor Marqués de mi parte.

Al día siguiente el gato cazó dos perdices y de nuevo fue a ofrecérselas al Rey, quien le dio una propina en agradecimiento.

Los días fueron pasando y el gato continuó durante meses llevando lo que cazaba al Rey de parte del Marqués de Carabás.

Un día se enteró de que el monarca iba a salir al río junto con su hija la princesa y le dijo a su amo:

- Haced lo que os digo amo. Acudid al río y bañaos en el lugar que os diga. Yo me encargaré del resto.

El amo le hizo caso y cuando pasó junto al río la carroza del Rey, el gato comenzó a gritar diciendo que el marqués se ahogaba. Al verlo, el Rey ordenó a sus guardias que lo salvaran y el gato aprovechó para contarle al Rey que unos forajidos habían robado la ropa del marqués mientras se bañaba. El Rey, en agradecimiento por los regalos que había recibido de su parte mandó rápidamente que le llevaran su traje más hermoso. Con él puesto, el marqués resultaba especialmente hermoso y la princesa no tardó en darse cuenta de ello. De modo que el Rey lo invitó a subir a su carroza para dar un paseo.

El gato se colocó por delante de ellos y en cuanto vio a un par de campesinos segando corrió hacia ellos.

- Buenas gentes que segáis, si no decís al Rey que el prado que estáis segando pertenece al señor Marqués de Carabás, os harán picadillo como carne de pastel.

Los campesinos hicieron caso y cuando el Rey pasó junto a ellos y les preguntó de quién era aquél prado, contestaron que del Marqués de Carabás.

Siguieron camino adelante y se cruzaron con otro par de campesinos a los que se acercó el gato.

- Buenas gentes que segáis, si no decís al Rey que todos estos trigales pertenecen al señor Marqués de Carabás, os harán picadillo como carne de pastel.

Y en cuanto el Rey preguntó a los segadores, respondieron sin dudar que aquellos campos también eran del marqués.

CEl gato con botasontinuaron su paseo y se encontraron con un majestuoso castillo. El gato sabía que su dueño era un ogro así que fue a hablar con el.

- He oído que tenéis el don de convertiros en cualquier animal que deseéis. ¿Es eso cierto?

- Pues claro. Veréis cómo me convierto en león

Y el ogro lo hizo. El pobre gato se asustó mucho, pero siguió adelante con su hábil plan.

- Ya veo que están en lo cierto. Pero seguro que no sóis capaces de convertiros en un animal muy pequeño como un ratón.

- ¿Ah no? ¡Mirad esto!

El ogro cumplió su palabra y se convirtió en un ratón, pero entonces el gato fue más rápido, lo cazó de un zarpazo y se lo comió.

Así, cuando el Rey y el Marqués llegaron hasta el castillo no había ni rastro del ogro y el gato pudo decir que se encontraban en el estupendo castillo del Marqués de Carabás.

El Rey quedó fascinado ante tanto esplendor y acabó pensando que se trataba del candidato perfecto para casarse con su hija.

El Marqués y la princesa se casaron felizmente y el gato sólo volvió a cazar ratones para entretenerse.
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9

Ricitos de Oro y los 3 ositos

La historia cuenta el encuentro entre tres osos antropomórficos y una niña llamada Ricitos de Oro por su cabellera rubia. Una familia de osos compuesta por un papá, una mamá y de su hijo pequeño vive en una pequeña casa en un bosque. Un día, esperando a que su sopa se enfríe, la familia oso sale... Ver mas
La historia cuenta el encuentro entre tres osos antropomórficos y una niña llamada Ricitos de Oro por su cabellera rubia. Una familia de osos compuesta por un papá, una mamá y de su hijo pequeño vive en una pequeña casa en un bosque. Un día, esperando a que su sopa se enfríe, la familia oso sale a dar un paseo. Ricitos de Oro encuentra la casa vacía. Llena de curiosidad, entra y se mete en los asuntos de la familia. Como tiene hambre, comienza a probar la sopa y le gusta la del osito, ni muy caliente ni muy fría. Después, para poder descansar, comienza a probar cada uno de los tres sillones y prefiere el del osito, ni muy duro ni muy suave. Somnolienta, Ricitos de Oro decide irse a dormir, y, después de haber probado las tres camas, se acuesta finalmente en la del osito, justo de su tamaño.

Los tres osos regresan a su casa mientras Ricitos de Oro duerme todavía. La despiertan, y según la versión de la historia, la asustan antes de hacerla huir. En las versiones más recientes, los osos asustan involuntariamente a Ricitos de Oro, sin intención de hacerle ningún daño. Es cuando ella escapa corriendo entonces; la familia oso retoma el desayuno, luego de que papá oso repara la silla. En algunas versiones, los osos incluso acompañan a Ricitos de Oro para indicarle el camino correcto para regresar a su hogar. La moraleja de la historia también puede llegar a diferir, pero se puede resumir en la idea de que la intimidad de los demás debe ser respetada. Otra moraleja puede ser que debemos compartir lo que tenemos con cualquiera que lo necesite, pero concienciados de que solamente le servirá a los demás aquello que realmente sea adecuado para ellos. También podemos encontrar en la historia la idea de no conformarse con lo primero que encontremos, se debe perseverar en la búsqueda hasta encontrar lo realmente apropiado a nuestras necesidades. No es bueno ser conformista.
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La sirenita (Hans Christian Andersen)

La Sirenita vive en un reino subacuático con su padre, el rey del mar; su abuela; y sus cinco hermanas mayores, cada una nacida con un año de diferencia. Cuando una sirena cumple los 16 años, se le permite subir a mirar el mundo de la superficie, y cuando cada una de las hermanas tienen la edad... Ver mas
La Sirenita vive en un reino subacuático con su padre, el rey del mar; su abuela; y sus cinco hermanas mayores, cada una nacida con un año de diferencia. Cuando una sirena cumple los 16 años, se le permite subir a mirar el mundo de la superficie, y cuando cada una de las hermanas tienen la edad suficiente, visitan la superficie una vez por cada año.

Cuando llegaba el turno de la Sirenita, se aventura hacia la superficie, ve un barco con un apuesto príncipe, y se enamora perdidamente de él desde la distancia. De repente, se desata una tormenta y la Sirenita salva al príncipe de morir ahogado en el mar. Luego lo lleva a la orilla cerca del templo, aún inconsciente. Ella lo acompaña hasta que una joven lo encuentra junto a sus compañeras. El príncipe nunca llega a ver a la Sirenita y además él ni siquiera llega a saber que la Sirenita fue su verdadera salvadora del naufragio.

La Sirenita pregunta a su abuela si los humanos pueden vivir por siempre si es que no se ahogan. La abuela le explica que los humanos tienen un tiempo de vida mucho más corto que los 300 años que tienen las sirenas, pero que cuando las sirenas mueren se convierten en espuma de mar y dejan de existir, mientras que los humanos tienen un alma eterna que continúa existiendo en el Cielo. La Sirenita, anhelando al príncipe y a tener un alma eterna que viviera en el Cielo, visita a la Bruja del Mar, quien le vende una poción que le da piernas, a cambio de su voz, ya que ella tenía la voz más hermosa del mundo. En cambio, la bruja le advierte que una vez que se convierta en humana, nunca podrá volver al mar. Tomar la poción la hará sentir como si una espada la atravesara, pero cuando se recuperara, ella tendría dos hermosas piernas, y sería capaz de bailar como ningún humano ha bailado jamás. Sin embargo, constantemente sentirá como si estuviera caminando sobre espadas lo suficientemente afiladas para hacerla sangrar. Además, sólo conseguirá un alma si el príncipe la ama y se casa con ella, porque entonces, una parte de su alma pasará al cuerpo de ella. De lo contrario, al amanecer del día siguiente de que él se case con otra mujer, la Sirenita morirá con el corazón roto y se convertirá en espuma de mar.

A pesar de las advertencias, la Sirenita bebe la poción y va a encontrarse al príncipe, al cual le atrae su belleza y gracia, incluso aunque ella sea muda. Lo que más le gusta es verla bailar, y ella baila para él a pesar del insoportable dolor que eso le causa. Cuando la madre del príncipe, la reina, le ordena a éste que se case con la hija del rey del país vecino, el príncipe le dice a la Sirenita que no lo hará, porque no ama a la princesa, y que sólo puede amar a la joven del templo, quien él cree que lo salvó. Resulta que la princesa es esa joven del templo, quien había sido enviada por su padre el rey a ser educada allí, junto con sus dos hermanas menores. Al saber esto, el príncipe se enamora de la joven princesa del país vecino y decide casarse con ella.

Cuando los príncipes se casan, el corazón de la Sirenita se despedaza. Ella piensa en todas las cosas a las que renunció y todo el dolor que tuvo que sufrir, y se desespera totalmente, pensando que la muerte la espera al amanecer del día siguiente. Pero antes de eso, a la medianoche, sus hermanas le traen una daga o un puñal que la Bruja del Mar les dio a cambio de sus largos cabellos. Si la Sirenita asesina al príncipe con la daga o el puñal y deja correr su sangre por sus pies, volverá a ser una sirena, todo su sufrimiento terminará y podrá vivir su vida de sirena bajo el mar, con sus 300 años de vida.

Pero la Sirenita fue incapaz de matar al príncipe mientras dormía en el camarote de su barco nupcial real con su nueva esposa, ya que aún lo ama, y al amanecer, ella se lanza al mar. Su cuerpo se convierte en espuma, pero en vez de dejar de existir, siente el calor del sol, porque se ha convertido en un espíritu etéreo, una hija del aire. Las demás hijas del aire le dan la bienvenida y le explican que se volvió una de ellas porque intentó con toda sus fuerzas obtener un alma eterna. Ella podrá ganarla haciendo buenas acciones por 300 años; por cada niño bueno y niña buena que encontrara, se le restaría un año a todo ese tiempo y por cada niño malo y niña mala, ella lloraría y cada lágrima significaría un día más. Entonces, un día, ella llegaría a tener un alma inmortal que viviría eternamente en la gloria del cielo.
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La bella durmiente (Hnos Grimm)

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La bella durmiente (Hnos Grimm)

Autor: Charles Perrault Edades: A partir de 4 años Valores: esperanza, paciencia La bella durmiente Érase una vez un rey y una reina que aunque vivían felices en su castillo ansiaban día tras día tener un hijo. Un día, estaba la Reina bañándose en el río cuando una rana que oyó sus plegarias... Ver mas
Autor: Charles Perrault
Edades: A partir de 4 años
Valores: esperanza, paciencia
La bella durmiente Érase una vez un rey y una reina que aunque vivían felices en su castillo ansiaban día tras día tener un hijo. Un día, estaba la Reina bañándose en el río cuando una rana que oyó sus plegarias le dijo.

- Mi Reina, muy pronto veréis cumplido vuestro deseo. En menos de un año daréis a luz a una niña.

Al cabo de un año se cumplió el pronóstico y la Reina dió a luz a una bella princesita. Ella y su marido, el Rey, estaban tan contentos que quisieron celebrar una gran fiesta en honor a su primogénita. A ella acudió todo el Reino, incluidas las hadas, a quien el Rey quiso invitar expresamente para que otorgaran nobles virtudes a su hija. Pero sucedió que las hadas del reino eran trece, y el Rey tenía sólo doce platos de oro, por lo que tuvo que dejar de invitar a una de ellas. Pero el soberano no le dio importancia a este hecho.

Al terminar el banquete cada hada regaló un don a la princesita. La primera le otorgó virtud; la segunda, belleza; la tercera, riqueza.. Pero cuando ya sólo quedaba la última hada por otorgar su virtud, apareció muy enfadada el hada que no había sido invitada y dijo:

- Cuando la princesa cumpla quince años se pinchará con el huso de una rueca y morirá.

Todos los invitados se quedaron con la boca abierta, asustados, sin saber qué decir o qué hacer. Todavía quedaba un hada, pero no tenía poder suficiente para anular el encantamiento, así que hizo lo que pudo para aplacar la condena:

- No morirá, sino que se quedará dormida durante cien años.

Tras el incidente, el Rey mandó quemar todos los husos del reino creyendo que así evitaría que se cumpliera el encantamiento.

La princesa creció y en ella florecieron todos sus dones. Era hermosa, humilde, inteligente… una princesa de la que todo el que la veía quedaba prendado.

Llegó el día marcado: el décimo quinto cumpleaños de la princesa, y coincidió que el Rey y la Reina estaban fuera de Palacio, por lo que la princesa aprovechó para dar una vuelta por el castillo. Llegó a la torre y se encontró con una vieja que hilaba lino.

