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Los mejores relatos y leyendas sobre Navidad

Los mejores relatos y leyendas sobre Navidad

  • Lista creada por fiebre azul.
  • Publicada el 18.12.2013 a las 05:07h.
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Esta lista muestra una colección de bellos relatos y hermosas reflexiones y leyendas sobre la época navideña. ¿Cuáles te gustan más?. Vota y comenta sobre el tema.


* Los relatos muy extensos están acompañados con un enlace para facilitar su lectura.

* Referencias: navidadlatina.com, lacoctelera.net, tierradeleyendas.mx

* Recopilación "fiebre azul"

* Imágenes Google


Lista relacionada: Cuentos de Navidad

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Una Navidad en el bosque (Helena López–Casares Pertusa)

1. Una Navidad en el bosque (Helena López–Casares Pertusa)

Cada año, con la caída de las primeras nieves y la llegada de las estrellas de luz, se reunían en torno al Gran Árbol para preparar la Navidad y conocer una de las noticias más esperadas de la temporada: el nombre del ganador del concurso de teatro, que se encargaría de dirigir la función de... Ver mas
Cada año, con la caída de las primeras nieves y la llegada de las estrellas de luz, se reunían en torno al Gran Árbol para preparar la Navidad y conocer una de las noticias más esperadas de la temporada: el nombre del ganador del concurso de teatro, que se encargaría de dirigir la función de Nochebuena.

En aquella época, todas las actividades que realizaban tenían como objetivo la convivencia, el fomento de la amistad y la diversión. La exhibición de cocina, organizada por la Señora Ardilla, hacía las delicias de los más comilones, pues los platos presentados eran degustados al finalizar la competición. Los más pequeños participaban en la tradicional Carrera de Hielo, que tenía lugar en el lago helado y acudían cada tarde a los ensayos de la Señorita Ciervo, la directora del coro que alegraba con sus villancicos todos los rincones del bosque. Y, por supuesto, estaba la mejor noche de todas: la Nochebuena, en la que se representaba la obra ganadora, que seimpre tenía como tema central la amistad.

Cada año, el Señor Búho, como director de la escuela de teatro, seleccionaba una pieza de entre todas las que enviaban los animales aspirantes a ser los elegidos para llenar de paz los corazones de los habitantes del bosque, pero ese año…

–Bienvenidos todos a la reunión preparatoria de la Navidad –dijo el Señor Búho posado en la rama más robusta del Gran Árbol. Este año, la elección de la obra ha estado muy reñida porque todas las propuestas eran de gran calidad, pero había que elegir un ganador. Así que sin más dilación demos un aplauso al Sr. Conejo, autor de la obra Salvemos el bosque, que podremos ver en Nochebuena.

–Gracias, gracias, es un honor para mí –exclamaba Conejo entre vítores y aplausos.

–Bien, pues ya sabéis que mañana a las diez darán comienzo las pruebas de selección de actores. Rogamos puntualidad a los interesados –concluyó el Sr. Búho.

Al día siguiente, a la hora convenida, había una considerable cola a la entrada del teatro. Al ser un musical, las pruebas se centraron en las habilidades de canto y baile, pues eran requisitos imprescindibles. La obra contaba la trama de un guardabosque que debía salvar la flora de un malvado leñador, obsesionado con cortar un árbol milenario y arrasar todo lo que se pusiera en su camino. En su lucha por preservar el entorno natural, el guardabosque contaba con la inestimable ayuda de sus fieles amigas, un girasol y un lirio que ponían su astucia al servicio de la noble causa.

Tras varias horas, los papeles quedaron repartidos de la siguiente manera: el Sr.Oso haría de guardabosque, Castor sería el vil leñador, la Sra. Pata representaría al girasol y la Sra. Lince, al lirio.

Al principio todo marchaba estupendamente, los actores estaban contentos con sus papeles y trabajaban duro para perfeccionar sus actuaciones, dejándose la piel en escena, hasta que hizo su aparición el peor y más temido de los fantasmas: la envidia.

–No sé Conejo, creo que Castor tendría que tener un poco más de protagonismo. El papel del leñador está lleno de matices y podríamos crear unos espectaculares efectos especiales que dejarían al público boquiabierto –dijo el Sr. Búho en uno de los ensayos.

–Sí Búho, puede que tengas razón y deba retocar el texto para darle más peso a Castor y proyectar toda la fuerza del personaje. Podemos hacer un juego de luces y sombras cada vez que aparezca y realzar su papel.

Ante estas palabras Castor se puso muy contento, pues estaba muy ilusionado con la obra, pero Oso no lo vio con los mismos ojos. Si a Castor le daban más protagonismo, eso significaba que él dejaría de ser el protagonista absoluto y eso no le gustó nada. Es más, pensó que Búho y Castor lo estaban haciendo a propósito.

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La balada de Año Nuevo (Manuel Gutiérrez Nájera)

2. La balada de Año Nuevo (Manuel Gutiérrez Nájera)

En la alcoba silenciosa, muelle y acolchonada apenas se oye la suave respiración del enfermito. Las cortinas están echadas; la veladora esparce en derredor su luz discreta, y la bendita imagen de la Virgen vela a la cabecera de la cama. Bebé está malo, muy malo... Bebé se muere... El doctor... Ver mas
En la alcoba silenciosa, muelle y acolchonada apenas se oye la suave respiración del enfermito. Las cortinas están echadas; la veladora esparce en derredor su luz discreta, y la bendita imagen de la Virgen vela a la cabecera de la cama. Bebé está malo, muy malo... Bebé se muere...

El doctor ha auscultado el blanco pecho del enfermo; con sus manos gruesas toma las manecitas diminutas del pobre ángel, y, frunciendo el ceño, ve con tristeza al niño y a los padres. Pide un pedazo de papel; se acerca a la mesilla veladora, y con su pluma de oro escribe... escribe. Sólo se oye en la alcoba, como el pesado revoloteo de un moscardón, el ruido de la pluma corriendo sobre el papel, blanco y poroso. El niño duerme; no tiene fuerzas para abrir los ojos. Su cara, antes tan halagüeña y sonrosada, está más blanca y transparente que la cera: en sus sienes se perfila la red azulosa de las venas. Sus labios están pálidos, marchitos, despellejados por la enfermedad. Sus manecitas están frías como dos témpanos de hielo... Bebé está malo... Bebé está muy malo... Bebé se va a morir...

Clara no llora; ya no tiene lágrimas. Y luego, si llorara, despertaría a su pobre niño. ¿Qué escribirá el doctor? ¡Es la receta! ¡Ah, si Clara supiera, lo aliviaría en un solo instante! Pues qué, ¿nada se puede contra el mal? ¿No hay medios para salvar una existencia que se apaga? ¡Ah! ¡Sí los hay, sí debe haberlos; Dios es bueno, Dios no quiere el suplicio de las madres; los médicos son torpes, son desamorados; poco les importa la honda aflicción de los amantes padres; por eso Bebé no está aliviado aún; por eso Bebé sigue muy malo; por eso Bebé, el pobre Bebé se va a morir! Y Clara dice con el llanto en los ojos:

-¡Ah! ¡Si yo supiera!

La calma insoportable del doctor la irrita. ¿Por qué no lo salva? ¿Por qué no le devuelve la salud? ¿Por qué no le consagra todas sus vigilias, todos sus afanes, todos sus estudios? ¿Qué, no puede? Pues entonces de nada sirve la medicina: es un engaño, es un embuste, es una infamia. ¿Qué han hecho tantos hombres, tantos sabios, si no saben ahorrar este dolor al corazón, si no pueden salvar la vida a un niño, a un ser que no ha hecho mal a nadie, que no ofende a ninguno, que es la sonrisa, y es la luz, y es el perfume de la casa?

Y el doctor escribe, escribe. ¿Qué medicina le mandará? ¿Volverá a martirizar su carne blanca con esos instrumentos espantosos?

-No, ya no -dice la madre-, ya no quiero. El hijo de mi alma tuerce sus bracitos, se disloca entre esas manos duras que lo aprietan, vuelve los ojos en blanco, llora, llora mucho, ruega, grita, hasta que ya no puede, hasta que la fuerza irresistible del dolor le vence, y se queda en su cuna, quieto, sin sentido y quejándose aún, en voz muy baja, de esos cuchillos, de esas tenazas, de esos garfios que lo martirizan, de esos doctores sin corazón que tasajean su cuerpo, y de su madre, de su pobre madre que lo deja solo. No, ya no quiero, ya no quiero esos suplicios. Me atan a mí también; pero me dejan libres los oídos para que pueda oír sus lágrimas, sus quejas.

¡Lo escucho y no puedo defenderlo: veo que lo están matando y lo consiento!

El niño duerme y el doctor escribe, escribe.

-Dios mío, Dios mío, no quieras que se muera; mándame otra pena, otro suplicio: lo merezco. Pero no me lo arranques, no, no te lo lleves. ¿Qué te ha hecho? Y Clara ahoga sus sollozos, muerde su pañuelo, quiere besarlo y abrazarlo (¡acaso esas caricias sean las últimas!), pero el pobre enfermito está dormido y su mamá no quiere que despierte.

Clara lo ve, lo ve constantemente con sus grandes ojos negros y serenos, como si temiera que, al dejar de mirarlo, se volara al cielo. ¡Cuántos estragos ha hecho en él la enfermedad! Sus bracitos rechonchos hoy están flacos, muy flacos. Ya no se ríen en sus codos aquellos dos hoyuelos tan graciosos, que besaron y acariciaron tantas veces. Sus ojos (negros como los de su mamá) están agrandados por las ojeras, por esas pálidas violetas de la muerte. Sus cabellos rubios le forman como la aureola de un santito.

-¡Dios mío, Dios mío, no quiero que se muera! Bebé tiene cuatro años. Cuando corre, parece que se va a caer. Cuando habla, las palabras se empujan y se atropellan en sus labios. Era muy sano: Bebé no tenía nada. Pablo y Clara se miraban en él y se contaban por la noche sus travesuras y sus gracias, sin cansarse jamás. Pero una tarde Bebé no quiso corretear por el jardín; sintió frío; un dolor agudo se clavó en sus sienes y le pidió a su mamá que lo acostara. Bebé se acostó esa tarde y todavía no se levanta. Ahí están, a los pies de la cama, y esperándole, los botoncitos que todavía conservan en la planta la arena humedecida del jardín.

El doctor ha acabado de escribir, pero no se va. Pues qué, ¿le ve tan malo? El lacayo corre a la botica. -¡Doctor, doctor, mi niño va a morirse!

El médico contesta en voz muy baja:

-Cálmese usted, que no despierte el niño.

En ese instante llega Pablo. Hace quince minutos que salió de esa alcoba y le parece un siglo. Ha venido corriendo como un loco. Al torcer la esquina no quiso levantar los ojos, por no ver si el balcón estaba abierto. Llega, mira la cara del doctor y las manos enclavijadas de la madre; pero se tranquiliza; el ángel rubio duerme aún en su cuna -¡no se ha ido! Un minuto después, el niño cambia de postura, abre los ojos poco a poco, y dice con una voz que apenas suena:

-¡Mamá!, ¡mamá!...

-¿Qué quieres, vida mía? ¿Verdad que estás mejor? ¡Dime qué sientes! ¡Pobrecito mío! Trae acá tus manitas, ¡voy a calentarlas! Ya te vas a aliviar, alma de mi alma. He mandado encender dos cirios al Santísimo. La Madre de la Luz ya va a ponerte bueno.

El niño vuelve en derredor sus ojos negros, como pidiendo amparo. Clara lo besa en la frente, en los ojos, en la boca, en todas partes. ¡Ahora sí puede besarlo! Pero en esa efusión de amor y de ternura, sus ojos, antes tan resecos, se cuajan de lágrimas, y Clara no sabe ya si besa o llora. Algunas lágrimas ardientes caen en la garganta del niño. El enfermito, que apenas tiene voz para quejarse, dice:

-¡Mamá, mamá, no llores!

Clara muerde su pañuelo, los almohadones, el colchón de la cunita. Pablo se acerca. Es hora ya de que él también lo bese. Le toca su turno. Él es fuerte, él es hombre, él no llora. Y entretanto, el doctor, que se ha alejado, revuelve la tisana con la pequeña cucharilla de oro. ¿Qué es el sabio ante la muerte? La molécula de arena que va a cubrir con su oleaje el océano.

-Bebé, Bebé, vida mía. Anímate, incorpórate. Hoy es año nuevo. ¿Ves?

Aquí en tu manecita están las cosas que yo te fui a comprar en la mañana. El cucurucho de dulces, para cuando te alivies; el aro con que has de corretear en el jardín; la pelota de colores para que juegues en el patio. ¡Todo lo que me has pedido!

Bebé, el pobre Bebé, preso en su cuna, soñaba con el aire libre, con la luz del sol, con la tierra del campo y con las flores entreabiertas. Por eso pedía no más esos juguetes.

-Si te alivias, te compraré una corretela y dos borregos blancos para que la arrastren... ¡Pero alíviate, mi ángel, vida mía! ¿Quieres mejor un velocípedo? ¿Sí ...? Pero ¿si te caes? Dame tus manos. ¿Por qué están frías? ¿Te duele mucho la cabeza? Mira, aquí está la gran casa de campo que me habías pedido...

Los ojos del enfermito se iluminan. Se incorpora un poco, y abraza la gran caja de madera que le ha traído su papá. Vuelve la vista a la mesilla y mira con tristeza el cucurucho de los dulces.

-Mamá, mama, yo quiero un dulce.

Clara, que está llorando a los pies de la cama, consulta con los ojos al doctor; éste consiente, y Pablo, descolgando el cucurucho, desata los listones y lo ofrece al niño. Bebé toma con sus deditos amarillos una almendra, y dice:

-Papá, abre tu boca.

Pablo, el hombre, el fuerte, siente que ya no puede más; besa los dedos que ponen esa almendra entre sus labios, y llora, llora mucho.

Bebé vuelve a caer postrado. Sus pies se han enfriado mucho; Clara los aprieta en sus manos, y los besa. ¡Todo inútil! El doctor prepara una vasija bien cerrada y llena de agua casi hirviente. La pone en los pies del enfermito. Éste ya no habla, ya no mira; ya no se queja; nada más tose, y de cuando en cuando, dice con voz apenas perceptible:

-¡Mamá, mamá, no me dejen solo!

Clara y Pablo lloran, ruegan a Dios, suplican, mandan a la muerte, se quejan del doctor, enclavijan las manos, se desesperan, acarician y besan. ¡Todo en vano! El enfermito ya no habla, ya no mira, ya no se queja: tose, tose. Tuerce los bracitos como si fuera a levantarse, abre los ojos, mira a su padre como diciéndole: "¡Defiéndeme!", vuelve a cerrarlos... ¡Ay! ¡Bebé ya no habla, ya no mira, ya no se queja, ya no tose; ya está muerto!

Dos niños pasan riendo y cantando por la calle: -¡Mi Año Nuevo! ¡Mi Año Nuevo!

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El abeto Aniceto (Dolores Espinosa)

3. El abeto Aniceto (Dolores Espinosa)

Dolores Espinosa, escritora española. El abeto Aniceto Cierto día en que me aburría me fui a pasear a un abetal que cerca de casa había y entablé conversación con un abeto gigantón que su historia me contó. Resulta que Aniceto (que así se llamaba el abeto) era, allá de joven, pequeño y... Ver mas
Dolores Espinosa, escritora española.

El abeto Aniceto

Cierto día en que me aburría me fui a pasear a un abetal que cerca de casa había y entablé conversación con un abeto gigantón que su historia me contó.

Resulta que Aniceto (que así se llamaba el abeto) era, allá de joven, pequeño y algo canijo porque, por mucho que lo intentaba, al sol no alcanzaba. Todos a su alrededor eran enormes abetos, más altos que montañas, y la luz le tapaban de modo que Aniceto se conformaba con algún rayo que otro que a ellos se les escapaba.

Aniceto probó a estirarse, pero no pudo. Probó a retorcer sus ramas, pero no pudo. Probó a pedirles a los grandones que se apartaran un poco, pero no le hicieron caso ninguno. Y así pasó la primavera, y pasó el verano, y pasó el otoño y llegó el invierno, y todos los abetos, incluido Aniceto, quedaron adormilados bajo una manta de blanca nieve.

Y me contó el abeto que, ese invierno, cuando más aletargado estaba, despertó repentinamente porque alguien lo estaba sacudiendo. El pequeño Aniceto, asustado, notó que lo arrancaban del suelo y luego se lo llevaban del abetal en el que había nacido. Lo llevaron, me dijo mi amigo el abeto, a una casa muy bonita y calentita. Lo plantaron en una maceta muy bonita y luego lo regaron.

Aniceto no sabía qué ocurría pero, viendo que nada pasaba, se fue tranquilizando. Al cabo de un rato de estar allí, vio el abeto que toda la familia se acercaba a donde él estaba cargados de cajas llenas de cosas brillantes y curiosas que le fueron poniendo encima. Aniceto me contaba que, por supuesto, él no comprendía nada de nada; que veía bolas y cintas y estrellas y otras cosas, que le hacían cosquillas mientras colgaban bolas brillantes de sus ramas y que, aunque lo estaba pasando bien, no sabía qué ocurría.

