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  • Lista creada por LODVG.
  • Publicada el 19.06.2010 a las 00:37h.
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Último acceso 17.08.2010

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Hola, ésta es una historia escrita por un amigo que su sueño es convertirse en escritor. Hace poco me pidió que leyera éste trozo que os voy a poner a continuación. Y le dije qué me encantaba. Lo que quiero al hacer ésta lista, es saber si realmente la historia que cuenta es buena, o es qué cómo amigo que soy, estoy influenciado a darle sólo opiniones positivas.
Gracias a todos los que lo mireis y comenteis!!!

P.D: pinchad en leer más para poder leerlo.

Estos son los elementos de la lista. ¡Vota a tus favoritos!

Hermosa locura -Parte uno-

1. Hermosa locura -Parte uno-

Capítulo.1 1 Mi vida nunca ha sido un camino de rosas. Y hasta hace poco lo tenía más que asumido, pero… ¿qué hace uno cuándo muere su madre? Alcé la vista para seguir el vuelo de una gaviota que sobrevolaba la orilla de la playa. Aquel era un día especial, trece de diciembre, me... Ver mas
Capítulo.1

1

Mi vida nunca ha sido un camino de rosas. Y hasta hace poco lo tenía más que asumido, pero… ¿qué hace uno cuándo muere su madre?
Alcé la vista para seguir el vuelo de una gaviota que sobrevolaba la orilla de la playa. Aquel era un día especial, trece de diciembre, me detuve en un banco cerca de la playa. Necesitaba un descanso tras haberme despertado a las cinco de la madrugada, y no parar de andar hasta entonces. El viento azotó mi cabello, y un señor, que rondaba los setenta años de edad se sentó a mi lado, me miró sin despojo, con esa mirada con la que te observan los mayores cuando adivinan lo que te sucede. Al sentir mi incomodidad, el anciano decidió hablar.
- ¡Qué viento se está levantando! – miró a las olas más lejanas que se pudieran apreciar desde nuestra posición, y después, volvió a situar toda su atención en mi.
- ¿No le parece? – el anciano parecía estar ensañado en sacarme al menos una palabra. Observé su reacción de reojo, pero no se inmutó. Esperaba una contestación.
- Si – asentí finalmente, derrotado. Y él, victorioso, se giró brevemente y articuló una gran sonrisa, mostrando los pocos dientes que sobrevivían en su paladar superior.
- Los del tiempo siempre se equivocan – afirmó – por eso me llevo mi paraguas a todas partes – dijo, tocando el oscuro paraguas en el que se apoyaba para andar.
- Me parece que se equivoca – repliqué, inocente, sin cambio de expresión en el rostro.
- ¿A si? – dijo en tono irónico, arqueando una ceja.
- Si – asentí.
- ¿Y por qué cree tal cosa, joven?
- Porque muchas de las cosas que dicen los del tiempo son verdad.
- No le quito razón – añadió el anciano – pero… ¿verdad que se equivocan? – insistió, convencido.
- Sí, pero…
- Pues yo nunca me equivoco – me interrumpió. Le miré fijamente.
- ¿Verdad que siempre lleva su paraguas consigo? – pregunté. Y el anciano asintió con la cabeza, mirándome de reojo.
- Pues esa es la prueba. Usted, simplemente no predice el tiempo, lleva consigo todas las variantes para que no le pille desprevenido. ¿No es así? – el anciano se levantó y me tendió su paraguas.
- Cójalo, lo necesitará – lo agarré, y él se fue.
Las nubes se perdían a la lejanía, y el sol tintaba las frías aguas del mar de color dorado. Suspiré mientras veía la figura del anciano perderse entre la gente que pululaba por allí.