- ¿Qué es eso que da vueltas? - dijo la muchacha señalando al huso.

Pero acercó su dedo un poco más y apenas lo rozó el encantamiento surtió efecto y la princesa cayó profundamente dormida.

El sueño se fue extendiendo por la corte y todo el mundo que vivía dentro de las paredes de palacio comenzó a quedarse dormido inexplicablemente. El Rey y la Reina, las sirvientas, el cocinero, los caballos, los perros… hasta el fuego de la cocina se quedó dormido. Pero mientras en el interior el sueño se apoderaba de todo, en el exterior un seto de rosales silvestres comenzó a crecer y acabó por rodear el castillo hasta llegar a cubrirlo por completo. Por eso la princesa empezó a ser conocida como Rosa Silvestre.

La bella durmienteCon el paso de los años fueron muchos los intrépidos caballeros que creyeron que podrían cruzar el rosal y acceder al castillo, pero se equivocaban porque era imposible atravesarlo.

Un día llegó el hijo de un rey, y se dispuso a intentarlo una vez más. Pero como el encantamiento estaba a punto de romperse porque ya casi habían transcurrido los cien años, esta vez el rosal se abrió ante sí, dejándole acceder a su interior. Recorrió el palacio hasta llegar a la princesa y se quedó hechizado al verla. Se acercó a ella y apenas la besó la princesa abrió los ojos tras su largo letargo. Con ella fueron despertando también poco a poco todas las personas de palacio y también los animales y el reino recuperó su esplendor y alegría.

En aquel ambiente de alegría tuvo lugar la boda entre el príncipe y la princesa y éstos fueron felices para siempre.
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12

El patito feo (H.C. Andersen)

La vida del patito empieza cuando un huevo de cisne llegó al nido de una pata que vivía en una granja del campo. Al nacer, resultó ser un patito muy feo; desproporcionado en tamaño con respecto a sus agraciados hermanitos, con un graznido muy fuerte, estridente y molesto. Era el hazmerreír de... Ver mas
La vida del patito empieza cuando un huevo de cisne llegó al nido de una pata que vivía en una granja del campo. Al nacer, resultó ser un patito muy feo; desproporcionado en tamaño con respecto a sus agraciados hermanitos, con un graznido muy fuerte, estridente y molesto. Era el hazmerreír de los otros animales que ahí vivían. El pobre patito no recibió más que picotazos, empujones y burlas. Incluso sus seis hermanos le maltrataban a veces diciéndole «¡Ojalá te pille el gato, grandulón!» y hasta su madre deseaba que estuviese lejos del corral. Era la oveja negra de la familia.

Un día el patito huyó de allí. En sus aventuras ningún animal salvaje quería estar con él. Se vio envuelto en una cacería, estuvo varias semanas acogido en casa de una viejecita (con su gato y su gallina, que creían ser el centro del mundo) pero echaba de menos nadar y chapotear en el agua, así que se marchó. Una tarde de otoño pudo ver una bandada de grandes y hermosas aves que levantaron el vuelo. Eran cisnes, pero él no lo sabía. Se quedó impresionado y muy inquieto ya que sintió cosas que nunca había sentido. Pero entonces el crudo invierno llegó y el pobre patito lo pasó muy muy mal, tanto que casi muere congelado. Un campesino lo salvó de la muerte pero pronto tuvo que escapar también de su casa.

Finalmente llegó la primavera y ¡volvió a ver a tres bonitos cisnes!. El patito feo se acercó a ellos, seguro de que lo picotearían hasta la muerte. Pero éstos nadaron a su alrededor y lo acariciaron con sus picos. De pronto se miró en el agua y se dio cuenta que también él era un cisne. Después de tantos trabajos y desgracias ahora se sentía muy, pero muy feliz, «Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era sólo un patito feo». Cuando fue visto por su "madre" y sus "hermanos" junto con los otros animales de la granja, no salieron del asombro. De aquel horrible y feo patito, no quedaba nada. Era ahora un animal hermoso y elegante: Un cisne.
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13

El mago de Oz

El Mago de Oz. Cuentos para niños El Mago de Oz. Cuentos infantiles para los niños Dorita era una niña que vivía en una granja de Kansas con sus tíos y su perro Totó. Un día, mientras la niña jugaba con su perro por los alrededores de la casa, nadie se dio cuenta de que se acercaba un tornado... Ver mas
El Mago de Oz. Cuentos para niños
El Mago de Oz. Cuentos infantiles para los niños
Dorita era una niña que vivía en una granja de Kansas con sus tíos y su perro Totó. Un día, mientras la niña jugaba con su perro por los alrededores de la casa, nadie se dio cuenta de que se acercaba un tornado. Cuando Dorita lo vio, intentó correr en dirección a la casa, pero su tentativa de huida fue en vano. La niña tropezó, se cayó, y acabó siendo llevada, junto con su perro, por el tornado.

Los tíos vieron desaparecer en cielo a Dorita y a Totó, sin que pudiesen hacer nada para evitarlo. Dorita y su perro viajaron a través del tornado y aterrizaron en un lugar totalmente desconocido para ellos.

Cuento corto del Mago de Oz
Cuento corto del Mago de Oz

Allí, encontraron unos extraños personajes y un hada que, respondiendo al deseo de Dorita de encontrar el camino de vuelta a su casa, les aconsejaron a que fueran visitar al mago de Oz. Les indicaron el camino de baldosas amarillas, y Dorita y Totó lo siguieron.

En el camino, los dos se cruzaron con un espantapájaros que pedía, incesantemente, un cerebro. Dorita le invitó a que la acompañara para ver lo que el mago de Oz podría hacer por él. Y el espantapájaros aceptó. Más tarde, se encontraron a un hombre de hojalata que, sentado debajo de un árbol, deseaba tener un corazón. Dorita le llamó a que fuera con ellos a consultar al mago de Oz. Y continuaron en el camino. Algún tiempo después, Dorita, el espantapájaros y el hombre de hojalata se encontraron a un león rugiendo débilmente, asustado con los ladridos de Totó.


El león lloraba porque quería ser valiente. Así que todos decidieron seguir el camino hacia el mago de Oz, con la esperanza de hacer realidad sus deseos. Cuando llegaron al país de Oz, un guardián les abrió el portón, y finalmente pudieron explicar al mago lo que deseaban. El mago de Oz les puso una condición: primero tendrían que acabar con la bruja más cruel de reino, antes de ver solucionados sus problemas. Ellos los aceptaron.

Al salir del castillo de Oz, Dorita y sus amigos pasaron por un campo de amapolas y ese intenso aroma les hizo caer en un profundo sueño, siendo capturados por unos monos voladores que venían de parte de la mala bruja. Cuando despertaron y vieron a la bruja, lo único que se le ocurrió a Dorita fue arrojar un cubo de agua a la cara de la bruja, sin saber que eso era lo que haría desaparecer a la bruja.

El cuerpo de la bruja se convirtió en un charco de agua, en un pis-pas. Rompiendo así el hechizo de la bruja, todos pudieron ver como sus deseos eran convertidos en realidad, excepto Dorita. Totó, como era muy curioso, descubrió que el mago no era sino un anciano que se escondía tras su figura. El hombre llevaba allí muchos años pero ya quería marcharse. Para ello había creado un globo mágico. Dorita decidió irse con él. Durante la peligrosa travesía en globo, su perro se cayó y Dorita saltó tras él para salvarle.

En su caída la niña soñó con todos sus amigos, y oyó cómo el hada le decía:

- Si quieres volver, piensa: “en ningún sitio se está como en casa”.

Y así lo hizo. Cuando despertó, oyó gritar a sus tíos y salió corriendo. ¡Todo había sido un sueño! Un sueño que ella nunca olvidaría... ni tampoco sus amigos.
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14

Pedro y el lobo

Cuento infantil. Pedro y el lobo Cuentos clásicos para niños Érase una vez un pequeño pastor que se pasaba la mayor parte de su tiempo paseando y cuidando de sus ovejas en el campo de un pueblito. Todas las mañanas, muy tempranito, hacía siempre lo mismo. Salía a la pradera con su rebaño, y... Ver mas
Cuento infantil. Pedro y el lobo
Cuentos clásicos para niños
Érase una vez un pequeño pastor que se pasaba la mayor parte de su tiempo paseando y cuidando de sus ovejas en el campo de un pueblito. Todas las mañanas, muy tempranito, hacía siempre lo mismo. Salía a la pradera con su rebaño, y así pasaba su tiempo.

Muchas veces, mientras veía pastar a sus ovejas, él pensaba en las cosas que podía hacer para divertirse. Como muchas veces se aburría, un día, mientras descansaba debajo de un árbol, tuvo una idea. Decidió que pasaría un buen rato divirtiéndose a costa de la gente del pueblo que vivía por allí cerca. Se acercó y empezó a gritar:

- ¡Socorro, el lobo! ¡Qué viene el lobo!

Cuento corto de Pedro y el lobo
Cuento de Pedro y el lobo

La gente del pueblo cogió lo que tenía a mano, y se fue a auxiliar al pobre pastorcito que pedía auxilio, pero cuando llegaron allí, descubrieron que todo había sido una broma pesada del pastor, que se deshacía en risas por el suelo. Los aldeanos se enfadaron y decidieron volver a sus casas. Cuando se habían ido, al pastor le hizo tanta gracia la broma que se puso a repetirla. Y cuando vio a la gente suficientemente lejos, volvió a gritar:


- ¡Socorro, el lobo! ¡Que viene el lobo!

La gente, volviendo a oír, empezó a correr a toda prisa, pensando que esta vez sí que se había presentado el lobo feroz, y que realmente el pastor necesitaba de su ayuda. Pero al llegar donde estaba el pastor, se lo encontraron por los suelos, riéndose de ver cómo los aldeanos habían vuelto a auxiliarlo. Esta vez los aldeanos se enfadaron aún más, y se marcharon terriblemente enfadados con la mala actitud del pastor, y se fueron enojados con aquella situación.

A la mañana siguiente, mientras el pastor pastaba con sus ovejas por el mismo lugar, aún se reía cuando recordaba lo que había ocurrido el día anterior, y no se sentía arrepentido de ninguna forma. Pero no se dio cuenta de que, esa misma mañana se le acercaba un lobo. Cuando se dio media vuelta y lo vio, el miedo le invadió el cuerpo. Al ver que el animal se le acercaba más y más, empezó a gritar desesperadamente:

- ¡Socorro, el lobo! ¡Que viene el lobo! ¡Qué se va a devorar todas mis ovejas! ¡Auxilio!

Pero sus gritos han sido en vano. Ya era bastante tarde para convencer a los aldeanos de que lo que decía era verdad. Los aldeanos, habiendo aprendido de las mentiras del pastor, de esta vez hicieron oídos sordos. ¿Y lo qué ocurrió? Pues que el pastor vio como el lobo se abalanzaba sobre sus ovejas, mientras él intentaba pedir auxilio, una y otra vez:

- ¡Socorro, el lobo! ¡El lobo!

Pero los aldeanos siguieron sin hacerle caso, mientras el pastor vio como el lobo se comía unas cuantas ovejas y se llevaba otras tantas para la cena, sin poder hacer nada, absolutamente. Y fue así que el pastor reconoció que había sido muy injusto con la gente del pueblo, y aunque ya era tarde, se arrepintió profundamente, y nunca más volvió burlarse ni a mentir a la gente.

FIN
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15

Pulgarcito (Hnos Grimm)

Pulgarcito En la primera historia, de nombre Pulgarcito, una pareja de campesinos sin hijos desea tener uno, y pide en voz alta que quieren tener un hijo «sin importar cómo sea de pequeño». Siete meses más tarde la mujer tiene un bebé que «no es más grande que un pulgar», y por ello deciden... Ver mas
Pulgarcito
En la primera historia, de nombre Pulgarcito, una pareja de campesinos sin hijos desea tener uno, y pide en voz alta que quieren tener un hijo «sin importar cómo sea de pequeño». Siete meses más tarde la mujer tiene un bebé que «no es más grande que un pulgar», y por ello deciden llamarle Pulgarcito. Era una «criatura ágil y sabia». Pulgarcito intenta ayudar a sus padres en todas las tareas, así que un día pregunta a su padre si puede conducir su caballo hasta donde trabaja éste, sentándose en su oído y dirigiéndolo así, dándole indicaciones. Pulgarcito lleva a cabo dicha tarea. Dos hombres, extrañados, ven pasar al caballo mientras es conducido por voces escandalosas y, cuando descubren que la voz pertenece a una persona que se sienta en el oído del caballo, preguntan al campesino si pueden comprarle a Pulgarcito para hacer una fortuna con las exhibiciones del pequeño ser. Pulgarcito convence al campesino de que tome el dinero que los hombres le ofrecen y se va con ellos sentándose en el borde del sombrero de uno de los hombres. Poco después, Pulgarcito consigue engañar a los hombres para que lo bajen y se oculta en un agujero de ratón.