De pronto, todo acabó, dejaron de ponerle cosas, la familia se apartó de él y el papá dijo: -Apagad las luces. Cuando las luces se apagaron, el abeto pudo verse reflejado en la ventana del salón y se quedó asombrado y encantado con lo que veía: Aniceto brillaba y resplandecía lleno de luz y de colores, nunca se había visto tan guapo como en ese momento y, al parecer, la familia opinaba lo mismo porque todos aplaudieron y sonrieron encantadísimos.

Me contó el gran abeto, mientras yo tomaba asiento, que aquello de ser un árbol de Navidad le había gustado bastante. Y que la Navidad (una fiesta que él no conocía) le pareció una fiesta estupenda y que disfrutó muchísimo todo el tiempo que estuvo en aquella casa lleno de adornos de colores, sintiendo el calorcito de la chimenea, rodeado de regalos y viendo a aquella familia pasárselo tan bien.

Aniceto estaba tan feliz que le hubiera gustado para siempre quedarse allí pero al acabar la Navidad, le quitaron todos los adornos y lo sacaron de la maceta. El pobre abeto se sintió, otra vez, triste y asustado. ¿Qué iban a hacer con él ahora que la Navidad había acabado? Por segunda vez en su vida, el abeto hizo un viaje en automóvil y, tras mucho, muchísimo rato llegaron a un bosque lleno de abetos como él, igual de jóvenes y pequeños.

Y la familia con la que había pasado aquella Navidad tan especial, le buscó un lugar estupendo, cerca de otros abetos, con una vista estupenda y, lo mejor de todo, con mucha, mucha luz del sol y allí lo plantaron de nuevo. Aniceto ya no tenía que estirarse o retorcerse para conseguir algún rayito de sol, ahora recibía todo el que necesitaba y, además, tenía amigos con los que charlar.

Y el pequeño abeto creció y creció y creció hasta convertirse en el gigantesco abeto con el que yo pasé un rato charlando y que me contó, también, que aquella familia siguieron visitándolo cada Navidad y que a él le encantaban aquellas visitas en que lo abrazaban y acariciaban su tronco con mucho cariño.

Lo último que me dijo Aniceto es que aquellas fueron unas fiestas geniales pero que lo mejor de todo fue el inmenso regalo del sol y de la amistad. Antes de irme abracé su tronco y le prometí que volvería a visitarlo la próxima Navidad.

Fin

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El Cascanueces (Ernest Theodor Wilhelm Hoffmann)

4. El Cascanueces (Ernest Theodor Wilhelm Hoffmann)

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* Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________ El Cascanueces. LA NOCHEBUENA El día 24 de diciembre los niños del consejero de Sanidad, Stahlbaum, no pudieron entrar en todo el día en el hall y mucho menos en el salón contiguo. Refugiados en una habitación... Ver mas
* Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________

El Cascanueces.

LA NOCHEBUENA

El día 24 de diciembre los niños del consejero de Sanidad, Stahlbaum, no pudieron entrar en todo el día en el hall y mucho menos en el salón contiguo. Refugiados en una habitación interior estaban Federico y María; la noche se venía encima, y les fastidiaba mucho que -cosa corriente en días como aquél- no se ocuparan de ponerles luz. Federico descubrió, diciéndoselo muy callandito a su hermana menor -apenas tenía siete años-, que desde por la mañana muy temprano había sentido ruido de pasos y unos golpecitos en la habitación prohibida. Hacía poco también que se deslizó por el vestíbulo un hombrecillo con una gran caja debajo del brazo, que no era otro sino el padrino Drosselmeier. María palmoteó alegremente, exclamando:

-¿Qué nos habrá hecho el padrino Drosselmeier? El magistrado Drosselmeier no era precisamente un hombre guapo; bajito y delgado, tenía muchas arrugas en el rostro; en el lugar del ojo derecho llevaba un gran parche negro, y disfrutaba de una enorme calva, por lo cual llevaba una hermosa peluca, que era de cristal y una verdadera obra maestra. Era además el padrino más habilidoso; entendía mucho de relojes de casa, el de Stahlbaum se descomponía y no daba la hora ni marchaba, presentábase el padrino Drosselmeir, se quitaba la peluca y el gabán amarillo, anudábase un delantal azul y comenzaba a pinchar el reloj con instrumentos puntiagudos que a la pequeña María le solían producir dolor, pero que no se lo hacían al reloj, sino que le daban vida, y a poco comenzaba a marchar y a sonar, con gran alegría de todos. Siempre que iba llevaba cosas bonitas para los niños en el bolsillo: ya un hombrecito que movía los ojos y hacía reverencias muy cómicas, ya una cajita de la que salía un pajarito, ya otra cosa. Pero en Navidad siempre preparaba algo artístico, que le había costado mucho trabajo, por lo cual, en cuanto lo veían los niños, lo guardaban cuidadosamente los padres.

-¿Qué nos habrá hecho el padrino Drosselmeier? -repitió María.

Federico opinaba que no debía de ser otra cosa que una fortaleza, en la cual pudiesen marchar y maniobrar muchos soldados, y luego vendrían otros que querrían entrar en la fortaleza, y los de dentro los rechazarían con los cañones, armando mucho estrépito.

-No, no -interrumpía María a su hermano-: el padrino me ha hablado de un hermoso jardín con un lago en el que nadaban blancos cisnes con cintas doradas en el cuello, los cuales cantaban las más lindas canciones. Y luego venía una niñita, que se llegaba al estanque y llamaba la atención de los cisnes y les daba mazapán.

-Los cisnes no comen mazapán-replicó Federico, un poco grosero-, y tampoco puede el padrino hacer un jardín grande. La verdad es que tenemos muy pocos juguetes suyos; en seguida nos los quitan; por eso prefiero los que papá y mamá nos regalan, pues ésos nos los dejan para que hagamos con ellos lo que queramos.

Los niños comentaban lo que aquella vez podría ser el regalo. María pensaba que la señorita Trudi -su muñeca grande- estaba muy cambiada, porque, poco hábil, como siempre, se caía al suelo a cada paso, sacando de las caídas bastantes señales en la cara y siendo imposible que estuviera limpia. No servían de nada los regaños, por fuertes que fuesen. También se había reído mamá cuando vio que le gustaba tanto la sombrilla nueva de Margarita. Federico pretendía que su cuadra carecía de un alazán y sus tropas estaban escasas de caballería, y eso era perfectamente conocido de su padre. Los niños sabían de sobra que sus papás les habrían comprado toda clase de lindos regalos, que se ocupaban en colocar; también estaban seguros de que, junto a ellos, el Niño Jesús los miraría con ojos bondadosos, y que los regalos de Navidad esparcían un ambiente de bendición, como si los hubiese tocado la mano divina. A propósito recordaban los niños, que sólo hablaban de esperados regalos, que su hermana mayor, Elisa, les decía que era el Niño Jesús el que les enviaba, por mano de los padres, lo que más le pudiera agradar. El sabía mucho mejor que ellos lo que les proporcionaría placer, y los niños no debían desear nada, sino esperar tranquila y pacientemente lo que les dieran. La pequeña María quedóse muy pensativa; pero Federico decíase en voz baja:

-Me gustaría mucho un alazán y unos cuantos húsares.

Había oscurecido por completo. Federico y María, muy juntos, no se atrevían a hablar una palabra; parecíales que en derredor suyo revoloteaban unas alas muy suavemente y que a lo lejos se oía una música deliciosa. En la pared reflejóse una gran claridad, lo cual hizo suponer a los niños que Jesús ya se había presentado a otros niños felices. En el mismo momento sonó un tañido argentino: "Tilín, tilín." Las puertas abriéronse de par en par, y del salón grande salió tal claridad que los chiquillos exclamaron a gritos "¡Ah!... ¡Ah!..." y permanecieron como extasiados, sin moverse. El padre y la madre aparecieron en la puerta; tomaron a los niños de la mano y les dijeron:

-Venid, venid, queridos, y veréis lo que el Niño Dios os ha regalado.

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Un reno mareado (Liana Castello)

5. Un reno mareado (Liana Castello)

Un reno mareado. Liana Castello, escritora argentina. Horacio, así se llamaba, era un reno muy curioso y movedizo que jamás se podía quedar quieto. Era famoso en el Polo Norte por ir de aquí para allá mirando todo y poniendo sus patas donde podía y donde no también. Era la época de Navidad... Ver mas
Un reno mareado. Liana Castello, escritora argentina.

Horacio, así se llamaba, era un reno muy curioso y movedizo que jamás se podía quedar quieto. Era famoso en el Polo Norte por ir de aquí para allá mirando todo y poniendo sus patas donde podía y donde no también.

Era la época de Navidad y todos en el taller trabajaban sin parar para llegar a tiempo con todos los regalos. No sólo trabajan los duendes, sino que también lo hacían todos los renos entrenando todo el día para estar en forma y poder volar por el mundo entero sin problemas.

Horacio era el fiel compañero de Rodolfo, juntos eran los dos primeros renos del trineo y quienes dirigían a los que iban detrás, siguiendo las indicaciones de Papá Noel. Jamás había habido problema alguno durante el viaje más maravilloso y mágico del año.

Sin embargo, esa Navidad, las cosas no serían igual.

En el Polo Norte, crecían unas flores de un aroma muy rico, pero que si uno se acercaba mucho para olerlas, terminaba muy mareado. Su perfume era realmente embriagador, por eso Papá Noel, si bien las cuidaba como a todas las flores, les había puesto un cerquito con un cartel que decía “No Oler”.

Si pensamos que Horacio en todo metía su hocico y encima no sabía leer, podemos imaginar qué pasó.

Justo el día antes de Navidad, se detuvo frente a las flores y olió cuanto pudo y pudo mucho pues su narizota era realmente grande.

Al principio, el efecto del perfume no se sintió, pero a las pocas horas, justo cuando el trineo debía levantar vuelo, Horacio empezó a sentir cosas extrañas en su cuerpo.

No habían ni siquiera repartido los primeros regalos cuando Horacio empezó a sentirse tan, pero tan mareado que el mundo entero le daba vueltas a su alrededor. Ya no sabía para dónde iba, no importa para qué lado Papá Noel tirara de las riendas, parecía que el reno había enloquecido y se movía de un lado para el otro. Rodolfo y los demás renos trataron de sujetarlo, pero el pobre Horacio, víctima del perfume de las flores, era un trompo sin fin. Tanto se movía que, intentando subir una montaña, el trineo no pudo hacer la maniobra acostumbrada y volcó.

Todos los regalos quedaron desparramados por el suelo. Papá Noel fue a parar a la ladera de otra montaña, los demás renos quedaron patas para arriba y Rodolfo ya no tenía roja su nariz, sino blanca del susto.

Tan rápido como pudieron, juntaron todos los regalos y siguieron camino.
– ¿Estás bien? Preguntó Rodolfo a Horacio
– La verdad que no, me siento algo borrachín para ser sincero. Contestó Horacio tratando de fijar la vista que se le iba de un lado para el otro.
– ¿Tomaste alcohol? Sabés que no debemos.
– ¡Qué alcohol ni alcohol amigo! Estuve oliendo las flores del cerquito.
– ¡Qué reno desobediente habías resultado! ¡Sabías que no se puede! Ahora mirá lo que pasa, estás mareado.
– No te preocupes Rodolfo, trataré de recomponerme.

No terminó de decir esta frase que, producto de la desorientación que tenía, no vio que el trineo venía en bajada.

Nada importaron los gritos de Papá Noel que ya se veía dentro del lago y todo empapado, el trineo fue a parar casi casi en el medio del agua.

Afortunadamente y gracias a los excelentes reflejos de Rodolfo, los regalos no se mojaron. Dio un giro tan rápido que logró volver a poner el trineo en su lugar y excepto por la barba de Papá Noel que chorreaba mucho, el episodio no pasó a mayores.

Antes de que el efecto mareador del perfume de las flores se esfumara, se atascaron en unas rocas.

Si bien, gracias a que todos colaboraron, pudieron salir sin problemas, la entrega de los regalos estaba realmente atrasada. La noche pasaba y los niños debían recibir sus regalos ¿llegarían a tiempo?

Una vez recompuesto del mareo, Horacio, sintiéndose muy culpable por el atraso, tomó una decisión. Dividirían el trabajo de entrega con Papá Noel. Rodolfo se sumó a la idea, unos irían a unas casas y otros a otras. Los renos jamás habían salido del trineo y menos para repartir regalos, pero era el momento justo para hacer algo que jamás habían hecho. Los niños no podían quedarse sin obsequios.

Cuando el trabajo se hace en equipo y con un objetivo en común, todo sale bien.

No fue fácil realmente ni para Rodolfo, ni para Horacio, entrar en las casas sin romper algún adorno o cortina, pero si bien algún que otro destrozo hicieron, lograron su cometido.

Horacio quería reparar la demora que habían tenido por su culpa, Rodolfo quería ayudar a su amigo, Papá Noel quería hacer su trabajo y por sobre todas las cosas, los tres deseaban cumplir el sueño de todos los niños.

El objetivo se cumplió, todos y cada unos de los regalos fueron entregados, ningún niño quedó sin el suyo.

Lo cierto es que algunos niños que habían espiado esperando conocer a Papá Noel, se encontraron que en vez de barba tenía cuernos, que tenía cuatro patas y no dos piernas, que no usaba gorro, en fin. Hay que decir que terminaron un poco confundidos, pero no mucho pues pensaron que el desconcierto se debía al sueño que tenían por lo tarde que era y no a otra cosa.

Eso sí, en el Polo Norte ya no hay un cartel en las flores que diga “NO OLER”, lo reemplazaron por otro que dice: “SE RECOMIENDA A HORACIO NO ACERCARSE A MENOS DE DIEZ METROS”.

Horacio aprendió a ser más prudente. No obstante ello, las siguientes navidades ayudó igual a Papá Noel a repartir los regalos, pues aprendió el valor del trabajo en equipo y vivió en carne propia la inmensa alegría de hacer felices a los niños.

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El duende cantor (Liana Castello)

6. El duende cantor (Liana Castello)

El duende cantor. Liana Castello, escritora argentina. - Navidad, Navidad, dulce Navidad… - ¡Que alguien calle a este duende cielos santos! - Si vuelvo a escuchar una vez más esta canción, enloqueceré. Tilín, el duende cantor, hacía su trabajo con mucha alegría y por eso cantaba todo el... Ver mas
El duende cantor. Liana Castello, escritora argentina.

- Navidad, Navidad, dulce Navidad…

- ¡Que alguien calle a este duende cielos santos! - Si vuelvo a escuchar una vez más esta canción, enloqueceré.

Tilín, el duende cantor, hacía su trabajo con mucha alegría y por eso cantaba todo el día. El problema era que cantaba siempre la misma canción.

Todos estaban aburridos de escuchar siempre lo mismo, incluso Papá Noel.

- Hable con él – Suplicó un duende a Papá Noel- dígale que aprenda otra canción ¡Por favor!

- No quiero lastimar sus sentimientos –contestó

- Pero se están lastimando nuestros oídos ¡Haga algo por favor! ¡Encima de todo, desentona el pobre!

Papá Noel llamó a Tilín. No quería decirle que desafinaba y que todos estaban aburridos de escucharlo cantar, pero por el bien de todos, algo debía decirle (Tilín venía cantando).

- Haz un poco de silencio hijo, necesito decirte algo.

- Soy todo oídos –contestó Tilín

- Yo no estaría tan seguro… eh, quiero decir que estoy seguro que otras canción has de saber ¿no es así?

- No, no es así- Contestó Tilín-

- ¡Caramba, caramba! Pero puedes aprender otra.

- No gracias, me gusta ésta, pero si quiere podría cambiar el ritmo ¡Buena idea! Le cambiaré el ritmo- dijo Tilín y se fue

La mañana siguiente comenzó en silencio, los duendes trabajan tranquilos, hasta que de pronto, comenzó a escucharse una guitarra y la voz de Tilín:

- Navidad, Navidad… dulce Navidad (en tono de zamba).

- ¿Dónde se ha visto un duende con poncho y guitarra? –preguntaban unos.

- Si al menos afinara… -Decían otros

Tilín vio que el cambio de ritmo no había tenido mucho éxito, pero no se desanimó. Por la tarde, apareció con una guitarra eléctrica, sin el típico gorrito verde y con los pelos parados.

Al ritmo de un alocado rock, comenzó nuevamente.

- Navidad, Navidad … dulce Navidad

- ¡Basta por Dios! ¡Basta! Ya no aguanto más – Gritó el duende más anciano.

Tilín dejó la guitarra eléctrica, se puso nuevamente el gorrito y con los hombros bajos se alejó del taller.

- ¿Era necesario ser tan duro con el pobrecito? Mire cómo se va arrastrando los pies ¡Cuánta crueldad!

- A usted tampoco le gusta como canta ¿O me va a decir que sí ahora?

- Y no, la verdad que no me gusta, pero es un niño…

- Si, un niño que canta muy mal y como si esto fuese poco, siempre la misma canción.

- Seguro que lo frustró, ahora no va a cantar más.

