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¡MITOS Y LEYENDAS DE LOS SÍMBOLOS UNIVERSALES!.

¡MITOS Y LEYENDAS DE LOS SÍMBOLOS UNIVERSALES!.

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  • Publicada el 10.06.2011 a las 17:02h.
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EL AGUA

1. EL AGUA

Del manantial, el arroyuelo; de los arroyuelos, el río; de los ríos, la mar; de los mares, el océano. El agua del océano sube al cielo y de nuevo baja a la tierra. Agua. Así es el ciclo de la vida. El ciclo del agua remite al mito del eterno retorno y al principio de los vasos comunicantes... Ver mas
Del manantial, el arroyuelo; de los arroyuelos, el río; de los ríos, la mar; de los mares, el océano. El agua del océano sube al cielo y de nuevo baja a la tierra. Agua. Así es el ciclo de la vida.

El ciclo del agua remite al mito del eterno retorno y al principio de los vasos comunicantes que favorecen la regeneración. El agua cae del cielo, penetra en la tierra y reaparece en la superficie bajo la forma de fuentes, arroyos, ríos que desembocan en los mares y océanos.

El fuego y el calor del Sol provocan la saturación y la condensación del aire, la evaporación del agua de los mares y de los océanos, la formación de las nubes (constituidas por partículas de agua líquida o sólida) empujadas por el viento. Bajo el efecto de las presiones atmosféricas, los chubascos y las precipitaciones caen sobre la tierra. Si el agua de lluvia no cayera del cielo, la tierra no sería ni fecunda, ni fértil, sino seca y estéril. Por esta razón, es fuente de vida. Si no filtrara la tierra, ninguna fermentación sería posible, las semillas no podrían transformarse en grano, las raíces no podrían crecer. El agua es el gran principio de la regeneración y de la metamorfosis.

De este modo, el agua persigue un ciclo relativamente inmutable, que va del estado líquido al estado sólido (sin olvidar el gaseoso), y se reproduce aproximadamente treinta y cuatro veces en el transcurso del año terrestre, según las observaciones científicas.

El agua es el órgano sensorial de la tierra, es decir, da a la tierra sensibilidad y receptividad. Al evaporarse y cargarse de humedad el aire, vuelve a este elemento sensible y receptivo. Por otra parte, bajo la confluencia de los efectos del movimiento de rotación de la Tierra y de la fuerza de gravedad, el agua moldea la superficie terrestre. Los meandros de los arroyos y de los ríos en la superficie del globo, así como las múltiples corrientes que la hacen fluir, resultan de la rotación y de la atracción terrestres..., pero también de los movimientos de la Luna alrededor de nuestro planeta. Pues las aguas de los arroyos, los ríos y los océanos están animadas por un juego de corrientes sutiles, embrolladas, que serpentean en continuo movimiento.

EL AGUA DE LOS RÍOS Y LAS AGUAS MADRES
Las grandes civilizaciones de la Antigüedad nacieron y crecieron a orillas de grandes ríos. Citemos el Tigris y el Eufrates en Mesopotamia, el Nilo en Egipto. En la antigua China, al iniciarse el año (según su calendario), el emperador, llamado ''Hijo del Cielo'', se encargaba de realizar los sacrificios a los cuatro grandes cursos de agua: los ríos Huang-He (el río Amarillo), Yangtse Kiang (el río Azul), Houai y Si Kiang. En la India, el Ganges es el río blanco de la salvación y Yamuna el río negro de los orígenes. Ambos se relacionan con Vishnu y Shiva que, junto a Brahma, el dios supremo, forman la trinidad hindú o Trimurti.
Según la tradición judía, el río del mundo Superior es el de las gracias y de las influencias celestes.

En todas las civilizaciones antiguas observamos la misma creencia en el origen celeste y divino de los ríos. De hecho, ya que el Agua es el elemento del origen por excelencia, el gran principio de la vida en la Tierra, todos los mitos de creación del mundo aluden a las Aguas Superiores, que se separaron de las Aguas Inferiores, engendrando así los ríos y los mares, después de un diluvio o un caos inicial. Siempre según estas leyendas míticas y cosmogónicas, el Agua es el universo del caos, o sea, de la vida indi-ferenciada o de todas las formas de vida posibles, de las cuales surgió la vida tal como la conocemos. ''El Agua es el elemento de la abnegación del perpetuo darse a los demás". El agua no tiene otra razón de ser que el hecho de darse a los otros (¿quién niega un vaso de agua?). Su determinación reside en no ser nada determinado, y es la razón por la cual antaño Hegel la llamó ''la madre de todo lo determinado''. Se trata de las aguas-madres originales y nutricias.

Por ser el Agua fuente de vida, al bebería o al sumergirnos en ella, nos regeneramos, nos lavamos, nos purificamos. Las aguas termales son famosas por sus efectos terapéuticos. A algunas se les ha atribuido supuestas propiedades mágicas, como el agua de la eterna juventud, cuya virtud es la de devolver la juventud. En todos los tiempos, la aparición de una fuente ha sido considerada un milagro, un hecho sobrenatural, un don de los dioses y, al contrario, la desecación de un torrente, un arroyo o un río, se ha interpretado como una maldición. El Agua es aún un símbolo de fertilidad, de bendición, de purificación (el bautismo), de sabiduría, de eternidad, de amor infinito, sin límite y de vida espiritual. El río, la fuente, la charca, el estanque, el lago, el pantano, el mar, el océano, la lluvia, el agua del pozo, el riachuelo, el arroyo, el torrente, la ola están cargados de símbolos y de significados dentro de los cuales se encuentra el Agua, fuente de vida, purificadora y regeneradora, el Mare Nostrum, la madre nuestra.

LOS SIGNOS DE AGUA
El Agua de Cáncer es la que brota del manantial, pura y purificadora, la de la fuente refrescante en esa época del año en que el sol está en su cénit. Las aguas-madres encierran todas las formas de vida posibles.

Es la sensibilidad de las superficies de las aguas, nacidas de las corrientes calientes y frías que se entremezclan. Es el movimiento de las olas que acarician las orillas, al ritmo que la Luna marca a las mareas.

El Agua de Escorpio es el agua estancada, la de las charcas, los pantanos, los estanques, la de los misterios. Es el agua que fermenta, penetra y regenera la tierra en profundidad. Es la humedad escondida bajo la tierra. Es el agua del pozo, de las corrientes freáticas. Son las aguas secretas, ocultas bajo las arenas del desierto, donde viven los escorpiones y las serpientes. Es el agua que duerme, rica en limos, de los que surgirá quizá una nueva vida.

El Agua de Piscis es la de los abismos, los fondos submarinos, las inmensidades de los océanos.Es el agua exultante, torrencial, caótica, del diluvio y de las tempestades, de las inundaciones.

Pero es también la que limpia, alivia, cura, bendice, sacraliza, diviniza; el agua pura, nítida, del lago en el cual el hombre encuentra su rostro, descubre su alma y se ahoga en sí mismo o encuentra la luz. Es el agua de la vida, el agua celeste en la cual se sumerge para nacer o renacerse a sí mismo.

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EL AIRE

2. EL AIRE

Vivimos gracias al aire que respiramos. Sin embargo, el Aire es a la vez vital y fatal, mágico y ambiguo. En astrología, para confeccionar una carta astral, se toma como punto de referencia el momento exacto en que el niño recién nacido efectúa la primera respiración completa (inspiración... Ver mas
Vivimos gracias al aire que respiramos. Sin embargo, el Aire es a la vez vital y fatal, mágico y ambiguo.

En astrología, para confeccionar una carta astral, se toma como punto de referencia el momento exacto en que el niño recién nacido efectúa la primera respiración completa (inspiración-espiración). Este ritmo de vida es también un ritmo de muerte. De hecho, el aliento que permite al niño vivir libre, desligado del cordón umbilical, a través de sus pulmones y su sistema respiratorio, consiste en un movimiento binario constante. Tomar aire significa vivir, ser independiente. Exhalar el último suspiro, expirar, significa entregar el alma, morir.

EL AIRE, EL VIENTO, EL SOPLO DIVINO Y EL AGUA
El alma y el soplo divino siempre han estado íntimamente ligados. Pero este soplo no es el alma, sino su vehículo. Ambos son invisibles, impalpables. El aire, ya sea soplo o viento, se impregna de perfumes, olores, del calor y del frío de los espacios que ocupa por entero y en los que evoluciona libremente. Al colocar la mano delante de la boca, puedes sentir el calor de tu hálito. El aire es el alimento de los dioses, gracias al hálito el organismo produce el calor de la vida o el fuego interior. Del mismo modo, cuando sopla el viento, no es a éste a quien vemos y oímos, sino que únicamente percibimos el movimiento de las ramas de los árboles y el revuelo de las hojas. La respiración es un acto espontáneo, instintivo, vital, que permite al hombre vivir, animarse. Pero su aliento no es el aire; sino el acto de respirar. Tampoco el viento es aire.

