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LOS HERMANOS GRIMM, CON GRABADOS DE DAVID HOCKNEY

LOS HERMANOS GRIMM, CON GRABADOS DE DAVID HOCKNEY

  • Lista creada por VASQUITO.
  • Publicada el 25.04.2013 a las 04:40h.
  • Clasificada en la categoría Cultura.
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200 AÑOS DE LA PRIEMR PUBLICACION DE LOS CUENTOS DE LOS HERMANOS GRIMM, QUE EN REALIDAD LA MAYORIA ERAN CUENTOS POPULARES QUE ELLOS ESCUCHARON DE LABIOS DE LA SEÑORA CATHERINA VIEHMANN.
JACOB Y WIEHELM, RECOPILARON MAS DE 200 CUENTOS DEL FOLKLORE ALEMAN, MUY MORALIZANTES TODOS ELLOS, CON COCINERAS QUE ADORABAN UN JAMON DE NIÑO, BRUJAS QUEMADAS VIVAS, MADRES QUE CAMBIAN A SUS BEBES POR VEGETALES, EN FIN, LOS CUENTOS QUE TODO NIÑO QUIERE ESCUCHAR ANTES DE IR A DORMIR. BUENO, AL MENOS LUEGO DE QUE LA VARITA MAGICA DE W DISNEY AGREGARA AZUCAR A LOS RELATOS, LAS MADRES SE TRANSFORMARON EN MADRASTRAS MALAS, LAS MADRES ERAN SUPER PRENDADAS DE SUS CRIOS, ETC, ETC,ESA PARTE LA CONOCEMOS TODOS.

DAVID HOCKNEY (REINO UNIDO, 1937), SE CENTRO EN LOS RELATOS MENOS POPULARES, SALVO RAPUNZEL, LOS OTROS MUY POCAS VECES FUERON ILUSTRADOS.
LAS IMAGENES SON MUY DESPOJAAS Y DURAS, DESAGRADABLES, COMO LOS CUENTOS ORIGINALES POSIBLEMENTE
ESTOS TRABAJOS LOS REALIZO EN LOS FINES DE LOS AÑOS 60, CULMINO 80 IMAGENES DE LAS CUALES SE CONOCEN SOLO 39, LAS TECNICAS EMPLEADAS COMBINAN LA PUNTA SECA, EL AGUAFUERTE Y EL AGUATINTA, PERO COMO SOLO UN MAESTRO DEL GRABADO LO PUEDE COMBINAR.