Antes que el anciano duende pudiera alegrarse, volvió Tilín esta vez con un saco arremangado, bermudas, lentes de sol y una gorra con la visera puesta hacia atrás.

A ritmo de rap comenzó:

- Navidad… Navidad… dulce Navidad…

Entró Papá Noel y casi se le cae la barba de la sorpresa. El niño no se daba por vencido, cada vez cantaba peor y por diferente que fuera el ritmo, la canción era siempre la misma.

- Algo debo hacer, si este niño no se calla me quedaré con el taller vacío.

Pensó muy bien qué decirle, no quería quitarle la libertad de expresión, pero tampoco tenía intenciones de seguir escuchando la misma melodía toda la vida.

Por la noche y antes de desearle a Tilín que soñase con los angelitos, se sentó al borde de su camita y le dijo:

- Mira Tilín, yo entiendo que siempre cantas la misma canción porque es la que más te gusta, todos tenemos una canción preferida, pero también hay muchas otras canciones que nacen del corazón.

El pequeño miraba a Papá Noel sin entender demasiado.

- Lo que quiero decirte es que tal vez, si buscas dentro tuyo, encuentres muchas más melodías que ésta ¿Por qué no buscas en tu corazón y tal vez encuentras alguna canción nueva y que exprese mejor tus sentimientos?

El niño se durmió y Papá Noel antes de cerrar sus ojitos pensó: “al menos lo intenté”.

A la mañana siguiente Tilín entró al taller en silencio. Todos los duendes lo miraban y se miraban entre ellos, aliviados y sorprendidos. De repente, una melodía diferente comenzó a escucharse: (Tilín cantando suavemente)

- Por las dudas, no hagamos comentarios, a ver si se acuerda de la otra canción y vuelve con ella – Dijo el duende anciano.

- No es feo lo que canta realmente – agregó otro.

Por la tarde y las tardes que siguieron Tilín entonaba o desentonaba, mejor dicho, diferentes melodías. -

¿Milagro Navideño? -Preguntó un duende.

- Ningún milagro – Dijo Papá Noel muy feliz – Sólo dejó de repetir una melodía ya aprendida de memoria y que creyó que era su preferida para buscar una propia. Encontró en su corazón su propia música, ni mejor, ni peor, propia y única.

Y fue así, que cada duende comenzó a cantar y no necesariamente bien, pero sí con sentimiento y el taller de Papá Noel se convirtió en un coro de duendes. Único e irrepetible, como la canción que cada uno de nosotros lleva en el corazón.

Fin

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El Misterio de Navidad (David Leonardo Noriega Ortega)

7. El Misterio de Navidad (David Leonardo Noriega Ortega)

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Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________ - Hola Sebastián - Hola - A que juegas, puedo? - No - No puedo? - No, no digo que no puedas; digo que no estoy jugando….. - Y entonces que haces? - Estoy armando el pesebre, mi pesebre - Sebastián... Ver mas
Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________

- Hola Sebastián

- Hola

- A que juegas, puedo?

- No

- No puedo?

- No, no digo que no puedas; digo que no estoy jugando…..

- Y entonces que haces?

- Estoy armando el pesebre, mi pesebre - Sebastián se encontraba dibujando en el escritorio de su padre.

- Como? Tan pronto? Pero si apenas estamos en octubre.

- No importa necesito tiempo.

- Tiempo? Tiempo para que?

- Tiempo, si; tiempo para montar las fichas correctamente.

¡Esta vez no puedo fallar!



Resulta, que Sebastián llevaba tres laaaaaaaargos años intentando armar el pesebre perfecto, pero el suponía que cada intento, lo alejaba mas y mas de la meta ; su meta... hallar la ficha clave que lo llevara a encontrar la respuesta... ¡Si! su respuesta. Sebastián se preguntaba : “Será Papa Noel? Será el Niño Dios, será el Ratón Pérez, serán nuestros padres? Yo que sé?” Una y otra vez se hacia la miiiisma pregunta. Tres años atrás Sebastián y su hermanita la pequeña Súsan, junto a sus padres, armaron un enoooorme pesebre de Navidad; se sentía emocionado de solos pensar lo que dirían sus compañeros del colegio, sus amigos y por supuesto Juliana, la niña de ojitos verdes que vivía desde hace poco frente a su casa, cruzando la calle. Juliana se había mudado al vecindario, tan solo uno meses antes; antes de empezar la Navidad.



Juliana era la sensación de todos los chicos amigos de Sebastián; era tal su popularidad que incluso, había sido invitada por los padres de Sebastián a la Novena de Navidad que iban a rezar en su propia casa.



Antoine, el padre de Sebastián, trabajaba en una fábrica de la ciudad. Viajaba desde el pueblo a la terminal , todos los lunes en la madrugada muy temprano para tomar el tren que salía a las cuatro de la mañana, llevando siempre consigo en una cesta de mimbre, un pequeño termo con chocolate caliente , una manzana y un par de sanduches de pollo con jamón, la especialidad de Sofía, la madre de Sebastián; La familia despedía cada lunes al jefe de la casa , con la esperanza de verlo antes del sábado en la noche , como de costumbre, cuando regresaba al pueblo en el tren de las 5, después de 3 laaaaaargas horas de viaje. Antoine, antes de llegara a la casa, como de costumbre, pasaba un rato a visitar a su madre, la abuela de Sebastián ; la señora Antonia lo acogía entre los brazos como si aun fuera un chico y le preparaba siempre siempre, una colada espesa espesa de avena con leche, acompañada de un par de buñuelos, de galletas o pandebonos ; como siempre, por el afán de salir, se quemaba la lengua con la colada y ahí, justo ahí como siempre, aparecería en escena el abuelo de Sebastián, el Señor Francisco.



- Tú no necesitas una colada, eso es para los niños; tu lo que necesitas es una cerveza bien fría, como todo un campeón.

- Campeón, y dale con el cuento del campeón. Francisco, hasta cuando vas a entender que el muchacho no va a ser un campeón en ningún deporte; Antoine solo tiene tiempo para su trabajo, para sus padres y para su familia ; él en eso si que es un campeón; como padre de su hermosa familia, como esposo amoroso y como nuestro hijo , ya es un ganador! como él no hay nadie igual….

- Eso Antonia, ese es mi hijo, todo un campeón, salud!

- Salud, papa!

- Bueno , bueno ya está bien de celebraciones , deja que el muchacho tiene que irse, su familia lo espera!

- Esta bien abuela; pero primero, ven acá muchacho, dame un abrazo y un beso de despedida…….

- Claro pá; nos vemos el próximo sábado! Chao má, y gracias por la colada, me llevo los buñuelos para los niños, adiós……

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Leyendas de Navidad - Nochebuena de los Elfos (Fini)

8. Leyendas de Navidad - Nochebuena de los Elfos (Fini)

Autor: Fini (lacoctelera.net) Cuenta la leyenda que el día de Nochebuena en Korvatunturi, cuando Santa y sus renos parten para repartir todos los regalos entre los niños de todo el mundo, todos los elfos comienzan la celebración, y la señora Santa organiza la fiesta para agasajar a todos los... Ver mas
Autor: Fini (lacoctelera.net)

Cuenta la leyenda que el día de Nochebuena en Korvatunturi, cuando Santa y sus renos parten para repartir todos los regalos entre los niños de todo el mundo, todos los elfos comienzan la celebración, y la señora Santa organiza la fiesta para agasajar a todos los elfos que han trabajado tanto durante el año.
Desde la mañana, la señora prepara su propia receta secreta de avena con leche, azúcar y canela, entre esta preparación se encuentra una almendra escondida, el que lo recibe puede pedir un deseo. Cada elfo tiene una cuchara de madera propia con sus iniciales y generalmente la señora Santa pone más de una almendra.
Luego los elfos cantan y danzan alrededor del árbol de navidad, cuando llega la noche, los elfos tienen una gran cena con la mesa cubierta con un montón de productos típicos navideños cazuelas decoradas, pan de jengibre, y toman cerveza. Si bien Santa no está en casa en Nochebuena, ponen sus calcetines, y también reciben sus regalos que generalmente son chocolates en forma de estrellas, luego de comer continúan con sus representaciones, cantos y juegos hasta que Santa regresa bien entrado el día siguiente, cansados pero muy felices de la labor cumplida.

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John y el milagro de la Navidad (Silvia Ochoa - dedicado a niños con leucemia)

9. John y el milagro de la Navidad (Silvia Ochoa - dedicado a niños con leucemia)

Silvia Ochoa, escritora española..... Dedicado a los niños/as que sufren leucemia. John era un niño de nueve años que vivía con sus padres en Murcia. Era hijo único. Era el niño mimado de la casa. Era el único nieto. Era, era… ¡lo era todo! El joven siempre estaba sonriente y sus ojos... Ver mas
Silvia Ochoa, escritora española..... Dedicado a los niños/as que sufren leucemia.

John era un niño de nueve años que vivía con sus padres en Murcia. Era hijo único. Era el niño mimado de la casa. Era el único nieto. Era, era… ¡lo era todo!

El joven siempre estaba sonriente y sus ojos brillaban al unísono con la luna. A John le encantaba imaginar y siempre que podía se evaporaba en mundos fantásticos, ya que su vida no le permitía hacer realidad sus sueños: contaba con una enfermedad muy grave que no le dejaba vislumbrar más allá del horizonte.

La leucemia es una enfermedad muy dura que no se cura si no es gracias a un donante de médula, pero para eso tienes que ser compatible cien por cien y por ahora no habían encontrado a nadie que lo fuera, aunque los médicos habían hecho pruebas a toda la familia. Una mañana veraniega de julio, concretamente el día cuatro de dicho mes, los abuelos maternos del niño llegaron a Murcia con la intención de llevarse al pequeño al campo, para que respirase aire puro.

Allí, en la lejanía de un pueblo abandonado, estaba la granja de los Estanislao. Una granja poblada de cabras, vacas, gallinas con sus respectivos gallos, cerdos, caballos, burros, ocas, y muchos perros y gatos. El gran guardián de la granja era Londis, un estupendo perro pastor que contaba con cierta mezcla de lobo.

A pesar de llevar sangre de animal salvaje era un perro muy fiel y nada agresivo. Eso sí, si alguien intentaba acercarse con el fin de robar algún animal Londis enseñaba sus dientes con fiereza. John marchó con sus abuelos y sus padres a la granja con el fin de pasar unos días al aire libre, aunque tendrían que mantener contacto con los médicos del hospital donde trataban al joven por si aparecía algún donante que le devolviese la vida que tanto le faltaba.

El aire puro y el calorcito le vinieron muy bien a John ya que su tez, pálida por la enfermedad, cambió radicalmente gracias a ellos. El joven pronto hizo buenas migas con Londis, y el perro nunca se separaba de su vera. La casita donde habitaban los abuelos era muy acogedora.

Tan sólo contaba con una planta, pero aún así el espacio entre la cocina, las habitaciones, el salón…estaba muy bien definido. Nada faltaba, nada sobraba. Toda la casa era de madera silvestre, construida especialmente por el abuelo del niño. El salón estaba estupendamente alumbrado gracias a la gran chimenea de ascuas humeantes. Justo allí, en un rincón del salón, se mecía un gran sofá en el que John pasaba la mayoría del tiempo, ya que su enfermedad no le dejaba estar mucho de pie porque se mareaba continuamente. Las paredes estaban empapeladas con miles de cuadros, en los que figuraban recuerdos preciosos, de esos que obligatoriamente tienen que estar retratados.

El mejor de todos era aquél en que la madre de John y sus padres se abrazaban sonrientes a pesar de que parecía, por sus vestiduras, que hacía mucho frío. Y es que no siempre hacía calor en la granja, el invierno era muy crudo. Días después, cuando John estuvo un poco más fuerte tras el viaje, el abuelo lo llevó a una llanura donde se asentaban los animales. Como John no podía andar su abuelo, a pesar de los años, lo llevó a volandas sin pensárselo.

Primero fueron a ver los caballos, que relinchaban de emoción al advertir que alguien se les acercaba. John quedó estupefacto al ver los ágiles movimientos de los caballos y por un momento soñó que cabalgaba por un gran campo de trigo verde junto con Mario, el gran semental.

Seguidamente, el abuelo le llevó junto a los burros.

— ¡John! ¿Ves estos burros? Son los únicos que quedan por las cercanías, porque están en peligro de extinción- dijo el abuelo mientras sentaba al joven en el verde del prado.

—Vaya- dijo el joven, anonadado- Abuelo, ¿crees que algún día podré montar en un caballo, o en un burro…?

— ¿Quién te impide que lo hagas ahora mismo?- dijo el abuelo con una sonrisa agradable y tierna mientras montaba una silla en el regazo de un burro, al que llamaba Cariñoso.

—… Creo que la enfermedad, abuelo. Los médicos dicen que estoy muy débil.

— Pamplinas de médicos, ¡no les hagas caso! Si quieres montar, monta. Si quieres soñar, sueña- dijo el abuelo, mientras se disponía a poner al joven sobre la montadura.

— ¡Gracias, abuelo, por estos momentos!

El abuelo no contestó al agradecimiento de forma verbal, pero si le hizo una mueca simpática. John se sentía libre. Libre como un delfín mular. Libre como una mariposa. Libre como una hoja caída de un árbol. Simplemente libre de la enfermedad. Tras dar un buen paseo John estaba fatigado, así que el abuelo lo desmontó y lo llevó hacia una hamaca larga, que se sujetaba gracias a dos cipreses enormes.

Durante un buen rato el abuelo le contó la historia de aquellos cipreses, y John escuchó con atención. Poco después volvieron a casa con el fin de llevarse algo al estómago porque con aquel paseo les había entrado hambre. Hacía mucho tiempo que John no comía decentemente, porque casi tenía ganas a causa de la enfermedad, pero aquel día se puso morado con los quesos curados del abuelo, con la leche recién ordeñada de las vacas y las cabras, las cuajadas, el pan recién horneado, el jamón y los chorizos caseros.

Los padres del John quedaron estupefactos con la mejora del joven y decidieron que aquel sitio era el mejor para vivir, así que allí permanecieron una temporada. Ver así a su hijo les hacía muy felices.

Llegó la navidad con una gran nevada en el exterior, y la casa se llenó de adornos decorativos que John puso con la ayuda de su abuelo.

—John, ahora te toca a ti poner el ángel en el abeto, es la tradición-le dijo el abuelo.

—De acuerdo, abuelo- dijo John mientras el abuelo le aupaba con el fin de que llegase a la cima de aquel árbol azulado.

Ese momento fue muy emocionante y al abuelo se le cayó alguna que otra lagrimilla, al igual que a los padres y a la abuela del joven, que dejó por un momento de hacer la cena para ver a su nieto coronar el abeto con el ángel.

Tras este momento cenaron junto a la chimenea humeante, sin prisas. Justo cuando terminaban de cenar vislumbraron por la ventana pequeños copos de nieve que caían desde un cielo rosado. John no se lo pensó y decidió salir con el abuelo a la intemperie, con el fin de sentir la nieve caer en sus rostros.

Sus padres estuvieron un poco reticentes, pero la ilusión del joven pudo con ellos. John se desperezó con los copos y por un momento su mundo se paró, para quedarse impreso en su memoria como una gran bola de adorno, de esas que volteas y ves caer la nieve sobre una ciudad, aunque en este caso caía sobre la granja de los abuelos.

Tras un rato de diversión, John volvió a casa y su abuela le proporcionó una manta con el fin de taparle para que no cogiese un resfriado, y antes de dormir la mamá del joven le dio un buen baño caliente en aquella bañera antigua que tantos recuerdos le traía de su propia niñez.

Después del baño John se metió en la cama con cierta emoción en su corazón, que palpitaba ansioso tras ese día lleno de sorpresas. Pero, antes de que el niño cerrase sus ojitos, la abuela se acercó a él, le dio un beso en la frente y le contó un cuento fantástico, de esos que tanto le gustaban a John, pero antes de que pudiera terminarlo ya se había quedado dormido.

Aquella noche algo maravilloso ocurrió en la granja, sin que nadie viera nada, aunque sí pudieron sentir algo especial en su interior. Un ángel bajó desde el cielo, se acercó a John, lo besó y le acarició con sus alas mientras el joven soñaba con mundos fantásticos.

La granja se iluminó durante varios minutos con una luz celestial, y los animales también lo sintieron y se alborotaron por completo.

Aquel ángel tenía una misión: conseguir evaporar la enfermedad de John. Así lo hizo, y así consiguió que el resto de la vida de John tuviera un significado simbólico, un significado que solo él entendió.

Fin

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Era la víspera de Navidad (Clement Clarke Moore)

10. Era la víspera de Navidad (Clement Clarke Moore)

Autor: Clement Clarke Moore - Traducción: Orly Borges.......... Junto al fuego colgaban los calcetines vacíos, seguros que pronto vendría Santa Claus. Sobre la cama, acurrucaditos y bien abrigados, los niños dormían, mientras dulces y bombones danzaban alegres en sus cabecitas. Y mamá con... Ver mas
Autor: Clement Clarke Moore - Traducción: Orly Borges..........

