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* CUENTOS DE NAVIDAD * (Narraciones incluídas)

* CUENTOS DE NAVIDAD * (Narraciones incluídas)

  • Lista creada por fiebre azul.
  • Publicada el 21.12.2011 a las 00:44h.
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La lista muestra una colección de cuentos propios de Navidad.................¿cuáles te parecen más interesantes?....................... vota por ellos.

Estos son los elementos de la lista. ¡Vota a tus favoritos!

Cuento de Navidad (Charles Dickens)

1. Cuento de Navidad (Charles Dickens)

La historia de Cuento de Navidad comienza en Nochebuena con Scrooge en su lugar de trabajo. El libro no especifica cuál es exactamente su negocio, aunque generalmente se asume que es banquero o algún tipo de prestamista. En algunas versiones modernas aparece como abogado. Sea cual sea su trabajo... Ver mas
La historia de Cuento de Navidad comienza en Nochebuena con Scrooge en su lugar de trabajo. El libro no especifica cuál es exactamente su negocio, aunque generalmente se asume que es banquero o algún tipo de prestamista. En algunas versiones modernas aparece como abogado. Sea cual sea su trabajo parece estar relacionado con la usura hacia gente de escasos medios. Esto, junto con su falta de caridad y el trato despótico hacia su empleado Bob Cratchit parecen ser sus principales defectos. Scrooge siente una total repugnancia hacia los pobres, sobre los cuales piensa que sería mejor que estuvieran muertos para “rebajar la población” que sobra y alaba los asilos para pobres de la época victoriana. Siente un particular disgusto por las fiestas Navideñas, y rechaza la invitación de su sobrino Fred de celebrar la Navidad con él y su familia, y su único acto de amabilidad hacia su empleado en estas fechas es darle el día libre por Navidad, aunque parece que lo hace por obligación social más que por auténtica amabilidad. Para él no es más que un día de dinero perdido.

Después de presentarnos al personaje, la novela le sigue en su residencia con la intención de pasar las Navidades solo. Allí es visitado por el fantasma de su difunto socio, Jacob Marley, el cual basó su vida en explotar a los pobres por lo cual ha sido condenado a arrastrar una larga y pesada cadena, símbolo de sus actos de avaricia y maldad. Marley visita a Scrooge para decirle que se arriesga a seguir su mismo destino, y le anuncia que será visitado por tres espíritus: Pasado, Presente y Futuro. El resto de la novela actúa como una biografía y perfil psicológico, mostrando su evolución hasta su estado actual, y la manera en la que los otros lo ven.

Según lo prometido, el Espíritu de la Navidades Pasadas le hace una visita y lo lleva a su época de escolar. Aquí se sugiere que su padre lo tenía abandonado y tenía que permanecer en el internado incluso en Navidad. Esto explica los inicios de la falta de socialización y empatía de Scrooge. Al ser menospreciado por sus padres, él aprendió a su vez a no valorar a sus compañeros. Más adelante el fantasma le enseña cómo el éxito en su negocio le convierte en un adicto al trabajo. Esto hace que su pareja le abandone lo que endurece aún más su corazón. También le produce un gran daño la muerte de su hermana Fan, el único miembro de su familia con quien tenía buena relación,lo que hace que pierda todo amor hacia el mundo. A Scrooge solo le queda ahora su sobrino, pero no se preocupa mucho por él, ya que le culpa de la muerte de su hermana tras darle a luz (como el padre de Scrooge lo culpó a él de la muerte de su madre).

La visita del Espíritu de las Navidades Pasadas también revela el origen de su neurótico odio hacia la Navidad, ya que muchos de los acontecimientos clave en la vida de Scrooge sucedieron durante la época de Navidad.

Scrooge es luego visitado por el Espíritu de la Navidades Presentes, que le muestra la felicidad que hay alrededor de las familias de clase media y de la pobre familia de Cratchit. Estos últimos tienen un hijo cojo al que cuidar con la miseria que Scrooge paga a su empleado. El fantasma también le enseña los demonios de la Miseria y la Ignorancia en forma de dos niños pobres y sucios.

El Espíritu de las Navidades Futuras le muestra como la gente se alegrará de su futura muerte y de las consecuencias futuras de sus acciones. Scrooge ve entonces su propia tumba antes de despertar y descubrir que es todavía la mañana de Navidad, por lo que aún está a tiempo de cambiar su destino. Scrooge pasa a partir de ese momento a convertirse en un modelo de generosidad y amabilidad.