Ha recibido 8 puntos

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-Parte seis-

2. -Parte seis-

6 Cuando alcancé el comedor, y me senté en una de las sillas que rodeaban la mesa. Una voz muy conocida me dio la bienvenida. - Hola Ian – sonaba dulce, pero su vestimenta había cambiado, ahora vestía más a la moda, pero mientras la miraba, yo seguía viéndola con su vestido blanco, cómo en... Ver mas
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Cuando alcancé el comedor, y me senté en una de las sillas que rodeaban la mesa. Una voz muy conocida me dio la bienvenida.
- Hola Ian – sonaba dulce, pero su vestimenta había cambiado, ahora vestía más a la moda, pero mientras la miraba, yo seguía viéndola con su vestido blanco, cómo en su infancia.
- Hola Arianne – me levanté, y agarré sus brazos por las muñecas, y las posé en mi rostro.
- ¿Eh cambiado en algo? – le pregunté, esta vez, los dos sonreíamos. Y juraría que ese día volví a oler el perfuma de mi vecina Bernadet, y el repugnante olor que provocaba la unión del del jamón serrano y los pescados.
- Debo decirte, que muy poco – me contestó - ¿y yo? – preguntó - ¿te parece qué he cambiado algo?
- No – negué – para mí sigues siendo la niña de siete años que conocí aquel día lluvioso.
- ¿Debería de alagarme? – me preguntó, sarcástica. Bajó sus manos, y con cuidado, se sentó en una de las sillas.
- Claro que sí… - aquel día volví a revivir todos aquellos sentimientos que un día me recorrieron el cuerpo. Me sentí vacío, y desgraciadamente, la imagen de mi ex me vino a la cabeza. Regresé a casa en el auto de Dave, que amablemente me llevó entre sonrisas. Cuando llegué a casa, una gran llovizna inundó las calles del pueblo. Me tumbé en el sofá, y me dormí mirando la caja que me había dejado mi madre.