Junto al fuego colgaban los calcetines vacíos, seguros que pronto vendría Santa Claus. Sobre la cama, acurrucaditos y bien abrigados, los niños dormían, mientras dulces y bombones danzaban alegres en sus cabecitas. Y mamá con pañoleta, y yo con gorro de dormir, nos disponíamos para un largo sueño invernal.

De pronto en el prado surgió un alboroto, salté de la cama y fui a ver qué pasaba. Volé como un rayo hasta la ventana, abrí las persianas y tiré del postigo. La luna sobre la nieve recién caída le daba a los objetos brillo de mediodía. Cuando para mi asombro vi pasar a lo lejos, un diminuto trineo y ocho pequeños renos.

Conducía un viejecito, vivaracho y veloz, Y supe en seguida que debía ser Santa Claus. Más rápido que las águilas, sus corceles volaban. Y silbaba y gritaba y a sus renos ¡por su nombre llamaba!
– ¡Vamos Destello! ¡Vamos Danzarín! ¡Vamos Cabriolero y Brujo! ¡Corre Cometa! ¡Corre Cupido! ¡Corran Trueno y Chispa! ¡A la cima del techo! ¡A la cima del muro! ¡Vamos apúrense! ¡Apúrense! ¡Apúrense todos!

Como las hojas que vuelan antes de un fuerte huracán, que cuando se topan con un obstáculo remontan al cielo, así volaron los corceles hasta posarse en la casa, Con el trineo lleno de juguetes y Santa Claus también. En un parpadear, sobre el techo escuché los pequeños cascos de los renos patear y al volver la cabeza, entre cenizas y troncos, por la chimenea de golpe cayó Santa Claus.

Abrigado con pieles, de la cabeza los pies, Santa Claus se encontraba todo sucio de hollín. Llevaba en sus espaldas un saco de juguetes y parecía un buhonero abriendo su paquete. ¡Cómo brillaban sus ojos! ¡Qué felices sus hoyuelos! Sus mejillas como rosas, ¡su nariz como cereza! Su graciosa boca con una mueca sonriente y la barba de su mentón tan blanca como la nieve.

Sujetaba firme entre los dientes la boquilla de una pipa y el humo rodeaba su cabeza a modo de guirnalda. Tenía una cara amplia y su panza redonda. Temblaba al reirse ¡como un pote de gelatina! Era gordinflón y rollizo, como un duende gracioso y apenas lo ví ¡me eché a reír sin querer! Al ver su modo de parpadear y mover la cabeza, pronto me di cuenta que no había nada que temer.

No dijo una palabra y volvió a su trabajo, Llenó bien los calcetines, luego su cuerpo sacudió. Y colocando su dedo a un costado de la nariz e inclinando la cabeza ¡por la chimenea salió! Saltó a su trineo y a sus ayudantes silbó y arrancaron volando como la pelusa de un cardo. Pero llegué a escucharle mientras desaparecía:

– ¡A todos Feliz Navidad y que pasen un buen día!

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Navidad en Ganímedes (Isaac Asimov)

11. Navidad en Ganímedes (Isaac Asimov)

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* Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________ Olaf Johnson canturreaba entre dientes mientras sus ojos azules observaban soñadores el impresionante abeto situado en un rincón de la biblioteca. Aunque ésta era la estancia más amplia de la Base, a Olaf no le... Ver mas
* Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________

Olaf Johnson canturreaba entre dientes mientras sus ojos azules observaban soñadores el impresionante abeto situado en un rincón de la biblioteca. Aunque ésta era la estancia más amplia de la Base, a Olaf no le parecía demasiado espaciosa en aquella ocasión. Se inclinó con entusiasmo sobre la enorme canasta que tenía a su lado y extrajo el primer rollo de papel verde y rojo.

No se detuvo a reflexionar sobre el repentino impulso sentimental que se había apoderado de la Productos Ganimedinos, S. A., para enviar a la Base una colección completa de adornos navideños. Olaf se hallaba bien preparado para desempeñar el trabajo que se había impuesto como decorador en jefe de los temas navideños; este cargo le colmaba de satisfacción.

De repente frunció el entrecejo y masculló una maldición. La lámpara que convocaba Asamblea General empezó a lanzar destellos histéricamente. Con expresión contrariada dejó a un lado el martillo, que ya había levantado, así como el rollo de papel; se arrancó unas cuantas lentejuelas del cabello y se dirigió al departamento de los oficiales.

El comandante Scott Pelham estaba arrellanado en el sillón presidencial cuando entró Olaf. Sus dedos rechonchos tamborileaban sin ritmo sobre el cristal que cubría la parte superior de la mesa. Olaf sostuvo sin temor la mirada colérica del comandante, ya que en su departamento no había ocurrido ninguna anomalía en veinte circunvoluciones ganimedinas.

Un grupo de hombres llenó con presteza el aposento y la mirada de Pelham se endureció mientras los contaba uno a uno inquisitivamente.

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El trombón de Navidad (Raymond E. Banks)

12. El trombón de Navidad (Raymond E. Banks)

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* Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________ Era el día de Nochebuena y Shorty se dirigió al armario y sacó su viejo trombón de varas. Dio un par de emboladas, probó la embocadura y pegó un fuerte resoplido. Entonces, el instrumento exhaló dos lúgubres balidos... Ver mas
* Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________

Era el día de Nochebuena y Shorty se dirigió al armario y sacó su viejo trombón de varas. Dio un par de emboladas, probó la embocadura y pegó un fuerte resoplido. Entonces, el instrumento exhaló dos lúgubres balidos.

- Cuelga el teléfono - se dijo a sí mismo -, que has vuelto a equivocarte de número...

Llegó hasta él el insistente repiqueteo del dedal de la señora Thompson sobre los tubos del radiadon Shorty tenía una patrona muy peculiar; era la solterona más recalcitrante e insoportable de todo Blessington, y no fomentaba, verdaderamente, la libertad de expresión de sus pupilos.

Shorty produjo dos notas suaves y burlonas con su instrumento. Dos trompetazos lo suficientemente fuertes y sonoros para que llegaran hasta el oído de su patrona. Aunque él jamás se hubiera atrevido a trompetearle en voz alta todo lo que pensaba de ella.

Escondió el instrumento debajo de su abrigo y se fue escaleras abajo. La señora Thompson lo abordó en el cuarto de estar.

- ¿Otra vez tocando su viejo trombón, Shorty? - rezongó.

- Voy a tocar unos villancicos - respondió él tímidamente.

- Los conos musicales lo hacen mucho mejor - repuso la patrona, con un convencimiento que no dejaba lugar a dudas -. Y si se pone usted a tocar villancicos, le echarán de la ciudad por perturbar la paz.

- Llevo cuarenta y cinco años viviendo en Blessington - añadió Shorty -, de hombre, de muchacho y... de renacuajo, y me gustaría saber quién es el guapo que va a intentar echarme de la ciudad.

- El jefe de policía Nelson ha dicho que la próxima vez que vuelva usted a tocar ese trombón, se lo quita... -dijo la adusta patrona en tono de amenaza -. Ya se lo he dicho antes: los conos musicales lo hacen mucho mejor...

- ¿Y quién le tiene miedo al jefe de policía Nelson? - concluyó Shortz burlonamente.

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La estrella de Navidad (Mónica Esparza)

13. La estrella de Navidad (Mónica Esparza)

La estrella de Navidad. Mónica Esparza, escritora peruana. Había una vez una familia de estrellas brillantes que habitaban en el cielo, un día nació una estrellita muy pequeñita y menuda. Las estrellas del cielo le dijeron: - Aunque brilles con todas tus fuerzas, nadie podrá apreciar... Ver mas
La estrella de Navidad. Mónica Esparza, escritora peruana.

Había una vez una familia de estrellas brillantes que habitaban en el cielo, un día nació una estrellita muy pequeñita y menuda.

Las estrellas del cielo le dijeron:

- Aunque brilles con todas tus fuerzas, nadie podrá apreciar nunca tu belleza porque eres muy pequeña.

Sin embargo, desde el cielo un niño hermoso pudo apreciarla y elegirla para adornar el día de su nacimiento y alumbrar a todo su pueblo.

Así le puso por nombre La estrella de Belén.

La pequeña estrella se puso muy feliz al alumbrar por siempre el día más maravilloso del año, la Navidad.

Desde entonces sólo los pequeñitos al tener un corazón puro pueden apreciar su belleza.

Fin

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La Navidad de Snowy (Alberto Pérez Gómez)

14. La Navidad de Snowy (Alberto Pérez Gómez)

Ese año, los niños estaban muy contentos, porque iban a tener una Blanca Navidad. En efecto, poco antes de Nochebuena había caído una fuerte nevada, y se esperaba que la nieve aguantase varios días antes de derretirse. Con la nieve todo estaba muy bonito, y además podían patinar sobre el... Ver mas
Ese año, los niños estaban muy contentos, porque iban a tener una Blanca Navidad. En efecto, poco antes de Nochebuena había caído una fuerte nevada, y se esperaba que la nieve aguantase varios días antes de derretirse.

Con la nieve todo estaba muy bonito, y además podían patinar sobre el estanque helado, jugar a dejar huellas, o hacer un gran muñeco de nieve. Eso era precisamente lo que habían hecho los niños del barrio, y en lo alto de la colina había aparecido Snowy. Era un muñeco gordinflón y sonriente, con un elegante sombrero de copa, una bonita bufanda, una larga nariz de zanahoria, una gran sonrisa pintada en su cara, y con ramitas como brazos.

Los niños estaban muy orgullosos de Snowy, y les gustaba mucho jugar cerca de él. Se tiraban en trineo desde lo alto de su colina, le usaban para que no les vieran cuando jugaban al escondite, echaban carreras alrededor de él, y cuando hacían guerras de nieve a su lado, su sonrisa bonachona les recordaba que no tenían que tirar las bolas muy fuerte para no hacerse daño. Alguna vez, cuando nadie miraba, Snowy, que era muy bromista, tiraba una bola de nieve a algún niño despistado, que se quedaba muy sorprendido y sin saber quién se la había arrojado.

Snowy se llevaba además muy bien con los vecinos que pasaban por delante de él al ir y volver del trabajo, y con los animalillos de un bosque cercano, sobre todo con los pájaros, a los que les gustaba posarse en las ramas de sus brazos. Su mejor amigo era un simpático pajarillo parlanchín llamado Birdie, que cantaba de maravilla, y que mantenía a Snowy informado de todo lo que pasaba en las partes del barrio que éste no alcanzaba a ver desde lo alto de su colina.

A Snowy le gustaba sobre todo cuando Birdie le hablaba de cómo iban preparándose sus amigos para el día de Navidad. Las noches eran cada vez más alegres, con luces de colores que brillaban en muchas de las casas, y con el sonido de los villancicos que los niños cantaban con sus papás.

Llegó por fin la Nochebuena, y Snowy estaba disfrutando más que nunca viendo todo lo que pasaba en el barrio. Por eso le extrañó ver que de repente Birdie estaba triste. “¿Qué te pasa, buen amigo?” le pregunto Snowy. “Que con lo bonita que es la Navidad, me da pena ver a los que tienen problemas y no pueden disfrutarla como nosotros”. “¿Quién tiene problemas, Birdie?” El pajarillo contestó “Cuando venía volando para acá, he visto a Mamá Coneja, que me ha dicho que lleva toda la tarde buscando comida para preparar una cena de Navidad a sus conejitos, pero que con tanta nieve no encuentra nada”. Snowy también se puso triste, pensando en que no podrían disfrutar de la Nochebuena esos suaves conejitos que tanto le gustaba ver saltando a su alrededor.

De repente, la gran sonrisa de Snowy se iluminó. “¡Birdie, ya tengo la solución! Lleva a la madriguera de Mamá Coneja la gran zanahoria de mi nariz, con eso podrán tener una estupenda cena de Navidad!” Birdie exclamó contento “¡Qué gran idea!” Pero de pronto dijo preocupado “¡Snowy, si hacemos eso, te vas a quedar sin nariz!”. Snowy respondió sonriente “No importa, total, con tanto frío estoy siempre constipado. ¡Mejor, así no tendré que sonarme la nariz!”. Snowy acabó por convencer a Birdie, que se encargó de llevar la gran zanahoria a Mamá Coneja. ¡Qué contenta se puso! Y Snowy también cuando se lo contó Birdie.

“Mira, Birdie” dijo Snowy, “Mientras estabas fuera, he pensado que podíamos hacer más cosas para alegrar la Nochebuena a nuestros amigos. Por ejemplo, podrías llevar mi sombrero al señor Rodríguez. Siempre me saluda muy simpático cuando pasa, y tiene que pasar mucho frío en la cabeza con esa calvorota que tiene”. Birdie le preguntó a su amigo Snowy si no se le quedaría muy fría la cabeza a él, y Snowy le respondió que no, que estaba bien así, y que en realidad lo que le preocupaba era que igual dentro de unos días subiría algo la temperatura. Birdie se entristeció, pensando que su amigo muñeco de nieve corría el peligro de derretirse en cuanto asomaran los primeros rayos de sol, pero Snowy interrumpió esos pensamientos diciendo con voz divertida: “¡Venga, Birdie, que vuelas menos que una gallina! Vete ya, que al pobre señor Rodríguez se le van a congelar las ideas. ¡Y vuelve rápido, que quedan otros recaditos por hacer!”

Snowy y Birdie regalaron luego la bufanda de Snowy a ese niño pequeño que casi no salía a jugar porque no tenía ropa de abrigo y pasaba demasiado frío, y dieron los botones de los ojos de Snowy a una niña del barrio para que se los pusiera a su oso de peluche, que se había quedado sin los suyos al caerse un día desde una estantería. Y las ramas de los brazos se las llevaron a una ancianita que necesitaba leña para su casa, pero que no había podido salir a buscarla porque le dolía la espalda.

Ya entrada la noche, Snowy y Birdie acabaron por fin de hacer el reparto. Ahora Snowy era solo tres grandes bolas de nieve con una sonrisa pintada en la que estaba más arriba, pero la sonrisa se veía más grande que nunca, y Snowy le dijo a Birdie que a pesar del frío de la noche, notaba por dentro un calorcito especial que le hacía sentir de maravilla. Birdie estaba también muy contento: estaba muy orgulloso de haber ayudado a su generoso amigo, y además, cuando salía de casa de la ancianita, le había parecido que el Niño Jesús de su Belén le había sonreído.

Pero Birdie estaba también preocupado por su amigo Snowy. Igual ahora los niños ya no le veían tan bonito como antes, y dejaban de hacerle caso, o peor aún, podían coger la nieve del muñeco y usarla para hacer una guerra de bolas de nieve. Y luego en todo caso estaba el peligro de que subieran las temperaturas y …

Estaba Birdie distraído con esos pensamientos, cuando de repente oyó un tintineo de cascabeles, primero lejano, pero luego cada vez más próximo. Miró hacia arriba y vio una pequeña luz roja, que cada vez se iba haciendo mayor y más brillante. ¿Qué era eso? De pronto, oyó una fuerte carcajada “HO, HO, HO!”, y se dio cuenta de que la luz roja era la nariz de Rudolph ¡Y que Papá Noel estaba aterrizando con su trineo justo delante de ellos!

¡Birdie estaba impresionado! Además, vio con sorpresa cómo el trineo de Papá Noel llevaba enganchado un extraño remolque del que Birdie nunca había oído hablar. “No te extrañes de ver ese remolque” le dijo Papá Noel, adivinándole el pensamiento “Es una cámara frigorífica, que usamos para llevar helados y comida congelada – pero que ahora usaremos para llevar a tu amigo Snowy de viaje!” “¿De viaje?” dijo asombrado Snowy “Sí, ya veréis” dijo sonriente Papá Noel. Y Snowy de repente se elevó del trozo de colina en el que había pasado toda su corta vida, y fue por el aire despacito hasta meterse en la cámara frigorífica del trineo.

“Birdie, tú siéntate aquí a mi lado, estarás más calentito mientras hacemos nuestro viaje”. Birdie, todavía piquiabierto por la sorpresa, estaba acabando de acurrucarse en el asiento del trineo junto a Papá Noel cuando esté gritó “Adelante, Rudolph!”. Una lechuza de un bosque cercano que estaba aún despierta alcanzó a oír a lo lejos el eco de un “HO, HO, HO” entre el sonido, cada vez más tenue, de unos cascabeles.

Y es Snowy el precioso muñeco de nieve que puede verse en el jardín que hay a la entrada del almacén que tiene Papá Noel en Rovaniemi, en Laponia, en la Tierra de las Nieves Eternas, donde Snowy ya no corre peligro de derretirse nunca. En el centro de su cara hay una nariz de zanahoria aún más grande y bonita que la de antes. Como ojos tiene brillantes piedras preciosas, luce una linda bufanda de colores que le dieron sus amigos los elfos, y en su cabeza lleva ahora orgulloso un gorro de fieltro rojo, con un pompón blanco al final, que le regaló el propio Papá Noel. Y tiene dos preciosas ramas de abedul como brazos, en la que se posan sus amigos los pájaros, con un sitio especial para su inseparable Birdie.

Snowy y Birdie no han olvidado a sus amigos del barrio, y todos los años le dicen a Papá Noel que se acuerde especialmente de ellos, y también de todos aquellos que, compartiendo sus cosas, hacen realidad el espíritu de la Navidad.