Resulta de los desplazamientos de aire producidos por los movimientos de rotación de la Tierra sobre sí misma. Así pues, si el viento se desplaza a través del aire invisible, pero real y omnipresente, sin el cual toda forma de vida sería imposible, el aliento puede, de la misma manera, desplazarse a través del alma, que hace al individuo distinto de sus semejantes, singular, inteligente y libre. Incluso, podemos decir que es la prueba simbólica de la existencia del alma. El aliento es también el vehículo del pensamiento, del espíritu, de los sonidos, de la voz, de la palabra y del verbo. Aquí también estamos ante cosas invisibles que se manifiestan en el mundo real gracias al aire. Por ejemplo, de la misma forma que la madera es el destino del fuego, como dicen los chinos, el aire condiciona al fuego. El aire es el mismo para todos, pero el aliento es único. En efecto, cuando inspiramos, tomamos el aire que todo el mundo respira. También, si se prefiere de otro modo, todos cuantos nos rodean respiran el mismo aire que nosotros. Sin embargo, cuando espiramos, cuando emitimos un hálito de aire, podría decirse que hemos producido un aire que nos pertenece, que ha pasado por el filtro de nuestros pulmones, un aire individualizado.

Los pulmones son los encargados de la respiración. Pero también la piel respira, a través de sus poros. Se nutre con el aliento de la vida. Es la razón por la cual los nativos de los signos de aire (Geminis, Libra, Acuario) tienen a menudo la piel fina y sensible y pueden mostrar una sensibilidad a ''flor de piel''.

EL ÁRBOL PULMONAR Y EL ÁRBOL DE LA VIDA
Los pulmones están unidos a los bronquios derecho e izquierdo, que se juntan bajo la tráquea. Al observar el conjunto pulmones-bronquios-tráquea, descubrimos la imagen de un árbol al revés. Existe, pues, una asociación simbólica evidente entre el árbol pulmonar y el árbol de la vida. Plantado en el centro del jardín del Edén, el árbol de la vida, o el árbol de la ciencia del bien y del mal, no es otro sino el árbol del soplo divino, el que está en el origen de la conciencia individual, pero que implica un movimiento que va de la vida a la muerte, de la inspiración a la expiración. El árbol de la vida es, por tanto, también un árbol de la muerte.

No olvidemos que, acorazado en el centro de los pulmones, se encuentra el corazón, que también, por su movimiento binario de diástole (dilatación del corazón y de las arterias) y de sístole (contracción del corazón y de las arterias), pasa sin cesar de la vida a la muerte. El ritmo cardíaco es un ritmo de vida y de muerte. Sin él, ninguna vida sería posible. Sin embargo, la respiración es un acto de vida, la manifestación de una voluntad activa, en el sentido en que se arraiga en los riñones, que también son dobles. Pues en los riñones se halla el equilibrio, la fuerza, la potencia. Se dice, a propósito de un ser equilibrado, que ha adquirido un cierto dominio de sí mismo o que se encuentra en una situación de bienestar material, que tiene ''el riñon bien cubierto''. Igual que todas las partes del cuerpo que cumplen una función vital, los riñones respiran. Son los órganos de la respiración genital, en la parte inferior del cuerpo, mientras que los pulmones se encuentran en la parte superior. El ser que es dueño de su fuerza, de su voluntad, de sus riñones, lo es de su aliento y de su espíritu en los pulmones. Este dominio se consigue por el uso del músculo del diafragma, que separa el tórax del abdomen y que permite al árbol pulmonar desarrollarse.

Los ejercicios del ''hata-yoga'' favorecen el control de la respiración y el desarrollo del árbol pulmonar, ese árbol de la vida que hay en nuestro interior. Permiten igualmente tomar consciencia de su ritmo. En efecto, el aire, el aliento, la respiración, son también el ritmo. Cada uno de nosotros posee el propio. Controlar el aliento y la respiración significa estar en su ritmo, aprender a vivir a su ritmo.

Etimológicamente, ritmo es movimiento, la cadencia y la medida, pero también la manera de ser. Mediante el dominio del aire en ti y de tu aliento, descubrirás tu ritmo personal, tu manera de ser.

PEQUEÑO EJERCICIO DE HATA-YOGA:
Túmbate en el suelo boca arriba. Relájate, toma aire por la nariz, con la boca cerrada, hinchando el vientre y concentrándote en los riñones. Luego, retén el aire durante un momento breve. Finalmente, espira por la boca apretando el vientre. No respires durante un breve instante y vuelve a realizar el proceso de respiración desde el principio. De este modo y con el tiempo, adquirirás el dominio de tu aliento y de tu respiración. Este ejercicio, al alcance de todos, aporta calma y relajación.

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LA TIERRA

3. LA TIERRA

Sustentadora, agreste o cultivada, la tierra es un elemento vital que todo lo da y lo vuelve a tomar. Todo viene de la tierra y todo regresa a ella. Tierra es el nombre que dimos a nuestro planeta y que escribimos con una T mayúscula para diferenciarlo del nombre del elemento primordial sobre... Ver mas
Sustentadora, agreste o cultivada, la tierra es un elemento vital que todo lo da y lo vuelve a tomar. Todo viene de la tierra y todo regresa a ella.

Tierra es el nombre que dimos a nuestro planeta y que escribimos con una T mayúscula para diferenciarlo del nombre del elemento primordial sobre el cual caminamos, descansamos y que nos nutre. La Tierra, sobre todo, es sustentadora. El gran jardín de la Tierra, antes de ser cultivada, nos ofrecía ya la abundancia de sus frutos.

Pero nuestros antepasados sabían mejor que nosotros que es necesario dar a la Tierra tanto como nos da ella, y que no podemos separar la tierra de la Tierra, la materia del astro. En sus espíritus, la materia y el astro se confundían en la imagen de una divinidad única, una diosa-madre que, aunque adoptase múltiples apariencias según las creencias, las culturas y las civilizaciones, fue siempre y en todas partes idéntica.

EL GRAN PRINCIPIO FEMENINO
La tierra, materia primordial, de la cual toda vida proviene, que da y vuelve a tomar la vida, es salvaje, indomable, maléfica o cultivada, moldeable, benéfica. Es el gran principio femenino opuesto al cielo, gran principio masculino.

Así, en el zodíaco, el eje formado por los signos de Tauro y Escorpio corresponde al principio femenino que hace frente y se opone al principio masculino que le es complementario. El signo de Tauro está asociado a la aparición de la vida vegetal en nuestro planeta, mientras que el signo de Escorpio está en relación con la de la vida animal.

El doble aspecto positivo y negativo de la tierra reside en esto: por una parte, es generosa y fecunda, produce una gran variedad de plantas y de frutas, nada se pierde, todo se transforma, ya que las semillas procedentes de las plantas y de las frutas vuelven a la tierra (la siembra), para que dé nuevas plantas y nuevas frutas. Pero, por otra parte, el hecho de que todo vuelve a la tierra, implica que reina según un principio vital y fatal sin el cual la vida en la Tierra no sería posible; he aquí su aspecto negativo, oscuro, maléfico. En efecto, al igual que la semilla producida por la planta o la fruta, ¿acaso el hombre no vuelve también a la tierra?. ''Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allá'', dice Job (1, 21). A partir de entonces, para nuestros antepasados resultó lógico que el reino de los muertos estuviera en el subsuelo, en el mundo subterráneo, donde se manifiestan las fuerzas oscuras, las sombras, a menudo asociadas con la descomposición y la putrefacción. Sin embargo, el subsuelo es a la vez el lugar de la fecundación y de la germinación, por lo tanto, la esperanza en un renacimiento, en una resurrección, era siempre posible. Por esta razón, se creyó que con tirar un puñado de tierra bastaba para expulsar a las fuerzas nefastas y conjurar la fatalidad vinculada a la muerte, ritual que aún se conserva al enterrar a los muertos.

GEA Y DEMETER, LAS GRANDES DIOSAS DE LA TIERRA
Según la mitología griega, Gea (o Gaya), la gran diosa-madre, fue la segunda divinidad en aparecer, después de Caos, que había engendrado la Noche y el Día. De ella nacieron Urano, el Cielo, las Montañas y el Océano. Al unirse Gea con el Cielo, su propio hijo, concibió a Crono, el Tiempo, y fue abuela de Zeus. En nuestros días, uno se extraña de que la Tierra esté ausente de la jerarquía celeste del zodíaco, que presenta correspondencias casi perfectas con los dioses del Olimpo, creados a partir de modelos más antiguos. En realidad, la Tierra está omnipresente en el zodíaco, aunque el astrólogo nunca aluda formalmente a ella; pues se encuentra situada en su centro, el centro de todas las influencias a las cuales es infinitamente receptiva y de las cuales fue, al principio, el receptáculo. En efecto, ella las engendró, como bien lo ilustra el mito de Gea y del nacimiento de los dioses griegos. Gea, a menudo representada con los rasgos de una mujer de formas redondeadas, llenas, generosas, es la Madre Universal, potencia inagotable de fecundidad. Guarda también los secretos de los Destinos, y preside, pues, la suerte de la humanidad. Deméter-Ceres, una gran diosa maternal según la mitología griega, era la hija de Crono y de Rea, otra divinidad de la Tierra, ambos hijos de Gea. Pero se diferencia de su abuela en que es una representación mítica de la tierra cultivada. La llamaban la diosa del trigo. También se asocia al signo de Virgo, a menudo ilustrado por una mujer joven sentada y llevando espigas de trigo.

