Medio mundo, casi literalmente, pegó el grito al cielo. Los dos años de prisión impuestos a tres integrantes de la banda de punk Pussy Riot, generó protestas desde las calles de Nueva York y Copenhague hasta París y Kiev.
Estaba claro: desde la perspectiva del artículo 213 del Código Penal de Rusia, Nadejda Tolokonnikova, de 22 años, Yekaterina Samutsevich, de 30, y Maria Alejina, de 24, cometieron un delito contra la Iglesia ortodoxa rusa, al ingresar el 21 de febrero en la catedral del Cristo Salvador de Moscú y tocar, interrumpiendo una homilía, una canción que le pedía a la Santa Virgen que expulsara a Putin del poder.
“Las manifestaciones políticas de la música no son nada nuevo ni raro (...). En Latinoamérica, todo era más grave, porque ellos (los músicos) no tenían que huir de la censura o la cárcel, tenían que huir de la muerte. El caso de las Pussy Riot, es distinto, pues ellas protestaron en un lugar que no era adecuado para hacerlo; hay que buscar otros contextos”, dijo Jaime Gamboa, uno de los exintegrantes de Malpaís.
Tanta manifestación política por el caso de Pussy Riot, ha desatado interesantes observaciones.
“Los artistas occidentales pueden y deben apoyar a sus colegas rusos. Pero el apoyo recibido por Pussy Riot, tristemente, es una aberración. Como una regla, los artistas europeos y estadounidenses han sido extraña e imperdonablemente silenciosos cuando les toca reconocer las situaciones difíciles que han sufrido sus amigos músicos e intérpretes alrededor del mundo, en lugares donde la libertad de expresión es poco protegida”, dijo en un artículo Mark Levine, músico y profesor de Historia en Universidad de California Irvine.
Silenciar. A raíz de lo sucedido con Pussy Riot, asumidas como víctimas de la represión por disentir, vienen a la memoria casos de persecución a la música.
La represión contra los músicos está presente desde décadas atrás. Lo vivió hasta la muerte el chileno Víctor Jara y hasta la tortura Ángel Parra y les costó el exilio o la cárcel a muchos artistas, en especial suramericanos y españoles.
Otros han sido censurados de forma abierta como le sucedió al nicaraguense Carlos Mejía Godoy o como les pasó a Los Beatles.
Un artículo del periódico El País, de España, recordó : “Los Beatles fueron censurados después de que en 1966 se malinterpretaran unas declaraciones de John Lennon sobre Jesucristo. Y el presidente Richard Nixon mandó en 1970 un comunicado a todas las radios para que ejercieran un férreo control sobre todas las canciones que, según la Administración, hablaban de drogas, como The Yellow Submarine, también de The Beatles”.
O como le ha pasado a Pearl Jam, ya que en el 2003 algunas emisoras los censuraron tras un concierto en el que criticó a George Bush por invadir Irak.
Algunos han sido, abiertamente perseguidos por su gobierno, como los estadounidenses Woody Guthrie y Pete Seeger.
“La canción como discurso ha jugado un papel importante en la historia de la humanidad, y en determinadas circunstancias, ha sido peligrosa para el orden hegemónico, en virtud de su capacidad de transmisión de ideas y de permear la conciencia humana”, escribió Manuel Monestel, investigador y miembro de Cantoamérica, en un ensayo sobre la represión que el brasileño Chico Buarque sufrió por la canción A pesar de usted.
Caetano Veloso, que tuvo que exiliarse en Londres, y Gilberto Gil, en París, son solos dos nombres muy famosos que tuvieron que decidir dejar su país por la represión que enfrentaron por su canto.
El cantor que se compromete a la denuncia, es valiente. “Hacer música es algo que se hace con responsabilidad como cualquier trabajo. Si uno toma una decisión política sobre su trabajo, uno está muy claro, o al menos tiene una vaga idea, de las consecuencias”, dijo Monestel.
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