LA MUESTRA, ENTRE OTRAS CIUDADES SE PRESENTO EN MADRID, EN LA FUNDACION CANAL

FUENTES: VARIAS
TEXTOS SACADOS DE LOS PDF, DE FUNDACION CANAL
LISTAS 20M

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LA LIEBRE DE MAR

1. LA LIEBRE DE MAR

La liebre de mar 2 Érase una vez una princesa que tenía en el piso más alto de su palacio un salón con doce ventanas, abiertas a todos los puntos del horizonte, desde las cuales podía ver todos los rincones de su reino. Desde la primera, veía más claramente que las demás personas; desde la... Ver mas
La liebre de mar
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Érase una vez una princesa que tenía en el piso más alto de su palacio un salón con doce ventanas,
abiertas a todos los puntos del horizonte, desde las cuales podía ver todos los rincones de su reino.
Desde la primera, veía más claramente que las demás personas; desde la segunda, mejor todavía,
y así sucesivamente, hasta la duodécima, desde la cual no se le escapaba nada de cuanto había y
sucedía en sus dominios, en la superficie o bajo tierra. Como era en extremo soberbia y no quería
someterse a nadie, sino conservar el poder para sí misma, mandó pregonar que se casaría con el
hombre que fuese capaz de ocultarse de tal manera que ella no pudiese descubrirlo. Pero aquel que
se arriesgase a la prueba y perdiese, sería decapitado, y su cabeza, clavada en un poste. Ante el
palacio se levantaban ya noventa y siete postes, rematados por otras tantas cabezas, y pasó mucho
tiempo sin que aparecieran más pretendientes. La princesa, satisfecha, pensaba: “Permaneceré
libre toda la vida”.
Pero hete aquí que comparecieron tres hermanos dispuestos a probar suerte. El mayor creyó estar
seguro metiéndose en una poza de cal, pero la princesa lo descubrió ya desde la primera ventana,
y ordenó que lo sacaran del escondrijo y lo decapitasen. El segundo se deslizó a las bodegas del
palacio, pero también fue descubierto desde la misma ventana, y su cabeza ocupó el poste número
noventa y nueve. El menor se presentó entonces ante su alteza, y le rogó que le concediese un día
para reflexionar y, además, la gracia de repetir la prueba tres veces; si a la tercera fracasaba, renunciaría
a la vida. Como era muy guapo y lo solicitó con tanto ahínco, la princesa le dijo:
—Bien, te lo concedo; pero no te saldrás con la tuya.
Se pasó el mozo la mayor parte del día siguiente pensando el modo de esconderse, pero fue en
vano. Cogiendo entonces una escopeta, salió de caza, vio un cuervo y le apuntó, y cuando se disponía
a disparar, el animal le gritó:
—¡No dispares, te lo recompensaré!
Bajó el muchacho el arma y se encaminó al borde de un lago, donde le sorprendió un gran pez, que
había subido del fondo a la superficie. Al apuntarle, el pez exclamó:
—¡No dispares, te lo recompensaré!
Le perdono la vida y continuó su camino, hasta que se topó con una zorra, que iba cojeando. Disparó
contra ella, pero erró el tiro, y entonces le dijo el animal:
—Mejor será que me saques la espina de la pata.
Él así lo hizo, aunque con intención de matarla y despellejarla; pero el animal dijo:
—Suéltame y te lo recompensaré.
El joven la puso en libertad y, como ya anochecía, regresó a su casa.
Al día siguiente había de esconderse; pero por mucho que se quebró la cabeza, no halló ningún sitio
para ello. Fue al bosque, al encuentro del cuervo, y le dijo:
—Ayer te perdoné la vida; dime ahora dónde debo esconderme para que la princesa no me descubra.
Bajó el ave la cabeza y estuvo pensando largo rato, hasta que, al fin, graznó:
—¡Ya lo tengo!
Trajo un huevo de su nido, lo partió en dos y metió al mozo dentro; luego volvió a unir las dos mitades
y se sentó encima.
Cuando la princesa se asomó a la primera ventana no pudo descubrirlo, y tampoco desde la segunda;
empezaba ya a preocuparse cuando, al fin, lo vio, desde la undécima. Mandó matar al cuervo de
La liebre de mar
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un tiro y traer el huevo; y, al romperlo, apareció el muchacho:
—Te perdono por esta vez, pero como no lo hagas mejor, estás perdido.
Al día siguiente se fue el mozo al borde del lago y llamando al pez, le dijo:
—Te perdoné la vida; ahora indícame dónde debo ocultarme para que la princesa no me vea.
Reflexionó el pez un rato y, al fin, exclamó:
—¡Ya lo tengo! Te encerraré en mi vientre.
Se lo tragó y bajó a lo más hondo del lago. La hija del rey miró por las ventanas sin lograr descubrirlo
desde las once primeras, con la angustia consiguiente; pero desde la duodécima lo vio. Mandó
pescar al pez y matarlo, y, al abrirlo, salió el joven de su vientre. Resulta fácil imaginar el disgusto
que se llevó. La princesa le dijo:
—Por segunda vez te perdono la vida, pero tu cabeza adornará, irremisiblemente, el poste número
cien.
El último día, el mozo se fue al campo, descorazonado, y se encontró con la zorra.
—Tú que sabes todos los escondrijos —le dijo—, aconséjame, ya que te perdoné la vida, dónde
debo ocultarme para que la princesa no me descubra.
—Es difícil —respondió la zorra poniendo cara de preocupación; pero, al fin, exclamó:
—¡Ya lo tengo!
Se fue con él a una fuente y, sumergiéndose en ella, volvió a salir transformada en comerciante
de ganado. Después hubo de sumergirse, a su vez, el muchacho, reapareciendo transformado en
liebre de mar. El mercader fue a la ciudad, donde exhibió el gracioso animalito, reuniéndose mucha
gente a verlo. Al fin, bajó también la princesa y, prendada de él, lo compró al comerciante por una
buena cantidad de dinero. Antes de entregárselo, dijo el comerciante a la liebre:
—Cuando la princesa vaya a la ventana, escóndete bajo la cola de su vestido.
Al llegar la hora de buscarlo, la joven se asomó a todas las ventanas, una tras otra, sin poder descubrirlo;
y al ver que tampoco desde la duodécima lograba dar con él, le entró tal miedo y furor,
que, a golpes, rompió en mil pedazos los cristales de todas las ventanas, haciendo retumbar todo
el palacio.
Al retirarse y encontrar a la liebre debajo de su cola, la cogió y, arrojándola al suelo, exclamó:
—¡Quítate de mi vista!
El animal se fue al encuentro del mercader y juntos volvieron a la fuente. Se sumergieron de nuevo
en las aguas y recuperaron sus figuras reales. El mozo dio gracias a la zorra, diciéndole:
—El cuervo y el pez son unos aprendices comparados contigo. No cabe duda de que tú eres la más
astuta.
Luego se presentó en palacio, donde la princesa lo aguardaba ya, resignada a su suerte. Se celebró
la boda, y el joven se convirtió en rey y señor de todo el país. Nunca quiso revelarle dónde se había
ocultado la tercera vez ni quién le había ayudado, por lo que ella vivió en la creencia de que todo
había sido fruto de su habilidad, y, por ello, le tuvo siempre en gran respeto, ya que pensaba: “Éste
es más listo que yo”.