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La niña de los fósforos (Hans Christian Andersen)

2. La niña de los fósforos (Hans Christian Andersen)

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos. Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran... Ver mas
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

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El Soldadito de Plomo (Hans Christian Andersen)

3. El Soldadito de Plomo (Hans Christian Andersen)

Había una vez veinticinco soldados de plomo con un bonito uniforme azul y rojo y un fusil al hombro. Vivían metidos en una caja de madera y se aburrían un poco. Un día oyeron una voz de niño que decía: - ¡Hala! ¡Soldados de plomo! Era la voz de Carlos, quien había recibido los soldados... Ver mas
Había una vez veinticinco soldados de plomo con un bonito uniforme azul y rojo y un fusil al hombro. Vivían metidos en una caja de madera y se aburrían un poco. Un día oyeron una voz de niño que decía:
- ¡Hala! ¡Soldados de plomo!
Era la voz de Carlos, quien había recibido los soldados como regalo de Navidad. Enseguida los sacó de la caja. Todos eran exactamente iguales menos uno, que, aunque sólo tenía una pierna, se mantenía firme como los demás.
A su lado también había más regalos, pero muy pronto el soldado de plomo se fijó en una bailarina que levantaba con gracia un pie para dar a entender que estaba bailando.
"También le falta una pierna, como a mi. Es la mujer que me conviene - pensó el soldadito de plomo -. La quiero conocer, ¡es tan guapa!"
El soldadito estaba detrás de una caja sorpresa desde donde podía contemplar a la bailarina. Al llegar la noche, Carlos guardó todos los soldaditos excepto a él, porque no lo vio. Y, aprovechando que toda la familia dormía, los juguetes empezaron a divertirse.
De la caja sorpresa salió un muñeco verde que, al ver al soldado mirar a la bailarina, le dijo:
- Soldadito de plomo, ¿por qué en vez de mirar a la bailarina no miras el tipo que tienes?
Pero el soldadito no hizo caso y siguió mirando a la bailarina.
- Bueno, bueno, ya verás mañana - dijo el malvado muñeco.
Al día siguiente Carlos puso el soldadito en la ventana. No se sabe bien si por el viento o porque el muñeco de la caja- sorpresa cerró la ventana, el soldadito cayó a la calle.
- Mira, un soldado de plomo - dijo un niño que pasaba por la calle.
- Le haremos navegar - dijo su amigo -. Le meteremos en una barca.
Y dicho esto, hicieron un barquito de papel en el que metieron al soldado, luego empujaron el barco y el soldadito se alejó por las aguas de un arroyo que se había formado por la lluvia.
"¡Dios mío! ¿Adónde iré a parar? - pensaba el soldadito -. La culpa de todo la tiene el muñeco verde de la caja sorpresa. Estoy seguro de que si estuviera a mi lado la hermosa bailarina no me importaría estar aquí."
El barco cada vez tenía más agua y se hundía más, porque era de papel. Al final le cubrió la cabeza al soldadito. Pensó que sería su final y sólo se acordaba de la bella bailarina que tampoco tiempo pudo ver. Creía haberla perdido para siempre. Poco poco, se fue hundiendo hasta el fondo del arroyo. Allí se lo tragó un gran pez que pasaba en ese momento.
Durante un largo tiempo, se quedó a oscuras y en silencio. No sabía donde estaba, aunque tenía la esperanza de que alguien pescase el pez y lo rescataran. Estaba dormido cuando de pronto oyó una voz que le sonaba familiar:
- ¡Oh, mirad quién está aquí! ¡Es mi soldadito de plomo!
Era la voz de Carlos. El soldadito no se lo podía creer. ¿Cómo habría llegado hasta allí? La cocinera de Carlos había comprado el pez a un pescador.
Enseguida el soldado se dio cuenta de que estaban sus amigos y su querida bailarina. Su fortuna no duró mucho tiempo, ya que una ráfaga de viento hizo caer de nuevo al soldadito, esta vez a la chimenea, mientras se derretía, vio a su lado a su querida bailarina, que debió caer con él.
Nada más se supo del soldado y de la bailarina. Al limpiar la chimenea a la mañana siguiente, se encontraron un corazón de plomo y una rosa de lentejuelas. Era la señal de amor que había quedado entre el soldado y la bailarina. (Adaptación del cuento de Andersen).

