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Grandes forjadores de imperios

Grandes forjadores de imperios

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Gengis Khan

1. Gengis Khan

Quien estaba llamado a forjar el más vasto imperio que ha conocido la humanidad nació en las desoladas estepas de Mongolia, allí donde el frío y el viento hacen a los hombres duros como el diamante, insensibles como las piedras y tenaces como la hierba áspera que crece bajo la nieve helada. El... Ver mas
Quien estaba llamado a forjar el más vasto imperio que ha conocido la humanidad nació en las desoladas estepas de Mongolia, allí donde el frío y el viento hacen a los hombres duros como el diamante, insensibles como las piedras y tenaces como la hierba áspera que crece bajo la nieve helada. El pueblo mongol era uno de los pueblos nómadas más pequeños que vagaban con sus rebaños por los confines del desierto de Gobi, en busca de pastos. Cada uno tenía su propio kan o príncipe, encargado de cuidar que en su territorio reinase un cierto orden.

Los kiutes, tribus del suroeste del lago Baikal, habían elegido como jefe a Yesugei, quien había conseguido reunir bajo su mando unas cuarenta mil tiendas. Al volver de una batalla contra los tártaros, el guerrero se encontró con que su favorita, Oelon-Eke (Madre Nube), le había dado un heredero, al que llamaron Temujin. El niño tenía en la muñeca una mancha encarnada, por lo que el chamán pronosticó que sería un famoso guerrero. Años después, en efecto, Temujin se convertiría en Gengis Kan, el célebre conquistador mongol. Su nacimiento figura en los anales chinos en el año 1162, Año del Caballo.


Gengis Kan

Tenía nueve años cuando su padre, según la costumbre mongólica, lo llevó consigo en una larga marcha para buscarle esposa. Atravesaron las vastas estepas y el desierto de Gobi, y llegaron a la región donde vivían los chungiratos, lindando con la muralla china. Allí encontraron a Burte, una niña de su edad que, según la tradición, sería «la esposa madre que le fue entregada por su noble padre».

El destino de Temujin sufrió un grave revés cuando Yesugei, su padre, murió envenenado por los tártaros. Tenía entonces trece años y tuvo que asistir a la ruina de los suyos, ya que las tribus que se habían reunido alrededor de su padre comenzaron a desertar, pues no querían prestar obediencia a una mujer ni a un muchacho. Pronto Oelon-Eke se vio sola con sus hijos. Tenían que reunir ellos mismos el mermado rebaño que les quedaba, y comer pescado y raíces en lugar de la dieta habitual de carnero y leche de yegua. Fue una época de verdadera penuria en la que un tejón constituía una pieza de enorme valor, por la que los hermanos podían enfrentarse a muerte entre sí.

La situación se agravó aún más cuando la familia se vio atacada por el jefe de la tribu de los taieschutos, Tartugai, quien le condujo a su campamento amordazado por un pesado yugo de madera al cuello y vendado por las muñecas para ser vendido como esclavo. Temujin pudo liberarse una noche: derribó a su guardián y le aplastó el cráneo con el yugo, y se escondió en el cauce seco de un arroyo del que no salió hasta el amanecer. Después de convencer a un cazador errante para que le liberase del yugo y le ocultase por un tiempo prudente, Temujin pudo regresar a su campamento. Esta hazaña le dio gran fama entre los demás clanes, y de todas partes comenzaron a llegar jóvenes mongoles para unirse a él.


Representación de Gengis Kan sobre un tapiz

La vida de Gengis Kan es una serie ininterrumpida de batallas victoriosas: la primera la libró contra los merkitas, en castigo por haber raptado a Burte, su mujer, y el éxito se lo debió a la ayuda que le brindó la tribu de los keraitos, un pueblo turcomongol que contaba con muchos cristianos nestorianos y musulmanes. El jefe de los keraitos, Toghrul, puso a su disposición una tropa numerosa para atacar a los merkitas, y cuenta la «saga mongola» que, como resultado de la expedición punitoria, trescientos hombres fueron pasados a cuchillo y las mujeres fueron convertidas en esclavas.

Después de vencer a los merkitas, el futuro Gengis Kan ya no se encontró solo: tribus enteras se unieron a él. Su campamento crecía día a día y a su alrededor se forjaban ambiciosos planes, como el de hacer la guerra a Tartugai. En 1188 logró reunir un ejército de 13.000 hombres para enfrentarse a los 30.000 guerreros de Tartugai, y los derrotó cómodamente, señalando así el que sería su destino: luchar siempre contra enemigos muy superiores en número y vencerlos. De resultas de esta victoria volvió a establecerse nuevamente en los territorios de su familia, cerca del río Onón, y todas las tribus que a la muerte de su padre le habían abandonado volvieron a reunirse a su alrededor, reconociéndolo como único jefe legítimo.

Rey de los mongoles

Corría el año 1196, y entre los mongoles corrió la voz de que había llegado el momento de elegir un nuevo rey de los mongoles entre los jefes de los campamentos. Cuando el chamán declaró que el Eterno Cielo Azul había destinado a Temujin para tal cargo nadie se opuso, y la elección del nuevo kan, que entonces contaba con veintiocho años de edad, fue celebrada con gran esplendor. Temujin se preocupó ante todo de fortalecer su propia tribu, de constituir un verdadero ejército y también de estar informado de cuanto acaecía en sus tribus vasallas.

Bajo su mandato logró unificar a todas las tribus mongoles para ir a la guerra contra los pueblos nómadas del sur, los tártaros, y les infligió una severa derrota en 1202. En recompensa el emperador chino, enemigo acérrimo de los tártaros, le concedió el título de Tschaochuri, plenipotenciario entre los rebeldes de la frontera. Su alianza con el kan de los keraitos, por otra parte, le daba cada vez mayor poder. Los pueblos que no se le sometían eran derrotados en el campo de batalla y empujados hacia la selva o los desiertos, y sus propiedades repartidas a manos de los vencedores. Así la fama de los mongoles eclipsó la de todas las demás tribus, expandiéndose hasta los confines de las estepas.


Gengis Kan encabezando sus tropas

Pero la ambición de su jefe llegaba más lejos: en 1203 se volvió contra sus antiguos aliados, los keraitos: atacó a Toghrul por sorpresa con el apoyo de las tribus del este y aniquiló al ejército que tantas veces le había ayudado. Al año siguiente dirigió la lucha contra los naimanos, turcos de Mongolia occidental que vivían en las montañas de Altai. Esta vez el jefe mongol dio muestras de una magnanimidad poco habitual en él, esforzándose por favorecer el cruce de ambos pueblos y conseguir que el suyo asimilara la cultura superior de los vencidos. Pero no era ésta su acostumbrada norma de conducta, ya que el jefe mongol reunía todas las características del guerrero despiadado y cruel, afecto a las ejecuciones colectivas y a la destrucción sistemática de los territorios conquistados. Con los suyos, Temujin era también inexorable y despiadado como la estepa y su terrible clima. Invariablemente mataba a cuantos pretendían compartir con él el poder o simplemente le desobedecían.