Más adelante se cuentan diferentes escenas, como la noche en la que intenta dormir en una caseta de caracol, pero es despertado por el ruido de ladrones que planean robar la casa de un pastor. Pulgarcito grita y se ofrece para ayudarles a robar la casa, entrando él mientras los ladrones esperan afuera a que Pulgarcito saque los objetos de la casa. Los ladrones acceden a la propuesta y lo llevan a la casa del pastor. Pulgarcito arma un gran jaleo dentro de la casa, fingiendo que está ayudando a los ladrones una vez dentro. Pulgarcito despierta a los que dormían en el piso superior con preguntas dirigidas a los ladrones tales como ¿Qué queréis?, ¿Lo queréis todo?, haciendo muy obvio el hecho de que allí se estaba cometiendo un robo. Una criada se despierta y asustada por los ladrones, pero no ve a Pulgarcito. Pulgarcito consigue al fin dormir bien sobre heno. Pero la criada, ya de mañana, da de comer el heno a la vaca, sin saber que allí estaba Pulgarcito. Pulgarcito grita dentro del estómago de la vaca, pero el pastor piensa que un «espíritu malvado» se había apoderado de la vaca, y la sacrifica. El estómago de la vaca es depositado en un montón de despojos y un lobo se lo come. Ahora, Pulgarcito está dentro del lobo y, así, persuade al lobo para que lo lleve hasta la casa de sus padres pretendiendo hacerle creer que podrá comerse todo lo que encuentre allí. Sus padres matan al lobo para sacar a Pulgarcito y prometieron no volver a venderlo nunca más, ni «por todas las riquezas del mundo». Ellos le proporcionan alimento y bebidas
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16

El traje nuevo del emperador (H.C. Andersen)

Hace muchos años vivía un rey que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día oyó a Guido y Luigi Farabutto decir que podían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda, añadieron, tenía la especial capacidad de ser invisible... Ver mas
Hace muchos años vivía un rey que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día oyó a Guido y Luigi Farabutto decir que podían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda, añadieron, tenía la especial capacidad de ser invisible para cualquier estúpido o incapaz para su cargo. Por supuesto, no había prenda alguna sino que los pícaros hacían lucir que trabajaban en la ropa, pero estos se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin.

Sintiéndose algo nervioso acerca de si él mismo sería capaz de ver la prenda o no, el emperador envió primero a dos de sus hombres de confianza a verlo. Evidentemente, ninguno de los dos admitieron que eran incapaces de ver la prenda y comenzaron a alabar a la misma. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje y estaba deseando comprobar cuán estúpido era su vecino.

Los estafadores hicieron como que le ayudaban a ponerse la inexistente prenda y el emperador salio con ella en un desfile, sin admitir que era demasiado inepto o estúpido como para poder verla.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo:

«¡Pero si va desnudo!»

La gente empezó a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo oyó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.
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El sastrecillo valiente (Siete de un golpe) (Hnos Grimm)

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El sastrecillo valiente (Siete de un golpe) (Hnos Grimm)

Un sastre estaba siendo molestado por siete moscas mientras trabajaba y decidió acabar con ellas inmediatamente, y así lo hizo de una sola vez. Orgulloso de su hazaña, pues la cosa no era fácil, se hizo un cinturón donde bordó Siete de un golpe, y decidió que el mundo debía conocer su proeza y... Ver mas
Un sastre estaba siendo molestado por siete moscas mientras trabajaba y decidió acabar con ellas inmediatamente, y así lo hizo de una sola vez. Orgulloso de su hazaña, pues la cosa no era fácil, se hizo un cinturón donde bordó Siete de un golpe, y decidió que el mundo debía conocer su proeza y así echó a andar. En el camino se encontró con un gigante que, creyendo que la frase se refería a hombres en vez de moscas, le muestra respeto. Sin embargo, el gigante le pone a prueba en numerosos ocasiones, de las que el sastrecillo valiente sale indemne gracias a su ingenio. Después de librarse de él, llega a un reino donde también la frase de Siete de un golpe es interpretada como el lema de un poderoso guerrero, e impresionados, le encargan liberar la región de dos gigantes, un unicornio y un temible jabalí que tienen atemorizados a sus habitantes. A cambio, recibirá la mitad de un reino y la mano de una princesa. Nuevamente, haciendo uso de su inteligencia, el sastrecillo superará los retos que se le presentan consiguiendo después la magnífica recompensa.
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18

Juan sin miedo (Hnos Grimm)

Juan recibió el apelativo de sin miedo debido a que no tenía miedo a nada. Pero como quería conocerlo, un día salió de su casa dispuesto a correr aventuras esperando toparse en algunas de ellas con algo que le hiciera sentir miedo. Sin embargo, de poco le valió el encuentro que tuvo con una... Ver mas
Juan recibió el apelativo de sin miedo debido a que no tenía miedo a nada. Pero como quería conocerlo, un día salió de su casa dispuesto a correr aventuras esperando toparse en algunas de ellas con algo que le hiciera sentir miedo. Sin embargo, de poco le valió el encuentro que tuvo con una bruja ni después con un ogro. Y así llegó hasta un castillo encantado. El rey había prometido que concedería la mano de su hija a quien pudiera pasar tres noches en él, y Juan no lo dudó; ni los fantasmas ni las criaturas a las que tuvo que hacer frente consiguieron causarle miedo, por lo que consiguió casarse con la princesa. Finalmente también acabó conociendo el miedo cuando su mujer, con objeto de darle lo que tanto tiempo llevaba buscando, derramó sobre él una jarra de agua fría mientras dormía.
Ha recibido 28 puntos

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19

Los músicos de Bremen (Hnos Grimm)

La historia que se narra en el cuento de Jakob Grimm Los músicos de Bremen es la de cuatro animales: un burro, un perro, un gato y un gallo que viven en el poblado de Dibbsersen, en la Baja Sajonia de Alemania, cuyos dueños han decidido sacrificarlos, porque consideran que, por su vejez, estos... Ver mas
La historia que se narra en el cuento de Jakob Grimm Los músicos de Bremen es la de cuatro animales: un burro, un perro, un gato y un gallo que viven en el poblado de Dibbsersen, en la Baja Sajonia de Alemania, cuyos dueños han decidido sacrificarlos, porque consideran que, por su vejez, estos sólo consumen comida y ya no les son útiles para el servicio doméstico. Los animales se encuentran después de que cada uno, de forma independiente, haya huido de la casa de sus respectivos dueños. Al conocerse, deciden iniciar un viaje con destino a la ciudad de Bremen, ciudad hanseática liberal y abierta al mundo, conocida por su simpatía por los extranjeros. En su camino hacia Bremen, estos exiliados que huyen de la condena a muerte, llegan al anochecer a una choza en la que están pernoctando unos bandidos. Con el objetivo de amedrentarlos para ocupar ellos la vivienda, forman una figura esperpéntica con sus cuerpos, al treparse en la espalda de cada uno de ellos, en el orden que se ha mencionado. Así emiten los sonidos propios de su especie, en unísono, lo que hace huir de terror a los bandidos. En el cuento, en realidad no se sabe si los peregrinos llegaron a Bremen o se quedaron en el camino en una de sus aventuras extraodinarias.
Ha recibido 25 puntos

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20

El intrépido soldadito de plomo (Hans Christian Andersen)

En el día de su cumpleaños, un niño recibe una caja de veinticinco soldaditos de plomo. Uno de ellos tiene solamente una pierna, pues al fundirlos había sido el último y no había habido suficiente metal para terminarlo. Cerca del soldadito se encuentra una hermosa bailarina hecha de papel con... Ver mas
En el día de su cumpleaños, un niño recibe una caja de veinticinco soldaditos de plomo. Uno de ellos tiene solamente una pierna, pues al fundirlos había sido el último y no había habido suficiente metal para terminarlo. Cerca del soldadito se encuentra una hermosa bailarina hecha de papel con una cinta azul anudada en el hombro y adornada con una lentejuela. Ella, como él, se tiene sobre una sola pierna, y el soldadito se enamora de ella. Pero a medianoche otro juguete, un duende en una caja de sorpresas, increpa furioso al soldadito prohibiéndole que mire a la bailarina. El soldadito finge no oír sus amenazas, pero al día siguiente, acaso por obra del duende, cae por la ventana y va a parar a la calle. Allí, tras llover un buen rato, dos niños lo encuentran y lo montan en un barquito de papel, enviándolo calle abajo por la cuneta. La corriente arrastra al soldadito hasta una alcantarilla oscura, donde una rata lo persigue exigiéndole un peaje. Por fin, la alcantarilla termina y el barquito de papel se precipita por una catarata a un canal, donde el papel se deshace y el soldadito naufraga. Apenas comienza a hundirse, un pez lo engulle y de nuevo el soldadito queda sumido en la oscuridad. Sin embargo, poco después el pez es capturado y cuando el soldadito vuelve a ver la luz se encuentra de nuevo en la misma casa. Allí está también la bailarina: el soldadito y ella se miran sin decir palabra. De repente, uno de los niños agarra al soldadito y lo arroja sin motivo a la chimenea. Una corriente de aire arrastra también a la bailarina y juntos, en el fuego, se consumen. A la mañana siguiente, al remover las cenizas, la sirvienta encuentra un pequeño corazón de plomo y una lentejuela.
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21

Rapunzel (Hnos Grimm)

Una pareja de un campesino y una campesina que quería tener un hijo, vivía al lado de un jardín rodeado de paredes que pertenecía a una malvada bruja. La esposa finalmente queda embarazada y ve unas campanillas plantadas en el jardín, que se le antojan intensamente. Su marido decide ir a juntar... Ver mas
Una pareja de un campesino y una campesina que quería tener un hijo, vivía al lado de un jardín rodeado de paredes que pertenecía a una malvada bruja. La esposa finalmente queda embarazada y ve unas campanillas plantadas en el jardín, que se le antojan intensamente. Su marido decide ir a juntar algunas y termina enfrentándose con la bruja, llamada la Bruja Gothel, quien lo acusa por robo. Él le ruega piedad, la bruja le da algunas campanillas para que se las lleve a su esposa con la condición de que el hijo que está esperando su ella le sea entregado al momento de su nacimiento. Él acepta. El bebé nace siendo una hermosa, dulce y rubia niña, la bruja aparece, le designa el nombre de Rapunzel y se lo lleva. Cuando Rapunzel cumple dieciocho años la malvada bruja Gothel la encierra en una torre sin puerta de acceso y va todos los días a visitarla, pidiéndole que deje caer su largo cabello rubio y dorado, para trepar hasta ella.

Un día el príncipe, el hijo del Rey, oye a Rapunzel cantando en la torre, busca una puerta, pero, sin encontrar ninguna forma de entrar, decide quedarse a la espera. Vuelve seguido a escucharla cantar, hasta que un día puede oír a la bruja cantándole a Rapunzel «Rapunzel, Rapunzel, deja tu pelo caer, así puedo trepar la escalera dorada», y, de esta manera, el príncipe descubre cómo llegar hasta ella. Le pide que deje caer su cabello y, así, sube hasta ella. Desde aquel día comienza a frecuentarla, se enamoran y él le propone matrimonio. Ella acepta.

Planean una forma de sacarla de la torre: él irá todas las noches, evitando a la bruja que la visita de día, y llevará seda, con la que Rapunzel tejerá hasta formar una especie de cuerda. La bruja descubre que el príncipe, está visitando a Rapunzel, lo que la lleva a cortarle el pelo y a abandonarla en medio de un pantano.

Cuando el príncipe llega a la noche siguiente, la bruja se había ocupado de bajar las trenzas hasta el alcance de él. Cuando el príncipe sube y se encuentra con la bruja en la torre, esta le dice que jamás volverá a ver a Rapunzel. Él, desesperado, cae de la torre sobre unas espinas que hay al pie de la misma, quedando ciego. Termina rindiéndose porque ya no podrá volver a ver jamás a la joven. Al poco tiempo, merodeando el príncipe por el pantano, encuentra a Rapunzel quien, al verlo en tal estado, decide llevarlo hasta su casa. Rapunzel llora triste y frustrada de dolor; las lágrimas de Rapunzel caen en los ojos del apuesto príncipe y él recupera la vista. Entonces, finalmente, el príncipe y Rapunzel se van al reino, se casan y son felices para siempre.
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22

La princesa y el guisante (H. C. Andersen)

Todo comienza en un reino con un príncipe heredero soltero y necesitado de una princesa con la que casar. Como en otros cuentos de hadas, las mujeres tiene un papel preponderante, pero en esta ocasión son las auténticas protagonistas y no un complemento de la obra. En este caso la reina... Ver mas
Todo comienza en un reino con un príncipe heredero soltero y necesitado de una princesa con la que casar.