Ha recibido 6 puntos

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-Parte tres-

3. -Parte tres-

3 Me bajé del tren en la calle Santiago, y en ése mismo instante, una brisa que arrastraba hojas consigo, me golpeó. Con la música taponando mis oídos, anduve calle arriba, hasta alcanzar la puerta de metal que daba paso al cementerio. Un hombre vestido con traje me abrió la puerta... Ver mas
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Me bajé del tren en la calle Santiago, y en ése mismo instante, una brisa que arrastraba hojas consigo, me golpeó. Con la música taponando mis oídos, anduve calle arriba, hasta alcanzar la puerta de metal que daba paso al cementerio. Un hombre vestido con traje me abrió la puerta gentilmente, y me invitó a pasar. Cuando me adentré en aquel tétrico lugar, una extraña sensación me recorrió el cuerpo. Me flojearon las rodillas y tropecé. El ridículo fue tal, que preferí no mirar a mí alrededor, no quería cruzarme con la mirada de nadie. Me perdí entre las lápidas de gente ya sin nombre, sin cuerpos, y sin recuerdos. Fue entonces cuando me imaginé el cuerpo de mi madre descansando dentro de uno de esos ataúdes, bajo tierra. Cerré fuertemente los ojos. Cuando llegué, solo había dos personas a parte de mí mirando el ataúd. A uno de ellos lo conocía, había sido íntimo amigo de mi madre, y le ayudó económicamente cuando ella lo necesitó para abrir su propio burdel. Lo saludé con una simple sonrisa. La otra persona era una mujer, la cual su cara me sonaba. Me acerqué a ella, y cuando alzó la cabeza, la miré profundamente a los ojos.
- ¿La conozco de algo? – le pregunté, ella asintió levemente con la cabeza, mientras se secaba las lágrimas que resbalaban por su rostro.
- Sí, soy Katherine, ¿no te acuerdas de mí?
- No – negué – lo siento.
- Oh, no pasa nada – me dijo con una sonrisa – yo era amiga de tu madre, ella me dio trabajo hace mucho tiempo…
- Así qué usted es…
- Oh, no, no, no, eso ya lo dejé hace mucho tiempo, ahora trabajo de camarera.
- Me parece muy bien – declaré, sonriendo – la verdad es qué su cara me suena ¿la he visto en alguna ocasión?
- Si, por supuesto, en decenas de ocasiones. Yo visitaba a tu madre de vez en cuando, y hablábamos.
- ¿Sobre qué? – le pregunté, mientras nos alejábamos poco a poco del ataúd.
- Pues, bueno… de nuestras cosas, de cómo nos había ido la vida, y también de muchas cosas que nos ocurrieron de pequeñas – entonces, se alarmó y me tendió la mano – lo siento, no me he presentado, me llamo Katherine. Encantada.
- Igualmente, yo me llamo Ian – le estreché la mano.
- Ya, ya lo sé – asintió sonriente.
Tras el entierro de mi madre al que asistimos en lágrima viva, salimos del cementerio y llevé a la señora Katherine a un restaurante al que solía ir en contadas ocasiones.
El camarero se nos acercó.
- ¿Desean lago más? – Katherine y yo nos miramos mutuamente, y asentí.
- Sí, un par de cafés descafeinados, gracias.
- Muy bien – y acto seguido el camarero se alejó.
- Eres muy amable, Ian, pero no sé si yo me puedo permitir pagar esto…
- No, no, de esta comida me encargo yo, faltaría más. Tú solo disfruta.
- Eres un encanto. Tal y cómo te recordaba – la inspeccioné un rato mientras ella miraba al camarero caminar de un lado a otro, y le pregunté:
- ¿Cuándo fue la última vez que visitaste a mi madre? – ella se lo pensó un segundo y luego me contestó.
- Pues… si no recuerdo mal, nuestro último encuentro fue hace unos meses, tu madre vino a visitarme, y se quedó en mi casa más tiempo que nunca. Aunque, a mi casa solo vino en un par de ocasiones, así qué... Recuerdo que estaba un poco nerviosa, le pregunté qué era lo que le pasaba, pero ella me dijo que no le ocurría nada, que era el efecto de unas pastillas que andaba tomando. ¿Por cierto, de qué ha muerto? Siento tener que hacerte esta pregunta, pero es que yo la veía con tanta energía que aún no puedo asimilar el que ya no esté aquí entre nosotros.
- Si, tranquila, la atropelló un coche.
- ¿Cómo?
- Al parecer ella se dirigía a casa por la noche, y un chico más o menos de mi edad no la vio mientras cruzaba la carretera y la atropelló.
- Dios mío – Katherine tenía las manos en la cara, sorprendida.
- ¿Y qué va hacer la policía con ese asesino?
- Tranquila, el tipo ese va a pagar todo lo que ha provocado, mis abogados ya se están ocupando de todo.
Katherine y yo seguimos hablando largo y tendido, hasta que se dio cuenta de la hora que era y se despidió de mí.
- ¡Que tarde es! – exclamó – ya tendría que estar camino de casa.
- ¿Vendrás mañana a la lectura del testamento? – le pregunté.
- No, lo siento, pero sé que si tu madre me hubiera dejado algo ya me lo habría dicho, pero en caso de que me equivoque su abogado ya me llamará.
- Te podrías quedar en mi casa esta noche, yo te podría llevar mañana a tu casa.
- No lo siento, Ian, hoy debería estar trabajando, y mi jefe me ha dejado escaparme con una sola objeción, que estuviera para las ocho de vuelta, y a este paso no sé si llegaré.
- Bueno, pues al menos te acompaño.
- Gracias, eres muy amable – dejé un billete de veinte euros y otro de diez sobre la mesa, y nos fuimos.
Me despedí de Katherine cuando llegó su autobús, y en el momento en el qué no alcanzaba a verlo en la lejanía, decidí que era hora de volver a casa.