La historia de su hija, Perséfone, que concibió de Zeus, se relaciona con el signo de Libra.
Cuando Perséfone fue raptada y secuestrada en el reino de los Infiernos por Hades, Deméter-Ceres, para manifestar su desacuerdo y su ira, provocó la esterilidad de la tierra y, en consecuencia, la sequía y el hambre. Esta leyenda ilustra los poderes de vida y muerte que siempre se ha reconocido a la Tierra, ya que la sequedad y el hambre son calamidades contra las cuales el hombre (aún actualmente) es impotente.

DIOSAS Y DIOSES DE LA TIERRA EN EL MUNDO
En Egipto, en el panteón de los dioses - según el relato mítico de la formación de la Tierra (la cosmogonía) de inspiración menfítica (de Menfis, ciudad del antigua Egipto) -, Ptah, el gran demiurgo, es una divinidad masculina y femenina. Uno de esos textos dice: ''Es el padre de los dioses y también la madre. Y su apodo es la mujer. Es la matriz en la cual se vierte la semilla. Hizo extraer la cebada del hombre y el trigo de la mujer...''.

Más tarde, Geb fue la diosa-madre, representante de la arcilla, la turba, la materia primordial, la tierra sustentadora, cultivable y fecunda. En China, la creación de la Tierra es la obra de P'an-kou, según el Chou Yi Ki, un texto del siglo VI de nuestra era: ''Los seres vivos comenzaron con P'an-kou, antepasado de diez mil seres del universo. Al morirse P'an-kou su cabeza se transformó en un pájaro sagrado, sus ojos en el sol y la luna, su carne en los ríos y los mares, sus cabellos en los árboles y plantas''. En la India, la Tierra es a veces Laksmi, diosa de la fecundidad y de la prosperidad, cuyo símbolo es el oro; y otras veces Kali, la diosa negra y sangrienta de los sacrificios. Es también Bhümi, el seno maternal.

Para los mayas, la Tierra era Itzam Cab, la iguana-tierra, y para los aztecas se trataba de un monstruo con las mandíbulas abiertas, Tlaltecuehtli, el Señor de la tierra..., dos figuras que se vinculan más con el mito del dragón que con el de la diosa-madre.

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EL FUEGO

4. EL FUEGO

Sea del cielo o de la tierra, sagrado o doméstico, del paraíso o del infierno, el fuego, elemento primordial, es la expresión del bien y del mal. El fuego es creación, nacimiento, principio, luz original, alegría, elemento divino o divinizado por el hombre. Este, sumergido en los misterios de... Ver mas
Sea del cielo o de la tierra, sagrado o doméstico, del paraíso o del infierno, el fuego, elemento primordial, es la expresión del bien y del mal.

El fuego es creación, nacimiento, principio, luz original, alegría, elemento divino o divinizado por el hombre. Este, sumergido en los misterios de la noche, se alegra cuando sus ojos se abren a la luz del día, alumbrados por los rayos del sol. Pero el fuego es también destructor, ya que lo quema todo. Esta ambivalencia fue rápidamente observada por nuestros antepasados, que hicieron del fuego una representación y un símbolo del bien y del mal.

EL FUEGO DE LOS DIOSES
Ni el hombre primitivo, en primer lugar, ni el hombre de la Antigüedad, más tarde, necesitaron instrumentos de medida para entender las ventajas que podían obtener del fuego y los peligros relacionados con él. Su supervivencia dependía del día y del astro de fuego (causa y efecto), de la luz y del calor que el fuego prodiga. Pero también aprendieron a no fiarse de este fuego que a veces caía del cielo: el relámpago, el rayo. Según ellos, cuando los dioses querían castigar a los hombres, manifestaban su desaprobación y su ira mediante los fuegos del cielo. La tierra también escupía fuego de sus montañas. ¿Acaso no fue con un dedo de fuego cómo Dios inscribió, en el cráter de un volcán, las letras de los Diez Mandamientos sobre las Tablas de la Ley dadas a Moisés?. El fuego, por tanto, es principio de vida, revelación, iluminación, purificación, pero también es pasión y destrucción. El fuego brilla en el paraíso. Quema en el infierno. Da la vida pero la vuelve a coger y la transforma en cenizas.

HEFESTO, PROMETEO Y EL ''FUEGO MITOLÓGICO''
Hefesto-Vulcano, hijo de Zeus-Júpiter y de Hera-Juno, era el dios del fuego en la mitología griega. Reinaba sobre el fuego de los volcanes y de los metales, es decir, sobre la metalurgia. Era el herrero de los dioses. Como tal, forjaba armas y lo hacía principalmente para Aquiles. Participó en la creación de Pandora, la primera mujer de los griegos, a cuyo cuerpo dio forma y cuyos miembros amasó con barro, según el modelo de las diosas inmortales, antes de insuflarle el aliento vital.

Prometeo, hijo de Titán, robó el fuego de la forja de los dioses a espaldas de Hefesto, a fin de darlo a los hombres que él creó.

De este modo, fue considerado bienhechor de la humanidad, ya que tomó el fuego del cielo, privilegio que sólo los dioses tenían hasta entonces, con el único objetivo de hacer más agradable la vida de los hombres. Para castigarle, Zeus le encadenó a una roca, con ataduras de acero forjadas por Hefesto, y le condenó a que un águila le devorase eternamente el hígado, que siempre se reconstituía.

Se encuentran, en el suplicio de Prometeo, dos símbolos en analogía con el fuego: primero, el águila, ave solar llamada también pájaro-trueno, mensajera de los dioses que transporta el fuego del cielo; y en segundo lugar, el hígado, considerado la sede del alma, o, con mayor exactitud, el órgano por el cual el alma, generadora del aliento vital, está unida con el cuerpo que anima. El fuego de las pasiones del alma se halla en el hígado. En hebreo, el termino hígado (caved) significa tanto pesadez como riqueza y potencia, en el sentido de potencia divina.

LOS ORÍGENES DE LA PALABRA FUEGO
La palabra latina, ignis, que significa fuego, pero también «llama, ardor de una pasión», fue empleada por los traductores de la Biblia y los médicos, para referirse al griego piro, piros, que hoy encontramos en las palabras ''pirotecnia'' o ''pirómano''. Ignis pervive en la lengua en palabras como ''ignífugo'', ''ignición'' o ''ígneo''. Sin embargo, la palabra ''fuego'' proviene del latín clásico focas (hogar donde el fuego está encendido), que dará más tarde foco. Así pues, es el fuego del hogar familiar el que hemos escogido para designar al fuego bajo todas sus formas, y no el de la pasión (ignis), que implica cierto desorden. Sin duda, el fuego que arde en el brasero tan sólo puede ser un buen fuego.

LOS DIOSES Y LOS ATRIBUTOS DEL FUEGO
Gibil era el dios del fuego entre los habitantes de Mesopotamia, y Moloch, el de los cananeos y los cartagineses. Atar era el genio del fuego de la Persia de Mazdak, y el dios-Fuego que tenía el poder de leer en el corazón de los hombres; su templo se llamaba la Kaaba de Zoroastro. En la India, Agni es el dios del hogar; Sürya, el dios del sol; Indra, el dios del rayo o del cielo, y Brahma, el dios supremo, parecido al fuego, según la tradición hindú. Las vestales, sacerdotisas de Vesta, la diosa griega del fuego del hogar doméstico, eran sus guardianas. La piromancia es un arte adivinatorio que consiste en leer augurios y presagios en las llamas de un brasero.

Según la leyenda, la salamandra, animal metafórico, vive en el fuego. Es la guardiana de las llamas, la representación del dragón, el símbolo de la energía primordial, la chispa vital, el fuego de Dios. Entre los antiguos romanos y germanos, y luego en la Europa de la Inquisición, se sometía a los presuntos culpables a los llamados ''juicios de Dios'', que no eran otra cosa sino una prueba de fuego, consistente en sostener una barra de hierro al rojo vivo. Si los sometidos a esta prueba presentaban quemaduras en las manos, eran condenados.

Las hogueras de San Juan, que arden la noche del 23 de junio, eran al principio unos fuegos de fertilización y purificación que se encendían el día del solsticio de verano (el 21 de junio), justo antes de las cosechas, para honrar a los dioses y agradecerles sus bondades, o justo después, para purificar la tierra.

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LA CRUZ

5. LA CRUZ

La cruz simboliza la unión entre el Cielo y la Tierra, el Árbol de la vida, lugar sagrado donde se fusionan el espacio y el tiempo. Es uno de los símbolos más bellos y antiguos. La cruz, antes de convertirse en la seña de identidad de los cristianos y en su símbolo, fue sin duda uno de los... Ver mas
La cruz simboliza la unión entre el Cielo y la Tierra, el Árbol de la vida, lugar sagrado donde se fusionan el espacio y el tiempo. Es uno de los símbolos más bellos y antiguos.