Tal fue el caso de Yamuga, su primo y compañero de juegos en la infancia, con quien había compartido el lecho en los días de adversidad y repartido fraternalmente los escasos alimentos de que disponían. Disconforme con su papel de subordinado, Yamuga le plantó cara y, tras diversas escaramuzas, se refugió en las montañas seguido únicamente por cinco hombres. Un día, cansados de huir, sus compañeros se arrojaron sobre él, le ataron sólidamente a su caballo y le entregaron a Temujin. Cuando los dos primos se encontraron, Yamuga reprochó a Temujin que tratara con aquellos cinco felones que habían osado alzar la mano contra su señor. Reconociendo la justicia de tales críticas, Temujin ordenó detener a los traidores y decapitarlos. Seguidamente, sin inmutarse, dio orden de que estrangularan a su querido primo.

Emperador universal

En el 1206, Año de la Pantera, cuando ya todas las tribus de la Alta Mongolia estaban bajo su dominio, Temujin se hizo nombrar Gran Kan, o emperador de emperadores, con el hombre de Gengis. En el curso de una importante asamblea de jefes, Temujin expuso su idea de que el interés general exigía nombrar un kan supremo, capaz de reunir toda la fuerza nómada y lanzarla a la conquista de ciudades fabulosas, de llanuras salpicadas de prósperas casas de labranza y de puertos riquísimos donde atracaban los navíos extranjeros. Ante la enumeración de estas posibilidades, los mongoles se estremecieron de codicia. ¿Quién podía ser ese caudillo de caudillos? El nombre de Temujin, que ya había sido aclamado jefe de una importante confederación de tribus y era a la vez respetado y temido, voló de boca en boca. Oponerse a su idea podía ser peligroso, y apoyarla no era sino consagrar un estado de cosas y quizás conseguir grandes botines.

A su lado, en la ceremonia de coronación, estaban su esposa Burte y los cuatro hijos varones que habla tenido con ella: Yuci, Yagatay, Ogodei y Tuli. Eran los únicos de sus descendientes que podían heredar el titulo de Gran Kan, privilegio que no alcanzaba a los que había tenido con sus otras esposas (entre ellas, algunas princesas chinas y persas), ni tampoco a los de su favorita, Chalan, la princesa merkita que solía acompañarlo en sus campañas guerreras. Tras su coronación, se rodeó de una insobornable guardia personal y comenzó a enseñar a sus antiguos camaradas lo que él entendía por disciplina.


La proclamación de Gengis Kan

Gengis Kan dedicó sus esfuerzos a poner orden en las estepas, imponiendo una severa jerarquía en el mosaico de tribus y territorios que se hallaban bajo su dominio. Reinó de acuerdo a las leyes fijas del severo código mongol conocido con el hombre de Yasa, que sirvió de base para las instituciones civiles y militares, y organizó su reino de modo que sirviese exclusivamente para la guerra. Inculcó a sus súbditos la idea de nación y les puso a trabajar en la producción de alimentos y material bélico para su ejército, reduciendo sus necesidades al mínimo exigido por la vida diaria con objeto de que todos los esfuerzos y las riquezas sirviesen para sostener a los combatientes.

Con ellas pudo crear un verdadero estado en armas, en el que cada hombre, tanto en tiempos de paz como de guerra, estaba movilizado desde los quince hasta los setenta años. También las mujeres entraban en la organización con su trabajo, y para ello les concedió derechos desconocidos en otros países orientales, como el de propiedad. El fin de dicho andamiaje social y político estaba destinado a lograr el eterno objetivo de los nómadas: apoderarse del imperio chino, detrás de la Gran Muralla. Antes de cumplir cuarenta y cuatro años, Gengis Kan tenía ya dispuesta su formidable máquina guerrera. No obstante, si en aquella época una flecha enemiga hubiera penetrado por una de las juntas de su armadura, la historia no habría recogido ni siquiera su nombre, pues las mayores proezas de su vida iban a tener lugar a partir de aquel momento.

A los pies de la Gran Muralla

En el año 1211 Gengis Kan reunió todas sus fuerzas. Convocó a los guerreros que vivían desde el Altai hasta la montaña Chinggan para que se presentaran en su campamento a orillas del río Kerulo. Al este de su imperio estaba China, con su antiquísima civilización. Al oeste, el Islam, o el conjunto de naciones que habían surgido tras la estela de Mahoma. Más a occidente se extendía Rusia, que era entonces un conglomerado de pequeños estados, y la Europa central. Gengis Kan decidió atacar primero China. En 1211 atravesó el desierto de Gobi y cruzó la Gran Muralla. La mayor conquista de los mongoles, la que los transformaría en un poder mundial, estaba al caer. Aprovechando que el país se hallaba en guerra civil, se dirigieron contra la China del norte, gobernada por la dinastía de los Kin, en una serie de campañas que terminaron en 1215 con la toma de Pekín.

Gengis Kan dejó en manos de su general Muqali la dominación sistemática de este territorio, y al año siguiente regresó a Mongolia para sofocar algunas rebeliones de tribus mongoles disidentes que se hablan refugiado en los confines occidentales, junto a algunas tribus turcas. Desde allí inició la conquista del gran imperio musulmán del Karhezm, gobernado por el sultán Mohamed, que se extendía desde el mar Caspio hasta la región de Bajará, y desde los Urales hasta la meseta persa. En 1220 el sultán moría destronado a manos de los mongoles, que invadieron entonces Azerbaidyán y penetraron en la Rusia meridional, atravesaron el río Dniéper, bordearon el mar de Azov y llegaron hasta Bulgaria, al mando de Subitai. Cuando ya todo el continente europeo temblaba ante las hordas invasoras, éstas regresaron a Mongolia. Allí Gengis Kan preparaba el último y definitivo ataque contra China. Mientras tanto, otros ejércitos mongoles habían sometido Corea, arrasado el Jurasán y penetrado en los territorios de Afganistán, Gazni, Harat y Merv.



En poco más de diez años, el imperio había crecido hasta abarcar desde las orillas del Pacífico hasta el mismo corazón de Europa, incluyendo casi todo el mundo conocido y más de la mitad de los hombres que lo poblaban. Karakorum, la capital de Mongolia, era el centro del mundo oriental, y los mongoles amenazaban incluso con aniquilar las fuerzas del cristianismo. Gengis Kan no había perdido jamás una batalla, a pesar de enfrentarse a naciones que disponían de fuerzas muy superiores en número. Es probable que jamás lograra poner a más de doscientos mil hombres en pie de guerra; sin embargo, con estas huestes relativamente pequeñas, pulverizó imperios de muchos millones de habitantes.