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VERDEZUELA -RAPUNZEL-

2. VERDEZUELA -RAPUNZEL-

Verderuela (Rapunzel) 8 Había una vez un hombre y una mujer que vivían solos y desconsolados por no tener hijos. Hasta que llegó un día en que Dios atendió sus ruegos. La casa en la que vivían tenía en la pared trasera una ventanita que daba a un magnífico jardín, en el que crecían... Ver mas
Verderuela (Rapunzel)
8
Había una vez un hombre y una mujer que vivían solos y desconsolados por no tener hijos. Hasta
que llegó un día en que Dios atendió sus ruegos.
La casa en la que vivían tenía en la pared trasera una ventanita que daba a un magnífico jardín, en
el que crecían espléndidas flores y plantas; pero el jardín estaba rodeado de un alto muro y nadie
osaba entrar en él, ya que pertenecía a una bruja muy poderosa y temida por todo el mundo. Un día
la mujer se asomó a aquella ventana a contemplar el jardín, y vio un bancal plantado de hermosísimas
verdezuelas, tan frescas y verdes, que despertaron en ella un tremendo antojo de comerlas.
El antojo fue en aumento cada día que pasaba, y como la mujer lo creía irrealizable, iba perdiendo
el color y adelgazando, a ojos vistas. Viéndola tan desmejorada, le preguntó asustado su marido:
—¿Qué te ocurre, mujer?
—¡Ay! —exclamó ella—, me moriré si no puedo comer las verdezuelas del jardín que hay detrás de
nuestra casa.
El hombre, que quería mucho a su esposa, pensó: “Antes que dejarla morir conseguiré las verdezuelas,
cueste lo que cueste”. Y, al anochecer, saltó el muro del jardín de la bruja, arrancó precipitadamente
un puñado de verdezuelas y las llevó a su mujer. Ésta se preparó enseguida una ensalada
y se la comió muy contenta, y tanto le gustaron que al día siguiente su afán era tres veces más
intenso. Si quería estar tranquilo, el marido debía saltar nuevamente al jardín. Y así lo hizo al anochecer.
Pero apenas había puesto los pies en el suelo, tuvo un terrible sobresalto, pues vio surgir
ante sí a la bruja.
— ¿Cómo te atreves —le dijo ésta con mirada iracunda—, a entrar cual un ladrón en mi jardín y
robarme las verdezuelas? Lo pagarás muy caro.
—¡Ay! —respondió el hombre—, tened compasión de mí. Si lo he hecho, ha sido por una gran
necesidad: mi esposa vio desde la ventana vuestras verdezuelas y sintió un antojo tan grande de
comerlas, que si no las tuviera se moriría.
La hechicera se dejó ablandar y le dijo:
—Si es como dices, te dejaré coger cuantas verdezuelas quieras, con una sola condición: tienes que
darme a vuestro hijo cuando nazca. Estará bien y lo cuidaré como una madre.
Tan apurado estaba el hombre, que se avino a todo y, cuando nació el hijo, que era una niña, apareció
la bruja y, después de ponerle el nombre de Verdezuela, se la llevó.
Verdezuela era la niña más hermosa que viera el sol. Cuando cumplió los doce años, la hechicera
la encerró en una torre que se alzaba en medio de un bosque y no tenía puertas ni escaleras; únicamente
en lo alto había una diminuta ventana. Cuando la bruja quería entrar, se colocaba al pie y
gritaba:
—¡Verdezuela, Verdezuela, suéltame tu cabellera!
Verdezuela tenía un cabello precioso y larguísimo, fino como hebras de oro. Cuando oía la voz de
la hechicera se soltaba las trenzas, las envolvía en torno a un gancho de la ventana y las dejaba
colgar, y como tenían veinte varas de longitud, la bruja trepaba por ellas.
Al cabo de algunos años, sucedió que el hijo del rey, encontrándose en el bosque, acertó a pasar
junto a la torre oyendo un canto tan melodioso, que hubo de detenerse a escucharlo. Era Verdezuela,
que se entretenía lanzando al aire su dulcísima voz. El príncipe quiso subir hasta ella y buscó
la puerta de la torre, pero no encontrando ninguna, se volvió a palacio. No obstante, aquel canto lo
había hechizado de tal modo que todos los días iba al bosque a escucharlo. Hallándose una vez
oculto detrás de un árbol, vio que se acercaba la hechicera y que gritaba, dirigiéndose a lo alto:
—¡Verdezuela, Verdezuela, suéltame tu cabellera!
Verderuela (Rapunzel)
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Verdezuela soltó sus trenzas, y la bruja se encaramó a lo alto de la torre. “Si ésta es la escalera
para subir hasta allí”, se dijo el príncipe, “también yo probaré fortuna”. Y al día siguiente, cuando ya
comenzaba a oscurecer, se encaminó al pie de la torre y dijo:
—¡Verdezuela, Verdezuela, suéltame tu cabellera!
Enseguida descendió la trenza, y el príncipe subió.
En el primer momento, Verdezuela se asustó mucho al ver a un hombre, pues jamás había visto
ninguno. Pero el príncipe le dirigió la palabra con gran afabilidad y le explicó que su canto había
impresionado de tal manera su corazón, que ya no había gozado de un momento de paz hasta hallar
la manera de subir a verla. Al escucharlo Verdezuela perdió el miedo, y cuando él le preguntó si
lo quería por esposo, viendo la muchacha que era joven y apuesto, pensó, “Me querrá más que la
vieja”, y le respondió, poniendo la mano en la suya:
—Sí; deseo irme contigo; pero no sé cómo bajar de aquí. Cada vez que vengas, tráete una madeja
de seda; con ella trenzaré una escalera y, cuando esté terminada, bajaré y tú me llevarás en tu
caballo.
Convinieron en que hasta entonces el príncipe acudiría todas las noches, ya que de día iba la vieja.
La hechicera nada sospechaba, hasta que un día Verdezuela le preguntó:
—Decidme, tía Gothel, ¿cómo es que me cuesta mucho más subiros a vos que al príncipe, que está
arriba en un santiamén?
—¡Ah, malvada! —exclamó la bruja—. ¿Qué es lo que oigo? Pensé que te había aislado de todo el
mundo, y, sin embargo, me has engañado.
Y, furiosa, cogió las hermosas trenzas de Verdezuela, les dio unas vueltas alrededor de su mano
izquierda y empuñando unas tijeras con la derecha, zis, zas, en un abrir y cerrar de ojos se las cortó
y tiró al suelo la espléndida cabellera. La hechicera fue además tan despiadada que condujo a la
pobre Verdezuela a un lugar desierto, condenándola a una vida de desolación y miseria.
El mismo día en que se había llevado a la muchacha, la bruja ató las trenzas cortadas al gancho de
la ventana, y cuando se presentó el príncipe y dijo:
—¡Verdezuela, Verdezuela, suéltame tu cabellera!
La bruja las soltó, y por ellas subió el hijo del rey. Pero en vez de encontrar a su adorada Verdezuela
se halló cara a cara con la hechicera, que lo miraba con ojos malignos y perversos:
—¡Ajá! —exclamó en tono de burla—, querías llevarte a la niña bonita; pero el pajarillo ya no está en
el nido ni volverá a cantar. El gato lo ha cazado, y también a ti te sacará los ojos. Verdezuela está
perdida para ti; jamás volverás a verla.
El príncipe, fuera de sí de dolor y desesperación, se arrojó desde lo alto de la torre. Consiguió salvar
su vida, pero los espinos sobre los que fue a caer se le clavaron en los ojos, y el infeliz hubo de vagar
errante por el bosque, ciego, alimentándose de raíces y bayas, y llorando sin cesar la pérdida de su
amada prometida. Y así anduvo sin rumbo por espacio de varios años, mísero y triste, hasta que, al
fin, llegó al desierto en que vivía Verdezuela con los dos hijitos gemelos, un niño y una niña, a los
que había dado a luz. Oyó el príncipe una voz que le pareció conocida y, al acercarse, le reconoció
Verdezuela y se le echó al cuello llorando. Dos de sus lágrimas le humedecieron los ojos, y en el
mismo momento se le aclararon, volviendo a ver como antes. El príncipe llevó a Verdezuela a su
reino, donde fue recibido con gran alegría, y vivieron muchos años contentos y felices.