La cruz, antes de convertirse en la seña de identidad de los cristianos y en su símbolo, fue sin duda uno de los primeros símbolos mágicos y místicos universales utilizados por los hombres para representar una orientación en el espacio, pero también para representar la reunión o unión que une dos veces dos puntos, dos mundos o dos fuerzas opuestas y cruzadas: lo de arriba y lo de abajo, el cielo y el infierno, la derecha y la izquierda o el bien y el mal.

Este cruce entre los elementos celestes y terrestres, invisibles y visibles, divinos y humanos, es el origen de una unión, una conclusión, que puede producirse en el hombre si éste se identifica e integra en la cruz. Estará entonces en el punto de encuentro de energías verticales y horizontales. La cruz, figura universal, por un lado, une el norte y el sur, escuna representación del eje vertical del mundo, del árbol cósmico o Árbol de la vida; y, por otro lado, une el este y el oeste, es la imagen de la línea del horizonte, por encima y por debajo del cual salen y se ponen los astros, nacen y mueren los hombres.

El eje vertical del mundo se sitúa, pues, en el centro del eje del horizonte. Desde este punto de encuentro se realizó una división en cuatro estaciones, luego en cuatro elementos y en cuatro períodos del año. Asimismo, al situar esta cruz (que es también la figura del cuadrado) en el interior del círculo, el hombre tomó conciencia del círculo y creó la rueda. En cierta forma, la cruz, el centro, el círculo y el cuadrado forman un todo indivisible. Así es como la cruz se puede utilizar para representar el centro, un círculo o simbolizar un cuadrado, ya que la cruz es todo ello a la vez.

El círculo contiene la cruz y el cuadrado, pero la cruz implica forzosamente un círculo y un cuadrado. En todo caso, lo que se revela como un símbolo incontestable y común al círculo, al cuadrado y a la cruz es el centro, que en el hombre corresponde al corazón, el Sol del cuerpo, la fuente de vida. La cruz es también el cruce de caminos, el punto de encuentro, la encrucijada y, en este sentido, es un símbolo del destino. En efecto, la encrucijada es el punto donde se cruzan cuatro caminos. Es, pues, un lugar mágico, un centro, un pasaje, una puerta, un umbral. De ahí viene la expresión de estar en una encrucijada en la vida.

Aun más, cuando, hasta el siglo X de nuestra era aproximadamente, se veneraba todavía a Hécate (la diosa griega maga a quien se atribuía el poder de hacer cumplir los deseos y de satisfacer las demandas de los que creían en ella), se la invocaba en las encrucijadas, consideradas entonces lugares sagrados y dedicados a la magia. Las mujeres se daban cita allí, a menudo para implorar a la diosa que el bien acompañase a sus hijos. La Iglesia romana vio en ella la figura de la reina de las brujas y prohibió su adoración.

LAS CRUCES ANTIGUAS Y CRISTIANAS
Ankh, la cruz ansata o cruz egipcia: es una cruz en forma de T, rematada por una anilla que servía de asa, de ahí su nombre de cruz de asas o ansata, es decir, provista de una asa.

Esta anilla era el emblema del Sol, fuente de vida, pero también de la vida eterna y divina que seguía después de la muerte, con la cruz como representación de la vida temporal. Los egipcios la llamaban también llave de la vida o llave del Nilo, el gran proveedor de vida que hacía la tierra fértil.

Esvástica, cruz gamada, gamadión o cruz de la suerte: se trata de una cruz muy antigua que desgraciadamente utilizaron los nazis con siniestras finalidades. No obstante, en sánscrito, la lengua india madre, es un derivado de svasti que significa ''felicidad, prosperidad''. Sus cuatro brazos curvados y orientados hacia el interior nos sugieren un movimiento circular continuo y evocan tanto una rueda como un espiral. Se utilizó también para representar un laberinto, principalmente en el Antiguo Egipto, 3.000 años antes de Jesucristo. La esvástica es un símbolo universal que encontramos tanto en Egipto como en Grecia, Europa o China. En Grecia, representaba la cuadruplicación de la letra gamma, mientras que para los germanos era el emblema de la capa de Thor, dios del trueno, defensor de los dioses y de los hombres, el cual, paradójicamente, en la época del paganismo, se opuso a la cruz cristiana. En el budismo, es la imagen de la Rueda de la Ley, llamada Dharma-Chakra, con su cubo en el corazón o espíritu de Buda. En China, se asocia al número 10.000, que significa el infinito. Finalmente, en el Tibet se encuentra a menudo en los mándalas, dibujos místicos que ayudan a la meditación, y también se dibuja en los talismanes.

La cruz de San Andrés o decusata: tiene forma de X, como aquélla en que fue martirizado el primer apóstol de Jesús, y a quien, en Grecia, donde predicó la palabra de Dios, pusieron el sobrenombre de Protocleto, que significa ''llamado el primero''.

En esta cruz se basa la cruz rusa de la Iglesia ortodoxa, cuyo patrón es San Andrés, la cual muestra tres brazos horizontales, pero con ese tercero hacia abajo, ligeramente inclinado hacia la derecha, como una X barrada. Sin embargo, la llamada cruz de San Andrés tiene un origen mucho más antiguo. Aparece grabada en huesos prehistóricos y, en numerosas comunidades primitivas, la podemos ver inserta en los instrumentos que utilizaban en los conjuros contra los malos augurios o contra las enfermedades.

La cruz de San Pedro o ranversada: es una cruz invertida, es decir, con su brazo horizontal próximo a la base. Se le atribuye a San Pedro, ya que fue crucificado boca abajo, en Roma, bajo el emperador Nerón, en el año 64 d.C. El hecho de que el padre de la Iglesia apostólica fuera ejecutado en la posición inversa a la de Jesús no carece de significación simbólica.

En efecto, tanto en el Zohar como en los Upanishads, el universo se considera un árbol boca abajo, cuyas raíces se sumergen en el Cielo, mientras sus ramas y hojas cubren la Tierra.

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EL CÍRCULO

6. EL CÍRCULO

El círculo, el centro (o el eje) y la rueda forman un conjunto que hace girar el mundo. Estos grandes principios de la física fueron los símbolos principales y vitales de nuestros antepasados. El círculo es un cuadrado. ¡He aquí una extraña forma de abordar este símbolo! Y sin embargo, no... Ver mas
El círculo, el centro (o el eje) y la rueda forman un conjunto que hace girar el mundo. Estos grandes principios de la física fueron los símbolos principales y vitales de nuestros antepasados.

El círculo es un cuadrado. ¡He aquí una extraña forma de abordar este símbolo! Y sin embargo, no podemos hablar de esta figura simbólica universal sin hacer alusión a la famosa cuadratura del círculo, que no se puede obtener (es decir, determinar el lado de un cuadrado que tiene la misma superficie que el área interior de un círculo) sin hacer cálculos. De ahí viene la expresión ''la cuadratura del círculo'', utilizada cuando damos vueltas a un problema que no tiene solución.

EL CÍRCULO
Para el hombre de la Antigüedad, el símbolo del cielo era un círculo y el de la Tierra un cuadrado. El cielo tenía una connotación femenina, mientras que la Tierra era un principio masculino. Observemos de paso que, hoy en día, el ciclones un nombre masculino y la Tierra un nombre femenino. De todas maneras, para nuestros antepasados, era más lógico que el cuadrado de la Tierra cupiera en el interior del círculo o esfera celeste que al contrario. En efecto, imaginaban con naturalidad que sus países, el universo donde vivían era plano y estaba suspendido en una especie de globo, con un cielo arriba y otro abajo. De manera que, para ellos, el día y la noche marcados por el ritmo de los astros, seguían un movimiento circular que iba de arriba abajo y de abajo arriba. El símbolo del círculo estaba cargado de un significado que mostraba la totalidad del mundo. A partir de la línea formada por los puntos sucesivos donde el Sol salía día tras día a lo largo del año, y la línea que seguía los puntos del horizonte donde se ponía, establecieron fronteras precisas para sus países o su propio universo. De ahí, que sus países (o su mundo) fueron delimitados por líneas rectas y ángulos, más allá de los cuales estaba el vacío, la nada, el fin del mundo. Entendemos así cómo y porqué el círculo jugó pronto un papel protector, mágico y sagrado.

De esta forma, estar dentro significaba estar vivo, presente en este mundo, mientras que fuer;a del cielo, más allá del cuadrado de la Tierra, empezaba lo desconocido. Este límite era más espantoso aún cuando, más allá, se corría el peligro de caer en el cielo de abajo donde se pensaba que se hallaba el reino de los muertos.

Ciertamente, explicando las cosas de esta manera, hacemos una audaz simplificación.
Ahora bien, está claro que la definición del círculo, sean cuales sean las civilizaciones y las culturas, se remite siempre al cielo femenino, mientras que la definición del cuadrado se atribuye a la Tierra masculina.