Un ejército invencible

¿Por qué su ejército era indestructible? La materia prima de Gengis Kan eran los jinetes y los caballos tártaros. Los primeros eran capaces de permanecer sobre sus cabalgaduras un día y una noche enteros, dormían sobre la nieve si era necesario y avanzaban con igual ímpetu tanto cuando comían como cuando no probaban bocado. Los corceles podían pasar hasta tres días sin beber y sabían encontrar alimento en los lugares más inverosímiles. Además, Gengis Kan proveyó a sus soldados de una coraza de cuero endurecido y barnizado y de dos arcos, uno para disparar desde el caballo y otro más pesado, que lanzaba flechas de acero, para combatir a corta distancia. Llevaban también una ración de cuajada seca, cuerdas de repuesto para los arcos y cera y aguja para las reparaciones de urgencia. Todo este equipo lo guardaban en una bolsa de cuero que les servía, hinchándola, para atravesar los ríos.

La táctica desplegada por Gengis Kan era siempre un modelo de precisión. Colocaba a sus tropas en cinco órdenes, con las unidades separadas por anchos espacios. Delante, las tropas de choque, formidablemente armadas con sables, lanzas y mazas. A retaguardia, los arqueros montados. Éstos avanzaban al galope por los espacios que quedaban entre las unidades más adelantadas, disparando una lluvia de flechas. Cuando llegaban cerca del enemigo desmontaban, empuñaban los arcos más pesados y soltaban una granizada de dardos con punta de acero. Luego era el turno de las tropas de asalto. Tras la legión romana y la falange macedónica, la caballería tártara se erigió en ejemplo señero del arte militar.


Gengis Kan en el campo de batalla

Pero Gengis Kan supo también ganar más de una batalla sin enviar ni un solo soldado al frente, valiéndose exclusivamente de la propaganda. Los mercaderes de las caravanas formaban su quinta columna, pues por medio de ellos contrataba los servicios de agentes en los territorios que proyectaba invadir. Así llegaba a conocer al detalle la situación política del país enemigo, se enteraba de cuáles eran las facciones descontentas con los reyes y se las ingeniaba para provocar guerras intestinas. También se servía de la propaganda para sembrar el terror, recordando a sus enemigos los horrores que había desencadenado en las naciones que habían osado enfrentársele. Someterse o perecer, rezaban sus advertencias.

La práctica del terror era para él un eficaz procedimiento político. Si una ciudad le oponía resistencia, la arrasaba y daba muerte a todos sus habitantes. Al continuar la marcha sus huestes, dejaba a un puñado de sus soldados y a unos cuantos prisioneros ocultos entre las ruinas. Los soldados obligaban después a los cautivos a recorrer las calles voceando la retirada del enemigo. Y así, cuando los contados supervivientes de la degollina se aventuraban a salir de sus escondites, hallaban la muerte. Por último, para evitar que ninguno se fingiese muerto, se cortaban las cabezas. Hubo ciudades en que sucumbieron medio millón de personas.

Un imperio en herencia

Tal fue la extraordinaria máquina militar con que Gengis Kan conquistó el mundo. En el invierno de 1227, las tropas mongoles, acompañadas por todos los hijos y nietos de Gengis Kan, emprendieron la marcha hacia el este, para invadir el reino tangut, en China. Cuando ya nada podía salvar a las poblaciones del fuego y de la espada, el viejo Kan se sintió próximo a su fin. Ninguna enfermedad se había manifestado en él, pero su instinto certero para la muerte le advirtió de que estaba cerca, y reunió a sus hijos para repartir los territorios de su vasto imperio: para el mayor, Yuci, fueron las estepas del Aral y del Caspio; a Yagatay le correspondió la región entre Samarcanda y Tufán; a Ogodei le fue otorgada la región situada al este del lago Baikal; para el hijo menor, Tuli, fueron los territorios primitivos, cerca del Onón.

Gengis Kan murió el 18 de agosto de 1227, antes de lograr la rendición china. Su última orden fue no divulgar la noticia de su muerte hasta que todas las guarniciones hubieran llegado a su destino y todos los príncipes se encontraran en sus campamentos. Durante cuarenta años había sido el centro del mundo asiático, al que había transformado con sus guerras y conquistas. Las tribus mongoles eran ahora un pueblo robusto y disciplinado, con generales y estrategas de talento educados en su escuela. Tras su fallecimiento, el enorme rodillo mongol siguió aplastando gentes y naciones. Sus sucesores dominaron toda Asia, penetraron aún más en Europa y derrotaron a húngaros, polacos y alemanes. Después, el imperio decayó hasta desaparecer. Los mongoles son hoy un ramillete insignificante de tribus nómadas, y Karakorum yace sepultada bajo las arenas movedizas del desierto de Gobi. Hasta el nombre de la ciudad se ha borrado de la memoria de las gentes.

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Alejandro Magno

2. Alejandro Magno

Alejandro III de Macedonia; Pella, Macedonia, 356 a.C. - Babilonia, 323 a.C.) Rey de Macedonia cuyas conquistas y extraordinarias dotes militares le permitieron forjar, en menos de diez años, un imperio que se extendía desde Grecia y Egipto hasta la India, iniciándose así el llamado periodo... Ver mas
Alejandro III de Macedonia; Pella, Macedonia, 356 a.C. - Babilonia, 323 a.C.) Rey de Macedonia cuyas conquistas y extraordinarias dotes militares le permitieron forjar, en menos de diez años, un imperio que se extendía desde Grecia y Egipto hasta la India, iniciándose así el llamado periodo helenístico (siglos IV-I a.C.) de la Antigüedad. Sucedió muy joven a su padre, Filipo II, asesinado en el año 336 a.C. Éste le había preparado para reinar, proporcionándole una experiencia militar y encomendando a Aristóteles su formación intelectual.

Alejandro Magno dedicó los primeros años de su reinado a imponer su autoridad sobre los pueblos sometidos a Macedonia, que habían aprovechado la muerte de Filipo para rebelarse. Y enseguida -en el 334- lanzó a su ejército contra el poderoso y extenso Imperio Persa, continuando así la empresa que su padre había iniciado poco antes de morir: una guerra de venganza de los griegos -bajo el liderazgo de Macedonia- contra los persas.


Busto de Alejandro Magno

Con un ejército pequeño (unos 30.000 infantes y 5.000 jinetes), Alejandro Magno se impuso invariablemente sobre sus enemigos, merced a su excelente organización y adiestramiento, así como al valor y al genio estratégico que demostró; las innovaciones militares introducidas por Filipo (como la táctica de la línea oblicua) suministraban ventajas adicionales.

