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¿Por qué estoy dispuesto a dar mi vida por S.M. El Rey?

¿Por qué estoy dispuesto a dar mi vida por S.M. El Rey?

  • Lista creada por Venhut.
  • Publicada el 29.12.2012 a las 13:27h.
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Último acceso 31.12.2012

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La Monarquía supone un modo sosegado, tranquilo y ordinario en la transmisión del poder político en la más alta magistratura del Estado, más allá de los sobresaltos vinculados a toda elección representativa. Tenía razón el politólogo Karl Friedrich —Gobierno Constitucional y Democracia— cuando argumentaba que el «constitucionalismo representa un complejo sistema para organizar adecuadamente la transmisión del poder». En el caso de las monarquías, reviste las ventajas de su carácter automático, sin solución de continuidad, sin que quede vacante ni un solo momento la máxima titularidad del Estado. «¡El Rey ha muerto, viva el Rey!». Permanencia institucional, estabilidad política y referencia pública. He aquí sus virtudes.

La Monarquía parlamentaria es plenamente compatible con los sistemas democráticos. Una Monarquía parlamentaria que, situada au dessus de la melée, fuera de la cotidiana refriega política, ejerce una impagable función relacional, arbitrando y moderando los poderes del Estado. «El Rey arbitra y modera— el funcionamiento regular de las instituciones…», —prescribe el artículo 57.1 de la Constitución Española.

Ya lo adelantaba Benjamin Constant —Principios de Política— al hilo de su teoría sobre el pouvoir neutre: «El poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial son tres resortes que deben cooperar,… pero cuando descompuestos se entrecruzan, chocan y se traban, se requiere una fuerza que los ponga de nuevo en su sitio.… La Monarquía constitucional tiene ese poder neutral».

La Monarquía implica, en un Estado tan descentralizado como el autonómico, disfrutar de un aglutinador centro de referencia e imputación de la unidad del Estado, y, por ende, de su permanencia. De nuevo lo señala la Constitución: «El Rey es el Jefe del Estado —"Stato" significaba en sus orígenes "lo que permanece, lo que no muda"—, símbolo de su unidad y permanencia…» (artículo 56. 1). Lo reseñaba Javier Gomá: «Es grave y hondo el sentido de lo simbolizado por la Monarquía: la unidad de la Nación española. En suma, nada más alto, grave e importante para nosotros».

La Monarquía satisface, en tanto que institución simbólica, una benefactora función de integración política. Smend —Constitución y Derecho Constitucional— lo afirmaba acertadamente: «El Monarca legítimo simboliza básicamente la tradición histórica de los valores comunitarios… y cumple el papel que en una República solo pueden desempeñar figuras históricas, o incluso míticas, como pueden ser un Guillermo Tell o un Winkelried». Se puede decir más alto, pero no más claro.

La Monarquía es la forma tradicional en nuestro Derecho histórico. Por el contrario, las dos experiencias republicanas resultaron fallidas: la I República terminó en un cantonalismo de fragmentaciones y enfrentamientos territoriales, y la II dividió cainitamente a los españoles. «El Estado español es un Reino o es un barullo», señaló Antonio Fontán.

La Monarquía ha sido, a través de Don Juan Carlos, la impulsora de la reconciliación de los españoles enfrentados por una fratricida guerra civil, así como del desmantelamiento de las estructuras franquistas, del proceso de Transición Política sintetizada en la Carta Magna de 1978—, del restablecimiento del orden constitucional tras el frustrado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, y lo que es más significativo: de un exigente diario cumplimiento del deber. Esto es, satisfaciéndose no solo la legitimidad de origen, sino de ejercicio. «Rey eres, si rectamente actúas».

Y, además, la Monarquía aparece, tras el desglose de las cuentas de la Casa Real, como una institución austera y económica. Baratísima, si la comparamos con los ingentes gastos de la República italiana o con los fastos (200 millones de euros anuales) de la V República francesa. ¡8,4 millones de euros anuales! Muy por debajo, además, de otras Casas Reales, como la inglesa o la holandesa. Y algo que se suele olvidar. El correlativo ahorro de no convocar más comicios electorales de los generales, autonómicos, locales, y europeos.