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EL VIEJO RINKRANK

3. EL VIEJO RINKRANK

El viejo Rinkrank 11 Érase una vez un rey que tenía una hija. El rey hizo construir una montaña de cristal y dijo: —El que sea capaz de correr por ella sin caerse, se casará con mi hija. He aquí que se presentó un pretendiente y preguntó al rey si podría obtener la mano de la princesa. —Sí... Ver mas
El viejo Rinkrank
11
Érase una vez un rey que tenía una hija. El rey hizo construir una montaña de cristal y dijo:
—El que sea capaz de correr por ella sin caerse, se casará con mi hija.
He aquí que se presentó un pretendiente y preguntó al rey si podría obtener la mano de la princesa.
—Sí —respondió el rey—; si eres capaz de subir corriendo a la montaña sin caerte, la princesa será
tuya.
Dijo entonces la hija del rey que subiría con él y lo sostendría si se caía. Juntos emprendieron el
ascenso y al llegar a media cuesta, la princesa resbaló y cayó y, abriéndose la montaña, se precipitó
en sus entrañas, sin que el pretendiente pudiese ver dónde había ido a parar, pues el monte se había
vuelto a cerrar enseguida. El mozo se lamentó y lloró lo indecible, y también el rey se puso muy
triste, y dio orden de romper y excavar la montaña con la esperanza de rescatar a su hija; pero no
hubo modo de encontrar el lugar por el que había caído.
Entretanto, la princesa, rodando por el abismo, había ido a dar a una cueva profundísima y enorme,
de donde salió a su encuentro un personaje muy viejo, de larga barba blanca, que le dijo que le salvaría
la vida si aceptaba a servirle de criada y a hacer cuanto le mandase; de lo contrario, la mataría.
Ella cumplió todas sus órdenes.
Al llegar la mañana, el individuo se sacó una escalera del bolsillo y, apoyándola contra la montaña,
subió por ella y salió al exterior, cuidando luego de volver a recoger la escalera. Ella hubo de cocinar
su comida, hacer su cama y mil trabajos más; y así cada día; y cada vez que regresaba el hombre,
traía consigo un montón de oro y plata. Al cabo de muchos años de seguir así las cosas y haber
envejecido él en extremo, comenzó a llamarla “dama Mansrot”, y le mandó que ella lo llamase a él
“viejo Rinkrank”.
Un día en que el viejo había salido como de costumbre, hizo ella la cama y fregó los platos. Luego
cerró bien todas las puertas y ventanas, dejando abierta solo una ventana de corredera por la que
entraba la luz. Cuando volvió el viejo Rinkrank, llamó a la puerta, diciendo:
—¡Dama Mansrot, ábreme!
—No —respondió ella—, no, viejo Rinkrank, no te abriré.
Dijo él entonces:
—Aquí está el pobre Rinkrank
sobre sus diecisiete patas,
sobre su pie dorado.
Dama Mansrot, friega los platos.
—Ya he fregado los platos —respondió ella.
Y prosiguió él:
—Aquí está el pobre Rinkrank
sobre sus diecisiete patas,
sobre su pie dorado.
Dama Mansrot, hazme la cama.
—Ya hice tu cama —respondió ella.
Y él, de nuevo:
—Aquí está el pobre Rinkrank
sobre sus diecisiete patas,
sobre su pie dorado.
El viejo Rinkrank
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Dama Mansrot, ábreme la puerta.
Dando la vuelta a la casa, vio que el pequeño tragaluz estaba abierto, y pensó: “Echaré una miradita
para ver qué está haciendo, y por qué se niega a abrirme la puerta”. Y, al tratar de meter la cabeza
por el tragaluz, se lo impidió la barba. Entonces empezó introduciendo la barba en la ventanilla y
cuando ya la tuvo dentro, acudió la dama Mansrot, cerró el postigo y lo ató con una cinta, dejándolo
bien sujeto con la barba aprisionada en él. ¡Qué alaridos daba el viejo, lamentándose y quejándose
de dolor y rogando a la mujer que lo soltase! Pero ella le replicó que no lo haría sino a cambio de la
escalera con la que él salía de la montaña. Atando una larga cuerda a la ventana, colocó la escalera
debidamente y trepó por ella hasta llegar a cielo abierto; entonces, tirando desde arriba, levantó la
tapa del tragaluz. Se marchó luego en busca de su padre y le contó sus aventuras. El rey contentísimo
y le dijo que su novio aún vivía. Y saliendo todos a excavar la montaña, encontraron al fondo
al viejo Rinkrank con todo su oro y plata. Mandó el rey ejecutar al viejo y se llevó todos sus tesoros.
La princesa se casó con su novio, y vivieron felices y satisfechos.