Alejandro recorrió victorioso el Asia Menor (batalla de Gránico, 334), Siria (Issos, 333), Fenicia (asedio de Tiro, 332), Egipto y Mesopotamia (Gaugamela, 331), hasta tomar las capitales persas de Susa (331) y Persépolis (330). Asesinado Darío III, el último emperador Aqueménida, por uno de sus sátrapas (Bessos) para evitar que se rindiera, éste continuó la resistencia contra Alejandro en el Irán oriental.

Una vez conquistada la capital de los persas, Alejandro licenció a las tropas griegas que le habían acompañado durante la campaña y se hizo proclamar emperador ocupando el puesto de los Aqueménidas. Enseguida lanzó nuevas campañas de conquista hacia el este: derrotó y dio muerte a Bessos y sometió Partia, Aria, Drangiana, Aracosia, Bactriana y Sogdiana. Dueño del Asia central y del actual Afganistán, se lanzó a conquistar la India (327-325), albergando ya un proyecto de dominación mundial. Aunque incorporó la parte occidental de la India (vasallaje del rey Poros), hubo de renunciar a continuar avanzando hacia el este por el amotinamiento de sus tropas, agotadas por tan larga sucesión de conquistas y batallas.


Alejandro Magno en la batalla de Issos
(detalle de un mosaico hallado en Pompeya)

Con la conquista del Imperio Persa, Alejandro descubrió el grado de civilización de los orientales, a los que antes había tenido por bárbaros. Concibió entonces la idea de unificar a los griegos con los persas en un único imperio en el que convivieran bajo una cultura de síntesis (año 324). Para ello integró un gran contingente de soldados persas en su ejército, organizó en Susa la «boda de Oriente con Occidente» (matrimonio simultáneo de miles de macedonios con mujeres persas) y él mismo se casó con dos princesas orientales: una princesa de Sogdiana y la hija de Darío III.



La reorganización de aquel gran Imperio se inició con la unificación monetaria, que abrió las puertas a la creación de un mercado inmenso; se impulsó el desarrollo comercial con expediciones geográficas como la mandada por Nearcos, cuya flota descendió por el Indo y remontó la costa persa del Índico y del golfo Pérsico hasta la desembocadura del Tigris y el Éufrates. También se construyeron carreteras y canales de riego. La fusión cultural se hizo en torno a la imposición del griego como lengua común (koiné). Y se fundaron unas 70 ciudades nuevas, la mayor parte de ellas con el nombre de Alejandría (la principal en Egipto y otras en Siria, Mesopotamia, Sogdiana, Bactriana, India y Carmania).

La temprana muerte de Alejandro a los 33 años, víctima del paludismo, le impidió consolidar el imperio que había creado y relanzar sus conquistas. El imperio no sobrevivió a la muerte de su creador. Se desencadenaron luchas sucesorias en las que murieron las esposas e hijos de Alejandro, hasta que el imperio quedó repartido entre sus generales (los diádocos): Seleuco, Ptolomeo, Antígono, Lisímaco y Casandro. Los Estados resultantes fueron los llamados reinos helenísticos, que mantuvieron durante los siglos siguientes el ideal de Alejandro de trasladar la cultura griega a Oriente, al tiempo que insensiblemente dejaban penetrar las culturas orientales en el Mediterráneo.

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Tutmosis I

3. Tutmosis I

(s. XVI a.J.C.) Faraón egipcio de la XVIII dinastía (c. 1530-1520 a.J.C.). Quizás hijo de Amenofis I, se casó con Ahmés, hija legítima de éste. En sus campañas conquistó parte de Nubia y penetró en Siria hasta el Éufrates.

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Carlos V

4. Carlos V

En 1520, una serie de alianzas dinásticas y fallecimientos prematuros convirtió a un joven de veinte años en el monarca más poderoso de Europa. Nieto de los Reyes Católicos, Carlos había heredado de ellos las coronas de Castilla y Aragón, con sus respectivas posesiones en América y en el... Ver mas
En 1520, una serie de alianzas dinásticas y fallecimientos prematuros convirtió a un joven de veinte años en el monarca más poderoso de Europa. Nieto de los Reyes Católicos, Carlos había heredado de ellos las coronas de Castilla y Aragón, con sus respectivas posesiones en América y en el Mediterráneo, y reinaba como Carlos I de España desde los dieciséis años. A los veinte, tras la muerte de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I de Habsburgo, fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, razón por la que la historiografía lo designa como Carlos I de España y V de Alemania. Pese a ser la más habitual, esta denominación omite otros importantes territorios incluidos en su fabulosa herencia.


Carlos V (detalle de un retrato de Tiziano)

Bajo su reinado y el de su hijo y sucesor, Felipe II, España se convirtió en la primera potencia mundial, las artes y la cultura iniciaron su Siglo de Oro y se formó el más vasto imperio colonial visto hasta entonces. El rey y emperador Carlos asumió la antigua idea de instaurar un Imperio universal, entendido como entidad política que, fundada sobre los valores de una misma religión, el cristianismo, habría de asegurar tanto la paz y la prosperidad de las naciones cristianas como su defensa frente a agresiones exteriores, como las del pujante Imperio otomano.

No sin dificultades, y mientras conquistadores y misioneros españoles extendían por América y el mundo los confines de aquel Imperio en que nunca se ponía el sol, Carlos logró hacer frente a la amenaza de los turcos, que bajo el liderazgo de Solimán el Magnífico habían llegado a sitiar Viena en 1529. Pero la expansión de la Reforma protestante iniciada por Lutero, que acabaría provocando un nuevo cisma en la cristiandad, y la animadversión de Francia y de otros países, temerosos de su abrumadora hegemonía, frustraron la realización de un ideal que, visto en perspectiva, difícilmente podía sobreponerse al curso de la historia.

El hijo de Juana la Loca

Cuenta el místico español San Juan de la Cruz, en una carta conservada en el Archivo de Simancas, que Juana la Loca, hija de Isabel la Católica y madre del futuro Carlos V, decía cosas tales como que "un gato de algalia había comido a su madre e iba a comerla a ella", extrañas fantasías de una mujer misteriosa. Sobre la regia locura de Juana se han esgrimido las más caprichosas hipótesis, desde la que afirma que no padecía enajenación ninguna, sino un intolerable protestantismo cruelmente castigado con el apartamiento, hasta la versión más común que pretende, según la tesis de Marcelino Menéndez y Pelayo, que "la locura de Doña Juana fue locura de amor, fueron celos de su marido, bien fundados y anteriores al luteranismo".