Siendo lo afirmado digno de mención, lo mejor de nuestra Monarquía parlamentaria es todavía otra cosa: ¡que funciona y funciona bien! Solo los necios o suicidas se replantean frívolamente sus instituciones. Y el pueblo español ni es necio, ni es suicida. Es inteligente y valora los logros alcanzados. ¡Felicidades por ello, Majestad!

Majestad, desde Pontevedra, este humilde súbdito se postra ante su magna figura.

¡Viva el Rey! ¡Viva la Monarquía !

Estos son los elementos de la lista. ¡Vota a tus favoritos!

La Monarquía es el símbolo de la unidad de la Patria.

1. La Monarquía es el símbolo de la unidad de la Patria.

La Monarquía implica, en un Estado tan descentralizado como el autonómico, disfrutar de un aglutinador centro de referencia e imputación de la unidad del Estado, y, por ende, de su permanencia. De nuevo lo señala la Constitución: «El Rey es el Jefe del Estado —"Stato" significaba en sus orígenes... Ver mas
La Monarquía implica, en un Estado tan descentralizado como el autonómico, disfrutar de un aglutinador centro de referencia e imputación de la unidad del Estado, y, por ende, de su permanencia. De nuevo lo señala la Constitución: «El Rey es el Jefe del Estado —"Stato" significaba en sus orígenes "lo que permanece, lo que no muda"—, símbolo de su unidad y permanencia…» (artículo 56. 1). Lo reseñaba Javier Gomá: «Es grave y hondo el sentido de lo simbolizado por la Monarquía: la unidad de la Nación española. En suma, nada más alto, grave e importante para nosotros».

La Monarquía ha sido, a través de Don Juan Carlos, la impulsora de la reconciliación de los españoles enfrentados por una fratricida guerra civil, así como del desmantelamiento de las estructuras franquistas, del proceso de Transición Política sintetizada en la Carta Magna de 1978—, del restablecimiento del orden constitucional tras el frustrado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, y lo que es más significativo: de un exigente diario cumplimiento del deber. Esto es, satisfaciéndose no solo la legitimidad de origen, sino de ejercicio. «Rey eres, si rectamente actúas»

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La Monarquía permite la independencia.

2. La Monarquía permite la independencia.

El sucesor o Príncipe heredero, igual que su padre el Rey, no puede ser utilizado por políticos, ya que debe su condición a la naturaleza; está designado desde que nace y la nación lo conoce como tal anulando luchas por el poder en la cúpula. En una época racionalista como la nuestra, puede... Ver mas
El sucesor o Príncipe heredero, igual que su padre el Rey, no puede ser utilizado por políticos, ya que debe su condición a la naturaleza; está designado desde que nace y la nación lo conoce como tal anulando luchas por el poder en la cúpula. En una época racionalista como la nuestra, puede parecer anacrónico el principio hereditario: se basa en la parte física del hombre que el racionalismo e idealismo desprecian y que nuestra sociedad cultiva sin medida.

Pero en realidad el cuerpo es tan humano como el espíritu, y la herencia es la única forma de designación de jefe de Estado que no es manipulable, lo que inviste al Rey de independencia, la condición más importante en su función. Lo que da un valor inigualable a la Monarquía es la herencia en la jefatura del Estado por la independencia de que le dota la condición hereditaria. Y la condición hereditaria ha de darse dentro de una familia. Es lo que el político y diplomático francés Charles Benoist resumió en la máxima «una dinastía, siempre la misma, en una Monarquía siempre renovada».