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La tienda de los fantasmas (G. K. Chesterton)

15. La tienda de los fantasmas (G. K. Chesterton)

Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo... Ver mas
Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo precio más bajo es la mitad de medio penique. Este principio general resultará enseguida evidente. En la calle detrás de mí, puedes montar en un tranvía eléctrico por medio penique. Subirte a un tranvía eléctrico es como subirte a un castillo volador en un cuento de hadas. Puedes hacerte con un buen puñado de chucherías de colores por la mitad de un penique. También tienes la oportunidad de leer este articulo por medio penique, junto con, por supuesto, otras cosas menos importantes.

Pero si quiere descubrir la enorme cantidad de cosas asombrosas que puedes conseguir por medio penique, haz lo que yo hice anoche. Estampé la nariz contra el escaparate de una de las tiendas más pequeñas y peor iluminadas de uno de los callejones más estrechos y oscuros del barrio de Battersea. Pero por oscuro que fuese ese rectángulo de luz, resplandecía con todos los colores que Dios creó, utilizando la expresión que una vez escuche a un niño. Los juguetes de los pobres son todos como los niños que los compran. Sucios pero todos alegres. Por mi parte, prefiero la alegría a la limpieza. La primera es del alma y la segunda del cuerpo. Les ruego que me disculpen, es que soy demócrata. Sé que estoy trasnochado en el mundo actual.

Mientras miraba aquel palacio de maravillas liliputienses, los pequeños autobuses verdes, los pequeños elefantes azules, los muñequitos negros y las pequeñas arcas de Noe rojas, debí caer en una especie de trance antinatural. El escaparate iluminado se transformó en el brillante escenario en que uno contempla una comedia muy entretenida. Me olvide de las casas grises y de la gente triste a mis espaldas como uno se olvida del público y las galerías oscuras en el teatro. Me parecía que los objetos detrás del cristal eran pequeños no por su tamaño a causa de la distancia. El autobús verde era realmente un autobús verde. Un autobús verde del barrio de Bayswater, que estuviese recorriendo un enorme desierto, al hacer su ruta diaria hasta Bayswater. El elefante ya no era azul por la pintura sino por la distancia. El muñequito era realmente un hombre de raza negra recortándose contra el brillante follaje tropical de la tierra en que cada planta tiene un color ardiente y solo el ser humano es oscuro. El arca de Noe roja era en verdad la enorme nave de la salvación del mundo, flotando en un mar acrecentado por la lluvia, en el rojo primer amanecer de la esperanza.

Creo que todos tenemos estos extraordinarios instantes de abstracción, estos brillantes momentos con la mente en blanco. En momentos semejantes, podemos mirar a la cara a nuestro mejor amigo y ver gafas y bigotes imaginarios. Por lo general están marcados por lo lento que se desarrollan y lo abrupto de su fin. El regreso a la actividad mental normal es a menudo tan repentino como tropezarse con alguien. A menudo, uno termina chocándose de verdad contra alguien, al menos en mi caso. Pero de todos modos, el despertar es claro y, por lo general, completo. Pues bien, en esta ocasión, aunque una ola de cordura me arrastro a la conciencia de que en realidad solamente estaba mirando una humilde y diminuta juguetería, de alguna extraña manera la curación no parecía ser definitiva. Algo que no podía controlar seguía diciéndome que me había adentrado en una atmósfera extraña, o que había hecho algo raro. Me sentía como si hubiese como si hubiese obrado un milagro o cometido un pecado. Era como si de alguna forma hubiese atravesado una frontera del alma.

Para librarme de esta sensación onírica tan peligrosa, entré en la tienda e intenté comprar algunos soldaditos de madera. El dependiente era muy anciano y estaba muy deteriorado. Con medio rostro y toda la cabeza cubiertos de despeinado cabello cano. Un cabello tan increíblemente blanco que parecía artificial. Y aunque parecía senil y enfermo no se reflejaba sufrimiento en sus ojos. Era como si, poco a poco, se estuviese quedando dormido en una decadencia amable. Me dio los soldaditos de madera pero, cuando coloqué el dinero sobre el mostrador, aparentó no verlo en un primer momento. Parpadeó débilmente mirándolo y lo apartó débilmente.

-No, no –dijo confuso – Nunca lo he hecho así. Nunca. Aquí somos muy anticuados.

-No aceptar dinero me parece algo a la más rabiosa última moda más que anticuado.

-Nunca lo he hecho así – contestó el anciano sonándose los mocos – Siempre he dado regalos y soy demasiado viejo para cambiar.

-¡Por el amor de Dios! – dije - ¿Qué quiere decir? Está hablando como si fuese Papá Nöel.

-Soy Papá Nöel- dijo disculpándose y volvió a sonarse los mocos.

En el exterior, las farolas no podían estar encendidas. En cualquier caso, era imposible ver nada más allá del escaparate iluminado. No se escuchaban pasos ni voces por la calle. Parecía que me hubiese internado en un nuevo mundo en el que el sol no brillaba. Pero algo había soltado las amarras del sentido común y no podía sorprenderme más que de una manera somnolienta.

-Pareces enfermo, Papá Nöel – Algo me impulso a decir eso.

-Estoy agonizando.

Guardé silencio y fue él quien habló de nuevo.

-Todos los nuevos se han marchado. No lo entiendo. Se meten conmigo por razones tan raras e incoherentes. Los científicos, todos los innovadores. Dice que le doy a la gente supersticiones y les vuelvo demasiado ilusos, que les doy carnes horneadas y les hago demasiado materialistas. Dicen que mis partes celestiales son demasiado celestiales, que mis partes mundanas son demasiado mundanas. No sé lo que quieren, de eso si que estoy seguro. ¿Cómo puede algo celestial serlo demasiado? ¿Cómo puede algo mundano ser demasiado mundano? ¿Cómo se puede ser demasiado bueno o demasiado alegre? No lo entiendo. Pero hay algo que entiendo demasiado bien: esta gente moderna está viva y yo muerto.

-Tú sabrás si estás muerto – repliqué – pero a lo que ellos hacen no lo llamo vivir.

Un silencio cayó entre nosotros que, de alguna manera, esperé ver roto. No había durado unos segundos, cuando, en medio de la total tranquilidad, escuché unos pasos que, cada vez más rápidos, se acercaban por la calle. Al instante, una figura se lanzó al interior de la tienda y quedo enmarcada en el umbral. Vestía una chistera blanca, echada hacia atrás como con prisa, anticuados pantalones negros ceñidos, anticuados chaleco y chaqueta de colores brillantes y un fantástico abrigo viejo. Tenía los ojos, abiertos y brillantes, de un actor de carácter, una cara pálida y nerviosa y la barba muy recortada. Abarcó al anciano y su tienda en una mirada que fue de verdad como una explosión y lanzó la exclamación de un hombre por completo estupefacto.

-¡Buen Dios! ¡No puedes ser tú! – gritó – Vine a preguntar dónde estaba tu tumba.

-Aún no he fallecido, Sr. Dickens – contestó el anciano con su débil sonrisa – Pero me estoy muriendo – añadió como tranquilizándole

-Pero a paseo con todo si no agonizaba en mis tiempos – dijo el Sr. Charles Dickens alegremente – Y no pareces ni un día más viejo.

-Llevó así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel.

El Sr. Charles Dickens le dio la espalda y sacó la cabeza por la puerta, metiéndola en la oscuridad.

-Dick – bramó a todo pulmón – sigue vivo.

Otra sombra oscureció el umbral, entró un caballero mucho mayor y más fuerte que llevaba puesta una enorme peluca empolvada. Abanicaba su sofocado rostro con un sombrero militar correspondiente a la moda de la época de la reina Ana. Andaba erguido como un soldado y en su cara había una expresión arrogante que era repentinamente desmentida por sus ojos. Humildes como los de un perro. Su espada hacia mucho ruido, como si la tienda fuese demasiado pequeña para ella.

- En verdad – dijo Sir Richard Steele – Es cuestión harto prodigiosa, pues este hombre se acercaba a su último aliento cuando escribí sobre Sir Roger de Coverley y su día de navidad.

Mis sentidos se embotaban y el cuarto se oscurecía. Parecía repleto de recién llegados.

-Se ha dado siempre por entendido – dijo un hombre gordo que ladeaba la cabeza en un gesto obstinado y humorístico ( Me parece que era Ben Johnson)- Se ha dando siempre por entendido, cónsul Jacobo, bajo nuestro rey Jaime o bajo su difunta Majestad la reina, que costumbres tan buenas y saludables decaían. Y que era previsible su desaparición. Este anciano canoso no esta ahora más robusto que cuando yo le eche el ojo.

Y creó que también escuché a un hombre vestido con malla verde, como Robin Hood, decir en una mezcla de inglés y francés normando “ Pero sí lo vi agonizante.”.

- Llevo así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel otra vez a su débil manera.

El Sr. Charles Dickens de repente se le acercó y se inclinó delante de él.

-¿Desde cuando? –preguntó - ¿Desde qué naciste?

-Sí- contestó el anciano y se dejó caer en su silla temblando – Siempre he agonizado.

El Sr.Charles Dickens se quitó el sombrero haciendo una reverencia como la haría un hombre que llamase a la multitud a amotinarse.

-Ahora lo entiendo – gritó – Nunca morirás.

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El secreto de Santa (Alberto Martínez)

16. El secreto de Santa (Alberto Martínez)

"Quiero saber cómo, mientras viajas dejando regalos aquí y allá, nunca se terminan. ¿Cómo es, querido Santa, que en tu saco de regalos hay suficiente para todas las niñas y niños del mundo? Siempre está lleno, nunca se vacía mientras vas de chimenea en chimenea, a casas grandes y pequeñas de... Ver mas
"Quiero saber cómo, mientras viajas dejando regalos aquí y allá, nunca se terminan. ¿Cómo es, querido Santa, que en tu saco de regalos hay suficiente para todas las niñas y niños del mundo? Siempre está lleno, nunca se vacía mientras vas de chimenea en chimenea, a casas grandes y pequeñas de país en país, visitándolos todos.

Santa se sonrió y le contestó, "No me hagas preguntas difíciles. ¿No quieres un juguete?

Pero el niño dijo que no y Santa pudo ver que él esperaba una respuesta. "Ahora escúchame," le dijo al niño, "Mi secreto te hará más triste y más sabio".

"Lo cierto es que mi saco es mágico. Dentro de él hay millones de juguetes para mi viaje en Nochebuena. Pero a pesar de que visito a cada niña y a cada niño no siempre dejo juguetes. En algunos hogares no tienen comida, en otros hay tristeza, en algunos hogares están desesperados, y otros son malos. Algunos son hogares rotos, donde los niños sufren. Esos hogares visito, pero ¿qué puedo dejar?".

"Mi trineo está lleno de cosas alegres, Pero para los hogares donde habita la tristeza, los juguetes no son suficiente. Así que en silencio me acerco, y beso a cada niña y a cada niño, y rezo con ellos para que reciban la alegría del espíritu de la Navidad, el espíritu que vive en el corazón del niño que no recibe, pero que da".

"Si Dios escucha y contesta mi oración, cuando regrese el próximo año, lo que encontraré serán hogares llenos de paz, y amor. Y niños y niñas llenos de la luz infinita. Es un trabajo difícil, mi querido amiguito, dejar regalos para algunos y orar por otros. Pero las oraciones son los mejores regalos porque Dios tiene el don de satisfacer todas las necesidades".

"Esa es parte de la contestación. El resto es que mi saco es mágico. Y esa es la verdad. Mi saco está cargado de amor. En mi saco nunca falta el amor y la alegría... porque dentro hay oraciones y esperanzas. No sólo juguetes. Mientras más doy, más se llena... porque dando es como realizo mis sueños".

"¿Y quieres saber algo? Tú también tienes tu propio saco. Contiene tanta magia como el mío, y está dentro de ti. Nunca se vacía, está llenito desde el principio de tu vida. Es el centro de la luz y el amor. Es tu corazón. Y si en ésta Navidad quieres ayudarme, no te preocupes tanto por los regalos debajo de tu árbol. Abre ese saco que es tu corazoncito, y comparte tu alegría, tu amistad, tu dinero, tu amor".

"Gracias por el secreto. Me tengo que ir".

"Espera niño", dijo Santa, "no te vayas. ¿Compartirás lo que tienes? ¿Ayudarás? ¿Te servirá lo que has aprendido?"

Y por un momento el niño se detuvo, tocó su corazón y simplemente dijo: "Sí".

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La Navidad del pavo (Emilia Pardo Bazán)

17. La Navidad del pavo (Emilia Pardo Bazán)

Emilia Pardo Bazán, mujer autodidacta, cosmopolita y políglota en la España de mediados del siglo XIX................ El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del... Ver mas
Emilia Pardo Bazán, mujer autodidacta, cosmopolita y políglota en la España de mediados del siglo XIX................


El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes.

En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia.

Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo.

Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de
rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores.

Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica.

Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo:

-Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas?

Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre!

Y entonces, Jesusín otorgó...

Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz.

Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban
satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes:

-Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue...

Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica...

Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela:

-¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción.

-Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso...

Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa.

-No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas...

-Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela.

A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino!

Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta.

Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos:

-Pero, ¿tú sabes lo que pides?

Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba.

Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró:

-Ve en paz. No temas.

Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese.

Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía.

En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche.

-A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar!

Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba:

-¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio!

Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos.

Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!

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Las Leyendas de la "Poinsettia" (Flor de Navidad - Flor de Pascua o Nochebuena)

18. Las Leyendas de la "Poinsettia" (Flor de Navidad - Flor de Pascua o Nochebuena)

Just for Kids Magazine - Traducción del inglés: Orly Borges Esta flor roja con forma de estrella fue bautizada "Poinsettia" en honor del primer embajador de Mexico, Joel Roberts Poinsett. Y las dos leyendas relacionadas con esta hermosa flor navideña, también son mexicanas. PRIMERA LEYENDA... Ver mas
Just for Kids Magazine - Traducción del inglés: Orly Borges

Esta flor roja con forma de estrella fue bautizada "Poinsettia" en honor del primer embajador de Mexico, Joel Roberts Poinsett. Y las dos leyendas relacionadas con esta hermosa flor navideña, también son mexicanas.

PRIMERA LEYENDA:

Cuenta esta leyenda acerca de una chica llamada María y su pequeño hermano Pablo. Eran muy pobres pero siempre esperaban la fiesta de Navidad. Todos los años, en la iglesia del pueblo se preparaba un gran pesebre y los días previos a la Navidad el lugar se llenaba de desfiles y fiestas. A los dos niños les encantaba la Navidad, pero siempre se entristecían porque no tenían dinero para comprar regalos. Sobre todo los dos deseaban ofrecerle algo a la iglesia para el Niño Jesús. Pero no tenían nada.
Una noche de Navidad, María y Pablo partieron hacia la iglesia para asistir al servicio. En el camino, cortaron algunas hierbas que crecían a lo largo de la orilla del camino y decidieron ofrecerlo como regalo al Niño Jesús en el pesebre. No tenían nada mejor para regalarle.
Aunque los otros niños se burlaron de ellos cuando llegaron con su humilde regalo, María y Pablo no dijeron nada porque sabían que habían dado lo que mejor podían ofrecer. En cambio, se dedicaron con mucho esmero a colocar prolijamente las plantas verdes alrededor del pesebre. Y fue entonces que sucedió el milagro: los extremos de cada hoja verde se fueron convirtiendo en brillantes pétalos rojos, y pronto el pesebre quedó rodeado de hermosas flores en forma de estrella, tal cual las conocemos hoy.

SEGUNDA LEYENDA:

Habla esta leyenda sobre Pepita, una niña mexicana muy pobre que no tenía un regalo para ofrecerle al Niño Jesús durante las celebraciones de Navidad. Mientras Pepita caminaba lentamente hacia la capilla con su primo Pedro, su corazón estaba muy apenado.
"Pepita, le dijo Pedro para consolarla, "estoy seguro que aún el más humilde regalo, si es ofrecido con amor, será más que bienvenido ante sus ojos".
Ya no sabiendo qué otra cosa hacer, Pepita se arrodilló al costado del camino y recogió un puñado de hierbas y le dio la forma de un ramo. Pero mirando de reojo su ramo de malezas, Pepita se sintió aún más triste y avergonzada que nunca por la humildad de su ofrecimiento y cuando ingresó a la pequeña capilla del lugar no pudo evitar que se le escapara una lágrima.
A medida que se acercaba al altar, iba recordando las amables palabra de Pedro: "Aún el más humilde regalo, si es ofrecido con amor, será más que bienvenido ante sus ojos". Sin embargo, ella sintió que su espíritu se elevaba mientras se arrodillaba para colocar el ramo a los pies de la escena de la natividad.
De repente, el ramillete de hierbas estalló en flores de color rojo intenso, y todos los que lo vieron estaban seguros de estar presenciando un milagro de Navidad ante sus propios ojos.
A partir de ese día, esas flores rojas brillantes se conocieron como las "Flores de Nochebuena" y nunca dejaron de florecer para cada Navidad.

