El cine ya está instaurado como un negocio de proporciones mundiales: algunos directores invierten en propias o ajenas producciones (lo que desemboca en obras mucho más personales), los actores se comienzan a medir por su "caché", las grandes productoras americanas apuestan por los blockbusters y surge el merchandising asociado a los estrenos de las películas. Así, esta exitosa fábrica de dinero consigue que la tecnología destinada al cine dé un gran salto, como se puede notar sobre todo en el desarrollo de los efectos especiales. En Europa, sin embargo, los autores más consagrados aún apuestan por seguir las fórmulas tradicionales del cine de posguerra, y los nuevos directores reinventan géneros o son fieles a su propio y personal estilo. Y ya sean unos u otros, el formato en color termina por dominar el mercado, salvo unas pocas excepciones de bellísima factura. Veamos algunos ejemplos de todo esto:
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