Ha recibido 5 puntos

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-Parte dos-

4. -Parte dos-

2 El teléfono vibró. Lo saqué del bolsillo de mi pantalón vaquero y lo encendí. Se trataba de un mensaje. Era de mi ex, y decía así: >>Por favor, perdóname, no era mi intención acostarme con otro. Fue solo un descuido, tienes que entenderme. Por favor, te quiero Balbuceé al releer el... Ver mas
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El teléfono vibró. Lo saqué del bolsillo de mi pantalón vaquero y lo encendí. Se trataba de un mensaje. Era de mi ex, y decía así:

>>Por favor, perdóname, no era mi intención acostarme con otro. Fue solo un descuido, tienes que entenderme. Por favor, te quiero
Balbuceé al releer el mensaje por segunda vez. ¿Qué te perdone? Pensé, ¿qué fue solo un descuido? Volví a apagar el teléfono, lleno de rabia, y lo agarré fuertemente en mi mano, hasta sentir cómo el teclado se doblaba. No aguanté más y me dirigí hacia su casa, debería estar allí, tenía que hablar personalmente con ella, y dejarle claro que lo nuestro se había acabado para siempre. El cielo volvía a nublarse, hasta quedar casi completamente encapotado. Cuando llegué al portal, la señora Monfort que pasaba por allí, me dejó la puerta abierta con toda su amabilidad, y con una gran sonrisa dibujada en la cara. Pero no pude corresponderla, el odio que sentía en mi interior me eclipsaba totalmente, y no me dejaba pensar, así qué, subí por las escaleras a toda prisa hasta el tercer piso, y golpeé la puerta. Segundos después, la puerta se abrió, con Anna al otro lado, al verme no supo que cara poner. Saqué el móvil y se lo enseñé.
- ¿Qué significa esto? – pregunté, enfurecido. Entré en el piso, uno que ya me sabía de memoria, uno en el qué había pasado los mejores momentos de mi vida junto a Anna, y en el cual, ahora, me imaginaba a un tío de uno noventa tirándosela en el sofá, mientras ella gemía.
- ¿¡Quién te crees para enviarme este mensaje!? – exclamé. La cara y el pecho me ardían.
- Yo solo… solo quería arreglar lo nuestro – dijo, con aquella voz dulce que la caracterizaba, su rostro transmitía miedo, y eso me dolió profundamente.
- ¿¡Te crees que lo nuestro se puede solucionar con un simple mensaje!? – grité.
- ¡No! – dijo, a punto de romper a llorar – ¡sé que lo que hice está muy mal, y que no se arregla con un solo mensaje! – gritó, llorando.
- ¡Por supuesto que lo que hiciste no se soluciona con un simple mensaje, lo que hiciste no tiene solución! – y en ese mismo instante, se me lanzó, abrazándome, con intensidad. Entonces me di cuenta de que yo también lloraba.
- Lo nuestro no se puede arreglar – le dije en un susurro.
- Por favor, perdóname – me suplicaba – por favor, perdóname – pero no podía, había confiado en ella, había compartido todo con ella, yo creía en ella, y me había decepcionado, lo nuestro no tenía arreglo, y lo sabía.
- Por favor… - me soltó, con el rímel corrido – tienes que perdonarme – me senté en el sofá de color pistacho, y le dije mis últimas palabras en aquel piso.
- No puedo, me has traicionado – me giré – sé que lo sientes, y que quieres luchar por lo nuestro, pero yo no puedo. Cada vez que te imagino, aparece “él”, cada vez que te toco os imagino a los dos juntos, no me pidas perdón – me acerqué a ella y mirándola fijamente a los ojos y acariciando su cara, dije:
- No me pidas que te perdone – y me fui, dejando la puerta abierta tras de mí.
Cuando llegué a la calle, el agua comenzó a mojarme, fue entonces cuando me acordé del anciano, y que amablemente me regaló su paraguas, lo saqué y me resguardé bajo él. Y mientras me alejaba a la lejanía entre las abandonadas calles de aquella ciudad, bajo la intensa lluvia, aún olía a Anna, a aquella colonia de coco que yo mismo le había regalado por su cumpleaños.