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El gigante egoísta (Oscar Wilde)

4. El gigante egoísta (Oscar Wilde)

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en... Ver mas
Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.

-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.

Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.

-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:
Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.

Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.

Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.

Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.

-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno.

Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir.

Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.

-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año

La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.

Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.

-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.

Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!

Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

-Es demasiado egoísta- se dijo.

Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.

-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.

Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.

-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.

-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.

Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.

Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín.

Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.

Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.

Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.

-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.

Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.

-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó.

El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado.

-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.

-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante.

Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.

Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas.

Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.

De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.

El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.

-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.

-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.

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La mula y el buey (Benito Pérez Galdós)

5. La mula y el buey (Benito Pérez Galdós)

Benito Pérez Galdós, Novelista y dramaturgo español, uno de los escritores más representativos del siglo XIX. Cesó de quejarse la pobrecita, movió la cabeza, fijando los tristes ojos en las personas que rodeaban su lecho, extinguióse poco a poco su aliento, y expiró. El ángel de la... Ver mas
Benito Pérez Galdós, Novelista y dramaturgo español, uno de los escritores más representativos del siglo XIX.


Cesó de quejarse la pobrecita, movió la cabeza, fijando los tristes ojos en las personas que rodeaban su lecho, extinguióse poco a poco su aliento, y expiró. El ángel de la guarda, dando un suspiro, alzó el vuelo y se fue.

La infeliz madre no creía tanta desventura; pero el lindísimo rostro de Celinina se fue poniendo amarillo y diáfano como cera; enfriáronse sus miembros y quedó rígida y dura como el cuerpo de una muñeca. Entonces llevaron fuera de la alcoba a la madre, al padre y a los más inmediatos parientes, y dos o tres amigas y criadas se ocuparon en cumplir el último deber con la pobre niña muerta.

La vistieron con riquísimo traje de batista, la falda blanca y ligera como una nube, toda llena de encajes y rizos que la asemejaban a espuma. Pusiéronle los zapatos, blancos también, y apenas ligeramente gastada la suela, señal de haber dado pocos pasos, y después tejieron, con sus admirables cabellos de color castaño oscuro, graciosas trenzas enlazadas con cintas azules. Buscaron flores naturales, mas no hallándolas, por ser tan impropia de ellas la estación, tejieron una linda corona con flores de tela, escogiendo las más bonitas y las que más se parecían a verdaderas rosas frescas traídas del jardín.

Un hombre antipático trajo una caja algo mayor que la de un violín, forrada de seda azul con galones de plata, y por dentro guarnecida de raso blanco. Colocaron dentro a Celinina, sosteniendo su cabeza en preciosa y blanda almohada, para que no estuviese en postura violenta, y después que la acomodaron bien en su fúnebre lecho, cruzaron sus manecitas, atándolas con una cinta, y entre ellas pusiéronle un ramo de rosas blancas, tan hábilmente hechas por el artista, que parecían hijas del mismo abril.

Luego las mujeres aquellas cubrieron de vistosos paños una mesa, arreglándola como un altar, y sobre ella fue colocada la caja. En breve tiempo armaron unos al modo de doseles de iglesia, con ricas cortinas blancas que se recogían gallardamente a un lado y otro; trajeron de otras piezas cantidad de santos e imágenes que ordenadamente distribuyeron sobre el altar, como formando la corte funeraria del ángel difunto, y sin pérdida de tiempo encendieron algunas docenas de luces en los grandes candelabros de la sala, los cuales en torno a Celinina derramaban tristísimas claridades.

Después de besar repetidas veces las heladas mejillas de la pobre niña, dieron por terminada su piadosa obra.


II

Allá en lo más hondo de la casa sonaban gemidos de hombres y mujeres. Era el triste lamentar de los padres, que no podían convencerse de la verdad del aforismo angelitos al cielo que los amigos administran como calmante moral en tales trances. Los padres creían entonces que la verdadera y más propia morada de los angelitos es la tierra; y tampoco podían admitir la teoría de que es mucho más lamentable y desastrosa la muerte de los grandes que la de los pequeños.

Sentían, mezclada a su dolor, la profundísima lástima que inspira la agonía de un niño, y no comprendían que ninguna pena superase a aquella que destrozaba sus entrañas.