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PIÑONCITO

4. PIÑONCITO

PIÑONCITO 5 Un guardabosques salió un día de caza y, hallándose en el espesor del bosque, escuchó de pronto unos gritos como de niño pequeño. Dirigiéndose hacia la parte de la que venían las voces, llegó al pie de un alto árbol, en cuya copa se veía una criatura de poca edad. Su madre se... Ver mas
PIÑONCITO
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Un guardabosques salió un día de caza y, hallándose en el espesor del bosque, escuchó de pronto
unos gritos como de niño pequeño. Dirigiéndose hacia la parte de la que venían las voces, llegó al
pie de un alto árbol, en cuya copa se veía una criatura de poca edad. Su madre se había quedado
dormida, sentada en el suelo con el pequeño en brazos, y un ave de rapiña, al descubrir al bebé en
su regazo, había bajado volando y cogiendo al niño con el pico, lo había depositado en la copa del
árbol.
Trepó a ella el guardabosques y, recogiendo a la criatura, pensó: “Me lo llevaré a casa y lo criaré
junto con Lenita”. Dicho y hecho, los dos niños crecieron juntos. Al que había sido encontrado en el
árbol, por haberlo llevado allí un ave, le pusieron de nombre Piñoncito. Él y Lenita se querían tanto,
tantísimo, que en cuanto uno no veía al otro se sentía triste.
Tenía el guardabosques una vieja cocinera, la cual, un atardecer, cogió dos cubos y fue al pozo por
agua; tantas veces repitió la operación, que Lenita, intrigada, hubo de preguntarle:
—¿Para qué traes tanta agua, viejecita?
—Si no se lo cuentas a nadie, te lo diré —le respondió la cocinera. Lenita le aseguró que no, que
no se lo diría a nadie, y entonces la vieja le reveló su propósito—: Mañana temprano, en cuanto el
guardabosques se haya marchado de caza, herviré este agua y cuando esté hirviendo en el caldero,
echaré en él a Piñoncito y lo coceré.
Por la mañana, de madrugada, el hombre se levantó y se fue al bosque, mientras los niños seguían
aún en la cama. Entonces dijo Lenita a Piñoncito:
—Si tú no me abandonas, tampoco yo te abandonaré.
Piñoncito le respondió:
—¡Jamás de los jamases!
Y Lenita dijo:
—Pues voy a descubrirte una cosa a ti solo. Anoche, al ver que la vieja traía tantos cubos de agua
del pozo, le pregunté por qué lo hacía, y me dijo que me lo diría si no se lo contaba a nadie. Yo se
lo prometí, y entonces me dijo que esta mañana, cuando padre estuviese de caza, herviría el agua
en el caldero, te echaría en él y te cocería. Así que levantémonos enseguida, vistámonos y nos
escaparemos.
Los dos niños se levantaron, se vistieron rápidamente y huyeron. Cuando el agua hirvió en el caldero,
la cocinera se dirigió a la habitación en busca de Piñoncito, con el propósito de echarlo a cocer;
pero al acercarse a la cama se encontró con que los dos pequeños se habían marchado. A la vieja
le entró un gran miedo, y pensó: “¿Qué diré cuando vuelva el guardabosques y vea que no están los
niños? Hay que correr y traerlos de nuevo”.
Envió a tres mozos, con el encargo de alcanzar a los niños y traerlos a casa. Los pequeños se habían
sentado a la orilla del bosque y al ver de lejos a los tres criados que se dirigían hacia ellos, dijo
Lenita a Piñoncito:
—Si tú no me abandonas, tampoco yo te abandonaré.
—¡Jamás de los jamases! —respondió Piñoncito.
Y Lenita contestó:
—Transfórmate en rosal, y yo seré una rosa.
Al llegar los tres criados al bosque no vieron más que un rosal con una sola rosa; pero de los niños,
ni rastro. Dijeron entonces:
PIÑONCITO
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—Aquí no hay nada —y, regresando a la casa, le contaron a la cocinera que solo habían visto un
rosal con una rosa. La vieja les riño:
—¡Bobalicones! Debisteis cortar el rosal y traer a casa la rosa. ¡Id a buscarla corriendo!
Y tuvieron que encaminarse nuevamente al bosque. Pero los niños los vieron venir de lejos y Lenita
dijo:
—Piñoncito, si tú no me abandonas, tampoco yo te abandonaré.
Piñoncito respondió:
—¡Jamás de los jamases!
Y Lenita contestó:
—Transfórmate en una iglesia, y yo seré una corona dentro de ella.
Al llegar los mozos vieron la iglesia, con la corona en su interior, por lo que dijeron:
—¡Qué vamos a hacer aquí! Volvámonos a casa.
Ya en ella, la cocinera les preguntó si habían encontrado algo. Ellos respondieron que no, solo una
iglesia con una corona dentro.
—¡Zoquetes! —les gritó la vieja—. ¿Por qué no derribasteis la iglesia y trajisteis la corona?
Entonces se puso en camino la propia cocinera, acompañada de los tres criados, en busca de los
niños. Pero éstos vieron acercarse a los tres hombres y detrás de ellos, renqueando, a la vieja. Y
dijo Lenita:
—Piñoncito, si tú no me abandonas, yo jamás te abandonaré.
Y dijo Piñoncito:
—¡Jamás de los jamases!
—Pues transfórmate en un estanque, y yo seré un pato que nada en él —dijo Lenita.
Llegó la cocinera y, al ver el estanque, se tendió en la orilla para sorberlo. Pero el pato acudió nadando
a toda prisa y, cogiéndola por la cabeza con el pico, la hundió en el agua, ahogando a la bruja.
Los niños regresaron a casa, alegres y contentos; y si no han muerto, todavía deben estar vivos.