Como en otros cuentos de hadas, las mujeres tiene un papel preponderante, pero en esta ocasión son las auténticas protagonistas y no un complemento de la obra. En este caso la reina presenta al hijo varias candidatas y a todas las somete a una prueba para comprobar si realmente son de sangre real. Para saber si realmente tiene la sangre azul la madre las invita a dormir en una cama con varios colchones (algunas publicaciones dan un número de 20) y bajo los cuales ha colocado un guisante. Sólo aquellas que notan la hortaliza bajo los mullidos colchones son realmente aptas para su hijo.

Ninguna lo logra hasta que una noche aparece la única superviviente de un naufragio (algo muy común en un pueblo marinero como el danés) que llega al castillo empapada, agotada y tiritando. Siguiendo la tradición hospitalaria de los castillos, como la presentada por Walter Scott en Ivanhoe, la muchacha es aceptada y atendida. Después de cenar la madre manda preparar una habitación con la misma prueba del guisante.

A la mañana siguiente la muchacha aparece con grandes ojeras y fatigada. La reina le pregunta por la cama y ella responde que tenía algo que no la dejaba dormir y que probablemente le ha llenado la espalda de cardenales, demostrando así ser la esposa idónea para su hijo.
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23

El Rey Rana o Enrique el Férreo (Hnos Grimm)

Trata sobre una hermosa pero mimada y orgullosa princesa a quién su padre le regala una pelota de oro, con la que queda fascinada; pero un día, jugando con la pelota de oro cerca de un pozo, la pelota de oro se le cae al agua del pozo. En el pozo habitaba una rana, con la cuál la princesa hace... Ver mas
Trata sobre una hermosa pero mimada y orgullosa princesa a quién su padre le regala una pelota de oro, con la que queda fascinada; pero un día, jugando con la pelota de oro cerca de un pozo, la pelota de oro se le cae al agua del pozo. En el pozo habitaba una rana, con la cuál la princesa hace un trato: la rana le traerá la pelota de oro a la princesa y la princesa, a cambio, será su amiga y la invitará esa misma noche a cenar al castillo dónde ella vive y a dormir toda la noche con ella en la cama de su habitación. Pero la princesa, habiendo recuperado la pelota de oro, se olvida de la promesa. Sin embargo, la rana se presenta en el castillo y le confiesa al rey la promesa que le hizo la princesa. Fastidiada la princesa accede a cumplirla, porque así se lo pide su padre, siendo obligada a comer del mismo plato y a dormir en la misma cama que la rana. Pero su repulsión es tan grande, que cuando se van a acostar lanza a la viscosa y desagradable rana contra la pared, descubriendo en realidad, que la rana es un príncipe que había sido encantado por una bruja malvada.

Aunque en versiones modernas la transformación es invariablemente desencadenada cuando la princesa besa a la rana, en la versión original de los hermanos Grimm, el hechizo se rompe cuando la princesa arroja a la rana contra la pared. En versiones tempranas era suficiente para la rana, pasar la noche en la almohada de la princesa. Al final del cuento, el príncipe rana le perdona a la princesa los malos y ariscos tratos que le hizo cuando estaba convertido en rana, y para agradecerle a la princesa que ha roto el hechizo, él y ella se casan y viven felices eternamente.
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24

La reina de las nieves (H. C. Andersen)

La historia ha sido adaptada en diversos medios de comunicación, incluyendo, dramas televisivos, videojuegos y películas de animación entre la que destacan las películas La reina de las nieves (2012) -en ruso: Snezhnaya koroleva- y La reina de las nieves 2: el espejo encantado (2016), dirigida... Ver mas
La historia ha sido adaptada en diversos medios de comunicación, incluyendo, dramas televisivos, videojuegos y películas de animación entre la que destacan las películas La reina de las nieves (2012) -en ruso: Snezhnaya koroleva- y La reina de las nieves 2: el espejo encantado (2016), dirigida por Lev Atamanov, la cual desfilo en los festivales de Berlín, Cannes, Moscú y Londres y Frozen (2013), de Walt Disney, ganadora de dos Premios Óscar.3​4​
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25

El ganso de oro (Hnos Grimm)

Este cuento corto infantil narra la historia del más pequeño de tres Hermanos al que apodaban Tontín. Un día, su hermano mayor tuvo que ir al bosque a buscar madera llevando un pastel y una botella de vino. De camino, encuentra un pobre anciano que le pide comida, pero se la niega. Nada más... Ver mas
Este cuento corto infantil narra la historia del más pequeño de tres Hermanos al que apodaban Tontín.
Un día, su hermano mayor tuvo que ir al bosque a buscar madera llevando un pastel y una botella de vino. De camino, encuentra un pobre anciano que le pide comida, pero se la niega. Nada más proseguir su camino, se accidenta y debe de volver a casa.



Ese mismo día, el hermano mediano también es enviado al bosque en busca de madera, llamando el mismo pastel y la misma botella de vino que había llevado hermano mayor, pero le puede ocurrir lo mismo que el primero, encuentra al anciano, no le hace caso, que en un accidente y debe de volver a casa.

Por fin, le tocó la hora a Tontín, que como siempre en el último en encargarle las cosas. Pero, lo enviaron con un pan duro y una botella de cerveza agria. También se encontró al anciano pero no dudó en compartir su comida y bebida con él. Nada más terminar de comer, el anciano la recompensó con un ganso de oro que encontró bajo las raíces de un árbol. De esta manera, el pequeño Tontín, gracias a su generosidad, consiguió cambiar su destino gracias a los podere
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26

Pulgarcita (H. C. Andersen)

La película comienza en el París del siglo XVII, donde la golondrina Jacquimo (Gino Conforti) comienza a contar la historia de una mujer solitaria (Barbara Cook) quien quiere tener un hijo desde hace mucho tiempo. Un buen día, una bruja buena la visita y le da un grano de cebada mágico para... Ver mas
La película comienza en el París del siglo XVII, donde la golondrina Jacquimo (Gino Conforti) comienza a contar la historia de una mujer solitaria (Barbara Cook) quien quiere tener un hijo desde hace mucho tiempo. Un buen día, una bruja buena la visita y le da un grano de cebada mágico para plantarlo. Al día siguiente, el grano de cebada mágico ha brotado y florecido, y del capullo de la flor surge una pequeña niña "no más grande que su dedo pulgar". La mujer la llama Pulgarcita (Jodi Benson).

Pulgarcita vive feliz en la granja de su madre, con ésta y con los animales, aunque está preocupada porque no conoce a nadie de su tamaño. Una noche, su madre le cuenta una historia sobre hadas, y después de ser acostarse, Pulgarcita imagina que algún día ella será capaz de encontrar a alguien a quien amar. Mientras tararea para sí misma, el Príncipe Cornelius, el Príncipe de las Hadas (Gary Imhoff), vuela hasta la ventana donde se encuentra ella y queda encantado ante su voz. Los dos montan a lomos de la abeja de Cornelius, Bumble, y durante ese viaje se enamoran. Pero, durante el paseo, un sapo llamado Grundel (Joe Lynch) ve a Pulgarcita y le declara a su madre, la señora Sapo (Charo), que la quiere.

El Príncipe devuelve a Pulgarcita a su ventana y le promete volver al día siguiente para conocer a su madre. Después de que él se vaya, Pulgarcita se va a dormir a su cama de nuez, y es raptada por la Señora Sapo. Cuando se despierta a la mañana siguiente, descubre horrorizada que está sobre una hoja de nenúfar, lejos de casa. La señora Sapo le anuncia que se va a convertir en miembro en su compañía teatral familiar "Sapos Cantores de España" y que deberá casarse con Grundel. Los sapos la dejan sola para ir a buscar el cura, y Pulgarcita pide ayuda. Jacquimo, quien la oye, la ayuda a salir de la hoja de nenúfar y la anima a seguir a su corazón y encontrar su camino a casa para ver a su madre. La golondrina jura que encontrará a Cornelius, quien vive en el Valle Encantado de las Hadas. Mientras tanto, el príncipe, quien ya se ha enterado del secuestro de su amada, ha comenzado a buscarla.

Cuando Pulgarcita ya está cerca de su casa, la aborda el escarabajo Berkeley (Gilbert Gottfried), quien desea que ella cante en el Baile de los Escarabajos. Pulgarcita se ve obligada a actuar en el baile disfrazada de insecto, pero su vestido se rompe durante la actuación y al final es expulsada por ser "demasiado fea". Por otro lado, Grundel quien también está buscando a Pulgarcita, encuentra al escarabajo y lo obliga a ayudarle a encontrarla.

Llega el otoño y, mientras busca el Valle de las Hadas, un fuerte viento empuja a Jacquimo contra un árbol, y la golondrina se clava una astilla en el ala. Cuando llega el frío invierno, Jacquimo comienza a estar demasiado débil para volar. Por otro lado, la nieve provoca que Cornelius se caiga de su abejorro a un estanque, que se congela y lo atrapa bajo el agua. Casualmente, el escarabajo encuentra a Cornelius congelado en el estanque y corta un bloque de hielo con Cornelius dentro para dárselo a Grundel. Mientras tanto, en su casa, la madre de Pulgarcita solo puede esperar a que ocurra lo mejor.

Pulgarcita se refugia del frío dentro de un zapato abandonado, pero es descubierta por la señora Rata (Carol Channing), quien la acoge hospitalariamente en su madriguera y le cuenta que Cornelius está muerto. La señora Rata invita a su huésped a visitar con ella al Señor Topo, su rico vecino, para quien Pulgarcita canta por consejo de la señora Rata. Dando un paseo por los extensos túneles del señor Topo, Pulgarcita descubre a Jacquimo, aletargado por el frío. El señor Topo le confiesa a la Señora Rata que le gustaría casarse con Pulgarcita, y ella accede a convencer a la joven de ello, diciéndole que eso sería lo mejor. Grundel se entera de que Pulgarcita se va a casar con el señor Topo y abandona a Cornelius, permitiendo así que unos bichitos amigos de Pulgarcita enciendan un fuego para derretir el hielo que ha atrapado a Cornelius.

Una noche, Pulgarcita sale sigilosamente de la casa de la señora rata para visitar a Jacquimo. Él despierta, y Pulgarcita le cura el ala, pero antes de que ella pueda explicarle que Cornelius está "muerto", Jacquimo se va volando, aún diciendo que encontrará el Valle de las Hadas.

Llega el día de la boda, pero cuando el ministro preguntó a Pulgarcita, ella respondió que no se podía casar con el señor Topo. Ella huye, perseguida por Grundel, el escarabajo y los invitados, pero Cornelius y los bichitos intervienen, y el príncipe se enfrenta a Grundel en una batalla que termina con ambos cayendo a un abismo. Por su parte, Pulgarcita, quien no ha visto a Cornelius, logra derribar una montaña de joyas detrás de sus perseguidores, asustándolos a todos.

La joven logra salir a la superficie, donde la encuentra Jacquimo, quien dice que por fin ha encontrado el Valle de las Hadas. La golondrina conduce a Pulgarcita hasta el valle, pero éste está helado y cubierto de nieve, y ella, hambrienta y aterida de frío, sólo desea volver a casa. Sin embargo, la golondrina logra convencerla de que comience a cantar. El hielo se funde poco a poco, comienzan a aparecer las flores y finalmente Cornelius aparece para reunirse con su amor y proponerle matrimonio. Pulgarcita acepta, y cuando ambos se besan, unas preciosas alas brotan de la espalda de ella. La boda se celebra con la asistencia de la madre de Pulgarcita, los animales de la granja y la familia de Cornelius.

Durante los créditos se desvela que el escarabajo vuelve a su vida normal de cantante y que recupera sus alas. Grundel, quien sólo se rompe una pata, sobrevive a la caída, y acaba por enamorarse de un sapo hembra. Por su parte, el señor Topo se casa con la señora Rata. Pulgarcita y el Príncipe Cornelius se casan y viven felices eternamente.
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27

Juan con suerte (Hnos Grimm)

¡No hay nadie en el mundo con tanta suerte como Juan! Una pieza de oro casi tan grande como su cabeza, un caballo, una vaca, un cerdo, un ganso, una piedra y, al final, ¡nada! Un hermoso relato de los hermanos Grimm magistralmente ilustro por Eve Tharlet.
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28

Los zapatos rojos (H.C. Andersen)

Los zapatos rojos Érase una vez una niña pobre llamada Karen. Karen era tan pobre que solo tenía unos zuecos por calzado, unos zuecos que le dañaban los pies, por lo que en verano iba descalza. En el centro de la aldea vivía una anciana zapatera que le hizo a Karen un par de zapatitos con... Ver mas
Los zapatos rojos Érase una vez una niña pobre llamada Karen. Karen era tan pobre que solo tenía unos zuecos por calzado, unos zuecos que le dañaban los pies, por lo que en verano iba descalza.