Carlos V (retrato de Jan Cornelisz Vermeyen, c. 1530)

Tampoco los historiadores han dejado de tachar a su hijo Carlos I de España y V de Alemania, a quien las circunstancias convirtieron en el más acendrado valedor del catolicismo de su época, de haber incurrido en la heterodoxia, y ello amparándose en el proceso que el papa mandó formar al emperador como cismático y factor de herejes. Pero aquello fue un episodio motivado por aviesos intereses políticos, cuyas razones se compadecen mal con la rectitud de los sentimientos religiosos del emperador, quien en su retiro en Yuste confesaba a los frailes: "Mucho erré en no matar a Lutero, y si bien lo dejé por no quebrantar el salvoconducto y palabra que le tenía dada, pensando de remediar por otra vía aquella herejía, erré, porque yo no era obligado a guardarle la palabra, por ser la culpa de hereje contra otro mayor Señor, que era Dios, y así yo no le había ni debía guardar palabra, sino vengar la injuria hecha a Dios." Marcelino Menéndez y Pelayo apostilla que "al hombre que así pensaba podrán calificarle de fanático, pero nunca de hereje".

El 24 de febrero de 1500, fecha en que los estados flamencos celebraban su día en Prinsenhof, cerca de Gante, el archiduque Felipe el Hermoso y la archiduquesa Juana, más tarde llamada la Loca, rendían pleitesía al nuevo rey de Francia, Luis XII, a pesar del enfado del emperador Maximiliano y de los Reyes Católicos. En medio de la ceremonia, Juana corrió al evacuador (un excusado especial) y se encerró en él sin que Felipe se inmutara. Al cabo de una espera excesiva las damas de honor, alarmadas, hicieron derribar la puerta, y Juana mostró la razón de su encierro. Sola y sin ayuda había dado a luz a su primer varón. Lo bautizaron con el nombre de Carlos en honor a Carlos el Temerario, bisabuelo del niño.


La familia del emperador Maximiliano; en el centro,
su nieto Carlos V (retrato de Bernhard Strigel)

Como hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, llegó a manos de Carlos V una vasta y heterogénea herencia, en la que mucho tuvieron que ver la combinación de matrimonios dinásticos y una serie de muertes prematuras de los herederos directos de distintos tronos. Por parte de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I de Habsburgo, recibió los estados hereditarios de la casa de Austria, en el sudeste de Alemania; por parte de su abuela paterna, María de Borgoña, obtuvo el ducado borgoñón, que sin embargo estaba en poder de Francia, y además los Países Bajos, el Franco-Condado, Artois y los condados de Nevers y Rethel. De su abuelo materno, Fernando el Católico, recibió el reino de Aragón, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y sus posesiones de ultramar; y de su abuela materna, Isabel la Católica, Castilla y las conquistas castellanas en el norte de África y en Indias.

Una herencia fabulosa y conflictiva

El verdadero problema residiría en la falta de cohesión de todos estos dominios, por lo que Carlos se propuso durante todo su reinado superar el concepto feudal del imperio y darle una nueva dinámica a través de un ideal común que justificase la reunión de territorios tan dispares bajo una sola corona. La figura del imperio surgió ante él como la entidad política idónea para aglutinar los distintos dominios y fundarlos sobre una universalidad religiosa. El ideal común era el cristianismo y, conforme al mismo, Carlos se erigió en el «guardián de la cristiandad», en momentos en que la unidad de convicciones que habían mantenido cerrado el mundo medieval estaban a punto de romperse.

Según Menéndez Pidal, Carlos V asumió el papel de coordinador y guía de los príncipes cristianos contra los infieles «para lograr la universalidad de la cultura europea», de modo que la idea de cristianismo pasase a ser una realidad política. Sin embargo, ésta no era tarea fácil en un siglo como el XVI, en el que los sentimientos nacionales se oponían al universalismo y los príncipes cristianos buscaban consolidar, cuando no ensanchar, su espacio vital en el viejo continente.

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Pedro I "El Grande"

5. Pedro I "El Grande"

(Pedro I Alexéievich, llamado el Grande; Moscú, 1672-San Petersburgo, 1725) Zar de Rusia (1682-1725). Hijo del zar Alejo Mijáilovich y de su segunda esposa Natalia Narishkina y sucesor de su hermanastro Fiodor III, ocupó el trono. A la muerte de Fiodor, la familia Narishkin proclamó sucesor a... Ver mas
(Pedro I Alexéievich, llamado el Grande; Moscú, 1672-San Petersburgo, 1725) Zar de Rusia (1682-1725). Hijo del zar Alejo Mijáilovich y de su segunda esposa Natalia Narishkina y sucesor de su hermanastro Fiodor III, ocupó el trono. A la muerte de Fiodor, la familia Narishkin proclamó sucesor a Pedro, pero los streltsí le obligaron a compartir la corona con su hermanastro Iván V, quien confió la regencia a su hermanastra Sofía. Siguieron unos años en que la educación de Pedro I estuvo abandonada, pero él entró en contacto con comerciantes europeos, con los que se formó militar y políticamente.

En 1689, Pedro I dio un golpe de estado (1689), encerró a la regente en un convento, apartó del poder a Iván, quien conservó sus títulos hasta su muerte (1696) y entregó el poder a su madre, que gobernó hasta 1694, año en que murió. Tras la conquista de Azov a los turcos (1696), en la que probó la flota que había creado, viajó por Polonia, Alemania, Austria, Países Bajos e Inglaterra en 1697, ampliando su pobre formación cultural y contratando técnicos que le ayudaran en la tarea de occidentalizar Rusia. Una revuelta de los streltsí (1698), opuestos a la política de occidentalización, le hizo volver a Rusia.

Inmediatamente emprendió la tarea de modernizar su país. Comenzó con aspectos exteriores, como la prohibición de las barbas y la imposición del vestido occidental, salvo para el clero y los campesinos, pero siguieron otras reformas más profundas, encaminadas a aumentar la riqueza del país y de los recursos del Estado.

Para ello se reformó el sistema fiscal con nuevos impuestos y con la ampliación del número de contribuyentes, para poder crear y sostener un ejército permanente sobre el que poder apoyar la política exterior orientada a ampliar las fronteras rusas en todas las direcciones y en especial hacia el mar Negro y el Báltico, y se protegieron las manufacturas y el comercio y se establecieron monopolios estatales.



Desde el punto de vista administrativo, el país quedó dividido en gobiernos, provincias, distritos y cantones, mientras un senado de diez miembros (1711) y nueve colegios o consejos ministeriales, de trece miembros, se convertían en los órganos supremos de gobierno. La nobleza tuvo que incorporarse a la administración, al ejército o a la corte (1722) y toda la sociedad quedó estructurada, desde el siervo de la gleba, cuya dependencia respecto de los terratenientes aumentó, hasta los niveles más altos de la nobleza.