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Publicada el 13.09.2012 a las 12:34h.

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Lista creada por gebolu.
Publicada el 10.09.2010 a las 00:13h.

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EL ENANO SALTARIN

7. EL ENANO SALTARIN

El enano saltarín (Rumpelstiltskin) 14 Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse importancia: —Además de bonita... Ver mas
El enano saltarín (Rumpelstiltskin)
14
Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una
pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el
molinero mintió para darse importancia:
—Además de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca.
El rey, francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y la llevó
con él a palacio.
Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta
de paja, donde había también una rueca:
—Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y convertir esta paja en oro.
De lo contrario, serás desterrada.
La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que apareció un estrafalario enano que le ofreció
hilar la paja en oro a cambio de su collar. La hija del molinero le entregó la joya y... zis-zas, zis-zas,
el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no quedó ni una
brizna de paja y la habitación refulgía por el oro.
Cuando el rey vio la proeza, guiado por la avaricia, espetó:
—Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación —y le señaló una estancia más grande y
más repleta de paja que la del día anterior.
La muchacha estaba desesperada, pues creía imposible cumplir la tarea pero, como el día anterior,
apareció el enano saltarín:
—¿Qué me das si hilo la paja para convertirla en oro? —preguntó al hacerse visible.
—Solo tengo esta sortija —dijo la doncella, tendiéndole el anillo.
—Empecemos pues —respondió el enano.
Y zis-zas, zis-zas, toda la paja se convirtió en oro hilado. Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando
comprobó que se habían cumplido sus órdenes, anunció:
—Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré mi esposa. —Pues pensaba que, a
pesar de ser hija de un molinero, nunca encontraría una mujer con una dote mejor.
Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo apareció el grotesco enano:
—¿Qué me darás a cambio de solucionar tu problema? —preguntó, saltando, a la chica.
—No tengo más joyas que ofrecerte. —Y pensando que esta vez estaba perdida, gimió desconsolada.
—Bien, en ese caso, me darás a tu primer hijo —demandó el enanillo.
Aceptó la muchacha: “Quién sabe cómo irán las cosas en el futuro”, dijo para sus adentros. Y como
ya había ocurrido antes, la paja se fue convirtiendo en oro a medida que el extraño ser la hilaba.
Cuando el rey entró en la habitación, sus ojos brillaron más aún que el oro que estaba contemplando,
y convocó a sus súbditos para la celebración de los esponsales.
Vivieron ambos felices y al cabo de un año, tuvieron un precioso retoño. La ahora reina había olvidado
el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se asustó enormemente cuando
una noche apareció el duende saltarín reclamando su recompensa.
—Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras.
—¿Cómo puedes comparar el valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo —exigió el desEl
enano saltarín (Rumpelstiltskin)
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aliñado enano.
Pero tanto rogó y suplicó la mujer, que conmovió al enano:
—Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre; si lo aciertas, dejaré que te quedes con el niño.
Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca
acertaba la respuesta correcta.
Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo.
De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de
una pequeña cabaña cantando:
“Hoy tomo vino,
y mañana cerveza,
después al niño sin falta traerán.
Nunca, se rompan o no la cabeza,
el nombre Rumpelstiltskin adivinarán!”
Cuando volvió el enano la tercera noche y preguntó su propio nombre a la reina, esta le contestó:
—¡Te llamas Rumpelstiltskin!
—¡No puede ser! —gritó él—. ¡No lo puedes saber! ¡Te lo ha dicho el diablo!
Y tanto y tan grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada
hasta la mitad, y cuando intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.