Mil recuerdos e imágenes dolorosas les herían, tomando forma de agudísimos puñales que les traspasaban el corazón. La madre oía sin cesar la encantadora media lengua de Celinina, diciendo las cosas al revés, y haciendo de las palabras de nuestro idioma graciosas caricaturas filológicas que afluían de su linda boca como la música más tierna que puede conmover el corazón de una madre.

Nada caracteriza a un niño como su estilo, aquel genuino modo de expresarse y decirlo todo con cuatro letras, y aquella gramática prehistórica, como los primeros vagidos de la palabra en los albores de la humanidad, y su sencillo arte de declinar y conjugar, que parece la rectificación inocente de los idiomas regularizados por el uso. El vocabulario de un niño de tres años, como Celinina, constituye el verdadero tesoro literario de las familias. ¿Cómo había de olvidar la madre aquella lengüecita de trapo que llamaba al sombrero tumeyo y al garbanzo babancho?

Para colmo de aflicción, vio la buena señora por todas partes los objetos con que Celinina había alborozado sus últimos días, y como éstos eran los que preceden a navidad rodaban por el suelo pavos de barro con patas de alambre, un san José sin manos, un pesebre con el Niño Dios, semejante a una bolita de color de rosa, un rey mago montado en arrogante camello sin cabeza. Lo que habían padecido aquellas pobres figuras en los últimos días, arrastrados de aquí para allí, puestas en esta o en la otra forma, sólo Dios, la mamá y el purísimo espíritu que había volado al cielo lo sabían.

Estaban las rotas esculturas impregnadas, digámoslo así, del alma de Celinina, o vestidas, si se quiere, de una singular claridad muy triste, que era la claridad de ella. La pobre madre, al mirarlas, temblaba toda, sintiéndose herida en lo más delicado y sensible de su íntimo ser. ¡Extraña alianza de las cosas! ¡Cómo lloraban aquellos pedazos de barro! ¡Llenos parecían de una aflicción intensa y tan doloridos que su vista sola producía tanta amargura como el espectáculo de la misma criatura moribunda, cuando miraba con suplicantes ojos a sus padres y les pedía que le quitasen aquel horrible dolor de su frente abrasada! La más triste cosa del mundo era para la madre aquel pavo con patas de alambre clavadas en tablilla de barro, y que en sus frecuentes cambios de postura había perdido el pico y el moco.


III

Pero si era aflictiva la situación de espíritu de la madre, éralo mucho más la del padre. Aquélla estaba traspasada de dolor; en éste el dolor se agravaba con un remordimiento agudísimo. Contaremos brevemente el peregrino caso, advirtiendo que esto quizá parecerá en extremo pueril a algunos; pero a los que tal crean les recordaremos que nada es tan ocasionado a puerilidades como un íntimo y puro dolor, de ésos en que no existe mezcla alguna de intereses de la tierra, ni el desconsuelo secundario del egoísmo no satisfecho.

Desde que Celinina cayó enferma, sintió el afán de las poéticas fiestas que más alegran a los niños, las fiestas de navidad. Ya se sabe con cuánta ansia desean la llegada de estos risueños días y cómo les trastorna el febril anhelo de los regalitos, de los nacimientos y las esperanzas del mucho comer y del atracarse de pavo, mazapán, peladillas y turrón. Algunos se creen capaces, con la mayor ingenuidad, de embuchar en sus estómagos cuanto ostentan la Plaza Mayor y calles adyacentes.

Celinina, en sus ratos de mejoría, no dejaba de la boca el tema de la pascua y como sus primitos, que iban a acompañarla, eran de más edad y sabían cuanto hay que saber en punto a regalos y nacimientos, se alborotaba más la fantasía de la pobre niña oyéndoles, y más se encendían sus afanes de poseer golosinas y juguetes. Delirando, cuando la metía en su horno de martirios la fiebre, no cesaba de nombrar lo que de tal modo ocupaba su espíritu, y todo era golpear tambores, tañer zambombas, cantar villancicos. En la esfera tenebrosa que rodeaba su mente no había sino pavos haciendo clau clau; pollos que gritaban pío pío; montones de turrón que llegaban al cielo formando un Guadarrama de almendras; nacimientos llenos de luces y que tenían lo menos cincuenta mil millones de figuras; ramos de dulce; árboles cargados de cuantos juguetes puede idear la más fecunda imaginación tirolesa; el estanque del Retiro lleno de sopa de almendras; besugos que miraban a las cocineras con sus ojos cuajados; naranjas que llovían del cielo, cayendo en más abundancia que las gotas de agua en día de temporal, y otros mil prodigios que no tienen número ni medida.