Con tal de asegurar la sumisión de la Iglesia ortodoxa y evitar su intervención en política, el patriarcado fue sustituido por un sínodo presidido por el zar (1721). La adquisición de una amplia fachada en el Báltico, cerca de la que se fundó (1703) la nueva capital del Imperio, San Petersburgo, costó 25 años de guerra contra Suecia, durante la cual Carlos XII de Suecia fue derrotado en la batalla de Poltava (1709), aunque la guerra duró hasta la Paz de Nystadt (1721), por la que Rusia consolidó su fachada báltica. Pero en 1710 fue derrotado en el Prut por los turcos y perdió Azov, la salida al mar Negro. Esta pérdida fue compensada por la conquista de la ribera occidental del mar Caspio en una guerra contra Persia (1722-1723).

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Solimán "El Magnífico"

6. Solimán "El Magnífico"

(Trebisonda, Turquía, 1494 - Szeged, Hungría, 1566) Sultán turco otomano. El Imperio Otomano conoció su máximo esplendor bajo su gobierno, no sólo por la solidez de la organización administrativa y militar, sino por la ampliación de sus fronteras a su máxima extensión y por el hecho de que... Ver mas
(Trebisonda, Turquía, 1494 - Szeged, Hungría, 1566) Sultán turco otomano. El Imperio Otomano conoció su máximo esplendor bajo su gobierno, no sólo por la solidez de la organización administrativa y militar, sino por la ampliación de sus fronteras a su máxima extensión y por el hecho de que Estambul se constituyó en un brillante centro intelectual. Conocido tambien como Sulimán (o Süleyman, en turco), fue por ello llamado "el Magnífico" en Occidente y "el Legislador" por sus compatriotas.


Solimán el Magnífico

Cuando Solimán sucedió a su padre en el trono otomano en 1520, este pueblo belicoso que los mongoles habían empujado hasta la península de Anatolia (la actual Turquía) había llevado a cabo numerosas batallas con los países europeos. Ya en 1354, Orjan conquistó Gallípoli, el primer dominio otomano en Europa, al tiempo que fundaba un nuevo ejército formado por un escuadrón de caballería ligera (akhingi) y un ala constituida por los grandes señores feudales (spahis), que estaba compuesta por los célebres y temibles jenízaros.

El 25 de mayo de 1453, Mehmet II el Conquistador, que había establecido la expeditiva costumbre de que cada sultán eliminase a sus hermanos para garantizar la sucesión dinástica, entró en Constantinopla, el último reducto del Imperio Romano de Oriente, defendido desesperadamente por bizantinos, genoveses y venecianos. Este hecho trascendental, amén de señalar la fecha exacta en que el Imperio Otomano cobraba un decisivo poder en el Mediterráneo y se convertía en una persistente amenaza para los pueblos de Europa, arrojó a los doctos emigrados griegos a Italia, lo que llevaría al florecimiento del humanismo, y cerró para los europeos el acceso al mar Negro y por tanto su vía de comunicación con la India, obligándoles de ese modo a una búsqueda de nuevas rutas que, en 1492, conduciría al descubrimiento de América por Cristóbal Colón.

El padre de Solimán, Selim I, conquistador de Siria, Arabia y Egipto, adoptó el título de califa tras la toma de La Meca. A su muerte, acaecida en 1520, su temerario hijo Solimán, presente en numerosas batallas que no dudaba en encabezar, tomó las riendas del Imperio para catapultarlo al máximo poderío de toda su historia merced a una política de expansión en Europa que está jalonada por tres importantes victorias. En 1521 conquista Belgrado; al año siguiente, en la isla de Rodas, obtiene la capitulación de los Caballeros Hospitalarios de San Juan, con lo que a partir de entonces el tráfico marítimo veneciano y genovés queda bajo su control; y, por último, con su victoria en la batalla de Mohács, acaba con la independencia de Hungría e impone en el trono a Juan Zapolya, vasallo del Imperio Otomano.


El Imperio Otomano bajo Solimán el Magnífico

A la expansión de Solimán el Magnífico se opondrán enérgicamente España y Austria, con la ayuda de Polonia y Venecia, siendo el mayor adalid de esta defensa el emperador Carlos I de España y V de Alemania. Pero como el enemigo juramentado de éste, el rey francés Francisco I, no veía con buenos ojos el liderazgo europeo del hijo de Juana la Loca, no dudó en aliarse con el turco para reducir su poder.

Nadie como Solimán se aprovechó más de la inagotable rivalidad de los dos obstinados monarcas cristianos. Con admirable oportunidad y con una astucia diplomática que le hace merecedor de ser calificado como uno de los mayores estadistas de la época, el califa supo sacar provecho del río revuelto que era por aquel entonces Occidente, desangrado y dividido por guerras de religión y con fronteras movedizas que respondían a un verdadero mosaico de ambiciones. En este sentido hay que destacar la paradoja de que, al invadir Hungría, Solimán el Magnífico prestase una impagable ayuda a la llamada Liga Clementina, encabezada por el papa Clemente VII y que, además del Vaticano, reunía a Francia, Florencia y Milán contra Carlos I.



En 1529, su audacia llegó hasta el extremo de asediar por primera vez Viena, campaña en la que fracasó, pero que volvió a intentar en 1532, año en el que Carlos I, el gran abanderado del catolicismo, hubo de pactar con los protestantes para lograr rechazar la ofensiva. Más tarde Solimán orientaría sus conquistas fuera del territorio europeo, invadiendo Bagdad y Mesopotamia y llegando hasta la India; pero a la muerte de su vasallo Juan Zapolya en 1541, Hungría quedó anexionada al Imperio Otomano; y en 1543, el mismo año en que Persia pasaba a sus dominios, Fernando I de Habsburgo quedó obligado a pagar al Imperio un tributo anual de 30.000 ducados. Precisamente como consecuencia de la negativa de su sucesor, Maximiliano II, a pagar el tributo, se produjo en 1566 el asalto turco a Szeged, ciudad defendida valientemente por el héroe nacional húngaro Zriny, donde halló la muerte Solimán.

Antes de eso, el gran dignatario musulmán había llevado a cabo igualmente una extraordinaria actividad legisladora, que le valió su sobrenombre entre los turcos; había impuesto a las familias cristianas la obligación de entregar un hijo de cada cinco para integrarlo en sus compañías de jenízaros y había practicado también el rapto de niños (devsirme) para nutrir sus tropas; había dividido las tierras conquistadas en timar, feudos militares sometidos al gobierno de un bajá; había dejado su impronta urbanística en Constantinopla y había visto cómo la preferida de su harén, la bella Roxelana, lo traicionaba mandando asesinar a su primogénito, el príncipe Mustafá, para lograr que el sultanato recayera en su hijo Selim.