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8. JUAN SIN MIEDO

JUAN SIN MIEDO 17 Había una vez un padre que tenía dos hijos, el mayor de los dos era listo y prudente, y podía hacer cualquier cosa. Pero el joven era estúpido y no podía aprender ni entender nada, y cuando la gente lo veía pasar decían: —Este chico dará problemas a su padre. Cuando había... Ver mas
JUAN SIN MIEDO
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Había una vez un padre que tenía dos hijos, el mayor de los dos era listo y prudente, y podía hacer
cualquier cosa. Pero el joven era estúpido y no podía aprender ni entender nada, y cuando la gente
lo veía pasar decían:
—Este chico dará problemas a su padre.
Cuando había que hacer algo, era siempre el hermano mayor el que tenía que hacerlo, pero si su
padre le mandaba traer algo cuando era tarde o en mitad de la noche, y el camino le conducía a
través del cementerio o algún otro lugar sombrío, éste contestaba:
—¡Oh no, padre!, no iré, me causa pavor. —Y temblaba de miedo.
Cuando se contaban historias alrededor del fuego que ponían la carne de gallina, el hermano joven
se sentaba en una esquina y escuchaba como los demás. Los oyentes algunas veces decían:
—¡Tiemblo de miedo!
Pero él no podía imaginar lo que era tener miedo:
—Siempre dicen: “Me da miedo” o “Me causa pavor” —pensaba—. Esa debe ser una habilidad que
no comprendo.
Ocurrió que el padre le dijo un día al muchacho:
—Escúchame con atención, te estás haciendo grande y fuerte, y debes aprender algo que te permita
ganarte el pan.
—Bien, padre —respondió el joven—, la verdad es que hay algo que quiero aprender, si se puede
enseñar. Me gustaría aprender a tener miedo, no entiendo del todo lo que es eso.
El hermano mayor sonrió al escuchar aquello y pensó: “Dios santo, qué cabeza de adoquín es este
hermano mío. Nunca servirá para nada”.
El padre suspiró y le respondió:
—Pronto aprenderás a tener miedo, pero no vivirás de eso.
Poco después el sacristán fue de visita a la casa y el padre le expuso su problema, contándole que
su hijo menor estaba tan retrasado en todo que no sabía ni aprendía nada.
—Fíjate —le dijo el padre—, cuando le pregunté cómo iba a ganarse la vida, me dijo que quería
aprender a tener miedo.
—Si eso es todo —respondió el sacristán—, puede aprenderlo conmigo. Mándamelo y lo espabilaré
pronto.
El padre estaba contento de enviar a su hijo con el sacristán porque pensaba que aquello serviría
para entrenarle. Entonces el sacristán tomó al chico bajo su tutela y le hacía tocar la campana de la
iglesia. A los dos días el sacristán lo despertó a media noche, y le hizo levantarse para ir a la torre de
la iglesia y tocar la campana. “Pronto aprenderás lo que es tener miedo”, pensaba el sacristán. Éste,
sin que el chico se diese cuenta, se le adelantó y subió a la torre. Cuando el chico estaba en lo alto
y se dio la vuelta para coger la cuerda de la campana vio una figura blanca de pie en las escaleras
al otro lado del hueco de la torre.
—¿Quién está ahí? —gritó el chico, pero la figura no respondió ni se movió.
—Responde —gritó el chico— o vete. No se te ha perdido nada aquí por la noche.
El sacristán, sin embargo, continuó de pie inmóvil para que el chico pensara que era un fantasma.
El chico gritó una segunda vez:
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—¿Qué haces aquí? Di si eres honrado o de lo contrario, te tiraré por las escaleras.
El sacristán pensó que era un farol, así que no hizo ningún ruido y permaneció quieto como una estatua
de piedra. Entonces el chico le avisó por tercera vez y como no sirvió de nada, se lanzó contra
él y empujó al fantasma escaleras abajo. El “fantasma” rodó diez escalones y se quedó tirado en una
esquina. Entonces el chico hizo sonar la campana, se fue a casa y, sin decir una palabra, se fue a
la cama y se durmió. La esposa del sacristán estuvo esperando a su marido un buen rato, pero no
regresó. Al rato se inquietó y despertó al chico. Le preguntó:
—¿Sabes dónde está mi marido? Subió a la torre antes que tú.
—No lo sé —respondió el chico—, pero alguien estaba de pie al otro lado del hueco de las escaleras
de la torre, y como no me respondía ni se iba, lo tomé por un ladrón y lo tiré por las escaleras. Ve a
ver si era él; sentiría que así fuese.
La mujer salió corriendo y encontró a su marido quejándose en la esquina con una pierna rota. Lo
llevó abajo y luego, llorando, se apresuró a ver al padre del chico.
—Tu hijo —gritaba ella— ha sido el causante de un desastre. Ha tirado a mi marido por las escaleras,
de forma que se ha roto una pierna. Llévate a ese inútil de nuestra casa.
El padre estaba aterrado y corrió a regañar al muchacho:
—¿Qué broma perversa es esta?, el demonio debe habértela metido en la cabeza.
—Padre —respondió—, escúchame. Soy inocente. Él estaba allí de pie en mitad de la noche como
si fuese a hacer algo malo. No sabía quién era y le dije tres veces que hablara o que se fuera.
—¡Ah! —dijo el padre—, sólo me traes disgustos. Vete de mi vista, no quiero verte más.
—Sí, padre, como desees, pero espera a que sea de día. Entonces partiré para aprender lo que es
tener miedo, y entonces aprenderé un oficio que me permita mantenerme.
—Aprende lo que quieras —dijo el padre—, me da igual. Aquí tienes cincuenta monedas para ti. Cógelas
y vete por el mundo entero, pero no le digas a nadie de dónde procedes, ni quién es tu padre.
Tengo razones para estar avergonzado de ti.
—Si, padre, haré como deseas. Si no quieres nada más que eso, puedo recordarlo fácilmente.
Así que, al amanecer, el chico se metió las cincuenta monedas en el bolsillo y se alejó por el camino
principal diciéndose continuamente: “Si pudiera tener miedo, si supiera lo que es temblar de
miedo...”.
Un hombre se acercó y escuchó el monólogo que mantenía el joven, y cuando habían caminado un
poco más lejos, donde se veían unos patíbulos, el hombre le dijo:
—Mira, ahí está el árbol donde siete hombres se han casado con la hija del soguero, y ahora están
aprendiendo a volar. Siéntate cerca del árbol y espera al anochecer, entonces aprenderás a temblar
de miedo.
—Si eso es todo lo que hay que hacer, es fácil —contestó el joven—. Pero si aprendo a temblar de
miedo tan rápido, te daré mis cincuenta monedas. Vuelve mañana por la mañana temprano.