Como sostenía don José María Pemán en sus «Cartas a un escéptico en materia de formas de gobierno»: «Por mucho que se aguce el ingenio no se encontrará jamás ninguna forma de transmisión inmediata, sin intervalo ni solución de continuidad, comparable en claridad y rapidez a la transmisión familiar de padre a hijo. Por eso todos los fundamentos sociales que requieren características de continuidad y permanencia tienen histórica y científicamente carácter familiar; por eso “el padre” es la gran palabra sillar e inconmovible que aparece escondida en la raíz etimológica de todo cuanto designa algún sostén fundamental de la sociedad humana. A cosa de padre suena la patria, que es la nación; y el patrimonio, que es la propiedad, y el patriarca, que es la autoridad. A cosa de padre tiene que sonar también, si no en su nombre, en su realidad entrañable, la mejor forma de Gobierno, la Monarquía». Y para rematar su idea Pemán concluye: «La familia, que no el individuo, es secularmente el sujeto de la propiedad, de la preeminencia o del honor. ¿Qué tiene de extraño que sea también el sujeto del Gobierno?» Y fuera de la herencia, no hay otra salida que la elección, con sus condicionantes de dependencia, incluso servilismo y de busca de beneficio en el plazo de poder.

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La Monarquía es más austera que la república.

3. La Monarquía es más austera que la república.

La Monarquía aparece, tras el desglose de las cuentas de la Casa Real, como una institución austera y económica. Baratísima, si la comparamos con los ingentes gastos de la República italiana o con los fastos (200 millones de euros anuales) de la V República francesa. ¡8,4 millones de euros... Ver mas
La Monarquía aparece, tras el desglose de las cuentas de la Casa Real, como una institución austera y económica. Baratísima, si la comparamos con los ingentes gastos de la República italiana o con los fastos (200 millones de euros anuales) de la V República francesa. ¡8,4 millones de euros anuales! Muy por debajo, además, de otras Casas Reales, como la inglesa o la holandesa. Y algo que se suele olvidar: el correlativo ahorro de no convocar más comicios electorales de los generales, autonómicos y locales.

Ha recibido 66 puntos

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La Monarquía es un sistema más moderno.

4. La Monarquía es un sistema más moderno.

La República es un sistema más natural; es decir, es más elemental, más retrasada. Toda la civilización es una resta a lo natural. Todo lo que es más natural es más inferior. El reparto comunal de los bienes es más natural que la propiedad. Toda la civilización —los Reyes, la propiedad, el... Ver mas
La República es un sistema más natural; es decir, es más elemental, más retrasada. Toda la civilización es una resta a lo natural. Todo lo que es más natural es más inferior. El reparto comunal de los bienes es más natural que la propiedad. Toda la civilización —los Reyes, la propiedad, el contrato matrimonial— implica un elemento de modernidad y es complicación y artificialismo, sobrepuestos, como freno y límite, a esas naturalidades. Como son también añadiduras a lo natural la educación, los modales o la corbata. Y precisamente por la elaboración y decantación a través de los siglos que conlleva una Monarquía, hay que entender que no está en la mano de cualquier pueblo tener una Monarquía, pero sí lo está el tener una República. Una revolución se hace en 24 horas; una Monarquía resulta de la decantación de los siglos.

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El Rey es el mejor gobernante posible.

5. El Rey es el mejor gobernante posible.

La condición humana es impredecible. La historia de todas las monarquías que en el mundo hay o hubo ha generado buenos y malos soberanos. Y con frecuencia no han sido los peores los que estaban en el trono en el momento de un cambio de régimen. Pero la Monarquía ha evolucionado con el concepto... Ver mas
La condición humana es impredecible. La historia de todas las monarquías que en el mundo hay o hubo ha generado buenos y malos soberanos. Y con frecuencia no han sido los peores los que estaban en el trono en el momento de un cambio de régimen. Pero la Monarquía ha evolucionado con el concepto de soberanía nacional y hoy en día, en Occidente, forma parte de regímenes constitucionales. En un sistema constitucional —como, por ejemplo, el español— la potestad de la que dispone un Rey está muy limitada.

Y un mal Rey tendría pocas posibilidades de hacer daño a la nación precisamente porque sus poderes están muy circunscritos. En cambio un buen Rey se va llenando de autoridad gracias a su forma de reinar —de ninguna otra manera puede lograr esa autoridad—. En cambio un mal presidente de una república está constantemente actuando para conseguir dar continuidad a su labor; con frecuencia intenta desbordar sus competencias para justificar su presencia al frente del Estado y genera crisis como la que acabamos de vivir en uno de los países europeos más relevantes donde nos hemos enterado de quién era el presidente por su corrupción y su dimisión tras meses negándose a aceptar sus responsabilidades.