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Trajano

7. Trajano

(Marco Ulpio Trajano; Itálica, hoy desaparecida, actual España, 53 - Selinonte, hoy desaparecida, Sicilia, 117) Emperador romano. Miembro de una familia de la pujante aristocracia de la Bética, desarrolló una brillante carrera militar a lo largo de los reinados de Domiciano y Nerva. En el año 97... Ver mas
(Marco Ulpio Trajano; Itálica, hoy desaparecida, actual España, 53 - Selinonte, hoy desaparecida, Sicilia, 117) Emperador romano. Miembro de una familia de la pujante aristocracia de la Bética, desarrolló una brillante carrera militar a lo largo de los reinados de Domiciano y Nerva. En el año 97, Nerva lo adoptó y lo asoció a la sucesión imperial, con lo que se inició una costumbre que se mantendría durante la época de los Antoninos, por la cual, el emperador designaba un sucesor, a quien adoptaba, entre los aspirantes más cualificados.


Busto de Trajano

La figura de Trajano fue considerada por la historiografía romana como la del Optimus Princeps, y su actitud de respeto por el Senado y por la tradición, así como su eficaz gestión de gobierno, le valieron la admiración de sus contemporáneos. Mejoró la Administración imperial, realizó numerosas obras públicas y, consciente del declinar demográfico del imperio, instauró diversas iniciativas tendentes a paliar sus efectos, protegiendo a las familias numerosas y a los huérfanos.

Sin embargo, es recordado, sobre todo, por sus campañas militares, que llevaron las fronteras del Imperio Romano hasta su punto de máxima expansión. Tras dos intensas campañas, la primera entre el 101 y el 102 y la segunda entre el 105 y el 107, las legiones consiguieron quebrar la resistencia del reino dacio del rey Decébalo. Ocupada Dacia, que fue repoblada por colonos, Trajano llevó a cabo una importante reorganización del limes antes de pasar a la ofensiva contra el enemigo tradicional de Roma en Oriente, los partos.

En el 113, un nutridísimo ejército romano inició el ataque, que lo llevaría a ocupar toda la Mesopotamia y conquistar ciudades como Babilonia y Ctesifonte, para llevar las armas de Roma hasta el golfo Pérsico. Estos límites territoriales resultaron más difíciles de conservar que de conquistar, hasta el punto de que una rebelión judía y el continuo hostigamiento por parte de los partos de Cosroes obligaron a Trajano a evacuar el sur de Mesopotamia. Enfermo, el emperador murió durante su regreso a Roma.

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Darío I "El Grande"

8. Darío I "El Grande"

Rey de Persia (550 - 485 a. C.). Era hijo del sátrapa de Partia, de una rama secundaria de la familia real Aqueménida. Pertenecía a la guardia real del emperador Cambises II cuando éste murió en el 522 a. C.; junto con otros nobles, se enfrentó al usurpador Gaumata, que, haciéndose pasar por el... Ver mas
Rey de Persia (550 - 485 a. C.). Era hijo del sátrapa de Partia, de una rama secundaria de la familia real Aqueménida. Pertenecía a la guardia real del emperador Cambises II cuando éste murió en el 522 a. C.; junto con otros nobles, se enfrentó al usurpador Gaumata, que, haciéndose pasar por el hermano del emperador, Bardiya o Smerdis (muerto, en realidad), se había proclamado rey.


Darío I el Grande

Darío se hizo con el poder mediante un golpe de Estado en el 521, si bien propagó la leyenda de que había sido elegido rey mediante la hipomancia o adivinación por los caballos; con la muerte de Gaumata y el aplastamiento de sus partidarios, Darío sometió a la casta sacerdotal persa.

Hasta el 518 se dedicó a consolidar su poder, eliminando a nueve competidores, además de someter las rebeliones de Babilonia, Susa y Egipto. Pronto retomó la dinámica de expansión de sus predecesores: envió expediciones al Punjab y a las costas del golfo Pérsico (hacia el 512). Su guerra contra los escitas le permitió anexionarse Tracia y someter al rey de Macedonia; pero no consiguió llevar sus conquistas más allá del Dniéster.

Espoleadas por el relativo fracaso de Darío ante los escitas, las ciudades griegas de Jonia se rebelaron contra la dominación persa y llamaron a Atenas en su ayuda (499). La revuelta fue reprimida con dureza, pero Darío creyó necesario prevenir nuevos estallidos llevando la guerra hasta el corazón de Grecia; el primer intento fracasó por el naufragio de la flota persa durante una tormenta (492). El segundo parecía tener más garantías de éxito, pues el oro persa garantizó la neutralidad de la mayoría de las ciudades, dejando aisladas a Atenas y Esparta; sin embargo, los atenienses consiguieron derrotar al ejército persa en la batalla de Maratón (490 a. C.).



Cuando, cuatro años más tarde, murió Darío, los ecos de aquella derrota en el extremo occidental del Imperio animaron nuevas insurrecciones en Egipto y Babilonia, que su hijo y sucesor, Jerjes I, tardaría en reprimir. Sin embargo, junto con estas dificultades militares, Darío le legó un Imperio sólidamente organizado desde el punto de vista político y militar, en torno a la figura del sátrapa, gobernador provincial con amplias atribuciones políticas y militares, vigilado por un secretario real; la monarquía absolutista que implantó iba acompañada de un respeto exquisito por los cultos religiosos de los pueblos conquistados, que convivían con el culto oficial a Zoroastro.



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Yongle

9. Yongle

(1360 - 1424) Emperador de China (1403 - 1424), de la dinastía Ming. Ascendió al trono en 1403 como hijo del emperador Hongwu (1368-1398), tras suceder a Jianwen, nieto de este último y sobrino del propio Yongle. Considerado uno de los más capaces emperadores de la historia china, su reinado se... Ver mas
(1360 - 1424) Emperador de China (1403 - 1424), de la dinastía Ming. Ascendió al trono en 1403 como hijo del emperador Hongwu (1368-1398), tras suceder a Jianwen, nieto de este último y sobrino del propio Yongle. Considerado uno de los más capaces emperadores de la historia china, su reinado se caracterizó por la expansión exterior y la construcción de importantes monumentos y palacios, entre ellos la célebre Ciudad Prohibida, en Pekín, ciudad que convirtió en capital del Imperio.


El emperador Yongle

Cuarto hijo del emperador Hongwu, Yongle ostentaba el título de príncipe de Yan y desempeñaba el cargo de gobernador militar de la provincia norteña de Pekín cuando la repentina desaparición de Jianwen, en 1402, abrió sus opciones para ocupar el trono. Al mando de un ejército no muy numeroso, capturó Nanjing, por entonces la capital del Imperio Ming, y derrotó a sus oponentes demostrando tanta capacidad militar como crueldad, ya que ordenó asesinar a todos los sospechosos de ser partidarios del anterior gobernante, incluidas familias, amigos, siervos y mentores.

