3. EN EGIPTO
Atum, Khnum, Khepri, Amón y Sobek fueron representaciones del mismo demiurgo que, según los egipcios, creó el mundo.
¿Por qué para los hombres tiene que haber siempre un comienzo para todo? Tal vez porque el hombre que, en el fondo, no está muy capacitado para mostrarse objetivo, no puede...
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Atum, Khnum, Khepri, Amón y Sobek fueron representaciones del mismo demiurgo que, según los egipcios, creó el mundo.
¿Por qué para los hombres tiene que haber siempre un comienzo para todo? Tal vez porque el hombre que, en el fondo, no está muy capacitado para mostrarse objetivo, no puede evitar ver este mundo de una forma subjetiva y parcial.
Así pues, ya que el hombre nace un día, según él es lógico que su mundo haya nacido también un día. Puesto que el hombre tiene una madre, es normal que el mundo también tenga una madre, de cuyo vientre nació el hombre, como el mundo nació de la nada y del caos. Y si hubo una madre para dar a luz a este mundo, indudablemente también hubo un padre para engendrarlo. Pero fuera de la madre y del padre míticos, no hay otra especulación posible para el hombre. Puesto que, aunque su espíritu audaz y lleno de recursos no deja nunca de sorprendernos, permitiéndole producir o imitar, a veces de forma muy compleja y otras veces con mucha simplicidad, los fenómenos y prodigios de la naturaleza, su poder mental de concepción y profundización sigue siendo limitado. Supone una barrera que su pensamiento no puede superar, por más evolucionado que esté.
Paradójicamente, para no caer en la locura, es decir, para no ser víctima de una desestructuración de su espíritu o yo consciente, poniendo en peligro su capacidad de discernimiento, de análisis y de síntesis, ha optado por una interpretación del mundo que percibe, regido por un orden y una lógica de vida bastante constantes, unas leyes y unas reglas relativamente inmutables y coherentes. Pero en el interior de este sistema bien organizado, si quiere encontrarse, por decirlo de alguna manera, tiene que haber tenido lugar un comienzo, y luego un final, en alguna parte, en algún momento...
EL DEMIURGO, CREADOR DEL MUNDO SEGÚN EL ANTIGUO EGIPTO
En Egipto, este famoso comienzo se representó mediante un gran demiurgo, que describimos como autógeno, porque parece que fue engendrado por él mismo. ¡Y que todos aquellos que creen o dicen que es realmente absurdo creer que un ser, anterior o superior a todo lo que es, pudo crearse él solo, a partir de la nada, para enseguida producir el universo con toda su riqueza y complejidad, que se lo piensen dos veces! Puesto que no sólo no es absurdo, sino como se dice actualmente, todavía habría que pensar en ello, sobre todo cuando nadie lo había imaginado. ¿Hasta cuándo remonta esta creencia en la probable existencia de un demiurgo? No lo podemos saber. En todo caso, fue sin duda anterior al nacimiento de la civilización egipcia y no hay duda de que sus fundadores se inspiraron en creencias más antiguas.
Sin embargo, lo que nos parece digno de interés en este concepto de un demiurgo inicial, que aparece a finales del IV milenio antes de nuestra era, período de la primera dinastía faraónica, es que parece el inspirador del dios único, invisible pero omnipresente, que tomarán como modelo todas las religiones monoteístas, entre las cuales se hallará la de Yavhé, gracias a Moisés, y que será la más representativa.
Ahora bien, como es sabido, Moisés o Moshé era tanto hebreo como egipcio.
LAS DIFERENTES FIGURAS DEL GRAN DEMIURGO
En todo caso, a través de los siglos, las creencias, las ciudades y la larga historia de esta civilización que, como recordaremos, se extendió a lo largo de 3.000 años, aunque el demiurgo se revele como una constante, el aspecto que adoptará para los egipcios difiere. Ciertamente, el que prevalece acaba siendo Ra, dios supremo, porque tarde o temprano todos los demiurgos se asocian a él.
Así pues, tenemos a Atum, el progenitor de Shu y de Tefnut. Shu personifica la atmósfera primordial, el aire y el espacio comprendido entre el Cielo y la Tierra, sin los que el hombre no podría respirar ni vivir, Tefnut personifica la humedad, el agua, sin las cuales, como es sabido, tampoco nadie podría vivir aquí abajo.
Pero lo que resulta extraordinario, pensándolo bien, es que estos lejanos ancestros, mucho antes de haber creado instrumentos de medida que les permitiesen demostrar científicamente que sin aire, ni agua, ninguna vida podría haber aparecido, ya tenían la certeza de ello. Ahora bien, Shu, la atmósfera, y Tefnut, la humedad, formando una pareja primitiva son los que engendrarán a Nut, la bóveda celeste, el techo del mundo, y Geb, la tierra, el suelo del mundo. Según las leyendas míticas de Heliópolis, de Atum nacieron Shu y Tefnut, a partir del líquido seminal que hizo brotar de su sexo masturbándose, o bien de los salivazos que lanzaba, o bien, por último, de sus lágrimas (el esperma, los salivazos o las lágrimas de Atum-Ra no eran otra cosa que los rayos del Sol). Algo parecido ocurre con Khnum, el dios procreador, origen de toda vida sobre la Tierra, que casi siempre se representaba con aspecto de hombre con cabeza de carnero, dando forma con sus manos en su torno de alfarero a un niño, el primer hombre, y luego evidentemente a todos los hombres. Lo mismo sucede con Khepri o Kheperer, el escarabajo sagrado, que engendra el mundo, la vida, los dioses y los hombres, sometiéndose a una transformación permanente de su propia sustancia, de su existencia, siendo transformación y existencia el doble significado de su nombre egipcio, y que acabará convirtiéndose en el símbolo del eterno retorno, de la metamorfosis y de la inmortalidad. Y lo mismo ocurre con Amón, el gran dios tebano, el más humano de los demiurgos egipcios, ya que se representaba con aspecto de un hombre de cuerpo azul, emulando la bóveda celeste, acompañado de su esposa, Mut, la diosa-madre de Egipto, asociada a la gran diosa-buitre, ave que posee cualidades maternales innegables, y su hijo, Khonsu, el viajero o el errante, asociado a la Luna. Por eso, según este mito, de la unión de Amón-Ra, el Sol, y de Mut, la Tierra, nació la luna, divinidad masculina. También ocurrió lo mismo con Sobek, el dios cocodrilo, ciertamente la divinidad creadora del mundo, pero también temible, voraz y feroz, tanto capaz de procrear como de devorar a su prole, así pues, tanto de dar la vida como de quitarla.
EN EL ANTIGUO EGIPTO, EL DEMIURGO, CREADOR DEL MUNDO, REVISTIÓ FORMAS DISTINTAS, PERO SIEMPRE ACABA ASOCIÁNDOSE CON RA. ATUM ES UNO DE LOS GRANDES DEMIURGOS EGIPCIOS. ES EL TODO, EL CREADOR DE TODO, PERO TAMBIÉN EL INEXISTENTE QUE SE ENGENDRA A SÍ MISMO.
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