Entonces el joven se fue al patíbulo, se sentó al lado y esperó hasta el atardecer. Como tenía frío
encendió un fuego, pero a medianoche el viento soplaba tan fuerte que a pesar del fuego no podía
calentarse. Y como el viento hacía chocar a los ahorcados entre sí y se balanceaban de un lado para
otro, pensó: “Si yo tengo frío aquí junto al fuego, cuánto frío deben tener éstos que están arriba”.
Como le daban pena, levantó la escalera, subió y uno a uno los fue desatando y bajando. Entonces
avivó el fuego y los dispuso a todos alrededor para que se calentasen. Pero estuvieron sentados sin
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moverse y el fuego prendió sus ropas. Así que el muchacho les dijo:
—Tened cuidado, u os subiré otra vez.
Los ahorcados no le escucharon y permanecieron en silencio dejando que sus harapos se quemaran.
Eso hizo que el joven enfadara, y les dijo:
—Si no queréis tener cuidado, no puedo ayudaros, no me quemaré con vosotros —y volvió a subirlos
a todos a su sitio. Después se sentó junto al fuego y se quedó dormido.
A la mañana siguiente el hombre vino para obtener sus cincuenta monedas, le dijo:
—Bien, ahora sabes lo que es tener miedo.
—No —contestó el muchacho—, ¿cómo quiere que lo sepa si esos tipos de ahí arriba no han abierto
la boca?, y son tan estúpidos que dejan que los pocos y viejos harapos que llevan encima se quemen.
El hombre, viendo que ese día no iba a conseguir las cincuenta monedas, se alejó diciendo:
—Nunca me había encontrado con un joven así.
El chico continuó su camino y una vez más comenzó a mascullar: “Si pudiera temblar de miedo...”.
Un carretero que andaba a grandes zancadas tras él lo escuchó y le preguntó:
—¿Quién eres?
—No lo sé —respondió el joven.
Entonces el carretero preguntó:
—¿De dónde eres?
—No lo sé —respondió el muchacho.
—¿Quién es tu padre? —insistió.
—No puedo decírtelo —respondió el chico.
—¿Qué es eso que estás siempre murmurando entre dientes? —preguntó el carretero.
—Ah —respondió el joven—, me gustaría aprender a temblar de miedo, pero nadie puede enseñarme.
—Deja de decir tonterías —dijo el carretero—. Vamos, ven conmigo y encontraré un sitio para ti.
El joven fue con el carretero y al atardecer llegaron a una posada donde pararon a pasar la noche.
A la entrada del salón el joven dijo en alto:
—Si pudiera temblar de miedo...
El posadero lo escuchó y, riendo, dijo:
—Si eso es lo que quieres puede que aquí encuentres una buena oportunidad.
—Cállate —dijo la posadera—, muchos entrometidos ya han perdido su vida, sería una pena y una
lástima que unos ojos tan bonitos no volviesen a ver la luz del día.
Pero el muchacho dijo:
—No importa lo difícil que sea, aprenderé. Es por lo que he viajado tan lejos.
Y no dejó en paz al posadero hasta que al final éste le contó que no lejos de allí se levantaba un
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castillo encantado donde cualquiera podría aprender con facilidad lo que era tener miedo si podía
permanecer allí durante tres noches. El rey había prometido que cualquiera que lo consiguiese
tendría la mano de su hija que era la mujer más hermosa sobre la que había brillado el sol. Por otro
lado, en el castillo se encontraba un gran tesoro guardado por malvados espíritus. Ese tesoro sería
liberado y haría rico a cualquiera. Algunos hombres ya lo habían intentado, pero todavía ninguno
había salido con vida.
A la mañana siguiente el joven fue a ver al rey y le dijo:
—Si se me permite, desearía pasar tres noches en el castillo encantado.
El rey le observó y como el joven le agradaba le dijo:
—Puedes pedir tres cosas para llevarlas contigo al castillo, pero han de ser tres objetos inanimados.
Entonces el chico contestó:
—Pues quiero un fuego, un torno y una tabla para cortar con el cuchillo.
El rey hizo llevar esas cosas al castillo durante el día. Cuando se acercaba la noche, el joven fue al
castillo y encendió un brillante fuego en una de las salas, puso la tabla y el cuchillo a su lado y se
sentó junto al torno. “Si pudiera temblar de miedo”, decía, “pero tampoco lo aprenderé aquí”.
Hacia medianoche estaba atizando el fuego, y mientras le soplaba, algo gritó de repente desde una
esquina:
—Miau, miau. Tenemos frío.
—Tontos —respondió él—, ¿por qué os quejáis? Si tenéis frío, venid a sentaros junto al fuego y
calentaros.
Cuando dijo esto dos enormes gatos negros salieron dando un tremendo salto y se sentaron cada
uno a un lado del joven. Los gatos lo observaban con mirada fiera y salvaje. Al poco, cuando entraron
en calor, dijeron:
—Amigo, juguemos a las cartas.
—¿Por qué no? —contestó el chico—. Pero primero enseñadme vuestras zarpas.
Los gatos sacaron las garras.
—¡Oh! —dijo él—. Tenéis las uñas muy largas. Esperad que os las corto en un momento.
Entonces los cogió por el pescuezo los puso en la tabla para cortar y les ató las patas rápidamente.
—Después de veros los dedos —dijo—, se me han pasado las ganas de jugar a las cartas.
Luego los mató y los tiró fuera, al agua. Pero cuando se había desecho de ellos e iba a sentarse
junto al fuego, de cada agujero y esquina salieron gatos y perros negros con cadenas candentes, y
siguieron saliendo hasta que no se pudo mover. Aullaban horriblemente, desparramaron el fuego y
trataron de apagarlo. El joven los observó tranquilamente durante unos instantes, pero cuando se
estaban pasando de la raya, cogió el cuchillo y gritó:
—Fuera de aquí, sabandijas —y comenzó a acuchillarlos. Algunos huyeron, y los que que mató
los lanzó al foso. Entonces volvió y atizó las ascuas del fuego y entró en calor. Cuando terminó no
podía mantener los ojos abiertos y le entró sueño. Miró a su alrededor y vio una enorme cama en
un rincón.
—Justo lo que necesitaba —dijo, y se metió en ella. Cuando iba a cerrar los ojos la cama empezó a
moverse por sí misma y le llevó por todo el castillo.

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LA SEÑORA CATHERINA DOROTHEA VIEHMANN

9. LA SEÑORA CATHERINA DOROTHEA VIEHMANN

INSPIRADA EN EL DISEÑO DE EMIL LUDWIG GRIMM

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FOTO PARCIAL DE LA MUESTRA

10. FOTO PARCIAL DE LA MUESTRA

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DAVID HOCKNEY EN 2012,EN EL GUGGENHEIM DE BILBAO

11. DAVID HOCKNEY EN 2012,EN EL GUGGENHEIM DE BILBAO

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