Autoproclamado emperador, adoptó el nombre de Yongle ('Felicidad Perpetua'), continuó la política de consolidación de la dinastía emprendidas por su fundador, Hongwu, y una vez aseguradas las bases del poder interno, inició una expansión exterior sin precedentes en la historia de China, hecho que seguramente constituye la nota más sobresaliente de su imperio y que le ha valido el sobrenombre de "Pedro el Grande chino".

Yongle supo aprovechar el vacío de poder creado por el desmoronamiento de la dominación mongola, para organizar una expedición militar a Indochina, tras la cual logró dominar la región (1406) y someterla a tributación. Un año antes (1405) una gran flota naval al mando de Zheng He (Cheng Ho), un eunuco musulmán, había emprendido el primero de una serie de viajes que le llevaron hasta las principales islas indonesias (Java y Sumatra), las actuales costas de Vietnam y Tailandia (1408) y Ceilán (1411). A partir de 1412 Zheng inició una segunda serie de expediciones que alcanzaron tierras aún más lejanas: India, Persia, la península Arábiga, las costas de África Oriental e incluso se adentraron en el Mar Rojo, hasta llegar a la ciudad de Jidda.

Sin embargo, el resultado práctico de estas largas expediciones fue escaso, dada la falta de unos claros objetivos estratégicos; no había en ellas afán comercial o militar que animase a los gobernantes posteriores a continuar la empresa. Por otra parte, el emperador tuvo pronto que concentrar su atención en la frontera terrestre del Imperio ante una nueva amenaza de invasión mongola. Como medida preventiva, en 1410 un ejército imperial invadió Mongolia y logró una importante, aunque no decisiva victoria; a comienzos de la década de 1420 el propio emperador se puso al frente de una segunda campaña, muriendo en el transcurso de ella.



En política interior, Yongle favoreció el desarrollo de las artes y la literatura. Durante su mandato se completó el Tripitaka budista, magna obra que constaba de 6.771 secciones, además de favorecer la promoción social de los intelectuales confucianos y fortalecer el sistema de exámenes para acceder a la administración civil (kuo-tzu-chien), abriendo una segunda sede en Pekín. En cambio, varió la política de su padre respecto a los eunucos; éstos, relegados durante largo tiempo, recuperaron su posición de privilegio en la administración de las provincias en una hábil maniobra del emperador para compensar el creciente poder adquirido por los funcionarios de la Corte imperial.

Con este mismo objetivo, afianzar su poder frente a la Corte, trasladó la capital del Imperio desde Nankín a Pekín (1421), antiguo feudo en su época de gobernador provincial, e hizo de los fastuosos palacios de la Ciudad Prohibida su residencia oficial. La construcción de este espectacular recinto arquitectónico, iniciada en los comienzos de su gobierno (1406), empleó a más de un millón de trabajadores durante quince años y necesitó de la fabricación de tres billones de ladrillos.

Se puede decir que todo lo que rodeaba al emperador era de proporciones gigantescas: sólo su séquito habitual de viaje estaba formado por un ejército de cincuenta mil hombres, diez mil de ellos a caballo. También durante su mandato se construyó el Templo del Cielo y se emprendieron obras para terminar el Gran Canal de Yuan. A su muerte Yongle fue enterrado junto a su esposa, la emperatriz Xu, y dieciséis de sus concubinas en el monumental cementerio de Shisanling, mandado construir por él. Fue sucedido por su hijo Hongxi.

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Benjamin Disraeli

10. Benjamin Disraeli

Político inglés (Londres, 1804-1881). Nacido en una familia judía sefardí, pertenecía a la primera generación bautizada por la Iglesia de Inglaterra (en 1817). Tras hacerse abogado, se dedicó a la literatura desde 1824. Su juventud fue una sucesión de fracasos: perdió todo el dinero que invirtió... Ver mas
Político inglés (Londres, 1804-1881). Nacido en una familia judía sefardí, pertenecía a la primera generación bautizada por la Iglesia de Inglaterra (en 1817). Tras hacerse abogado, se dedicó a la literatura desde 1824. Su juventud fue una sucesión de fracasos: perdió todo el dinero que invirtió en la Bolsa, no consiguió sacar adelante el periódico que fundó y perdió cinco elecciones parlamentarias. Cuando por fin entró en la Cámara de los Comunes gracias a su incondicional apoyo al jefe de los conservadores -Robert Peel-, los diputados recibieron entre risas su primer y extravagante discurso (1837).


Benjamin Disraeli

En 1842-46 encabezó una rebelión del ala derecha del partido contra el librecambismo de Peel, que derribó a éste del gobierno; con ello, sin embargo, no consiguió más que debilitar a su partido, que hubo de pasar a la oposición. En 1848 fue designado líder de los conservadores en los Comunes, pero siguió acumulando fracasos electorales, apenas compensados por sus éxitos como escritor. Muchas de sus novelas contenían críticas a la política de su tiempo -como Vivian Grey (1825-27) o Lothair (1870)- o consideraciones histórico-filosóficas que sustentaban su posición política -como Coningsby (1844), Sybil (1845) o Tancred (1847)-.

Sirvió dos veces como ministro de Hacienda hasta que la reina Victoria I le nombró primer ministro en 1867-68. La principal realización de ese periodo de gobierno fue la reforma de 1867, que extendió el derecho de voto hasta doblar el cuerpo electoral; con ello suministró una base de votantes populares a su proyecto político de «democracia tory», que consistía en transformar el viejo partido aristocrático conservador en un partido «nacional» capaz de anudar la alianza entre un fuerte poder monárquico y un electorado trabajador.

Durante la década de los setenta la política británica estuvo marcada por el enfrentamiento entre Disraeli y el líder de los liberales, William Gladstone, cuya política atacó aquél desde la oposición (especialmente en lo tocante a Irlanda y a las colonias). Cuando accedió a un segundo mandato como primer ministro (1874-80), puso en marcha el ambicioso programa imperialista que había anunciado en su discurso del Crystal Palace (1872): anexión de las islas Fidji (1874), adquisición de las acciones egipcias que otorgarían a Gran Bretaña el control del canal de Suez (1875), coronación de la reina Victoria como emperatriz de la India (1876) y guerras coloniales en Afganistán y Sudáfrica (tanto contra los zulúes como, tras la anexión del Transvaal en 1877, contra los bóers). Su agresividad en política exterior le permitió frenar el expansionismo ruso defendiendo al Imperio Otomano (al que hizo pagar su apoyo en 1878 con la entrega de Chipre). En 1880 perdió las elecciones y al año siguiente murió de una bronquitis.

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