En el centro de la aldea vivía una anciana zapatera que le hizo a Karen un par de zapatitos con unos retazos de tela roja. Los zapatos resultaron un tanto desmañados, pero a la niña le encantaron.

Al morir su madre, una señora rica acogió a la niña y la cuidó como si fuera su hija. Lo primero que hizo fue tirar los zapatos rojos, pues le horrorizaban, y comprarle un calzado más discreto.

Cuando llegó el momento de confirmación de la niña la señora le compró a Karen unos zapatos. Cuando fueron a ver al zapatero Karen se enamoró de unos zapatos rojos de charol que el zapatero había hecho para una condesa, pero que no le iban bien. La niña se los pidió a su benefactora que, como ya no veía bien, no se enteró de que eran rojos.

El día de la confirmación todo el mundo miraba los zapatos rojos de Karen. Y la niña no podía pensar en otra cosa que en sus zapatos rojos.

Cuando la señora se enteró reprendió a Karen y le ordenó no volver a ponérselos.
Pero la niña decidió aprovechar cualquier ocasión para ponérselos y desobedecer a la señora.

Al domingo siguiente, cuando acompañó a la señora a misa, la niña se puso sus zapatos rojos, a pesar de que la buena mujer le recordó que debía ponerse zapatos negros. Cuando llegaron a la iglesia, un mendigo se ofreció a limpiarles los zapatos.

-¡Qué bonitos zapatos de baile! -dijo el mendigo a la niña-.Procura que no se te suelten cuando dances.

Y al decir esto tocó las suelas de los zapatos con la mano.

Al salir de la iglesia el mendigo volvió a decir:

-¡Qué bonitos zapatos de baile!

Inmediatamente, Karen empezó a bailar sin poder parar, llevada involuntariamente por sus zapatos rojos.

El cochero, que la esperaba a ella y a la señora, metió a la niña enseguida en el carruaje y le quitó los zapatos.

Por esos días la señora cayó enferma y Karen tuvo que hacerse cargo de cuidarla. Pero la habían invitado a un gran baile. Después de dudarlo unos minutos, Karen decidió dejar dormida a la señora y marcharse al baile con sus zapatos rojos, sin recordar el incidente que había sufrido el domingo.

Cuando llegó al baile con sus zapatos rojos estos empezaron a mover sus pies, y la niña empezó a bailar sin poder parar. Pasaron los días y Karen seguía bailando y bailando. Estaba cansada, pero no podía parar, así que lloraba mientras bailaba, pensando en lo tonta y vanidosa que había sido y en lo ingrata que había sido con la señora que tanto la había ayudado.

-Los zapatos rojos ¡No puedo más!- lloró desesperada-. ¡Tengo que quitarme estos zapatos aunque tengan que cortarme los pies!

Karen se dirigió bailando a casa del carnicero. Cuando llegó, sin dejar de bailar, le gritó desde la puerta:

-¡Sal! ¡Sal! No puedo entrar porque estoy bailando. Córtame los pies para que pueda dejar de bailar, porque hasta entonces no podré arrepentirme de mi vanidad.

Cuando la puerta se abrió apareció el mendigo limpiabotas que había encantado los zapatos rojos a la puerta de la iglesia.

-¡Qué bonitos zapatos rojos de baile! -exclamó-. ¡Seguro que se ajustan muy bien al bailar! Déjame verlos más de cerca.

Nada más tocar el mendigo los zapatos rojos se detuvieron y Karen dejó de bailar. Karen aprendió la lección y, agradecida, volvió a casa a cuidar de la señora que tanto había hecho por ella. Karen guardó los zapatos en una urna de cristal y no volvió a desobedecer nunca más.
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29

Los cisnes salvajes (H. C.Andersen)

Lejos de nuestras tierras, allá adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a nosotros, vivía un rey que tenía once hijos y una hija llamada Elisa. Los once hermanos eran príncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la escuela; escribían con pizarrín de... Ver mas
Lejos de nuestras tierras, allá adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a nosotros, vivía un rey que tenía once hijos y una hija llamada Elisa. Los once hermanos eran príncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la escuela; escribían con pizarrín de diamante sobre pizarras de oro, y aprendían de memoria con la misma facilidad con que leían; en seguida se notaba que eran príncipes. Elisa, la hermana, se sentaba en un escabel de reluciente cristal, y tenía un libro de estampas que había costado lo que valía la mitad del reino.

Los cisnes salvajes
Los cisnes salvajes
¡Qué bien lo pasaban aquellos niños! Lástima que aquella felicidad no pudiese durar siempre.

Su padre, Rey de todo el país, casó con una reina perversa, que odiaba a los pobres niños. Ya al primer día pudieron ellos darse cuenta. Fue el caso, que había gran gala en todo el palacio, y los pequeños jugaron a «visitas»; pero en vez de recibir pasteles y manzanas asadas como se suele en tales ocasiones, la nueva Reina no les dio más que arena en una taza de té, diciéndoles que imaginaran que era otra cosa.

A la semana siguiente mandó a Elisa al campo, a vivir con unos labradores, y antes de mucho tiempo le había ya dicho al Rey tantas cosas malas de los príncipes, que éste acabó por desentenderse de ellos.

-¡A volar por el mundo y apáñense por su cuenta! -exclamó un día la perversa mujer-; ¡a volar como grandes aves sin voz!



Pero no pudo llegar al extremo de maldad que habría querido; los niños se transformaron en once hermosísimos cisnes salvajes. Con un extraño grito emprendieron el vuelo por las ventanas de palacio, y, cruzando el parque, desaparecieron en el bosque.

Era aún de madrugada cuando pasaron por el lugar donde su hermana Elisa yacía dormida en el cuarto de los campesinos; y aunque describieron varios círculos sobre el tejado, estiraron los largos cuellos y estuvieron aleteando vigorosamente, nadie los oyó ni los vio. Hubieron de proseguir, remontándose basta las nubes, por esos mundos de Dios, y se dirigieron hacia un gran bosque tenebroso que se extendía hasta la misma orilla del mar.

La pobre Elisita seguía en el cuarto de los labradores jugando con una hoja verde, único juguete que poseía. Abriendo en ella un agujero, miró el sol a su través y le pareció como si viera los ojos límpidos de sus hermanos; y cada vez que los rayos del sol le daban en la cara, creía sentir el calor de sus besos.

Pasaban los días, monótonos e iguales. Cuando el viento soplaba por entre los grandes setos de rosales plantados delante de la casa, susurraba a las rosas:

-¿Qué puede haber más hermoso que ustedes?



Pero las rosas meneaban la cabeza y respondían:

-Elisa es más hermosa.

Los cisnes salvajes
Los cisnes salvajes
Cuando la vieja de la casa, sentada los domingos en el umbral, leía su devocionario, el viento le volvía las hojas, y preguntaba al libro:

-¿Quién puede ser más piadoso que tú?

-Elisa es más piadosa -replicaba el devocionario; y lo que decían las rosas y el libro era la pura verdad. Porque aquel libro no podía mentir.



Habían convenido en que la niña regresaría a palacio cuando cumpliese los quince años; pero al ver la Reina lo hermosa que era, sintió rencor y odio, y la habría transformado en cisne, como a sus hermanos; sin embargo, no se atrevió a hacerlo en seguida, porque el Rey quería ver a su hija.

Por la mañana, muy temprano, fue la Reina al cuarto de baile, que era todo él de mármol y estaba adornado con espléndidos almohadones y cortinajes, y, cogiendo tres sapos, los besó y dijo al primero:

-Súbete sobre la cabeza de Elisa cuando esté en el baño, para que se vuelva estúpida como tú. Ponte sobre su frente -dijo al segundo-, para que se vuelva como tú de fea, y su padre no la reconozca.

Y al tercero:

-Siéntate sobre su corazón e infúndele malos sentimientos, para que sufra.

Echó luego los sapos al agua clara, que inmediatamente se tiñó de verde, y, llamando a Elisa, la desnudó, mandándole entrar en el baño; y al hacerlo, uno de los sapos se le puso en la cabeza, el otro en la frente y el tercero en el pecho, sin que la niña pareciera notario; y en cuanto se incorporó, tres rojas flores de adormidera aparecieron flotando en el agua. Aquellos animales eran ponzoñosos y habían sido besados por la bruja; de lo contrario, se habrían transformado en rosas encarnadas. Sin embargo, se convirtieron en flores, por el solo hecho de haber estado sobre la cabeza y sobre el corazón de la princesa, la cual era, demasiado buena e inocente para que los hechizos tuviesen acción sobre ella.

Al verlo la malvada Reina, la frotó con jugo de nuez, de modo que su cuerpo adquirió un tinte pardo negruzco; le untó luego la cara con una pomada apestosa y le desgreñó el cabello. Era imposible reconocer a la hermosa Elisa.

Por eso se asustó su padre al verla, y dijo que no era su hija. Nadie la reconoció, excepto el perro mastín y las golondrinas; pero eran pobres animales cuya opinión no contaba.

La pobre Elisa rompió a llorar, pensando en sus once hermanos ausentes. Salió, angustiada, de palacio, y durante todo el día estuvo vagando por campos y eriales, adentrándose en el bosque inmenso. No sabía adónde dirigirse, pero se sentía acongojada y anhelante de encontrar a sus hermanos, que a buen seguro andarían también vagando por el amplio mundo. Hizo el propósito de buscarlos.

Llevaba poco rato en el bosque, cuando se hizo de noche; la doncella había perdido el camino. Se tendió sobre el blando musgo, y, rezadas sus oraciones vespertinas, reclinó la cabeza sobre un tronco de árbol. Reinaba un silencio absoluto, el aire estaba tibio, y en la hierba y el musgo que la rodeaban lucían las verdes lucecitas de centenares de luciérnagas, cuando tocaba con la mano una de las ramas, los insectos luminosos caían al suelo como estrellas fugaces.

Toda la noche estuvo soñando en sus hermanos. De nuevo los veía de niños, jugando, escribiendo en la pizarra de oro con pizarrín de diamante y contemplando el maravilloso libro de estampas que había costado medio reino; pero no escribían en el tablero, como antes, ceros y rasgos, sino las osadísimas gestas que habían realizado y todas las cosas que habían visto y vivido; y en el libro todo cobraba vida, los pájaros cantaban, y las personas salían de las páginas y hablaban con Elisa y sus hermanos; pero cuando volvía la hoja saltaban de nuevo al interior, para que no se produjesen confusiones en el texto.

Los cisnes salvajes
Los cisnes salvajes
Cuando despertó, el sol estaba ya alto sobre el horizonte. Elisa no podía verlo, pues los altos árboles formaban un techo de espesas ramas; pero los rayos jugueteaban allá fuera como un ondeante velo de oro. El campo esparcía sus aromas, y las avecillas venían a posarse casi en sus hombros; oía el chapoteo del agua, pues fluían en aquellos alrededores muchas y caudalosas fuentes, que iban a desaguar en un lago de límpido fondo arenoso. Había, si, matorrales muy espesos, pero en un punto los ciervos habían hecho una ancha abertura, y por ella bajó Elisa al agua. Era ésta tan cristalina, que, de no haber agitado el viento las ramas y matas, la muchacha habría podido pensar que estaban pintadas en el suelo; tal era la claridad con que se reflejaba cada hoja, tanto las bañadas por el sol como las que se hallaban en la sombra.

Al ver su propio rostro tuvo un gran sobresalto, tan negro y feo era; pero en cuanto se hubo frotado los ojos y la frente con la mano mojada, volvió a brillar su blanquísima piel. Se desnudó y se metió en el agua pura; en el mundo entero no se habría encontrado una princesa tan hermosa como ella.