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La Monarquía representa la constante renovación dentro de la continuidad.

6. La Monarquía representa la constante renovación dentro de la continuidad.

La democracia exige el cambio cíclico de gobernantes. Ningún partido puede estar permanentemente en el poder y la alternancia es un componente básico del sistema. Pero en ese mismo sistema, el Monarca puede y debe representar los valores de un país en el que ostenta la jefatura del Estado. Y al... Ver mas
La democracia exige el cambio cíclico de gobernantes. Ningún partido puede estar permanentemente en el poder y la alternancia es un componente básico del sistema. Pero en ese mismo sistema, el Monarca puede y debe representar los valores de un país en el que ostenta la jefatura del Estado. Y al representarlos se convierte en un elemento de convergencia entre diferentes intereses de identidad política y étnica. Un Rey de España que ostenta títulos como Rey de Castilla, de León, de Aragón, de Navarra, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Córdoba, de Murcia, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de Conde de Barcelona y de Señor de Vizcaya, por hablar solo de los territorios que hoy son españoles o aspiramos unánimemente a que lo sean, necesariamente es visto como una referencia incluso por quienes no necesariamente se sienten españoles.

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La Monarquía es el mejor sistema posible.

7. La Monarquía es el mejor sistema posible.

Si es relativamente fácil diferenciar entre los políticos que piensan siempre en las próximas elecciones y los que piensan en las próximas generaciones cabe afirmar, a priori, que de natural, el político sometido a las urnas tiene que pensar en las próximas elecciones mientras que para el... Ver mas
Si es relativamente fácil diferenciar entre los políticos que piensan siempre en las próximas elecciones y los que piensan en las próximas generaciones cabe afirmar, a priori, que de natural, el político sometido a las urnas tiene que pensar en las próximas elecciones mientras que para el Príncipe es más fácil pensar siempre en las próximas generaciones. Porque el Rey es el diputado de todos: los que votan a unos, los que votan a otros y los que no votan. El hombre es capaz de entender los principios universales, y como consecuencia, a veces, piensa que existen en el mundo creado: grave error, pueden habitar su entendimiento, impulsar su voluntad, pero no son aplicables porque son entes de razón.

Le hacen buscar la perfección, mas se equivoca cuando ajusta normas a entelequias. La Monarquía hereditaria no es la pauta perfecta para el gobierno de la sociedad, es, nada más y nada menos, la mejor posible para el gobierno de unos seres limitados. Y la distinción entre límite y perfección es clara, pero se olvida a menudo. Recordemos el ejemplo clásico: el mulo no entiende un silogismo, pero no es por imperfección del silogismo, es por limitación del mulo, que es, sin embargo, un perfecto mulo sin saber la teoría del conocimiento.

Terminemos con un sentimiento. Irracional y, quizá por ello, muy cierto. Decía don José María Pemán en la obra citada: «Al lado del Carlos V de Tiziano, un presidente de República tiene un cierto aire de retorno, no diré que hacia el jefe de tribu, pero sí hacia el alcalde pedáneo o el juez de paz». Esa afirmación es de 1937. A muchos nos parece plenamente válida.

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La Monarquía es la forma tradicional en nuestro Derecho histórico.

8. La Monarquía es la forma tradicional en nuestro Derecho histórico.

La Monarquía es la forma tradicional en nuestro Derecho histórico. Por el contrario, las dos experiencias republicanas resultaron fallidas: la I República terminó en un cantonalismo de fragmentaciones y enfrentamientos territoriales, y la II dividió cainitamente a los españoles. «El Estado... Ver mas
La Monarquía es la forma tradicional en nuestro Derecho histórico. Por el contrario, las dos experiencias republicanas resultaron fallidas: la I República terminó en un cantonalismo de fragmentaciones y enfrentamientos territoriales, y la II dividió cainitamente a los españoles. «El Estado español es un Reino o es un barullo», señaló Antonio Fontán.

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