EL CENTRO
El cuadrado de la Tierra se encontraba, pues, en medio del círculo del cielo, y ambos tenían un centro común, ya que la noción de círculo implica siempre la de centro o punto central, que es también circular. Para intentar comprender el simbolismo del centro, intentemos de nuevo razonar como nuestros antepasados, aun considerando un aspecto ineludible de la física, según el cual el eje y la rueda van a la par.

¿Cómo tomar conciencia del movimiento circular, sino basándonos en un punto fijo alrededor del cual se ven girar ciertos elementos exteriores, o alrededor del cual puede girar uno mismo?. Sin duda fue así como nuestros antepasados entendieron poco a poco que el centro era el punto de convergencia hacia el que todos los elementos se dirigían o alrededor del cual se juntaban. El jefe del clan o de la tribu no tardó mucho, pues, en colocarse en el centro.

Por extensión, el mundo no podía estar en otro sitio, sino en el centro del universo, ya que el cielo era un círculo. A lo largo de los milenios, siguiendo con estas especulaciones, el hombre vio que su sitio era el centro del universo, punto de convergencia principal y último de todos los elementos y todos los fenómenos de la naturaleza. Más aún que el círculo, el centro se convirtió en un símbolo de perfección, de absoluto y de unidad; pero, en este caso, una unidad reencontrada. ''No te sorprendas si te decimos que todo esto está en ti; entiende que eres otro mundo en pequeño y que en ti están el Sol, la Luna y las estrellas. Mira, tú tienes todo lo que tiene el mundo'', proclamó en sus Homilías Orígenes, el padre de la teología cristiana, en el siglo III.

LA RUEDA
Podemos deducir que, siguiendo este proceso intelectual, el hombre hizo un descubrimiento que revolucionaría su vida social y sus costumbres: ¡la rueda!. Pero, ¿fue realmente un descubrimiento?. Pues no: fue simplemente una hábil aplicación práctica y utilitaria del símbolo vivo del círculo. El centro se convirtió en eje; luego, el círculo podía girar. Ya no giraba todo en torno al centro sino que el eje del mundo era el que hacía girar el Sol, la Luna, los astros y las estrellas alrededor de la Tierra. La rueda celeste no era pues una rueda sin sentido girando en el vacío de cualquier manera, sino un eje: el mundo.

Pero, ¿de dónde venía la rueda y quién la hacía girar sobre su eje?. De la misma forma que era necesaria la inteligencia y la mano del hombre para fabricar la rueda, ¿no era igualmente necesario un empujón, un movimiento, una tracción,
para hacerla girar?. La rueda celeste también tenía que ser accionada, pero sólo podía serlo a través de una inteligencia suprema y una mano divina. Por ejemplo, para los budistas, Buda tenía el sobrenombre de Chakvati o ''el que hace girar la rueda''. Un dios todopoderoso conducirá pues la rueda del Sol. Durante el recorrido que realiza alrededor del círculo del cielo, se suceden el día y la noche. En el que realiza alrededor del cuadrado de la Tierra, se alternan la vida y la muerte.

Este es el gran principio de la Rueda de la Vida o de la Rueda Mágica o también la Rueda Adivinatoria egipcia o la Rueda de los Renacimientos o Rueda de la Ley (Dharmachakra) de los budistas. Vivir, morir, renacer, si no aquí abajo al menos en otro mundo, ése es el gran principio de la Rueda de la Fortuna, esa rueda del destino o de la suerte, con rayos parecidos a los del Sol.

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LA ESPIRAL

7. LA ESPIRAL

Símbolo del movimiento permanente de la vida y de la no permanencia de las cosas, representa la vida eterna o la realización de uno mismo. La espiral es la consecuencia de un fenómeno natural. Es el producto de una fuerza circular, centrífuga o centrípeta. En este aspecto, se asocia... Ver mas
Símbolo del movimiento permanente de la vida y de la no permanencia de las cosas, representa la vida eterna o la realización de uno mismo.

La espiral es la consecuencia de un fenómeno natural. Es el producto de una fuerza circular, centrífuga o centrípeta. En este aspecto, se asocia consecuentemente al círculo y a toda la simbología en torno al mismo. La fuerza centrífuga genera un movimiento que aleja del centro del círculo; mientras que la fuerza centrípeta indica un movimiento que se dirige hacia el centro. De manera que, si efectúas un movimiento de rotación en el interior de una palangana, por ejemplo, situando tu dedo en el centro, observarás que el remolino se produce partiendo del centro para ir hacia el exterior. A la inversa, si ai sitúas tu dedo contra el borde de la palangana, observarás cómo el remolino va hacia el centro. En la naturaleza, en el universo mismo, parece que la espiral sea una constante, una de estas formas innatas que encontramos en todas partes, desde ciertas plantas hasta las galaxias, pasando evidentemente por algunas de las conchas que recogemos en las playas, a orillas del mar. Esta constante no escapó a nuestros antepasados que, por razones que hemos evocado a menudo, se mezclaban con su medio natural, formas, apariencias, de las que hicieron símbolos, un lenguaje en toda regla que les permitía realizar intercambios entre ellos, evidentemente, pero también comunicarse, e incluso comulgar, con la naturaleza. Por eso, en toda Europa se han encontrado megalitos, esos bloques de piedra monumentales erigidos en el neolítico, sobre los que se grababan espirales. Podemos suponer que al dibujar en su lápida sepulcral este símbolo de un fenómeno corriente en la naturaleza, ya demostraban una creencia en el más allá y en la vida eterna, siendo efectivamente la espiral la figura de un movimiento evolutivo sin fin.

LA ESPIRAL: SÍMBOLO DE LA VIDA ETERNA O DE LA REALIZACIÓN DE UNO MISMO
Esquematizándolo, podemos decir que la espiral se resume en un símbolo de evolución. Sin embargo, la evolución en cuestión no se entiende de la misma manera según se refiera a una espiral centrífuga, es decir, partiendo de un punto central para desarrollarse hacia el exterior, o centrípeta, es decir, partiendo del exterior para ir hacia el centro. En este aspecto, la espiral está en analogía con toda la simbología que tiene que ver con el círculo, así como el laberinto.

De manera que cuando, en el paleolítico superior (período que va desde el año 35.000 al 9.500 antes de nuestra era aproximadamente), los hombres esculpían lo que hoy llamamos Venus calipiges, del griego kallos, que significa ''belleza'', Y pyges ''nalga'', que podemos traducir como «de bellas nalgas» (adjetivo que se utiliza para calificar a estas estatuillas de otra época por las prominentes nalgas de las mujeres que representan), a menudo las realizaban con una espiral en el vientre, o con una vulva en forma de espiral. En este caso se trataba de un símbolo de fecundidad y de vida, es decir, del proceso natural y mágico de la vida tal como la imaginaban nuestros antepasados. Para ellos, parecía evidente el hecho de representar así este fenómeno evolutivo natural. En este caso, estamos en presencia de una espiral centrífuga. Como vemos, esta espiral era tanto un principio de vida, es decir, de la formación y de la evolución de la vida en la Tierra, como una prueba, podríamos decir, de la vida eterna, cuando dicha espiral centrífuga estaba también presente en un megalito. Parece, además, que en el neolítico, período que sigue al paleolítico superior, las diosas madres a las que acabamos de hacer alusión, es decir, las famosas Venus ca-lipiges, y los megalitos, fueron identificados los unos con las otras, al representar ciertos megalitos diosas madres. De manera que, en la mentalidad de nuestros antepasados, la vida y la muerte, o la vida más allá de la vida, acabaron por formar un todo procedente de un mismo proceso idealmente simbolizado por la espiral. La espiral centrífuga evoca, pues, el círculo y el centro, pero por el mismo hecho de que representa un movimiento constante, partiendo del centro, sale del círculo de la vida, revela un movimiento que va más allá del mundo visible, en el mundo invisible. Está, pues, en analogía también con el símbolo de la rueda y comprendemos por qué fue asimismo una representación del recorrido del Sol en el cielo y al mismo tiempo del de la Luna y de la no permanencia de las cosas. Sin embargo, si la espiral va desde el interior al exterior cuando es centrífuga, representando el crecimiento de la vida en la naturaleza, podemos enfocarlo desde otro punto de vista. Lo podemos imaginar desde el exterior hacia el interior, evocando esta vez el
camino de la vida o el destino que conduce a un ser a ir de un punto exterior para desplazarse hacia el centro. Entonces nos encontramos en el universo de la espiral centrípeta que está en analogía con toda la simbología del laberinto, es decir, del trayecto que el hombre debe cumplir para ir hacia su centro, esta vez llevándolo todo hacia él, juntando todos los componentes de su personalidad, todo lo que es y lo que hace hacia un punto central, sin duda original.

Se trata entonces de una espiral que representa la realización de sí mismo, el movimiento que debe producir en sí mismo para volver a la situación original. Es la espiral del retorno sobre sí mismo.