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-Parte cuatro-

5. -Parte cuatro-

4 El calor me invadió cuando entré en el salón, y un olor a madera barnizada me recorrió el cuerpo. El señor Alfred Hood me recibió con una tímida sonrisa, me señaló mi asiento, justo enfrente suyo, en una de la docena de sillas verdes que rodeaban la mesa de roble justo en el centro de... Ver mas
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El calor me invadió cuando entré en el salón, y un olor a madera barnizada me recorrió el cuerpo. El señor Alfred Hood me recibió con una tímida sonrisa, me señaló mi asiento, justo enfrente suyo, en una de la docena de sillas verdes que rodeaban la mesa de roble justo en el centro de aquella habitación medio vacía.
- ¿Soy el primero? – le pregunté, dejándome caer en la silla. Primero me miró tras sus gafas de color negras, diseñadas especialmente para él.
- No – negó – el señor Dave se encuentra en el baño.
Dave era un amigo de mi madre, que me prometió que como mínimo asistiría a la lectura del testamento. Instantes después escuché el ruido de la cadena del váter.
- Me alegro de que ya estés aquí – me dijo Dave mientras salía del baño. Se acercó a mí y me golpeó un par de veces en la espalda –era su forma de saludar-.
- Sí, ya estoy aquí, lo que pasa es que no me ha vuelto a sonar el teléfono, me parece que quiere jubilarse, cualquier día me acerco a la tienda más cercana y me compro uno nuevo. ¿Y tú qué tal? – le pregunté, mientras se sentaba a mi izquierda.
- Muy bien, a causa del terremoto de hace unos días, el súper-mercado quedó afectado, y parece ser que tardarán tiempo en reparar los daños, así qué desde entonces estoy hasta los topes en la tienda.
- ¿Cómo has podido venir?
- He dejado al mando a mi hija, que con esto de que se acercan las vacaciones de navidad no les envían nada en el cole. Y para que esté todo el día chateando con tíos que ni siquiera conozco por el tal “Chad” ése, prefiero que me ayude con la tienda. – cuando Dave decía “Chad” se refería al Chat por el que nos comunicamos la sociedad hoy en día.
- ¿Falta alguien más por venir? – nos preguntó el señor Alfred, que era el abogado de mi difunta madre.
- No, que yo sepa – le contesté.
- Bueno, entonces, si nadie más va a venir es mejor…
- No, falto yo – me giré, aquella voz ronca me sonaba, y no me producía gran entusiasmo – hola, soy Jacob Rose, hijo de Pearl Rose – dijo, mientras recorría el camino de la puerta hasta la mesa, para estrecharle la mano a Alfred.
- Muy bien, pues si ya estamos todos, comencemos – la odiosa persona que tenía por hermano se sentó a mi derecha, con una gran pizpireta sonrisa grabada en el rostro. Me hubiera abalanzado sobre él si no fuera porque había gente que pudiese señalarme cómo único culpable de su muerte.
- La verdad es que no hay mucho que decir, empecemos por usted señor Dave, la señora Rose le ha dejado su prostíbulo que se encuentra frente a su casa, y me dijo expresamente que hiciese cualquier cosa con ella que le apeteciera menos seguir conservándola cómo ha estado hasta el días de hoy. Tome – le dijo, dándole una carta – aquí le deja una lista de las cosas que se le ocurrieron que podría hacer usted con el prostíbulo. Y para usted, Ian, su madre le ha dejado esta caja, en ella hay una carta muy íntima, un video, y las llaves de un piso que ha comprado para ti, en una ciudad alejada de la costa. Y por último, para usted, Jacob, también hijo de Pearl Rose, su madre le deja su casa, bajo el prostíbulo donde trabajaba y en el que usted ha vivido gran parte de los días de su vida.