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El belén (Emilia Pardo Bazán)

19. El belén (Emilia Pardo Bazán)

Emilia Pardo Bazán, mujer autodidacta, cosmopolita y políglota en la España de mediados del siglo XIX......... De vuelta a su casa, ya anochecido, don Julio Revenga -sentado en el tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del abrigo gabán con cuello y maniquetas de... Ver mas
Emilia Pardo Bazán, mujer autodidacta, cosmopolita y políglota en la España de mediados del siglo XIX.........


De vuelta a su casa, ya anochecido, don Julio Revenga -sentado en el tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del abrigo gabán con cuello y maniquetas de pieles- rumiaba pensamientos ingratos. Su situación era comprometida y grave, doblemente grave para un hombre leal y franco por naturaleza, y obligado por las circunstancias a engañar y a mentir. ¡Qué cara pagaba una hora de extravío! La tranquilidad de su conciencia, la paz de su casa, la seriedad de su conducta, todo al agua por algunos instantes en que no supo precaverse de una tentación.

Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del trayecto y el coche despoblándose, Revenga daba vueltas a la historia de su yerro. ¿Cómo había sido? ¿Cómo había podido suceder? Como suceden esas cosas: tontamente. Si no es la quiebra de su
amigo y paisano Costavilla, no tendría ocasión de ponerse en frecuente contacto con la hermana, aquella Anita Dolores -mujer ya espigada en los treinta años, y más desenvuelta que candorosa.

-Ante la desgracia de la quiebra, Costavilla perdió la energía y la esperanza; pero Anita Dolores, en cambio, se reveló llena de aptitudes comerciales, dispuesta, activa, resuelta a salvar la casa de cualquier modo. Para sus gestiones se asesoraba con Revenga, le pedía auxilio, préstamos, celebraban conferencias que duraban horas. Al manejar los papeles, al calcular probabilidades de liquidación, establecíase entre los dos una intimidad chancera,
que se convertía de repente, por parte de Anita, en afición inequívoca. Al sospechar Revenga lo que iba a sobrevenir, ya estaba interesado su amor propio, encendida su imaginación. Sin embargo, la fiebre duró poco: el esposo leal, el hombre honrado e íntegro, se dio cuenta de que era preciso cortar de raíz lo que no tenía finalidad ni excusa. Sacrificó de buen grado algunos miles de duros para sacar a flote a Costavilla, y se apartó de Anita
Dolores con propósito de no verla más.

No contaba con las fatalidades de la Naturaleza. Ocultamente, en apartado rincón de provincia, Anita Dolores dio al mundo una criatura. Fue el castigo providencial, no sólo para ella, sino para Revenga, que no había tenido prole de su matrimonio, ni esperanzas. Y al rodar del tranvía, que apresuraba su marcha, el vacilar de la luz de la linterna que se proyectaba sobre los vidrios nublados por el cielo del aire exterior, Revenga quería dominar una tristeza inconsolable, una amargura que le inundaba como ola de hiel. Nunca vería a su niña; nunca la estrecharía, nunca la tendría sobre las rodillas ni la besaría riendo... Anita Dolores, vengativa y tenaz, la había escondido, la había hecho desaparecer.

¿Desaparecer?... ¡A cuántas conjeturas se presta este verbo!

¿Qué era de la niña?... A aquella hora, cuando Revenga penetraba en su morada lujosa, en su comedor que la electricidad alumbraba espléndidamente y la leña de encina calentaba, intensa y crujidora; cuando la intimidad del hogar le sonriese, y las golosinas de Nochebuena lisonjeasen su apetito, ¿dónde estaría la abandonada? ¿En qué casucha de aldeanos, en qué glacial dormitorio del Hospicio? ¿Vivía siquiera? ¿Valía más que viviese?

Estremeciéndose de frío moral, Revenga subió el cuello del gabán y caló el sombrero.

Desolación inmensa caía sobre su alma. Precisamente acababa de saber en casa de unos amigos de Costavilla, donde solía preguntar disimuladamente por Anita Dolores, noticias alarmantes. ¡Anita Dolores se casaba! El nuevo socio de Costavilla, mozo emprendedor y dispuesto, era el novio. No mortificaban los celos a Revenga; no le quitaban el sueño memorias de lo pasado... Pensaba en la suerte de su niña, y aquella boda oscurecía más aún el misterio de su destino. ¡Ah! ¡Pues si creían que iba a quedarse así, con los brazos
cruzados y mucha flema británica! ¡Desde el día siguiente -desde temprano-, que Anita Dolores se preparase! ¡Allí iría, a reclamar la chiquilla, a escandalizar si era preciso! El escándalo repugnaba a su carácter; el escándalo podía herir de muerte a Isabela, su mujer,
enterándola de lo que debía ignorar siempre... No importa, escandalizaría, ¡voto a sanes!

Cantaría claro; desbarataría la boda; pondría en movimiento a la Policía, si era preciso...; pero le darían su pequeña, y la entregaría a personas que la cuidasen bien, y la educaría y haría que de nada careciese..., y, sobre todo, la vería, la besuquearía, le llevaría juguetes en la Navidad próxima... Con firme determinación cerró los puños y apretó los dientes.

¡Amanece, día de mañana!

Entre tanto, Isabel, la esposa de Revenga, acababa de adornarse en su tocador. La doncella abrochaba la falda de seda rameada azul oscuro, y prendía con alfileres la pañoleta de encaje, sujeta al pecho por una cruz de brillantes y zafiros -el último obsequio de
Revenga, traído de París-. Con inocente coquetería se alisaba el pelo ondulado y se miraba en el espejo de tres lunas, cerciorándose de que las señales de las lágrimas se habían borrado del todo, después del lavatorio con colonia y el ligero barniz de velutina. ¡El llanto no tenía para qué notarse!

Ya vestida y engalanada, pasó a un cuartito contiguo a la alcoba, donde solía guardar baúles, pero que ahora presentaba aspecto bien distinto del de costumbre. Tapizaban las paredes ricas colchas y cortinas de raso y damasco; corría por el techo un cordón de focos eléctricos, y cubría el piso blando tapiz. En el testero, como a una vara de altura, se levantaba un tabladillo, y sobre él un Nacimiento, el Belén clásico español, con su musgo en las praderías, sus pedazos de vidrio y de hojalata imitando lagos y riachuelos, sus selvas de rama de romero, sus torres puntiagudas de cartón, sus pastorcicos de barro, sus dromedarios amarillos y sus Magos con manto de bermellón, muy parecidos a reyes de baraja. Dos diminutos surtidores caían con rumor argentino, bañando las plantas enanas en que se emboscaba el Portal. Isabel se detuvo a contemplar los hilitos del agua, a escuchar el musical ritmo, y recordó sus propias lágrimas, y sintió nuevamente preñados de ellas los ojos y rebosante el corazón... La injusticia, la maldad, la mentira, lastimaban a Isabel más aún que la ofensa. ¿Por qué la engañaban, a ella que era incapaz de engañar, enemiga de la falsedad y el embuste? ¿Cabía salir de casa despidiéndose con una sonrisa y una caricia para ir a pasar horas en compañía de otra mujer?

Los surtidores goteaban, gimiendo bajito, e Isabel también gimió; el son del agua que cae se adapta a la alegría lo mismo que a la pena; para unos es concierto divino, para otros, queja desgarradora.

Quejábase el alma de Isabel, pidiendo cuentas, exponiendo agravios, alegando derecho y razón. ¿No había ella cumplido sus promesas, lo jurado al pie de aquel altar, pedestal y morada de su Dios? ¿No había sido siempre fiel, dulce, enamorada, dócil, casta, buena, en fin? ¿Por qué su compañero, su socio en la familia, rompía secretamente el pacto?

La mirada de la esposa de Revenga se fijó, nublada y húmeda, en el Belén, y la luz de la estrellita, colgada sobre el humilde Portal, la atrajo hacia el grupo que formaban el Niño y su Madre. Isabel lo contempló despacio, y un cuchillo aguado de dolor se le hundió en el pecho.

«No pidas cuentas... -parecía decir la voz del grupo-. No te quejes... Tú no has dado a tu esposo sino la mitad del hogar; tú no le has dado el Niño...»

La esposa permaneció un cuarto de hora sin ver el Nacimiento, viendo sólo, en las tinieblas interiores de sus penas, lo que cada cual, durante ciertos supremos instantes que deciden el porvenir, ve con cruel lucidez: lo fallido de su existencia, el resquicio por donde la desgracia hubo de entrar fatalmente... Suspiró muy hondo, como para echar fuera toda la pesadumbre, y poco a poco se apaciguó; su condición era resignarse, aceptar lo dulce, rechazando mansa y tenazmente lo amargo.

«El Niño Dios me está diciendo que hice bien, muy bien...»

La sonrisa volvió a sus labios, aunque sus ojos estaban anegados en un llanto que no corría. En aquel mismo instante se oyeron pisadas fuertes en el pasillo, y apareció Julio Revenga.

-¿Qué es esto? -preguntó con festiva extrañeza a su mujer-. ¿Has hecho un Nacimiento para divertirte?

-Para divertirme yo, no -respondió expresivamente Isabel, ya serena del todo-. Tengo los huesos durillos para divertirme con Belenes... Es... ¡para divertir a una criatura...!

-¡A una criatura! -repitió maquinalmente el esposo-. ¡No será nuestra esa criatura! -añadió de un modo irreflexivo, que tal vez respondía a sus íntimas preocupaciones.

-¡Qué sabes tú! -murmuró Isabel con calma.

Debió de palidecer Revenga. Bajó la cabeza, desvió el rostro. Tales palabras despertaban eco extraño en su espíritu. ¡Cómo había pronunciado Isabel la sencilla frase!

-No entiendo... -tartamudeó el infiel, con raros presentimientos y peregrinas sospechas.

-Ahora entenderás... ¿No tienes hijos, Julio? -interrogó ella derramando dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho involuntario.

Él no contestó. Medio arrodillado, medio doblegado, cayó sobre la banqueta de terciopelo frente al Belén. El mundo se le venía encima: ¡lo que adivinaba era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón, disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía.
Isabel, llegándose a su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada su indignación, pero magnífica de generosidad.

-No se hable más del caso... Tranquilízate... Así como así, estábamos muy solos, muy aburridos a veces en esta casa tan grandona. Yo tenía muchas, muchas ganas de un chiquillo, ¿sabes? No te lo decía por no afligirte. Hace catorce años que nos hemos casado, de manera que ya las esperanzas... ¡Qué se le ha de hacer! No es uno quien dispone estas cosas... Vamos, no te pongas así, Julio, hijo mío... Alégrate. ¡Hoy nos ha nacido una pequeña!...
Revenga, en silencio, besó las manos, besó a bulto la cara y el traje de su mujer.

Temblaba, más de vergüenza y de remordimiento -es justo decirlo- que de gozo. Sus labios se abrieron por fin, y fue para repetir desatentadamente:

-¿Cómo has sabido...? Mira, yo no veo a esa mujer..., te juro que no, que no la veo...

Te juro que no me importa, que la detesto, que...

-Estoy bien informada -contestó Isabel un tanto desdeñosa, apacible-. Me consta que no la ves ni la oyes. Su venganza, su desquite por tu abandono, fue enterarme de «todo»... y, por fin de fiesta, enviarme la niña... Y ya que me la envía..., ¡caramba!, no la he soltado, ¿sabes? Está en mi poder... La reconoceremos, arreglaremos lo legal. Que no le quede a «ésa» ningún derecho...

Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos Revenga imploró:

-¡Tráemela!... No la conozco todavía...

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Un extraño relato de Navidad (Guy de Maupassant)

20. Un extraño relato de Navidad (Guy de Maupassant)

El doctor Bonenfantes forzaba su memoria, murmurando: -¿Un recuerdo de Navidad?... ¿Un recuerdo de Navidad?... Y, de pronto, exclamó: "-Sí, tengo uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí, señoras, un milagro de Nochebuena. "Comprendo que admire oír... Ver mas
El doctor Bonenfantes forzaba su memoria, murmurando:

-¿Un recuerdo de Navidad?... ¿Un recuerdo de Navidad?...

Y, de pronto, exclamó:

"-Sí, tengo uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí, señoras, un milagro de Nochebuena.

"Comprendo que admire oír hablar así a un incrédulo como yo. ¡Y es indudable que presencié un milagro! Lo he visto, lo que se llama verlo, con mis propios ojos.

"¿Que si me sorprendió mucho? No; porque sin profesar creencias religiosas, creo que la fe lo puede todo, que la fe levanta las montañas. Pudiera citar muchos ejemplos, y no lo hago para no indignar a la concurrencia, por no disminuir el efecto de mi extraña historia.

"Confesaré, por lo pronto, que si lo que voy a contarles no fue bastante para convertirme, fue suficiente para emocionarme; procuraré narrar el suceso con la mayor sencillez posible, aparentando la credulidad propia de un campesino.

"Entonces era yo médico rural y habitaba en plena Normandía, en un pueblecillo que se llama Rolleville.

"Aquel invierno fue terrible. Después de continuas heladas comenzó a nevar a fines de noviembre. Amontonábanse al norte densas nubes, y caían blandamente los copos de nieve tenue y blanca.

"En una sola noche se cubrió toda la llanura.

"Las masías, aisladas, parecían dormir en sus corralones cuadrados como en un lecho, entre sábanas de ligera y tenaz espuma, y los árboles gigantescos del fondo, también revestidos, parecían cortinajes blancos.

"Ningún ruido turbaba la campiña inmóvil. Solamente los cuervos, a bandadas, describían largos festones en el cielo, buscando la subsistencia, sin encontrarla, lanzándose todos a la vez sobre los campos lívidos y picoteando la nieve.

"Sólo se oía el roce tenue y vago al caer los copos de nieve.

"Nevó continuamente durante ocho días; luego, de pronto, aclaró. La tierra se cubría con una capa blanca de cinco pies de grueso.

"Y, durante cerca de un mes, el cielo estuvo, de día, claro como un cristal azul y, por la noche, tan estrellado como si lo cubriera una escarcha luminosa. Helaba de tal modo que la sábana de nieve, compacta y fría, parecía un espejo.

"La llanura, los cercados, las hileras de olmos, todo parecía muerto de frío. Ni hombres ni animales asomaban; solamente las chimeneas de las chozas en camisa daban indicios de la vida interior, oculta, con las delgadas columnas de humo que se remontaban en el aire glacial.

"De cuando en cuando se oían crujir los árboles, como si el hielo hiciera más quebradizas las ramas, y a veces desgajábase una, cayendo como un brazo cortado a cercén.

"Las viviendas campesinas parecían mucho más alejadas unas de otras. Vivíase malamente; cada uno en su encierro. Sólo yo salía para visitar a mis pacientes más próximos, y expuesto a morir enterrado en la nieve de una hondonada.

"Comprendí al punto que un pánico terrible se cernía sobre la comarca. Semejante azote parecía sobrenatural. Algunos creyeron oír de noche silbidos agudos, voces pasajeras. Aquellas voces y aquellos silbidos los daban, sin duda, las aves migratorias que viajaban al anochecer y que huían sin cesar hacia el sur. Pero es imposible que razonen gentes desesperadas. El espanto invadía las conciencias y se aguardaban sucesos extraordinarios.

"La fragua de Vatinel hallábase a un extremo del caserío de Epívent, junto a la carretera intransitada y desaparecida. Como carecían de pan, el herrero decidió ir a buscarlo. Entretúvose algunas horas hablando con los vecinos de las seis casas que formaban el núcleo principal del caserío; recogió el pan, varias noticias, algo del temor esparcido por la comarca, y se puso en camino antes de que anocheciera.

"De pronto, bordeando un seto, creyó ver un huevo sobre la nieve, un huevo muy blanco; inclinose para cerciorarse; no cabía duda; era un huevo. ¿Cómo sé hallaba en tan apartado lugar? ¿Qué gallina salió de su corral para ponerlo allí? El herrero, absorto, no se lo explicaba, pero cogió el huevo para llevárselo a su mujer.

"-Toma este huevo que encontré en el camino.

"La mujer bajó la cabeza, recelosa:

"-¿Un huevo en el camino con el tiempo que hace? ¿No te has emborrachado?

"-No, mujer, no; te aseguro que no he bebido. Y el huevo estaba junto a un seto, caliente aún. Ahí lo tienes; me lo metí en el pecho para que no se enfriase. Cómetelo esta noche.

"Lo echaron en la cazuela donde se hacía la sopa, y el herrero comenzó a referir lo que se decía en la comarca.

"La mujer escuchaba, palideciendo.

"-Es cierto; yo también oí silbidos la pasada noche, y entraban por la chimenea.

"Sentáronse y tomaron la sopa; luego, mientras el marido untaba un pedazo de pan con manteca, la mujer cogió el huevo, examinándolo con desconfianza.

"-¿Y si tuviese algún maleficio?

"-¿Qué maleficio puede tener?

"-¡Toma! ¡Si yo supiera!

"-¡Vaya! Cómetelo y no digas bestialidades.

"La mujer abrió el huevo; era como todos, y se dispuso a tomárselo con prevención, cogiéndolo, dejándolo, volviendo a cogerlo. El hombre decía:

"-¿Qué haces? ¿No te gusta? ¿No es bueno?