Vestida ya de nuevo y trenzado el largo cabello, se dirigió a la fuente borboteante, bebió del hueco de la mano y prosiguió su marcha por el bosque, a la ventura, sin saber adónde. Pensaba en sus hermanos y en Dios misericordioso, que seguramente no la abandonaría: El hacía crecer las manzanas silvestres para alimentar a los hambrientos; y la guió hasta uno de aquellos árboles, cuyas ramas se doblaban bajo el peso del fruto. Comió de él, y, después de colocar apoyos para las ramas, se adentró en la parte más oscura de la selva. Reinaba allí un silencio tan profundo, que la muchacha oía el rumor de sus propios pasos y el de las hojas secas, que se doblaban bajo sus pies. No se veía ni un pájaro: ni un rayo de sol se filtraba por entre las corpulentas y densas ramas de los árboles, cuyos altos troncos estaban tan cerca unos de otros, que, al mirar la doncella a lo alto, le parecía verse rodeada por un enrejado de vigas. Era una soledad como nunca había conocido.

La noche siguiente fue muy oscura; ni una diminuta luciérnaga brillaba en el musgo. Ella se echó, triste, a dormir, y entonces tuvo la impresión de que se apartaban las ramas extendidas encima de su cabeza y que Dios Nuestro Señor la miraba con ojos bondadosos, mientras unos angelitos le rodeaban y asomaban por entre sus brazos.

Al despertarse por la mañana, no sabía si había soñado o si todo aquello había sido realidad.

Anduvo unos pasos y se encontró con una vieja que llevaba bayas en una cesta. La mujer le dio unas cuantas, y Elisa le preguntó si por casualidad había visto a los once príncipes cabalgando por el bosque.

-No -respondió la vieja-, pero ayer vi once cisnes, con coronas de oro en la cabeza, que iban río abajo.

Acompañó a Elisa un trecho, hasta una ladera a cuyo pie serpenteaba un riachuelo. Los árboles de sus orillas extendían sus largas y frondosas ramas al encuentro unas de otras, y allí donde no se alcanzaban por su crecimiento natural, las raíces salían al exterior y formaban un entretejido por encima del agua.

Elisa dijo adiós a la vieja y siguió por la margen del río, hasta el punto en que éste se vertía en el gran mar abierto.

Frente a la doncella se extendía el soberbio océano, pero en él no se divisaba ni una vela, ni un bote. ¿Cómo seguir adelante? Consideró las innúmeras piedrecitas de la playa, redondeadas y pulimentadas por el agua. Cristal, hierro, piedra, todo lo acumulado allí había sido moldeado por el agua, a pesar de ser ésta mucho más blanda que su mano. «La ola se mueve incesantemente y así alisa las cosas duras; pues yo seré tan incansable como ella. Gracias por su lección, olas claras y saltarinas; algún día, me lo dice el corazón, me llevarán al lado de mis hermanos queridos».

Entre las algas arrojadas por el mar a la playa yacían once blancas plumas de cisne, que la niña recogió, haciendo un haz con ellas. Estaban cuajadas de gotitas de agua, rocío o lágrimas, ¿quién sabe?. Se hallaba sola en la orilla, pero no sentía la soledad, pues el mar cambiaba constantemente; en unas horas se transformaba más veces que los lagos en todo un año. Si avanzaba una gran nube negra, el mar parecía decir: «¡Ved, qué tenebroso puedo ponerme!». Luego soplaba viento, y las olas volvían al exterior su parte blanca. Pero si las nubes eran de color rojo y los vientos dormían, el mar podía compararse con un pétalo de rosa; era ya verde, ya blanco, aunque por mucha calma que en él reinara, en la orilla siempre se percibía un leve movimiento; el agua se levantaba débilmente, como el pecho de un niño dormido.

A la hora del ocaso, Elisa vio que se acercaban volando once cisnes salvajes coronados de oro; iban alineados, uno tras otro, formando una larga cinta blanca. Elisa remontó la ladera y se escondió detrás de un matorral; los cisnes se posaron muy cerca de ella, agitando las grandes alas blancas.

No bien el sol hubo desaparecido bajo el horizonte, se desprendió el plumaje de las aves y aparecieron once apuestos príncipes: los hermanos de Elisa. Lanzó ella un agudo grito, pues aunque sus hermanos habían cambiado mucho, la muchacha comprendió que eran ellos; algo en su interior le dijo que no podían ser otros. Se arrojó en sus brazos, llamándolos por sus nombres, y los mozos se sintieron indeciblemente felices al ver y reconocer a su hermana, tan mayor ya y tan hermosa. Reían y lloraban a la vez, y pronto se contaron mutuamente el cruel proceder de su madrastra.

-Nosotros -dijo el hermano mayor- volamos convertidos en cisnes salvajes mientras el sol está en el cielo; pero en cuanto se ha puesto, recobramos nuestra figura humana; por eso debemos cuidar siempre de tener un punto de apoyo para los pies a la hora del anochecer, pues entonces si volásemos hacia las nubes, nos precipitaríamos al abismo al recuperar nuestra condición de hombres. No habitamos aquí; allende el océano hay una tierra tan hermosa como ésta, pero el camino es muy largo, a través de todo el mar, y sin islas donde pernoctar; sólo un arrecife solitario emerge de las aguas, justo para descansar en él pegados unos a otros; y si el mar está muy movido, sus olas saltan por encima de nosotros; pero, con todo, damos gracias a Dios de que la roca esté allí. En ella pasamos la noche en figura humana; si no la hubiera, nunca podríamos visitar nuestra amada tierra natal, pues la travesía nos lleva dos de los días más largos del año. Una sola vez al año podemos volver a la patria, donde nos está permitido permanecer por espacio de once días, volando por encima del bosque, desde el cual vemos el palacio en que nacimos y que es morada de nuestro padre, y el alto campanario de la iglesia donde está enterrada nuestra madre. Estando allí, nos parece como si árboles y matorrales fuesen familiares nuestros; los caballos salvajes corren por la estepa, como los vimos en nuestra infancia; los carboneros cantan las viejas canciones a cuyo ritmo bailábamos de pequeños; es nuestra patria, que nos atrae y en la que te hemos encontrado, hermanita querida. Tenemos aún dos días para quedarnos aquí, pero luego deberemos cruzar el mar en busca de una tierra espléndida, pero que no es la nuestra. ¿Cómo llevarte con nosotros? no poseemos ningún barco, ni un mísero bote, nada en absoluto que pueda flotar.

-¿Cómo podría yo redimirlos? -preguntó la muchacha.

Estuvieron hablando casi toda la noche, y durmieron bien pocas horas.

Elisa despertó con el aleteo de los cisnes que pasaban volando sobre su cabeza. Sus hermanos, transformados de nuevo, volaban en grandes círculos, y, se alejaron; pero uno de ellos, el menor de todos, se había quedado en tierra; reclinó la cabeza en su regazo y ella le acarició las blancas alas, y así pasaron juntos todo el día. Al anochecer regresaron los otros, y cuando el sol se puso recobraron todos su figura natural.

-Mañana nos marcharemos de aquí para no volver hasta dentro de un año; pero no podemos dejarte de este modo. ¿Te sientes con valor para venir con nosotros? Mi brazo es lo bastante robusto para llevarte a través del bosque, y, ¿no tendremos entre todos la fuerza suficiente para transportarte volando por encima del mar?

-¡Sí, llévenme con ustedes! -dijo Elisa.

Emplearon toda la noche tejiendo una grande y resistente red con juncos y flexible corteza de sauce. Se tendió en ella Elisa, y cuando salió el sol y los hermanos se hubieron transformado en cisnes salvajes, cogiendo la red con los picos, echaron a volar con su hermanita, que aún dormía en ella, y se remontaron hasta las nubes. Al ver que los rayos del sol le daban de lleno en la cara, uno de los cisnes se situó volando sobre su cabeza, para hacerle sombra con sus anchas alas extendidas.

Estaban ya muy lejos de tierra cuando Elisa despertó. Creía soñar aún, pues tan extraño le parecía verse en los aires, transportada por encima del mar. A su lado tenía una rama llena de exquisitas bayas rojas y un manojo de raíces aromáticas. El hermano menor las había recogido y puesto junto a ella.

Elisa le dirigió una sonrisa de gratitud, pues lo reconoció; era el que volaba encima de su cabeza, haciéndole sombra con las alas.

Iban tan altos, que el primer barco que vieron a sus pies parecía una blanca gaviota posada sobre el agua. Tenían a sus espaldas una gran nube; era una montaña, en la que se proyectaba la sombra de Elisa y de los once cisnes: ello demostraba la enorme altura de su vuelo. El cuadro era magnífico, como jamás viera la muchacha; pero al elevarse más el sol y quedar rezagada la nube, se desvaneció la hermosa silueta.

Siguieron volando durante todo el día, raudos como zumbantes saetas; y, sin embargo, llevaban menos velocidad que de costumbre, pues los frenaba el peso de la hermanita. Se levantó mal tiempo, y el atardecer se acercaba; Elisa veía angustiada cómo el sol iba hacia su ocaso sin que se vislumbrase el solitario arrecife en la superficie del mar. Se daba cuenta de que los cisnes aleteaban con mayor fuerza. ¡Ah!, ella tenía la culpa de que no pudiesen avanzar con la ligereza necesaria; al desaparecer el sol se transformarían en seres humanos, se precipitarían en el mar y se ahogarían. Desde el fondo de su corazón elevó una plegaria a Dios misericordioso, pero el acantilado no aparecía. Los negros nubarrones se aproximaban por momentos, y las fuertes ráfagas de viento anunciaban la tempestad. Las nubes formaban un único arco, grande y amenazador, que se adelantaba como si fuese de plomo, y los rayos se sucedían sin interrupción.

El sol se hallaba ya al nivel del mar. A Elisa le palpitaba el corazón; los cisnes descendieron bruscamente, con tanta rapidez, que la muchacha tuvo la sensación de caerse; pero en seguida reanudaron el vuelo. El círculo solar había desaparecido en su mitad debajo del horizonte cuando Elisa distinguió por primera vez el arrecife al fondo, tan pequeño, que se habría dicho la cabeza de una foca asomando fuera del agua. El sol seguía ocultándose rápidamente, ya no era mayor que una estrella, cuando su pie tocó tierra firme, y en aquel mismo momento el astro del día se apagó cual la última chispa en un papel encendido. Vio a sus hermanos rodeándola, cogidos todos del brazo; había el sitio justo para los doce; el mar azotaba la roca, proyectando sobre ellos una lluvia de agua pulverizada; el cielo parecía una enorme hoguera, y los truenos retumbaban sin interrupción. Los hermanos, cogidos de las manos, cantaban salmos y encontraban en ellos confianza y valor.

Al amanecer, el cielo, purísimo, estaba en calma; no bien salió el sol, los cisnes reemprendieron el vuelo, alejándose de la isla con Elisa. El mar seguía aún muy agitado; cuando los viajeros estuvieron a gran altura, les pareció como si las blancas crestas de espuma, que se destacaban sobre el agua verde negruzca, fuesen millones de cisnes nadando entre las olas.

Al elevarse más el sol, Elisa vio ante sí, a lo lejos, flotando en el aire, una tierra montañosa, con las rocas cubiertas de brillantes masas de hielo; en el centro se extendía un palacio, que bien mediría una milla de longitud, con atrevidas columnatas superpuestas; debajo ondeaban palmerales y magníficas flores, grandes como ruedas de molino. Preguntó si era aquél el país de destino, pero los cisnes sacudieron la cabeza negativamente; lo que veía era el soberbio castillo de nubes de la Fata Morgana, eternamente cambiante; no había allí lugar para criaturas humanas. Elisa clavó en él la mirada y vio cómo se derrumbaban las montañas, los bosques y el castillo, quedando reemplazados por veinte altivos templos, todos iguales, con altas torres y ventanales puntiagudos. Creyó oír los sones de los órganos, pero lo que en realidad oía era el rumor del mar. Estaba ya muy cerca de los templos cuando éstos se transformaron en una gran flota que navegaba debajo de ella; y al mirar al fondo vio que eran brumas marinas deslizándose sobre las aguas. Visiones constantemente cambiantes desfilaban ante sus ojos, hasta que al fin vislumbró la tierra real, término de su viaje, con grandiosas montañas azules cubiertas de bosques de cedros, ciudades y palacios. Mucho antes de la puesta del sol se encontró en la cima de una roca, frente a una gran cueva revestida de delicadas y verdes plantas trepadoras, comparables a bordadas alfombras.

-Vamos a ver lo que sueñas aquí esta noche -dijo el menor de los hermanos, mostrándole el dormitorio.

-¡Quiera el Cielo que sueñe la manera de salvarlos! -respondió ella; aquella idea no se le iba de la mente, y rogaba a Dios de todo corazón pidiéndole ayuda; hasta en sueños le rezaba. Y he aquí que le pareció como si saliera volando a gran altura, hacia el castillo de la Fata Morgana; el hada, hermosísima y reluciente, salía a su encuentro; y, sin embargo, se parecía a la vieja que le había dado bayas en el bosque y hablado de los cisnes con coronas de oro.