- De acuerdo – asintió Dave – si ya está todo, yo me voy – anunció – que no me fío de mi hija… Encantado de conocerle Alfred, si me necesita para algo más, llámeme a este número –le tendió una tarjeta con el teléfono de su tienda.
- ¿Ya te vas? – le pregunté.
- Sí, pero… ¿qué te parece si te vienes y comemos juntos?
- Bueno… no tengo mucho que hacer… vale, de acuerdo. Pero primero permíteme ir al baño, y enseguida nos vamos.
- Tranquilo, yo te espero – me contestó. Y mientras me alejaba hacia la puerta del baño, le eché una mirada asesina a mi hermano. Lo odiaba.
Tras hacer mis necesidades, y mientras me lavaba las manos, reflejado en el cristal, Jacob entró al baño.
- Hola hermanito – me dijo con aquella voz. Negué con la cabeza, el calor me trepaba por el cuerpo, no podía pensar, solo me imaginaba sobre él, golpeándolo.
- ¿No me dices nada? – se burló, tensando los labios en una sonrisa – esperaba que tras cinco años sin vernos al menos te molestarías en saludarme.
- ¿Tú crees? – dije en una risa nerviosa - ¿cómo eres capaz de presentarte aquí? – cerré el grifo y tiré la servilleta con la que me estaba secando las manos a la basura - ¿cómo puedes tener la cara de presentarte como si nada? – le agarré por el cuello de la camisa fuertemente.
- No te pases hermanito… que soy mayor que tú, y no me gustaría tener que manchar el suelo con tu sangre – me amenazó.
- Inténtalo – le desafié, le empujé contra la puerta, y el ruido que provocó el choque, fue como el golpe de dos piedras. En el mismo instante en el qué su mandíbula se apretó con furia, se abalanzó sobre mí tirándome al suelo. Y tras el primer golpe de mi cabeza contra el sucio suelo, me dio otro con su puño en la nariz.
- ¡Vete a la mierda! – le oí decir, vagamente, entre el pitido que inundaba mis oídos.
Cuando volví a recobrar el sentido, Dave aporreaba la puerta, llamándome. Me levanté, y mi cabeza se inundó de dolor. Como si tuviese fiebre. Volví a abrir el grifo para quitarme la sangre que me caía por la dolorida nariz, y a su vez adornaba mi cara.
- ¿Estás bien, te ha pasado algo? – preguntaba Dave al otro lado de la puerta.
- No, tranquilo – dije.
- Venga, que mi hija se va a empezar a impacientar.
- Ya estoy – le anuncié, mientras salía al salón, pálido cómo el mármol.
- ¿Qué te ha pasado? – me preguntó.
- Nada
- Pues estás muy pálido, ni que te hubieran dado el susto de tu vida – se rió a carcajadas.
Antes de irnos, cogí la caja que me había dejado mi madre con la carta, el video y de más cosas, y me despedí del señor Hood. Cuando alcanzamos la calle, un extenso mar de nubes grises se extendía a lo largo del cielo, privándonos del sol, y mojándonos a causa de una gran tormenta.
Nos montamos en el viejo coche color azul marino de Dave. El auto olía a humedad, aguanté la respiración, y me tomé el lujo de abrir la ventanilla para exhalar aire fresco de vez en cuando. Salimos de la ciudad, y enseguida nos perdimos entre extensos bosques y montes que se perdían a la lejanía. Recorríamos una carretera que cambiaba de estado cada pocos metros. Y pegábamos saltos en los asientos a causa de las piedras en el camino. Soporté las continuas quejas de Dave sobre su vida, pero en realidad hacía oídos sordos, perdía mi mirada en el paisaje.
Tardamos cerca de una hora en llegar, y mis tripas ya rugían cómo si no hubiesen comido en su vida. En el mismo instante en el qué puse un pie en el asfalto de la carretera, cientos de sensaciones, sentimientos, imágenes, y momentos me entraron por los cinco sentidos. Y temí por encontrarme cara a cara con la que había sido ocho años atrás el primer amor en mi vida. Un amor no correspondido –cómo no-.