"Ella, sin responder, acabó de tragárselo. Y de pronto fijó en su marido los ojos, feroces, inquietos, levantó los brazos y, convulsa de pies a cabeza, cayó al suelo, retorciéndose, dando gritos horribles.

"Toda la noche tuvo convulsiones violentas y un temblor espantoso la sacudía, la transformaba. El herrero, falto de fuerza para contenerla, tuvo que atarla.

"Y la mujer, sin reposo, vociferaba:

"-¡Se me ha metido en el cuerpo! ¡Se me ha metido en el cuerpo!

"Por la mañana me avisaron. Apliqué todos los calmantes conocidos; ninguno me dio resultado. Estaba loca.

"Y, con una increíble rapidez, a pesar del obstáculo que ofrecían a las comunicaciones las altas nieves heladas, la noticia corrió de finca en finca: 'La mujer de la fragua tiene los diablos en el cuerpo.'

"Acudían los curiosos de todas partes; pero sin atreverse a entrar en la casa, oían desde fuera los horribles gritos, lanzados por una voz tan potente que no parecían propios de un ser humano.

"Advirtieron al cura. Era un viejo incauto. Acudió con sobrepelliz, como si se tratara de auxiliar a un moribundo, y pronunció las fórmulas del exorcismo, extendiendo las manos, rociando con el hisopo a la mujer, que se retorcía soltando espumarajos, mal sujeta por cuatro mocetones.

"Los diablos no quisieron salir.

"Y llegaba la Nochebuena, sin mejorar el tiempo.

"La víspera, por la mañana, el cura fue a visitarme:

"-Deseo -me dijo- que asista la infeliz a la misa de gallo. Tal vez Nuestro Señor Jesucristo la salve, a la hora en que nació de una mujer.

"Yo respondí:

"-Me parece bien, señor cura. Es posible que se impresione con la ceremonia, muy a propósito para conmover, y que sin otra medicina pueda salvarse.

"El viejo cura insinuó:

"-Usted es un incrédulo, doctor, y, sin embargo, confío mucho en su ayuda. ¿Quiere usted encargarse de que la lleven a la iglesia?

"Prometí hacer para servirle cuanto estuviese a mi alcance.

"De noche comenzó a repicar la campana, lanzando sus quejumbrosas vibraciones a través de la sombría llanura, sobre la superficie tersa y blanca de la nieve.

"Bultos negros llegaban agrupados lentamente, sumisos a la voz de bronce del campanario. La luna llena iluminaba con su tibia claridad todo el horizonte, haciendo más notoria la pálida desolación de los campos.

"Fui a la fragua con cuatro mocetones robustos.

"La endemoniada seguía rugiendo y aullando, sujeta con sogas a la cama. La vistieron, venciendo con dificultad su resistencia, y la llevaron.

"A pesar de hallarse ya la iglesia llena de gente y encendidas todas las luces, hacía frío; los cantores aturdían con sus voces monótonas; roncaba el serpentón; la campanilla del monaguillo advertía con su agudo tintineo a los devotos los cambios de postura.

"Detuve a la mujer y a sus cuatro portadores en la cocina de la casa parroquial, aguardando el instante oportuno. Juzgué que éste sería el que sigue a la comunión.

"Todos los campesinos, hombres y mujeres, habían comulgado pidiendo a Dios que los perdonase. Un silencio profundo invadía la iglesia, mientras el cura terminaba el misterio divino.

"Obedeciéndome, los cuatro mozos abrieron la puerta y acercáronse a la endemoniada.

"Cuando ella vio a los fieles de rodillas, las luces y el tabernáculo resplandeciente, hizo esfuerzos tan vigorosos para soltarse que a duras penas conseguimos retenerla; sus agudos clamores trocaron de pronto en dolorosa inquietud la tranquilidad y el recogimiento de la muchedumbre; algunos huyeron.

"Crispada, retorcida, con las facciones descompuestas y los ojos encendidos, apenas parecía una mujer.

"La llevaron a las gradas del presbiterio, sosteniéndola fuertemente, agazapada.

"Cuando el cura la vio allí, sujeta, se acercó cogiendo la custodia, entre cuyas irradiaciones de oro aparecía una hostia blanca, y alzando por encima de su cabeza la sagrada forma, la presentó con toda solemnidad a la vista de la endemoniada.

"La mujer seguía vociferando y aullando, con los ojos fijos en aquel objeto brillante; y el cura estaba inquieto, inmóvil, hasta el punto de parecer una estatua.

"La mujer mostrábase temerosa, fascinada, contemplando fijamente la custodia; presa de terribles angustias, vociferaba todavía; pero sus voces eran menos desgarradoras.

"Aquello duró bastante.

"Hubiérase dicho que su voluntad era impotente para separar la vista de la hostia; gemía, sollozaba; su cuerpo, abatido, perdía la rigidez, recobraba su blandura.

"La muchedumbre se había prosternado con la frente en el suelo; y la endemoniada, parpadeando, como si no pudiera resistir la presencia de Dios ni sustraerse a contemplarlo, callaba. Luego advertí que se habían cerrado sus ojos definitivamente.

"Dormía el sueño del sonámbulo, hipnotizada..., ¡no, no!, vencida por la contemplación de las fulgurantes irradiaciones de la custodia de oro; humillada por Cristo Nuestro Señor triunfante.

"Se la llevaron, inerte, y el cura volvió al altar.

"La muchedumbre, desconcertada, entonó un tedeum.

"Y la mujer del herrero durmió cuarenta y ocho horas seguidas. Al despertar, no conservaba ni la más insignificante memoria de la posesión ni del exorcismo.

"Ahí tienen, señoras, el milagro que yo presencié.

Hubo un corto silencio y, luego, añadió:

-No pude negarme a dar mi testimonio por escrito.

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El premio gordo (Vicente Blasco Ibáñez)

21. El premio gordo (Vicente Blasco Ibáñez)

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* Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________ Jacinto apuró el último sorbo de café que contenía la taza, chupó furiosamente su cigarro, y luego púsose a contarme la siguiente historia: I Conviértete en Dios y dale a un hombre todo el talento y la fortuna... Ver mas
* Pinchar el enlace en letras rojas para ver la narración completa_________

Jacinto apuró el último sorbo de café que contenía la taza, chupó furiosamente su cigarro, y luego púsose a contarme la siguiente historia:

I

Conviértete en Dios y dale a un hombre todo el talento y la fortuna posibles en este mundo.

De seguro que se alegrará mucho; pero la tal alegría no será ni un trasunto pálido de lo que sentiría si por Navidad le cayesen en bolsillo 50.000 duros envueltos en un billete de lotería.

Es preciso haber experimentado tal sorpresa para comprender el gozo que uno siente al encontrarse de pronto con un millón y pasar de la categoría de perdido a la de millonario, aunque nada más sea en singular.

¡Ay, amigo mío! Yo me estremezco todavía cuando recuerdo lo que experimenté al ver que era poseedor de una parte decimal del premio gordo.

Aquello significaba tanto para mí como para el náufrago que, montado en un madero, distingue entre las brumas la cercana costa.

Después de la abstinencia, la hartura.

Luego de los frecuentes ratos de melancolía, la alegre existencia del hombre que, siendo joven, tiene mucho dinero.

Aquel billete premiado ostentaba para mí, escrito en caracteres visibles, un nuevo método de vida.

Abandono completo de la mísera casa de huéspedes, con su catre desvencijado y sus comidas sucias y estrambóticas.

Renuncia de la vida aventurera y bohemia. Abstención de dar sablazos a nadie. Y, sobre todo, casarme con mi Gabriela, con aquel ángel de luz a quien debía el ser poseedor de la tal cantidad.

Ella me había sugerido la idea de comprar el décimo ahora premiado y a sus muchos rosarios rezados por la noche en la cama, a hurtadillas de la mamá, debía sin duda los favores de la fortuna, tan pródiga para conmigo.

Ni un solo instante se me ocurrió el olvidarla al encontrarme millonario.

"Amigo mío -me dije-: Gabriela es una pobre chica que te ha querido siendo tú un muchacho de vida poco ejemplar. Nada más justo que darle tu mano ahora que eres rico y puedes hacer su felicidad".

Y fui corriendo a casa de mi novia para participarle la noticia.

Hubo lo que era de esperar al conocerla junto con mi demanda matrimonial.

Desmayo de la niña, lágrimas de la mamá, abrazos del padre, y después sonrisas cariñosas de todos, y en especial de Gabriela.

¡Pobre chica! En toda su vida gozó tanta felicidad como en aquel instante. Yo tampoco creo haberme encontrado nunca tan alegre, y...
Vamos, me falta poco para llorar cuando recuerdo aquel momento.

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Un año nuevo (Pancho Aquino)

22. Un año nuevo (Pancho Aquino)

Dicen que cuando se acerca fin de año los ángeles curiosos se sientan al borde de las nubes a escuchar los pedidos que llegan desde la tierra. - ¿Qué hay de nuevo? -pregunta un ángel pelirrojo, recién llegado. Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad...- contesta el ángel más viejo. Y... Ver mas
Dicen que cuando se acerca fin de año los ángeles curiosos se sientan al borde de las nubes a escuchar los pedidos que llegan desde la tierra.

- ¿Qué hay de nuevo? -pregunta un ángel pelirrojo, recién llegado.
Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad...- contesta el ángel más viejo.

Y bueno, todas esas son cosas muy importantes.

Lo que pasa es que hace siglos que estoy escuchando los mismos pedidos y aunque el tiempo pasa los hombres no parecen comprender que esas cosas nunca van a llegar desde el cielo, como un regalo.

¿Y qué podríamos hacer para ayudarlos? - Dice el más joven y entusiasta de los ángeles.
¿Te animarías a bajar con un mensaje y susurrarlo al oído de los que quieran escucharlo? - pregunta el anciano.

Tras una larga conversación se pusieron de acuerdo y el ángel pelirrojo se deslizó a la tierra convertido en susurro y trabajó duramente mañana, tarde y noche, hasta 1os últimos minutos del último día del año.

Ya casi se escuchaban las doce campanadas y el ángel viejo esperaba ansioso la llegada de una plegaria renovada. Entonces, luminosa y clara, pudo oír la palabra de un hombre que decía:
"Un nuevo año comienza. Entonces, en este mismo instante, empecemos a recrear un mundo distinto, un mundo mejor:
sin violencia, sin armas, sin fronteras, con amor, con dignidad; con menos policías y más maestros, con menos cárceles y más escuelas, con menos ricos y menos pobres.

Unamos nuestras manos y formemos una cadena humana de niños, jóvenes y viejos, hasta sentir que un calor va pasando de un cuerpo a otro, el calor del amor, el calor que tanta falta nos hace.

Si queremos, podemos conseguirlo, y si no lo hacemos estamos perdidos, porque nadie más que nosotros podrá construir nuestra propia felicidad".

Desde el borde de una nube, allá en el cielo, dos ángeles cómplices sonreían satisfechos.

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El cuento de Navidad de Auggie Wren (Paul Auster)

23. El cuento de Navidad de Auggie Wren (Paul Auster)

Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente... Ver mas
Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

“Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

“—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

“Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

“—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

“Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

“Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

“—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.

“No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

“No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

“Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

“—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

“Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haver mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

“Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

“No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.

—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.

—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

—Probablemente había muerto.

—Sí, probablemente.

—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.

—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.

—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

—Todo por el arte, ¿eh, Paul?

—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

—Sí —dije—. Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.

—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

—Supongo que estoy en deuda contigo.

—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

—Excepto el almuerzo.

—Eso es. Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

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Los Ángeles de nuestra Montaña (Kees Vanderheyden)

24. Los Ángeles de nuestra Montaña (Kees Vanderheyden)

Historia del Monte Saint-Hilaire, Quebec, Canadá (Kees Vanderheyden) Traducción del francés: Mirta Beatriz Moure. Un día, un pequeño ángel de abeto de Navidad se extravió en la montaña de Saint-Hilaire. Su historia tuvo un final tan maravilloso como merece ser relatado en la época de las... Ver mas
Historia del Monte Saint-Hilaire, Quebec, Canadá (Kees Vanderheyden)
Traducción del francés: Mirta Beatriz Moure.

Un día, un pequeño ángel de abeto de Navidad se extravió en la montaña de Saint-Hilaire. Su historia tuvo un final tan maravilloso como merece ser relatado en la época de las Fiestas.

El ángel había sido olvidado sobre una roca gruesa cerca del lago Hertel, algunos días después de Navidad, por la pequeña Emilia, que había ayudado a su mamá a deshacer el árbol de Navidad. Ella encontraba al ángel, al que llamaba Angelito, muy hermoso con sus pequeñas alas transparentes, su vestido plateado, sus rizos colorados de trigo y sus ojos azul cielo. Emilia estaba inconsolable por la pérdida de su Angelito y también con la pena que ella creía que tendría su mamá. Por desgracia, la nieve pronto había cubierto al pequeño ángel, cuyas alas se habían hecho de hielo. Pero Angelito afortunadamente no tenía frío, porque los ángeles jamás tienen frío. Igual que los ángeles que vestían los abetos de Navidad.

Durante el sueño largo del invierno el ángel soñaba con tristeza con el bello abeto de Navidad. Había tenido el sitio de elección, arriba en la cumbre del árbol. El abeto estaba inmerso en el pedazo de mil pequeñas luces y fue mecido por la música dulce de las Fiestas. ¿Acaso este tiempo maravilloso volvería un día?

El sol caliente de la primavera que hace renacer las flores y las plantas había hecho, además, un pequeño milagro. Había deshelado no sólo las alas del ángel sino también insuflarle una brizna de vida. Angelito había podido despegar con las aves de la primavera.

Qué felicidad para un ángel que siempre había sido atado en la cumbre de un abeto o escondido en una caja de cartón. Luego, cual sorpresa al descubrir que sobre la montaña había unos pinos y abetos mucho más bellos y más altos que el del salón de Emilia.

Angelito se instalaba por turno sobre los abetos gigantes. Entonces el pequeño ángel tuvo una idea audaz que hizo saltar su corazón de algodón. ¿Por qué no organizar una fiesta de Navidad aquí sobre la montaña con los bellos abetos que crecían por todas partes?

Pero la montaña era bastante más grande que el salón de Emilia. Pues, había que encontrar a otros ángeles para instalarse sobre todos los abetos y los pinos. Entonces Angelito comenzó su reclutamiento en las ciudades y el pueblo alrededor del Monte Saint-Hilaire. Consiguió visitar centenas de graneros y llamar a innumerables ángeles que se encontraban encerrados en las cajas de decoraciones de Navidad.

Los ángeles de todo tamaño y de todo color quedaron encantados de dejar sus escondites para ir a la montaña a preparar una gran fiesta de Navidad. Ellos y ellas, todos, encontraron un bello pino y un abeto de donde se veía la montaña con sus cumbres y el gran espejo del lago. Los árboles estaban orgullosos de tener visitadores alados tan elegantes y las aves al principio se pusieron un poco envidiosas. Pero los ángeles eran discretos y no desarreglaban los nidos de las aves.

Pero, los arces y las hayas estaban tristes. No tenían ángeles para decorar sus cumbres.
"¿Por qué nosotros siempre somos olvidados durante tiempo de las fiestas? Son siempre los mismos, los abetos y los pinos, que se hacen decorar y admirar. ¡Esto no es justo! "

Los ángeles, que tienen la tarea de llevar felicidad a los vivientes y velar para que todos ellos sean tratados justamente, se consultaron.
" ¿Cómo podemos incluir los arces y las hayas en la gran fiesta de Navidad? "

Esto no era fácil, porque los ángeles no podían instalarse sobre las pequeñas ramas de las cimas a riesgo de caerse. Los abetos y los pinos tenían cumbres puntiagudas. Era muy práctico.

Entonces el ángel de Emilia tuvo una idea luminosa.
"Mis amigos, hay también estrellas de Navidad. Pueden instalarse dondequiera en los árboles ".

La idea no era tonta. Entonces el ejército de los ángeles de abetos decidió regresar a los graneros de la región para despertar allí a las estrellas que también habían embellecido los árboles de Navidad. Fue un éxito monstruoso. Los ángeles desalojaron un nubarrón de estrellas que orgullosamente se instalaron en los arces y las hayas.

Cuando ángeles y estrellas se practicaban para ver el efecto, las cimas de los árboles de la montaña parecían cubiertos de una pequeña nieve chispeante. Era maravilloso y todo el mundo era feliz o casi. Los ángeles y las estrellas que habían vivido con felicidad en numerosas Navidades en los hogares de la región, encontraban que faltaba algo importante: la música. ¿Dónde ir a buscar la música?

Las aves estaban bien dispuestas a cantar, pero la inmensa mayoría, acostumbradas a pasar el invierno en el sur, no tenían ganas de pasar el invierno sobre la montaña para darle el gusto a los ángeles.