-Tus hermanos pueden ser redimidos -le dijo-; pero, ¿tendrás tú valor y constancia suficientes? Cierto que el agua moldea las piedras a pesar de ser más blanda que tus finas manos, pero no siente el dolor que sentirán tus dedos, y no tiene corazón, no experimenta la angustia y la pena que tú habrás de soportar. ¿Ves esta ortiga que tengo en la mano? Pues alrededor de la cueva en que duermes crecen muchas de su especie, pero fíjate bien en que únicamente sirven las que crecen en las tumbas del cementerio. Tendrás que recogerlas, por más que te llenen las manos de ampollas ardientes; rompe las ortigas con los pies y obtendrás lino, con el cual tejerás once camisones; los echas sobre los once cisnes, y el embrujo desaparecerá. Pero recuerda bien que desde el instante en que empieces la labor hasta que la termines no te está permitido pronunciar una palabra, aunque el trabajo dure años. A la primera que pronuncies, un puñal homicida se hundirá en el corazón de tus hermanos. De tu lengua depende sus vidas. No olvides nada de lo que te he dicho.

El hada tocó entonces con la ortiga la mano de la dormida doncella, y ésta despertó como al contacto del fuego. Era ya pleno día, y muy cerca del lugar donde había dormido crecía una ortiga idéntica a la que viera en sueños. Cayó de rodillas para dar gracias a Dios misericordioso y salió de la cueva dispuesta a iniciar su trabajo.

Cogió con sus delicadas manos las horribles plantas, que quemaban como fuego, y se le formaron grandes ampollas en manos y brazos; pero todo lo resistía gustosamente, con tal de poder liberar a sus hermanos. Partió las ortigas con los pies descalzos y trenzó el verde lino.

Al anochecer llegaron los hermanos, los cuales se asustaron al encontrar a Elisa muda. Creyeron que se trataba de algún nuevo embrujo de su perversa madrastra; pero al ver sus manos, comprendieron el sacrificio que su hermana se había impuesto por su amor; el más pequeño rompió a llorar, y donde caían sus lágrimas se le mitigaban los dolores y le desaparecían las abrasadoras ampollas.

Pasó la noche trabajando, pues no quería tomarse un momento de descanso hasta que hubiese redimido a sus hermanos queridos; y continuó durante todo el día siguiente, en ausencia de los cisnes; y aunque estaba sola, nunca pasó para ella el tiempo tan de prisa. Tenía ya terminado un camisón y comenzó el segundo.

En esto resonó un cuerno de caza en las montañas, y la princesa se asustó. Los sones se acercaban progresivamente, acompañados de ladridos de perros, por lo que Elisa corrió a ocultarse en la cueva y, atando en un fajo las ortigas que había recogido y peinado, se sentó encima.
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30

Garbancito

Érase una vez hace mucho tiempo, un niño tan pequeño que cabía en la palma de una mano. Todos le llamaban Garbancito, incluso sus padres que le adoraban porque era un hijo cariñoso y muy listo. El tamaño poco importa cuando se tiene grande el corazón. Era tan diminuto que nadie lo veía cuando... Ver mas
Érase una vez hace mucho tiempo, un niño tan pequeño que cabía en la palma de una mano. Todos le llamaban Garbancito, incluso sus padres que le adoraban porque era un hijo cariñoso y muy listo. El tamaño poco importa cuando se tiene grande el corazón.

Era tan diminuto que nadie lo veía cuando salía a la calle. Eso sí, lo que sí podían hace era oirle cantando su canción preferida:

Cuento de Garbancito– “¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!”

A Garbancito le gustaba acompañar a su padre cuando iba al campo a la faena y aunque este temía lo que le pudiera pasar, le dejaba acompañarlo. En una ocasión Garbancito iba disfrutando de lo lindo, porque su padre le había permitido guiar al caballo.

– “¡Verás como también puedo hacerlo!”, le había dicho a su padre. Luego le pidió que lo situara sobre la oreja del animal y empezó a darle órdenes, que el caballo seguía sin saber de dónde provenían.

–“¿Ves, papá? No importa si soy pequeño, si también puedo pensar”. Le decía Garbancito a su padre que lo miraba orgulloso. Cuando llegaron al campo de coles, mientras su padre recolectaba todas las verduras para luego llevarlas al mercado, Garbancito jugaba y correteaba por dentro de las plantas.

Tanto se divertía el niño que no se dio cuenta de que cada vez se iba alejando más de su padre. De repente en una de las volteretas quedó atrapado dentro de una col, captando la atención de un enorme buey que se encontraba muy cerca de allí.

El animal de color parduzco se dirigió hacia donde se encontraba Garbancito y engulló la col de un solo bocado, con el niño adentro. Cuando llegó la hora de regresar el padre buscó a Garbancito por todos lados, sin éxito. Desesperado fue a avisar a su mujer, quien le ayudó a recorrer todos los sembrados y caminos casi hasta el anochecer. Gritaban con una sola voz: – ¡Garbancito! ¿Dónde estás hijo? Pero nadie respondía.

Los padres apenas pudieron conciliar el sueño aquella noche con el temor de no volver a ver a su hijo. A la mañana siguiente retomaron la búsqueda, sin ser capaces de encontrar aún a Garbancito.

Pasó la época de lluvia y luego las nevadas, y los padres seguían buscando: – ¡Garbancito! ¡Garbancito! Hasta un día en que se cruzaron con el enorme buey parduzco y sintieron una voz que parecía provenir de su interior. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Estoy aquí! ! ¡En la tripa del buey, donde ni llueve ni nieva!

Sin poder creer que lo habían encontrado y aún seguía vivo, los padres se acercaron al buey e intentaron hacerle cosquillas para que lo dejara salir. El animal no pudo resistir y con un gran estornudo lanzó a Garbancito hacia afuera, quien abrazó a sus padres con inmensa alegría.

Luego de los abrazos y los besos, los tres regresaron a la casa celebrando y cantando al unísono:

– “¡Pachín, pachín, pachín!

– ¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

– ¡Pachín, pachín, pachín!

– ¡A Garbancito no piséis!”
Versión 2: Cuento de Garbancito
Érase una vez una pareja de campesinos humildes que soñaba con tener hijos para traer más amor y bienestar espiritual a la familia.

Tras mucho intentarlo consiguieron salir embarazados, aunque tras el parto se llevaron una gran sorpresa: su hijo era tan pequeño como un grano de legumbre, razón por la que lo llamaron Garbancito.

A medida que pasaron los años el niño ganaba en belleza y desarrollo de su cuerpo y músculos, pero seguía siendo extremadamente pequeño. Esto preocupaba a sus padres, que constantemente temían además de que por su aparente indefensión, su hijo resultase dañado o muerto ante cualquier eventualidad o accidente de la vida.

Sin embargo, Garbancito no se amilanaba nunca por su pequeñez. Se sentía fuerte y en tal sentido quería siempre ayudar a sus padres en todo, para superar esa sobreprotección que comprendía, pero que no le gustaba.

Un día la madre estaba haciendo una exquisita comida y se quedó sin uno de los ingredientes infaltables en la receta, el azafrán.

Ni corto ni perezoso Garbancito se ofreció para ir a buscarlo al pueblo. La madre rechazó su ofrecimiento de inicio, alegando la posibilidad de que ocurriese algún accidente, pero tanto insistió el niño, que no tuvo más remedio que dejar que fuese él quien se encargase de ir al pueblo por azafrán.

Cuando caminaba entre multitudes, Garbancito tenía un cántico específico para alertar a los demás de su presencia y evitar que le pisasen. No obstante, al ser tan pequeño, el cántico apenas se escuchaba, por lo que si una desgracia estaba destinada a suceder, sucedería sin más.

Afortunadamente Garbancito llegó sano y salvo a la tienda donde la madre le encargó comprar el azafrán.

Luego de no poder distinguir de dónde lo llamaban, el tendero vio que el nuevo cliente era un minúsculo hombrecillo, más pequeño incluso que la moneda con la que pagaría el azafrán.

Se mostró muy sorprendido y hasta un poco asustado de estar perdiendo sus estribos y teniendo visiones, pero al cabo de unos minutos comprendió que podía ser el famoso hijo del tamaño de una legumbre, que hacía unos años habían tenido unos campesinos de la zona.

Como en definitiva lo único que importaba al tendero era vender, tomó la moneda que agarraba Garbancito y le dio el azafrán. Este, contento por la satisfacción del deber cumplido, reemprendió el camino a casa con su cántico característico.



La madre de Garbancito se puso muy contenta cuando vio que su hijo había regresada sano y salvo.

Así, cuando este pidió ser él quien llevase el almuerzo al padre, la madre no mostró tanta preocupación como la vez anterior, aunque sí le exigió que se cuidara mucho de todos los animales y trabajadores del campo.

Garbancito salió con la cesta del almuerzo de su papá y todo parecía iba a ir de maravillas, mas resulta que de pronto, un fuerte aguacero lo obligó a guarecerse tras una col bastante grande.
Al cabo del rato pasó por allí un buey hambriento al que la lluvia poco le importunaba para saciar su apetito. Apenas vio la col en la que estaba el minúsculo hombrecillo, aunque sin ver a este, la devoró de un bocado.

De esta forma, Garbancito fue a dar al interior del vientre del buey, sin posibilidad aparente de poder salir.


La lluvia terminó horas después y con ella, cansado de esperar por su almuerzo, el papá de Garbancito fue a la casa a recriminar a su esposa por el olvido.

Esta le explicó que hacía rato que el hijo había ido a llevárselo y preguntó que cómo era posible que no lo hubiese visto, ni hubiese escuchado sus cánticos.

Ambos se preocuparon enormemente y corrieron al campo a buscar a su pequeño hijo, que tanto trabajo les había costado tener.

Los vecinos se solidarizaron con su búsqueda apenas los escucharon vociferar con desespero el nombre del niño, al que todos quería por su perseverancia y ternura, que rebasaban en miles de veces la estatura de la cual lo había dotado la naturaleza.

Tras mucho buscar, los padres oyeron a Garbancito cerca de donde pastaban unas vacas y un viejo buey.

Le pidieron que siguiera vociferando para identificar el punto exacto en el que estaba, y así descubrieron que su voz provenía del interior del buey.

De inmediato el padre hizo cosquillas al animal en el hocico, hasta obligarlo a estornudar con fuerza, de forma que con el brutal estornudo Garbancito salió disparado, pero sano y salvo.
Los vecinos aplaudieron mucho de emoción mientras Garbancito y sus padres se fundían en un gran abrazo.

Luego volvieron a su casa cantando los tres el cántico del niño, el cual decía así:

Pachín, pachín, pachán,
A Garbancito no lo piséis
Pachín, pachín, pachán,
A Garbancito no lo piséis

Y así, Garbancito fue feliz para siempre. Un día crecería y se casaría con una bella princesa, pero eso ya es otra historia.
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31

El gigante egoísta (Óscar Wilde)

Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños jugaban en el jardín de un gran castillo deshabitado. Se revolcaban por la hierba, se escondían tras los arbustos repletos de flores y trepaban a los árboles que cobijaban a muchos pájaros cantores. Allí eran muy felices. Una tarde, estaban... Ver mas
Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños jugaban en el jardín de un gran castillo deshabitado. Se revolcaban por la hierba, se escondían tras los arbustos repletos de flores y trepaban a los árboles que cobijaban a muchos pájaros cantores. Allí eran muy felices.

Una tarde, estaban jugando al escondite cuando oyeron una voz muy fuerte.

-¿Qué hacéis en mi jardín?

El gigante egoísta
El gigante egoísta
Temblando de miedo, los niños espiaban desde sus escondites, desde donde vieron a un gigante muy enfadado. Había decidido volver a casa después de vivir con su amigo el ogro durante siete años.

-He vuelto a mi castillo para tener un poco de paz y de tranquilidad -dijo con voz de trueno-. No quiero oír a niños revoltosos. ¡Fuera de mi jardín! ¡Y que no se os ocurra volver!



Los niños huyeron lo más rápido que pudieron.

-Este jardín es mío y de nadie más -mascullaba el gigante-. Me aseguraré de que nadie más lo use.

Muy pronto lo tuvo rodeado de un muro muy alto lleno de pinchos.