LA ESPIRAL, LA ESCALERA Y LA KUNDALINI
Todavía queda otra espiral, que esta vez podremos relacionar con el mito de la escalera. Esta representa el movimiento permanente de energías que circulan, se interpenetran, se fecundan, se transforman, se regeneran permanentemente, como sucede con el ciclo del agua en la Tierra o el largo del eje vertebral por donde circulan, de arriba abajo y de abajo arriba, las energías primordiales representadas por la kundalini, a su vez representada por una serpiente.

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LA ROSA

8. LA ROSA

La rosa es el loto de Occidente. En efecto, todos los símbolos atribuidos al loto en Egipto y en Asia, se representan en Europa con la rosa. De manera que también es la flor mística por excelencia, símbolo del nacimiento y el renacimiento, de resurrección cristiana y de vida eterna. Sin... Ver mas
La rosa es el loto de Occidente.

En efecto, todos los símbolos atribuidos al loto en Egipto y en Asia, se representan en Europa con la rosa. De manera que también es la flor mística por excelencia, símbolo del nacimiento y el renacimiento, de resurrección cristiana y de vida eterna. Sin embargo, esta bella flor es originaria de la India, puesto que hay un perfume que lleva su nombre.

En Grecia, también era bastante apreciada. La especie que crecía en la isla de Rodas, entre los rododendros o laureles rosas que llevan su nombre (en griego, ''rosa'' se llamaba rhodon), era célebre, como lo era la esencia de rosa, uno de los más preciados perfumes de Arabia.

La rosa de los vientos, que designa las 4 direcciones, en seguida fue realizada bajo la forma de una estrella de 32 puntas que correspondían a los 32 vientos en la brújula de los marineros y que evoca al loto de 8 pétalos.

Símbolo de la mujer por excelencia, de la belleza, de la pureza y de la santidad, la rosa es el atributo de Virgen. Así pues, el rosario o rosarium que designaba una guirnalda de rosas con que se coronaban las estatuas de la Virgen, se utilizaba como rosario para rezar y acabó designando la plegaria que se pronuncia mientras se va desgranando, igual que los monjes hinduistas y budistas, en el otro lado del planeta, recitan sus mantras, los textos e himnos litúrgicos que consideran instrumentos de meditación.

La rosa de Jericó, o flor la Pasión, es una pequeña planta originaria de que tiene la particularidad de renacer, inmersa bajo el agua cuando ya se la cree marchita. Esta propiedad le valió numerosas leyendas que, de Oriente a Occidente, la convirtieron en una flor milagrosa, cuyas virtudes fueron asociadas a la rosa común. De hecho, la rosa de innumerables especies fue sin duda introducida en Europa por Cruzados, en el siglo XII, que aportaron rosales.

Así pues, históricamente, sabernos que la célebre rosa de Provins, en Francia, cuyo cultivo se extendió gracias a los condes de Champaña, y especialmente a Enrique II, rey de Chipre, y más tarde de Jerusalén, es originaria de Damasco. Pero ya en los siglos I, II y III de nuestra era, los médicos griegos Dioscórides, Galeno y Teofrasto cultivaban rosas, tanto por su belleza y su perfume como por sus virtudes medicinales. En efecto, desde la más alta Antigüedad, la infusión de pétalos de rosas se conocía por su eficacia para los dolores de garganta y para estimular la actividad pulmonar.

Por otro lado, el agua de rosas es una maravillosa loción que limpia y tonifica la piel y que, por estas razones, tenía la reputación de ser una verdadera agua de juventud.

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EL LABERINTO

9. EL LABERINTO

Está presente en todos los rincones del mundo, en todas las culturas y civilizaciones, lo encontramos sobre todo en Grecia, desde el milenio V, concretamente grabado en cerámicas, pero incluso aparece antes en los grabados rupestres descubiertos en los Alpes italianos, que se remontan al milenio... Ver mas
Está presente en todos los rincones del mundo, en todas las culturas y civilizaciones, lo encontramos sobre todo en Grecia, desde el milenio V, concretamente grabado en cerámicas, pero incluso aparece antes en los grabados rupestres descubiertos en los Alpes italianos, que se remontan al milenio VI.

También tuvo un lugar importante entre los indios americanos, especialmente para los incas, en Perú. Entre sus vestigios fueron descubiertas inmensas figuras laberínticas emplazadas sobre las mesetas de la cordillera de los Andes, en el valle de Nazca, donde algunos alcanzan hasta 120 metros de largo y de los que se cree que fueron realizados entre los años 300 y el 600 antes de Cristo. Pero el laberinto también se representó, desde muy antiguo, en Egipto y Siria, en la India y en el Tíbet, en África y en los diferentes pueblos de las islas australes, también, por supuesto fue conocido en Europa. En resumen, apareció en todas partes del mundo. Por último, más próxima a nuestros tiempos, la Europa de las catedrales y de las construcciones de la época llamada gótica adoptó la figura del laberinto, que fue entonces utilizada en la creación de muchas vidrieras.

UNO DE LOS SÍMBOLOS MÁS BELLOS DE LA INICIACIÓN A LA VIDA ESPIRITUAL
Oeste, hayan tenido las mismas visiones o interpretaciones de su mundo, del Cielo y de la Tierra, universalmente representados por el círculo, la espiral, la cruz, el laberinto, etc. Estos símbolos están cargados de significados tan evidentes, representaron tal papel en nuestra aprehensión física y mental de nuestro espacio vital, que nos basta con mirarlos para comprenderlos, aunque ya no conozcamos sus funciones, utilidad, lenguaje y principios esenciales. Es que, inconscientemente, todavía sabemos que son el origen de todos los lenguajes que hemos elaborado para entrar en comunicación con los elementos de la naturaleza, con nuestros congéneres, para nombrar, indicar, diferenciar los seres y las cosas. El laberinto es un recorrido iniciático. Se entra en él por una puerta o, más exactamente, uno se ve inmerso en él, con el fin de encontrar, comprender o hacer algo. Casi siempre, se sale por la misma puerta, pero después de haber seguido un camino tortuoso, compuesto de pasillos y habitaciones, algunas de las cuales no tienen salida. De esta forma, toda la simbología relacionada con el laberinto presenta numerosas analogías con la de la gestación, la de la vida intra-uterina o la del orden que surge del caos, así como la de la lucha de la vida que resiste a las fuerzas destructoras y caóticas, y también a la muerte.

LA LEYENDA DEL LABERINTO
Una célebre leyenda griega escenifica el laberinto: se trata de la que nos cuenta la historia de Teseo en las garras del guardián del laberinto, el Minotauro, al que venció matándolo a puñetazos y consiguió encontrar su camino de vuelta gracias a un ovillo que le había ofrecido Ariadna, hija de Minos y Pasífae. Ahora bien, Pasífae, llamada ''la que alumbra a todo el mundo'', era precisamente hija de Helios, el Sol, y estaba locamente enamorada del Mino tauro, al que se entregaba en cuerpo y alma, víctima de un hechizo que le había hecho Posidón-Neptuno, dios de los mares y los océanos, que no era otro que el padre de Teseo. Como vemos, en esta leyenda que tiene como telón de fondo y como decorado el célebre laberinto, el círculo se cierra y los hijos reparan los errores de sus padres. En efecto, Teseo, hijo de Posidón, que hechizó a Pasífae, conseguirá salir del apuro y redimirá la falta cometida por su padre, matando al Minotauro que había creado, bajo el hechizo del cual se encuentra, ayudado por Ariadna, «la muy pura», a su vez hija de Pasífae y, en toda lógica, enamorada de Teseo. Comprendemos por qué y cómo los fundadores del psicoanálisis encontraron en las leyendas de la mitología griega material para apoyarse en sus tesis. En cuanto a nosotros, ¿qué interpretación debemos hacer de esta leyenda mítica y simbólica?. En primer lugar, preocupémonos por saber quién es el Minotauro o, más concretamente, lo que simboliza. En todas las civilizaciones antiguas, y aún antes, en el paleolítico, el toro siempre se ha considerado una divinidad asociada a la fecundidad, a la fertilidad, a la muerte y al renacimiento, y asimilada a una diosa-madre. Pero, aunque parezca paradójico, en la mentalidad de nuestros antepasados, se trataba de una diosa-madre masculina, de un principio primordial fecundador masculino que tenía unas características y función maternales, es decir, procreadoras, conservadoras y seguras. Nos encontramos en el universo simbólico relacionado con el signo Tauro, evidentemente. Así pues, la semilla es un elemento femenino, pero el principio que la genera es masculino. Y para producir sus frutos y nuevas semillas, nuestra semilla debe volver al vientre materno de la Tierra. Se trata este recorrido de un principio que se mezcla con otro para engendrar un tercero, que vuelve a su punto de origen para, finalmente, si todo va bien, producir algo nuevo, representado por el símbolo del laberinto. Sin embargo, siempre existe el riesgo de que, en un momento u otro de esta cadena, una pieza se rompa. Puesto que la diosa-madre es tan fuerte para producir como para destruir. Puede fijar, paralizar, retener, convertir la tierra en estéril de la misma forma que la hizo fértil.