Entonces el viento, que visita la montaña en toda temporada, se ofreció para hacer su parte y para soplar en las ramas, unas veces despacio, y otras mucho más fuerte para hacer un género de pequeña música. Los pájaros Paros y los Azabaches Monos que se quedan sobre la montaña en invierno, ofrecieron prestar sus voces. En la práctica, el efecto no era muy impresionante. Afortunadamente el viento, gran viajero, sabía que había lugares donde las familias acudían a encontrar la verdadera música de Navidad: los estacionamientos de los centros de compras. Traerían los aires de las Fiestas para completar la gran celebración.

"¡Oh, qué desgracia, exclamó el ángel de Emilia, no hay regalos bajo los árboles! No hay verdadera Navidad sin regalos para todo el mundo ".

Los ángeles, las estrellas y el viento se miraron.
" Es un problema serio. ¡Sin regalos no hay fiesta! ".

Pues habían olvidado a los que vivían en el bosque: los zorros, las musarañas, los ratoncillos-lavadores, las ardillas y las liebres que habían seguido sin embargo los preparativos con gran interés. Las ardillas pues subieron hacia las cimas para ofrecer los servicios de los animales de la tierra. "Estaríamos felices de hacer nuestra parte. Podemos ir por bellas rocas y gallinas, que se pondrán al pie de los árboles ". Los ángeles aplaudieron y todo prácticamente estaba listo para la fiesta.

Quedaba justo esperar la llegada de Navidad dentro de algunas semanas. Dieron la cita para finales de la semana antes de Navidad, porque los ángeles y las estrellas querían luego regresar a los hogares, cuestión de no decepcionar a la gente que les necesitaba para decorar sus abetos.

A primera hora de la noche, el sábado antes de Navidad, la montaña fue cubierta de un bello abrigo de nieve. Los ángeles se posaron sobre las cumbres de los abetos y de los pinos, las estrellas se instalaron en los arces y las hayas, las rocas y las gallinas decoraban la nieve alrededor de los árboles y el viento traía la música de Navidad. Este espectáculo era impresionante, más bello que las decoraciones de los salones más bellos de la región.

Los ángeles agitaban sus alas plateadas, las estrellas vibraban para reflejar la luz de la luna, los Paros y los Azabaches hacían su pequeño concierto y las ardillas arreglaban las rocas y las gallinas. Todo el mundo trabajaba mucho, muy fuerte para hacer brotar el espíritu y la alegría de Navidad. Pero a pesar de los esfuerzos y la buena voluntad, el corazón no estaba allí.

Los ángeles eran los primeros en darse cuenta de eso.
"¿Qué es lo que falta pues? Tenemos millares de ángeles y de estrellas, la música, regalos y olemos que el espíritu de Navidad no está en la cita."

La montaña se volvió silenciosa. Las alas de los ángeles dejaron de temblar, las estrellas se volvieron muy tranquilas, el viento cayó y los animales estaban tristes. La bella fiesta no se efectuaba, a pesar de todos los esfuerzos. Pronto ángeles y estrellas iban a regresar a los hogares.

Entonces llegó el milagro. Cerca del lago empezaron a llegar cientos de personas. Encendieron fuegos. Una coral se instaló cerca del pequeño chalet al borde del lago, se alumbró de una corona de antorchas, y comenzó a cantar cánticos y aires de Navidad. Cada vez llegaba más gente. Parientes con niños, pares de enamorados, hijos mayores. Ellos, todos habían dejado sus hogares para encontrarse con gente de todas partes. Sus pequeñas familias estaban haciendo una gran familia. Fueron bien arropados para protegerse del frío. Se sentaban alrededor de los fuegos y bebían chocolate caliente.

Una pequeña Navidad estaba formándose... una gran Navidad maravillosa.

Allí los ángeles y las estrellas sintieron un calor que los invadía, el calor del espíritu de Navidad, el espíritu que reparte amistad. Sus alas se echaron de nuevo a temblar, las estrellas chispeaban, el viento añadía su música a la de la coral, los animales tenían pequeños ojos brillantes. Si los pequeños ángeles de los abetos hubieran podido cantar se habrían agregado a la coral desde lo alto de las cimas.

El pequeño milagro de Navidad era tan fuerte como los visitadores comprimidos delante de la coral y delante de los fuegos, sentían a su torre un calor que no habían sentido haciendo sus compras o decorando sus abetos. Los niños fueron los primeros en observar que había mariposas raras y blancas decorando las cumbres de los pinos, de los abetos y las estrellas brillaban muy alto en los arces.

Emilia, que buscaba siempre a su querido Angelito, miraba también las cumbres.
"Mamá, mamá. Mira allá arriba. ¡¡Es Angelito!!".
Se echó a gritar:
"¡Angelito! ¡Ven, ven!".

Angelito no podía dejar a sus amigos hizo pequeñas ondulaciones con sus alas para tranquilizarla. Sabía por otra parte que estaría pronto de regreso al hogar, como otros.

¡Qué fiesta de Navidad!

Lo más extraordinario era que, sobre la tierra y en las cimas, los corazones latían mucho, los ojos brillaban de alegría y se agregaban energías secretas.

Emilia que pensaba que había olvidado su pequeño ángel lo observó sobre el abeto en la montaña, y vio como había transformado la montaña en un lugar de fiesta para los hombres, las mujeres, los niños, los ángeles, las estrellas, el viento y los animales.

"En lugar de cantar Los ángeles en nuestras campiñas, esta tarde podríamos cantar Los ángeles en nuestra montaña ".

Después de la fiesta sobre la montaña, los pequeños ángeles de algodón y las estrellas de chapa se apresuraron a regresar a las casas que habían dejado para aprovechar con su presencia la continuidad de la alegría. Iban a difundir el espíritu que reparte amistad que había reinado sobre la montaña de Saint-Hilaire en esta tarde maravillosa algunos días antes de Navidad.

Los abetos, los pinos, los arces y las hayas esperan ver de nuevo cada año a sus visitadores maravillosos y el viento está dispuesto a buscar la más bella música.

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La Nochebuena del carpintero (Emilia Pardo Bazán)

25. La Nochebuena del carpintero (Emilia Pardo Bazán)

Emilia Pardo Bazán, mujer autodidacta, cosmopolita y políglota en la España de mediados del siglo XIX............ José volvió a su casa al anochecer. Su corazón estaba triste: nevaba en él, como empezaba a nevar sobre tejados y calles, sobre los árboles de los paseos y las graníticas... Ver mas
Emilia Pardo Bazán, mujer autodidacta, cosmopolita y políglota en la España de mediados del siglo XIX............


José volvió a su casa al anochecer. Su corazón estaba triste: nevaba en él, como empezaba a nevar sobre tejados y calles, sobre los árboles de los paseos y las graníticas estatuas de los reyes españoles, erguidas en la plaza. Blancos copos de fúnebre dolor caían pausadamente en el alma del carpintero sin trabajo, que regresaba a su hogar y no podía traer a él luz, abrigo, cena, esperanzas.

Al emprender la subida de la escalera, al llegar cerca de su mansión, se sintió tan descorazonado, que se dejó caer en un peldaño con ánimo de pasar allí lo que faltaba de la alegre noche. Era la escalera glacial y angosta de una casa de vecindad, en cuyos entresuelos, principales y segundos vivía gente acomodada, mientras en los terceros o cuartos, buhardillas y buhardillones, se albergaban artesanos y menesterosos. Un mechero de gas alumbraba los tramos hasta la altura de los segundos; desde allí arriba la oscuridad se condensaba, el ambiente se hacía negro y era fétido como el que exhala la boca de un sucio pozo. Nunca el aspecto desolador de la escalera y sus rellanos había impresionado así a José. Por primera vez retrocedía, temeroso de llamar a su propia puerta. ¡Para las buenas noticias que llevaba!

Altas las rodillas, afincados en ellas los codos, fijos en el rostro los crispados puños, tiritando, el carpintero repasó los temas de su desesperación y removió el sedimento amargo de su ira contra todo y contra todos. ¡Perra condición, centellas, la del que vive de su sudor! En verano, cebolla, porque hace un bochorno que abrasa, y los pudientes se marchan a bañarse y a tomar el fresco. En Navidad, cebolla, porque nadie quiere meterse en obras con frío y porque todo el dinero es poco para leña de encina y abrigos de pieles. Y qué, ¿el carpintero no come en la canícula, no necesita carbón y mineral cuando hiela? El patrón del taller le había dicho meneando la cabeza: «¿Qué quieres hijo? Yo no puedo sacar rizos donde no hay pelo... Ni para Dios sale un encargo... Ya sabes que antes de soltarte a ti, he «soltao» a otros tres... Pero no voy a soltar a mis sobrinos, los hijos de mi hermana..., ¿estamos? Ya me quedo con ellos solos... Búscate tú por ahí la vida... A ingeniarse se ha dicho...» ¡A ingeniarse! ¿Y cómo se ingenia el que sólo sabe labrar madera, y no encuentra quien le pida esa clase de obra?

Un mes llevaba José sin trabajar. ¡Qué jornadas tan penosas las que pasaba en recorrer Madrid buscando ocupación! De aquí le despedían con frases de conmiseración y vagas promesas; de allá, con secas y duras palabras, hasta con marcada ironía... «¡Trabajo! Este año para nadie lo hay...», respondían los maestros, coléricos, malhumorados o abatidos. De todas partes brotaba el mismo clamor de escasez y de angustia; doquiera se lloraban los mismos males: guerra, ruina, enfermedades, disturbios, catástrofes, miedo, encogimiento de bolsillos... Y José iba de puerta en puerta, mendigando trabajo como mendigaría limosna, para regresar a la noche, de semblante hosco y ceño fruncido, y contestar a la interrogación siempre igual de su mujer con un movimiento de hombros siempre idéntico, que significaba claramente: «No, todavía no.»

La mala racha los cogía sangrados, después de larga enfermedad: una tifoidea de la chica mayor, Felisa, convaleciente aún y necesitada de alimento sustancioso; después de la adquisición de una cómoda y dos colchones de lana, que tomaron el camino de la casa de empeños a escape; después de haber pagado de un golpe el trimestre atrasado de la vivienda y oído de boca del administrador que no se les permitiría atrasarse otra vez, y al primer descuido se los pondría de patitas en la calle con sus trastos... En ocasión tal, un mes de holganza era el hambre enseguida, el ahogo para el resto del venidero año. ¡Y el hambre en una familia numerosa! Nadie se figura el tormento del que tiene la obligación de traer en el pico la pitanza al nido de sus amores, y se ve precisado de volver a él con el pico vacío, las plumas mojadas, las alas caídas... Cada vez que José llamaba y se metía buhardilla adentro, el frío de los desnudos baldosines, la nieve de la apagada cocina, se le apoderaban del espíritu con fuerza mayor; porque el invierno es un terrible aliado del hambre, y con el estómago desmantelado muerde mil veces más riguroso el soplo del cierzo que entra por las rendijas y trae en sus alas la voz rabiosa de los gatos...

Cavilaba José. No, no era posible que él pasase aquel umbral sin llevar a los que le aguardaban dentro, famélicos y transidos, ya que no las dulzuras y regalos propios de la noche de Navidad, por lo menos algo que desanublase sus ojos y reconfortase su espíritu. Permanecía así en uno de esos estados de indecisión horrible que constituyen verdaderas crisis del alma, en las cuales zozobran ideas y sentimientos arraigados por la costumbre, por la tradición. Honrado era José, y a ningún propósito criminal daba acogida, ni aun en aquel instante de prueba; las manos se le caerían antes que extenderlas a la ajena propiedad; pero esta honradez tenía algo de instintivo, y lo que se le turbaba y confundía a José era la conciencia, en pugna entonces con el instinto natural de la hombría de bien, y casi reprobándolo. Él no robaría jamás, eso no...; pero vamos a ver: los que roban en casos análogos al suyo, ¿son tan culpables como parece? A él no le daba la gana de abochornarse, de arrostrar el feo nombre de ladrón; unas horas de cárcel le costarían la vida; moriría del berrinche, de la afrenta; bueno: ésas eran cosas suyas, repulgos de su dignidad, que un carpintero puede tener también: mas los que no padeciesen de tales escrúpulos y cometiesen una barbaridad, no por sostener vicios, por mantener a la mujer y a los pequeños..., ¿quién sabe si tenían razón? ¿Quién sabe si eran mejores maridos, mejores padres? Él no daba a los suyos más que necesidad y lágrimas...

Gimió, se clavó los dedos en el pelo y, estúpido de amargura, miró hacia abajo, hacia la parte iluminada de la escalera. Por allí mucho movimiento, mucho abrir de puertas, mucho subir y bajar de criados y dependientes llevando paquetes, cartitas, bandejas; los últimos preparativos de la cena: el turrón que viene de la turronería; el bizcochón que remite el confitero; el obsequio del amigo, que se asocia al júbilo de la familia con las seis botellas de jerez dulce y las rojas granadas. Una puerta sola, la de la anciana viuda y devota, doña Amparo, que no se había abierto ni una vez; de pronto se oyó estrépito, una turba de chiquillos se colgó de la campanilla; eran los sobrinos de la señora, su único amor, su debilidad, su mimo... Entraron como bandada de pájaros en un panteón; la casa, hasta entonces muda, se llenó de rumores, de carreras, de risas. Un momento después, la criada, viejecita, tan beata como su ama, salía al descanso y gritaba en cascada voz:

-¡Eh, señor José! ¿Está por ahí el señor José? Baje, que le quiero dar un recado...

En los momentos de desesperación, cualquier eco de la vida nos parece un auxilio, un consuelo. El que cierra las ventanas para encender un hornillo de carbón y asfixiarse, oye con enternecimiento los ruidos de la calle, los ecos de una murga, el ladrido del perro vagabundo... José se estremeció, se levantó y, ronco de emoción, contestó bajando a saltos:

-¡Allá voy, allá voy, señora Baltasara!...

-Entre... -murmuró la vieja-. Si está desocupado, nos va a armar el Nacimiento, porque han «venío» los chicos, y mi ama, como está con ellos que se le cae la baba pura...

-Voy por la herramienta -contestó el carpintero, pálido de alegría.

-No hace falta... Martillo y tenazas hay aquí, y clavos quedaron del año «pasao»; como yo lo guardo todo, bien apañaditos los guardé...

José entró en el piso invadido por los chiquillos y en el aposento donde yacían desparramadas las figuras del Belén y las tablas del armadijo en que habían de descansar. Entre la algazara empezó el carpintero a disponer su labor. ¡Con qué gozo esgrimía el martillo, escogía la punta, la hincaba en la madera, la remachaba! ¡Qué renovación de su ser, qué bríos y qué fuerzas morales le entraban al empuñar, después de tanto tiempo, los útiles del trabajo! Pedazo a pedazo y tabla tras tabla iba sentando y ajustando las piezas de la plataforma en que el Belén debía lucir sus torrecillas de cartón pintado, sus praderas de musgo, sus figuras de barro toscas e ingenuas. Los niños seguían con interés la obra del carpintero; no perdían martillazo; preguntaban; daban parecer y coreaban con palmadas y chillidos cada adelanto del armatoste. La señora, entre tanto, colgaba en la pared algunas agrupaciones de bronce y vidrio para colocar en ellas bujías. Los criados iban y venían, atareados y contentos. Fuera nevaba; pero nadie se acordaba de eso; la nieve, que aumenta los padecimientos de la miseria, también aumenta la grata sensación del bienestar íntimo del hogar abrigado y dulce. Y José asentaba, clavaba la madera, hasta terminar su obra rápidamente, en una especie de transporte, reacción del abatimiento que momentos antes le ponía al borde de la desesperación total...

Cuando el tablado estuvo enteramente listo y José hubo dado alrededor de él esa última vuelta del artífice que repasa la labor, doña Amparo, muy acabadita y asmática, le hizo seña de que la siguiese, y le llevó a su gabinete, donde le dejó solo un momento. Los ojos de José se fijaron involuntariamente en los muebles y decorado de aquella habitación ni lujosa ni mezquina, y, sobre todo, le atrajo desde el primer momento una imagen que campeaba sobre la consola, alumbrada por una lamparilla de fino cristal. Era un San José de talla, escultura moderna, sin mérito, aunque no desprovista de cierto sentimiento; y el santo, en vez de hallarse representado con el Niño en brazos o de la mano, según suele, estaba al pie de un banco de carpintero, manejando la azuela y enseñando al Jesusín, atento y sonriente, la ley del trabajo, la suprema ley del mundo. José se quedó absorto. Creía que la imagen le hablaba; creía que pronunciaba frases de consuelo y de cariño infinito, frases no oídas jamás. Cuando la señora volvió y le deslizó dos duros en la mano, el carpintero, en vez de dar las gracias, miró primero a su bienhechora y después a la imagen; y a la elocuencia muda de sus ojos respondió la de los ojos de la viejecita, que leyó como un libro en el alma de aquel desventurado, deshecho física y moralmente por un mes de ansiedad y amargura sin nombre. Y doña Amparo, muy acostumbrada a socorrer pobres, sintió como un golpe en el corazón; la necesidad que iba a buscar fuera de casa, visitando zaquizamíes, la tenía allí, a dos pasos, callada y vergonzante, pero urgente y completa. Alzó los ojos de nuevo hacia la efigie del laborioso patriarca y, bondadosamente, tosiqueando, dijo al carpintero:

-Ahora subirán de aquí cena a su casa de usted, para que celebren la Navidad.

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