En la gran puerta de hierro que daba entrada al jardín el gigante colgó un cartel que decía “PROPIEDAD PRIVADA. Prohibido el paso”. . Todos los días los niños asomaban su rostro por entre las rejas de la verja para contemplar el jardín que tanto echaban de menos.
Luego, tristes, se alejaban para ir a jugar a un camino polvoriento. Cuando llegó el invierno, la nieve cubrió el suelo con una espesa capa blanca y la escarcha pintó de plata los árboles. El viento del norte silbaba alrededor del castillo del gigante y el granizo golpeaba los cristales.

-¡Cómo deseo que llegue la primavera! -suspiró acurrucado junto al fuego.



El gigante egoísta
El gigante egoísta
Por fin, la primavera llegó. La nieve y la escarcha desaparecieron y las flores tiñeron de colores la tierra. Los árboles se llenaron de brotes y los pájaros esparcieron sus canciones por los campos, excepto en el jardín del gigante. Allí la nieve y la escarcha seguían helando las ramas desnudas de los árboles.

-La primavera no ha querido venir a mi jardín -se lamentaba una y otra vez el gigante- Mi jardín es un desierto, triste y frío.

Una mañana, el gigante se quedó en cama, triste y abatido. Con sorpresa oyó el canto de un mirlo. Corrió a la ventana y se llenó de alegría. La nieve y la escarcha se habían ido, y todos los árboles aparecían llenos de flores.

En cada árbol se hallaba subido un niño. Habían entrado al jardín por un agujero del muro y la primavera los había seguido. Un solo niño no había conseguido subir a ningún árbol y lloraba amargamente porque era demasiado pequeño y no llegaba ni siquiera a la rama más baja del árbol más pequeño.

El gigante sintió compasión por el niño.



-¡Qué egoísta he sido! Ahora comprendo por qué la primavera no quería venir a mi jardín. Derribaré el muro y lo convertiré en un parque para disfrute de los niños. Pero antes debo ayudar a ese pequeño a subir al árbol.

El gigante bajó las escaleras y entró en su jardín, pero cuando los niños lo vieron se asustaron tanto que volvieron a escaparse. Sólo quedó el pequeño, que tenía los ojos llenos de lágrimas y no pudo ver acercarse al gigante. Mientras el invierno volvía al jardín, el gigante tomó al niño en brazos.

-No llores -murmuró con dulzura, colocando al pequeño en el árbol más próximo.

De inmediato el árbol se llenó de flores, el niño rodeó con sus brazos el cuello del gigante y lo besó.

El gigante egoísta
El gigante egoísta
Cuando los demás niños comprobaron que el gigante se había vuelto bueno y amable, regresaron corriendo al jardín por el agujero del muro y la primavera entró con ellos. El gigante reía feliz y tomaba parte en sus juegos, que sólo interrumpía para ir derribando el muro con un mazo. Al atardecer, se dio cuenta de que hacía rato que no veía al pequeño.

-¿Dónde está vuestro amiguito? -preguntó ansioso.

Pero los niños no lo sabían. Todos los días, al salir de la escuela, los niños iban a jugar al hermoso jardín del gigante. Y todos los días el gigante les hacía la misma pregunta: -¿Ha venido hoy el pequeño? También todos los días, recibía la misma respuesta:

-No sabemos dónde encontrarlo. La única vez que lo vimos fue el día en que derribaste el muro.

El gigante se sentía muy triste, porque quería mucho al pequeño. Sólo lo alegraba el ver jugar a los demás niños.

Los años pasaron y el gigante se hizo viejo. Llegó un momento en que ya no pudo jugar con los niños.

Una mañana de invierno estaba asomado a la ventana de su dormitorio, cuando de pronto vio un árbol precioso en un rincón del jardín. Las ramas doradas estaban cubiertas de delicadas flores blancas y de frutos plateados, y debajo del árbol se hallaba el pequeño.

-¡Por fin ha vuelto! -exclamó el gigante, lleno de alegría.

El gigante egoísta
El gigante egoísta
Olvidándose de que tenía las piernas muy débiles, corrió escaleras abajo y atravesó el jardín. Pero al llegar junto al pequeño enrojeció de cólera.

-¿Quién te ha hecho daño? ¡Tienes señales de clavos en las manos y en los pies! Por muy viejo y débil que esté, mataré a las personas que te hayan hecho esto.

Entonces el niño sonrió dulcemente y le dijo:

-Calma. No te enfades y ven conmigo.

-¿Quién eres? -susurró el gigante, cayendo de rodillas.

-Hace mucho tiempo me dejaste Jugar en tu jardín -respondió el niño-. Ahora quiero que vengas a jugar al mío, que se llama Paraíso.

Esa tarde, cuando los niños entraron en el jardín para jugar con la nieve, encontraron al gigante muerto, pacificamente recostado en un árbol, todo cubierto de llores blancas.
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32

La reina de las abejas (Hnos Grimm)

Los dos hijos de un rey parten en busca de su fortuna, pero caen en una vida salvaje y desordenada que los destierra de su hogar. El más joven, Simpleton, sale a buscar sus hermanos, pero cuando los encuentra los muchachos se burlan de su hermano, creyendo que con su simpleza no podía ajustarse... Ver mas
Los dos hijos de un rey parten en busca de su fortuna, pero caen en una vida salvaje y desordenada que los destierra de su hogar. El más joven, Simpleton, sale a buscar sus hermanos, pero cuando los encuentra los muchachos se burlan de su hermano, creyendo que con su simpleza no podía ajustarse al estilo de vida que habían escogido. Aun así, aceptan a su hermano, y en el progreso Simpleton previene que sus hermanos de destruyan un hormiguero, de matar unos patos, y de sofocar un panal de abejas con humo. Por fin los tres hermanos llegaron a un castillo en cuyos establos había caballos de piedra, y no se veía un solo ser humano. Y recorrieron todos los salones, hasta que casi al final llegaron a un salón con una puerta con tres cerraduras. Sin embargo, en medio de la puerta había una rendija, por medio de la cual podían ver hacia adentro.

Allí vieron a un pequeño hombre gris sentado junto a una mesa. Ellos lo llamaron, una y dos veces, pero él no oía. A la tercera vez, él se levantó, quitó las cerraduras y salió. No dijo nada, pero sin embargo, los condujo a una mesa muy bien servida con alimentos. Después de que ellos comieron y bebieron a satisfacción, el pequeño hombre llevó a cada uno a una habitación donde durmieron esa noche.

A la mañana siguiente, el pequeño hombre gris se acercó al mayor, y por medio de señas lo llevó hasta una mesa de piedra donde estaban escritas tres tareas, mediante las cuales, si se realizaban, el castillo quedaría libre y desencantado.

La primera era que en el bosque, debajo del musgo, estaban regadas las perlas de la princesa, mil perlas en total, que deberían ser recogidas, y que si a la puesta del sol faltaba una sola perla, aquél que las estuvo buscando, se haría de piedra. El mayor se dirigió allá, y buscó durante todo el día, pero al caer el sol, solamente había encontrado cien, y lo que se decía en la mesa sucedió, y él fue convertido en piedra.

Al otro día, el segundo tomó la misión, pero sin embargo, no tuvo mayor suerte que su hermano, pues no encontró más que doscientas perlas, y también se hizo de piedra.

Al siguiente día le tocó el turno a Simpletón, quien también buscó en el musgo. Pero era tan difícil encontrar las perlas, y se avanzaba tan despacio, que se sentó sobre una piedra a llorar. Y mientras eso sucedía, la reina de la hormigas, cuyo nido una vez él salvó, vino con cinco mil hormigas, y sin mucho tardar, las pequeñas criaturas habían juntado las mil perlas, y se las entregaron en un montón.

La segunda tarea era, sacar del fondo del lago la llave del dormitorio de la hija del rey. Cuando Simpletón llegó al lago, los patos que él había salvado, se sumergieron y salieron nadando hacia él, llevándole la llave solicitada.

Pero la tercera tarea era la más dificultosa. Entre las tres dormidas hijas del rey, debía de encontrarse a la menor de ellas. Sin embargo, las tres eran físicamente idénticas, y solamente podían reconocerse por los dulces que habían probado antes de caer dormidas. La mayor probó un pedacito de azúcar, la segunda un sirope, y la menor una cucharada de miel. Entonces llegó la reina de las abejas del panal del tronco que Simpletón había defendido de ser quemado, y ella probó los labios de las tres, y se quedó parada en la boca de la que había probado la miel. Así Simpletón pudo reconocer a la princesa correcta.

Y con eso terminó el encantamiento, y todos los que estaban dormidos despertaron y los convertidos en piedra volvieron a su contextura normal. Simpletón se casó con la menor de las princesas, y al faltar su padre el rey, él quedó en el trono, y sus hermanos se formalizaron comportándose correctamente en adelante, y se casaron con las otras dos hermanas.
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33

La niña de los fósforos/La pequeña cerillera (Hans Christian Andersen)

La última noche del año era dura y fría, las calles de la ciudad estaban cubiertas de nieve, y una pequeña vendedora de cerillas las recorría sin más consuelo que la idea de encender uno de los fósforos que llevaba en una cajita para vender, pero que nadie le había comprado. Sentada en el suelo... Ver mas
La última noche del año era dura y fría, las calles de la ciudad estaban cubiertas de nieve, y una pequeña vendedora de cerillas las recorría sin más consuelo que la idea de encender uno de los fósforos que llevaba en una cajita para vender, pero que nadie le había comprado. Sentada en el suelo y hecha un ovillo, se atrevió a sacar uno y a encenderlo. El calor fue tan agradable que a éste siguieron otros mientras imaginaba lugares hermosos donde querría estar. Y así prendieron unos tras otros hasta que vio en el cielo caer una estrella; pensó que alguien se estaba muriendo, pues así se lo había dicho su abuela, que tanto la había querido: «Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia el cielo con Dios». Y mientras los fósforos ardían, vio venir a su abuelita. Juntas se fueron a los cielos, donde no hay frío, ni hambre ni miedo. Al día siguiente encontraron a la pequeña cerillera muerta de frío.
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34

El Enano Saltarín (Rumpelstilskin) (Hnos Grimm)

Un cuento de los hermanos Grimm 8.7/10 - 1680 votos Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse importancia: "Además... Ver mas
Un cuento de los hermanos Grimm
8.7/10 - 1680 votos
Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse importancia: "Además de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca." El rey, francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y la llevó con él a palacio.

Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta de paja, donde había también una rueca: "Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y convertir esta paja en oro. De lo contrario, serás desterrada."

La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que apareció un estrafalario enano que le ofreció hilar la paja en oro a cambio de su collar. La hija del molinero le entregó la joya y... zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no quedó ni una brizna de paja y la habitación refulgía por el oro.

Cuando el rey vio la proeza, guiado por la avaricia, espetó: "Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación." Y le señaló una estancia más grande y más repleta de paja que la del día anterior.

La muchacha estaba desesperada, pues creía imposible cumplir la tarea pero, como el día anterior, apareció el enano saltarín: "¿Qué me das si hilo la paja para convertirla en oro?" preguntó al hacerse visible. "Sólo tengo esta sortija." Dijo la doncella tendiéndole el anillo. "Empecemos pues," respondió el enano. Y zis-zas, zis-zas, toda la paja se convirtió en oro hilado. Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido sus órdenes, anunció: "Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré mi esposa." Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un molinero, nunca encontraría mujer con dote mejor. Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo apareció el grotesco enano: "¿Qué me darás a cambio de solucionar tu problema?" Preguntó, saltando, a la chica. "No tengo más joyas que ofrecerte," y pensando que esta vez estaba perdida, gimió desconsolada. "Bien, en ese caso, me darás tu primer hijo," demandó el enanillo. Aceptó la muchacha: "Quién sabe cómo irán las cosas en el futuro." - "Dijo para sus adentros." Y como ya había ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a medida que el extraño ser la hilaba. Cuando el rey entró en la habitación, sus ojos brillaron más aún que el oro que estaba contemplando, y convocó a sus súbditos para la celebración de los esponsales.

Vivieron ambos felices y al cabo de una año, tuvieron un precioso retoño. La ahora reina había olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se asustó enormemente cuando una noche apareció el duende saltarín reclamando su recompensa.

"Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras." ¿Cómo puedes comparar el valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo," exigió el desaliñado enano. Pero tanto rogó y suplicó la mujer, que conmovió al enano: "Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te quedes con el niño. Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la respuesta correcta.

Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de una pequeña cabaña cantando:

"Hoy tomo vino,
y mañana cerveza,
después al niño sin falta traerán.
Nunca, se rompan o no la cabeza,
el nombre Rumpelstiltskin adivinarán!"

Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó: "¡Te llamas Rumpelstiltskin!"

"¡No puede ser!" gritó él, "¡no lo puedes saber! ¡Te lo ha dicho el diablo!" Y tanto y tan grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.
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