En nuestra leyenda mítica, es Pasífae quien tiene la experiencia dolorosa, puesto que está bajo el hechizo del Minotauro-diosa-madre, ofuscada en su apego por él, prisionera de sus emociones. Teseo, entonces, puede liberarla siguiendo el hilo de Ariadna, que podríamos llamar también el hilo de la araña o de la tela de araña, a partir del cual teje un laberinto natural y que, en este caso, tanto simboliza el hilo del alma como el del destino. Sin embargo, también debemos desconfiar de este hilo. Ya que, a partir de él, se teje a menudo una red de sentimientos. Razón por la cual la leyenda nos cuenta también que, una vez su misión está cumplida, nuestro héroe abandona a Ariadna en una playa desierta, sin duda para no dejarse caer en la trampa de la red que ella tejió a su alrededor y que hemos deducido que se trata de un nuevo laberinto: el de nuestros pensamientos, deseos, sentimientos e ideas.

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LA MONTAÑA

10. LA MONTAÑA

Lugar inaccesible, puente entre el Cielo y los dioses, la montaña, cuya misteriosa cima casi siempre está cubierta por las nubes, es una representación del eje del mundo que ha alimentado muchas leyendas. La montaña es un puente, un lugar de paso entre el Cielo y la Tierra, y viceversa. La... Ver mas
Lugar inaccesible, puente entre el Cielo y los dioses, la montaña, cuya misteriosa cima casi siempre está cubierta por las nubes, es una representación del eje del mundo que ha alimentado muchas leyendas.

La montaña es un puente, un lugar de paso entre el Cielo y la Tierra, y viceversa. La montaña fue considerada, en primer lugar, la sede de los dioses presentes en la Tierra y durante mucho tiempo se veía como un lugar hostil e inaccesible, en cuya cima se desencadenaban los elementos (el fuego del volcán y el fuego inverso de las heladas y la nieve, que igualmente quema, las tormentas y las tempestades); a continuación, fue probablemente un lugar sagrado y privilegiado que los dioses escogieron para vivir en la Tierra; por último, es el lugar sagrado, bendito, prohibido a todo lo profano, donde los hombres y los dioses se encuentran, donde el hombre elegido o temerario que realiza su ascensión al monte divino ve al dios que ha descendido hasta allí. En la cima de la montaña, el hombre y los dioses entran en contacto.

MOISÉS, EL MONTE HOREB O SINAÍ
Las Escrituras llaman indistintamente Horeb y Sinaí a este monte sagrado, cuyo nombre significa ''árido''. La más bella leyenda mítica conocida al respecto es, evidentemente, la de Moisés emplazado en la cima del macizo del Sinaí, donde recibió ''las Tablas de la Ley'' de la mano de Yahvé. Pero este mito va unido, en primer lugar, a la simbología general de la montaña, por la razón de que, también según la Biblia, fue en el monte Horeb donde tuvo lugar la revelación de la zarza ardiente. En efecto, es allí donde por primera vez el profeta Elias subió hasta Dios, ''en la montaña de Dios, Horeb'' (1 Reyes, 19, 8), y donde acudió Moisés para vivir la experiencia de la ''zarza ardiente'' (Éxodo, 3, 2). Históricamente, hay algunos siglos de diferencia entre Elias y Moisés. Pero también sabemos que los 5 libros o rollos del Pentateuco, según los griegos, o de la Tora, según los judíos, fueron redactados más tarde por cierto número de autores que se inspiraron en las diferentes fuentes y crearon los lazos simbólicos entre tales hechos, sin duda históricos, diferentes y, cronológicamente, lejanos uno de otro.

Sin embargo, lo que debe retener nuestra atención aquí es el papel que juega la montaña en el espíritu de los redactores de la Biblia, se trate del monte Horeb, del monte Sinaí, o incluso del monte Ararat, que aparece en la historia de Noé, montaña en cuya cima quedó inmovilizada el arca. Podemos recordar que el nombre de Ararat procede de una palabra hebrea, aror, que significa ''maldición''. Los sutiles redactores de la Biblia añadieron el sufijo Teith del alfabeto hebraico, para indicar que se trataba del fin de una maldición, ya que esta letra tiene el sentido de ''argolla, cerrado'', y así revelar, en cierta forma, que la argolla está sujeta. Es así como el arco iris tambien es una especie de montaña, de puente entre el Cielo y la Tierra, entre Dios y los hombres, que aparece como señal de la alianza entre Yahvé y Noé. Nos encontramos en la más pura simbología de la montaña. Esta es una representación de la unificación en el hombre (entendido como ser humano), de lo femenino y lo masculino, que no debemos entender desde el punto de vista de la diferencia, de la oposición de sexos, sino como dos polos, dos fuerzas de energía primordiales, esenciales, vitales, primitivas y también originales, que rigieron toda la creación en la Tierra. El ser humano las lleva dentro, pero luchan en su interior hasta que lo rompen y le oponen a sí mismo, haciéndole vivir en la constante dualidad del bien y del mal. La cultura china ha sabido representar muy bien estos dos polos de nuestras energías primordiales con el Taichí, el símbolo del Yin y del Yang. Así pues, la representación del 52 hexagrama del I Ching, que hemos titulado ''La Serenidad'', es la de la montaña. La imagen dedicada a este hexagrama revela que ''el principio masculino está encima, siguiendo así su dirección natural, y el principio femenino abajo, conforme a la dirección de su movimiento''. Ahora bien, en este texto se da un acercamiento entre la montaña, el corazón y la columna vertebral. En cuanto a los 6 trazos mutables que lo componen, hacen alusión a una ascensión, tras la cual se debe encontrar cierta paz interior.

LA MONTAÑA, EJE DEL MUNDO, COLUMNA DEL CIELO, OMBLIGO DE LA TIERRA
También podríamos hallar un paralelismo entre los mitos y los símbolos relativos a la montaña y los del Árbol de la vida, el ombligo o el centro del mundo. Pero podemos compararlos, asimismo, con los mitos y símbolos del Paraíso, que se encuentra en la cima, y con la ascensión hacia el Séptimo Cielo, representado por el arco iris, cuyos 7 colores representan los 7 cielos que el hombre debe subir para alcanzar la libertad, la vida eterna y la felicidad suprema. Así pues, según la mitología de la cultura árabe y musulmana (que parece haber conservado una visión del mundo bastante similar a la de sus lejanos antepasados, los semitas de Mesopotamia), la Tierra tenía la forma de un disco circular plano. Encima de él, se cierne la montaña llamada Kaf o Qaf, inaccesible, que estaría compuesta de esmeraldas verdes. Aquí es donde vemos, de alguna manera, una representación de la base del mundo, de la Tierra y del Cielo, una especie de montaña madre, igual que existen aguas madres y una Tierra-madre. Debemos precisar que, para los musulmanes, el Qaf es una unión, una puerta entre este mundo y el otro. En el Qaf están todas las creencias, símbolos y mitos que tienen que ver normalmente con la montaña.
Montaña sagrada, montaña de la revelación, montaña madre, montaña esmeralda, montaña blanca, podríamos establecer una interminable lista de mitos y leyendas que tienen alguna relación con la montaña, en todas las civilizaciones, hasta llegar al papel principal que ocupa en la historia mítica y mística de Jesús, desde el ''Sermón de la Montaña'' al Gólgota (que significa ''calavera'' o ''el lugar del cráneo'' en hebreo, pasando por el ''monte de los Olivos''). Para ilustrar hasta qué punto se ha recurrido, a lo largo de los siglos y milenios, a las creencias y al sentido que los hombres conceden a sus símbolos, destaquemos que, según el Evangelio de Lucas, y también el de Juan, en el momento del prendimiento de Jesús en el monte de los Olivos, Pedro sostenía una espada en la mano con la que golpeó a Maleo (Lucas, 22, 50-51 y Juan 18,10-11). Ahora bien, ''espada'' en hebreo se dice Herev, palabra que también designa el monte Horeb donde Elias y Moisés tuvieron las revelaciones que ya conocemos. Y la espada es el símbolo del verbo, la palabra divina, trasmitida en la cima de la montaña. De la leyenda mítica de Moisés, retenemos por encima de todo ''las Tablas de la Ley''. Pero probablemente lo que también debemos ver en ella es el momento en que los hombres se atrevieron a usar la escritura para expresar sus creencias y redactar sus leyes. Por eso, si Dios escribió las ''Tablas de la Ley'' para su pueblo elegido, significa que la escritura también podía transmitir lo sagrado y lo divino. Una vez más, la montaña fue el lugar de una revelación para el hombre: ¡podía poner por escrito sus creencias y sus leyes!.