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-Parte cinco-

6. -Parte cinco-

5 Aún recuerdo aquel día lluvioso, el pueblo al que nos acabábamos de mudar yacía bajo un cielo gris y encapotado. Mi madre, Pearl, me envió a por sal a casa del vecino, yo apenas conocía a nuestros vecinos, y ciertamente, era muy tímido. Mi madre, alquiló un segundo piso en una de las casas... Ver mas
5

Aún recuerdo aquel día lluvioso, el pueblo al que nos acabábamos de mudar yacía bajo un cielo gris y encapotado. Mi madre, Pearl, me envió a por sal a casa del vecino, yo apenas conocía a nuestros vecinos, y ciertamente, era muy tímido. Mi madre, alquiló un segundo piso en una de las casas más modernas –por aquel entonces- en el pueblo. Y le costaba lo suyo. Mi –querido- hermano Jacob, (cómo siempre) no puso más que pegas a todas las decisiones que tomaba nuestra madre, yo en cambio, me callaba, y aunque no me parecía lo más idóneo cambiar de pueblo de un día para otro, todo tenía un por qué –al igual que en la vida misma-.
Aquel día, el aire del norte había arrastrado hasta el pueblo un frío horroroso que calaba hasta los huesos. Y, entre el olor a pescado de la pescadería que teníamos abajo, y el olor a jamón serrano que nos llegaba de la taberna –La horca- de enfrente de nuestra casa, me revolvían las tripas. Tras el por favor de mi madre, salí de casa y subí las escaleras de salto en salto. Mientras oía el eco de mis zapatillas golpeando el suelo y resonando en el portal. Uno tras otro.
Sudando, nervioso, y con una gran sonrisa en la boca, llegué al piso de arriba, toqué la puerta con timidez, y para mi sorpresa, todo a mí alrededor desaparecería de un plumazo. El olor a jamón serrano mezclado con el de la pescadería, mi propio sudor mojando en la camisa de lino, y el perfume de la señora Bernadet que se adhería al aire por el que pasaba.
Un ángel se había escapado del cielo, sin que los demás lo supieran, y cayó en mi vida por sorpresa, iluminando mi camino de luz celestial. En aquel momento, todos mis pensamientos negativos se fundieron. Ella me sonrió, apenas tenía siete años, pero esa noche de invierno me enamoré por primera vez.
- Hola – me saludó. Yo seguía atontado con su sonrisa. Dormido en el más profundo de los sueños, rodeado sólo por una tranquilidad infinita.
- ¿Estás ahí? – preguntó, sus ojos se perdían en algún lugar. Sentía que no me prestaba atención alguna. Y la duda llegó a mi cabeza vacía.
- S… sí, estoy aquí. Encantado, me llamo Ian, y acabo de mudarme aquí – le tendí la mano, pero ni se inmutó, solo sonreía.
- ¿Puedo? – dijo, dubitativa. ¿El qué? Me pregunté para mis adentros, pero no merecía la pena comerse la cabeza, estaba muy distraído con su sonrisa.
- Si – asentí. Entonces, elevó las manos hasta encontrar mi rostro. Y comenzó a leerme, como si fuera un libro. Y fue entonces cuando lo entendí, ella era ciega.
- Encantada, Ian, yo me llamo Arianne – la miraba estupefacto, aquella belleza divina me había robado el corazón, pero un sentimiento de compasión me recorrió el pecho.
- ¿Qué te sucede? – me preguntó.
- Na… nada – contesté, aún absorto en su mundo.
- Umm... – dijo en un hilo de voz – me parece que no estás siendo muy sincero conmigo – me confesó. Me sentía incómodo, quería seguir mirándola por tiempo indefinido, pero al mirarla aquella sensación de compasión también me inundaba. Por lo qué decidí seguir con lo mío.
- ¿Podrías darme un poco de sal? – ella debió de pillar mi indirecta, y quitó sus manos de mi rostro, lentamente. Me sentía cómo un mosquito rodeando una luz encendida en medio de la oscuridad.
- Si, por supuesto – asintió – pero espera, tengo que llamar a mi papá.
Su padre se acercó por el pasillo, con una tolla pequeña entre las manos.
- Hola – me saludó - ¿qué quieres hija? – dijo dirigiéndose a Arianne.
- Este chico ha venido a por un poco de sal, ¿podríamos ofrecerle un poco? – le preguntó – es muy majo – añadió.
- Claro que sí – asintió Dave – ahora vuelvo – nos dijo introduciéndose de nuevo en el oscuro pasillo.
Aquella fue la primera vez que vi a Arianne. Después de aquel día, la visitaba casi todos los días con escusas estúpidas, y a mi parecer, ella ya lo sabía.

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