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LA FUENTE

11. LA FUENTE

La fuente es un símbolo de pureza. Volver a ella es recobrar la pureza original, redescubrir el órgano sensorial del alma. La fuente, entendida como manantial, posee una gran riqueza simbólica y mística. Físicamente, es el paso sin el cual el ciclo del agua no podría producirse. Después de... Ver mas
La fuente es un símbolo de pureza. Volver a ella es recobrar la pureza original, redescubrir el órgano sensorial del alma.

La fuente, entendida como manantial, posee una gran riqueza simbólica y mística. Físicamente, es el paso sin el cual el ciclo del agua no podría producirse. Después de una vida subterránea, en las capas freáticas de la Tierra, la fuente brota, se convierte en un arroyuelo o en un riachuelo, y luego en un afluente que crece, se agranda y se transforma en río, el cual se ensancha antes de ir a parar al mar y seguir todavía su curso por las corrientes agitadas, múltiples y convergentes, que se superponen y entremezclan en el océano. Después vuelve al estado de vapor, se desplaza en la atmósfera terrestre y vuelve a caer en forma de lluvia, mojando la tierra o penetrando hasta sus profundidades, para brotar aquí o allí en forma de fuente.

LA FUENTE, EL NACIMIENTO, LA VIDA Y LA MUERTE
Este ciclo inmutable y perpetuo del agua ilustra perfectamente el de los renacimientos del hombre en la Tierra. En efecto, es fácil establecer una analogía entre la lluvia y la fecundación, siendo el Cielo una representación del padre o el gran principio masculino y la Tierra la de la madre o gran principio femenino, ambos omnipresentes en el origen de toda vida aquí abajo. La lluvia es entonces la semilla del Cielo que fecunda la Tierra fértil. En sus entrañas, es decir, en las capas freáticas, se forma la fuente. Está en gestación. Entonces, es como si la Tierra estuviera embarazada de una fuente. Finalmente, la fuente brota, casi siempre en una ladera o al pie de una montaña.

Se trata pues de un nacimiento. Al igual que un niño, crece: la fuente es una representación de un bebé; el arroyuelo o riachuelo, un niño pequeño; el afluente, un adolescente; y el río, un hombre. Toda una vida parece ya trazada y podemos seguirla, comprenderla, observar el recorrido de una fuente que se convierte en río en la superficie de la Tierra. Este recorrido es el destino del hombre. Sin embargo, como sabemos, el afluente, y más tarde el río, no se desliza en línea si recta hacia el mar (sino que parece más bien desplazarse como una serpiente), porque la Tierra gira. Por consiguiente, este movimiento de rotación influye sobre el curso del agua. Así pues, en analogía con el destino del hombre, el agua del río solamente puede dirigirse hacia el mar, como si él mismo estuviera destinado a morir, a volver sobre el principio original de donde viene. Puesto que, simbólicamente, así como las entrañas de la Tierra son comparables al vientre de la madre, el mar representa las aguas primordiales en las cuales el ser está en gestación, donde el feto se forma. Es al mar adonde van a parar todas las fuentes convertidas en ríos. De tal forma, el alma única y encarnada, representada por la fuente, que brota aisladamente, se reúne tarde o temprano con las almas que, juntas, constituyen el océano de la vida. Así es como, desde antaño, nuestros antepasados hicieron de la fuente un símbolo del nacimiento del hombre, del flujo original, la esencia de toda vida, y del océano, la representación del Caos inicial en el que las almas desencarnadas van a parar después de su pasaje sobre la Tierra, a la espera de una nueva vida.

EL RETORNO A LAS FUENTES
Como vemos, la fuente es, pues, el origen de todo lo que empieza, nace o se manifiesta. Por ello, también simbólicamente, volver a la fuente equivale a una búsqueda espiritual o mística que consiste en recobrar su estado original. En la mentalidad de nuestros antepasados, la fuente tenía un carácter divino, sagrado, mágico, puro y virginal. En efecto, en el momento en que un bebé nace, el alma aún es pura. Tal vez esto esté mucho más presente de lo que se cree. Sin embargo, el principio del alma difícilmente puede conceptualizarse, puesto que no se aprehende intelectualmente.

Implica un desprendimiento. Se trata de deshacerse de los propios deseos, impresiones, sentimientos contradictorios que nos acosan en todo momento y nos frustran de una experiencia directa con la realidad del mundo en el que vivimos. Razón por la cual el hecho de volver a la fuente, según una búsqueda mística universal, puesto que está presente en todas las religiones y creencias del mundo y desde tiempos inmemoriales, requiere un despojo. El retorno a las fuentes es una iniciación, lo que hoy llamamos toma de conciencia. Esto significa que debemos tomar o dominar nuestra conciencia, cuando, normalmente, estamos bajo su influencia y, por consiguiente, al contrario de lo que creemos, somos víctimas de nuestros pensamientos y nuestros actos. Ahora bien, si seguimos el camino de la fuente hasta el océano que ilustra el destino del hombre, su vida en la Tierra, vemos fácilmente que, volviendo a la fuente, desafiamos a la muerte y al ciclo de los renacimientos.

En efecto, si bien la reencarnación es un concepto consolador, en el sentido de que deja entrever otra vida después de la muerte y un probable renacimiento en la Tierra, no implica menos un ciclo inexorable, fatal y sin final, del que tenemos derecho a preguntarnos sobre su finalidad y su justificación. En esto, el concepto de la reencarnación y del ciclo de los renacimientos es parecido al del mito del laberinto, es decir, un lugar de donde solamente podemos salir si poseemos un hilo conductor. La única salida posible para abandonar este ciclo aparentemente eterno de la reencarnación es, pues, volver a la fuente, es decir, al estado original.

Entorno a ello, abundan numerosos relatos y testimonios en todas partes del mundo, que se refieren a la vida de los místicos, según los cuales éstos se comportaban como niños. Sus palabras, llenas de cierta ingenuidad se manifestaban con tal sinceridad, tal simplicidad, que no podían ser cuestionadas. Puesto que era justamente en eso con lo que quedaban impresionados los interlocutores de estos individuos. De ahí que todo lleve a suponer que este estado original que encontramos al desafiar a la muerte, al volver a la fuente, no es otro que el famoso órgano sensorial del alma al que hacen alusión, especialmente, los hinduistas y los budistas.

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EL LOTO

12. EL LOTO

El loto, flor mística, flor erótica, flor divina, flor de amor, es representación del alma y del corazón, los bienes más preciados del hombre. A los egipcios les gustaban las flores, las plantas y los árboles. En el antiguo Egipto se vivía rodeado de flores, se regalaban con frecuencia y, por... Ver mas
El loto, flor mística, flor erótica, flor divina, flor de amor, es representación del alma y del corazón, los bienes más preciados del hombre.

A los egipcios les gustaban las flores, las plantas y los árboles. En el antiguo Egipto se vivía rodeado de flores, se regalaban con frecuencia y, por supuesto, se ofrecían a los muertos. Junto con el aciano, la amapola, el crisantemo, el lirio, el jazmín, la malva, la mandrágora, la espuela de caballero y el nenúfar, ocupaba el loto azul o blanco un lugar de importancia, incluso el lugar de honor, la más bella de las ninfas, la flor sagrada, en el seno de la cual, según cuenta la leyenda mítica egipcia, nació Nekheb-Kau, la gran serpiente original e inmortal, que reunía todos los ka o energías vitales de la Tierra y que, evidentemente, vivía con el nombre de Nun, el Océano primordial de donde surgió toda vida.

Según otra leyenda mítica egipcia, gracias al loto el Sol renacía cada mañana y empezaba su curso. Por eso, coger una flor de loto sin estar capacitado para ello le hacía a uno merecedor de los peores castigos. Esta flor sagrada que, cada mañana, al abrir sus pétalos devolvía la vida al Sol, se asociaba al sexo de la mujer. Se relacionaba, pues, con el ciclo perpetuo de los nacimientos y renacimientos.

Hoy en día, se utiliza el nombre genérico de nelumbo para designar una planta acuática de largas hojas, cuya flor, en realidad casi siempre rosa más que azul o blanca, desprende un perfume anisado y contiene un ancho receptáculo que crece y se endurece, tomando un poco la forma de un huevo. Esta es la flor que tenía carácter sagrado en Egipto, como hemos visto, pero también en la India y en China.

De manera que, para los chinos, la flor de loto, o loto de oro, se asocia directamente a la vulva, así como a la más pura sabiduría, firmeza, riqueza, felicidad conyugal y a la vida eterna. En la India, Padma, palabra sánscrita que designa el loto, es el símbolo utilizado para representar las chakras. Padma también es la belleza pura y la santidad. Brahmá, el dios creador hindú, y Vishnu, su avatar, dios solar -el Activo, según una traducción literal de su nombre-, a menudo se representan sentados sobre un loto en la iconografía india. También es el loto el que fue escogido i o conservado para representar el Trono de Buda. El Padmâ-sutrâ o, según una traducción literal, el Hilo conductor del loto, se considera una obra de referencia de la doctrina de Buda. Por último, el padre fundador del budismo tibetano, que vivió en m el siglo VIII de nuestra era, se llamaba Padmasambhava, lo que significa ''nacido del loto''.

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