IV

El padre, por no tener más chicos que Celinina, no cabía en sí de inquieto y desasosegado. Sus negocios le llamaban fuera de la casa; pero muy a menudo entraba en ella para ver cómo iba la enfermita. El mal seguía su marcha con alternativas traidoras; unas veces dando esperanzas de remedio, otras quitándolas.

El buen hombre tenía presentimientos tristes. El lecho de Celinina, con la tierna persona agobiada en él por la fiebre y los dolores, no se apartaba de su imaginación. Atento a lo que pudiera contribuir a regocijar el espíritu de la niña, todas las noches, cuando regresaba a la casa, le traía algún regalito de pascua, variando siempre de objeto y especie; pero prescindiendo siempre de toda golosina. Trájole un día una manada de pavos, tan al vivo hechos, que no les faltaba más que graznar; otro día sacó de sus bolsillos la mitad de la sacra familia, y al siguiente a san José con el pesebre y portal de Belén. Después vino con unas preciosas ovejas a quienes conducían gallardos pastores, y luego se hizo acompañar de unas lavanderas que lavaban, y de un choricero que vendía chorizos, y de un rey mago negro, al cual sucedió otro de barba blanca y corona de oro. Por traer, hasta trajo una vieja que daba azotes en cierta parte a un chico por no saber la lección.

Conocedora Celinina, por lo que charlaban sus primos, de todo lo necesario a la buena composición de un nacimiento, conoció que aquella obra estaba incompleta por la falta de dos figuras muy principales, la mula y el buey. Ella no sabía lo que significaban la tal mula ni el tal buey; pero atenta a que todas las cosas fuesen perfectas, reclamó una y otra vez del solícito padre el par de animales que se había quedado en Santa Cruz.

Él prometió traerlos y en su corazón hizo propósito firmísimo de no volver sin ambas bestias; pero aquel día, que era el 23, los asuntos y quehaceres se le aumentaron de tal modo que no tuvo un punto de reposo. Además de esto, quiso el cielo que se sacase la lotería, que tuviera noticia de haber ganado un pleito, que dos amigos cariñosos le embarazaran toda la mañana..., en fin, el padre entró en la casa sin la mula, pero también sin el buey.

Gran desconsuelo mostró Celinina al ver que no venían a completar su tesoro las dos únicas joyas que en él faltaban. El padre quiso al punto remediar su falta; mas la nena se había agravado considerablemente durante el día; vino el médico, y como sus palabras no eran tranquilizadoras, nadie pensó en bueyes, más tampoco en mulas.

El 24 resolvió el pobre señor no moverse de la casa. Celinina tuvo por breve rato un alivio tan patente que todos concibieron esperanzas, y lleno de alegría dijo el padre: "Voy al punto a buscar eso".

Pero como cae rápidamente un ave, herida al remontar el vuelo a lo más alto, así cayó Celinina en las honduras de una fiebre muy intensa. Se agitaba trémula y sofocada en los brazos ardientes de la enfermedad, que la constreñía sacudiéndola para expulsar la vida. En la confusión de su delirio, y sobre el revuelto oleaje de su pensamiento, flotaba, como el único objeto salvado de un cataclismo, la idea fija del deseo que no había sido satisfecho, de aquella codiciada mula y de aquel suspirado buey, que aún proseguían en estado de esperanza.

El papá salió medio loco, corrió por las calles; pero en mitad de una de ellas se detuvo y dijo: "¿Quién piensa ahora en figuras de nacimiento?".

Y corriendo de aquí para allí, subió escaleras, y tocó campanillas, y abrió puertas sin reposar un instante hasta que hubo juntado a siete u ocho médicos, y les llevó a su casa. Era preciso salvar a Celinina.


V

Pero Dios no quiso que los siete u ocho (pues la cifra no se sabe a punto fijo) alumnos de Esculapio contraviniesen la sentencia que él había dado, y Celinina fue cayendo, cayendo más a cada hora, y llegó a estar abatida, abrasada, luchando con indescriptibles congojas, como la mariposa que ha sido golpeada y tiembla sobre el suelo con las alas rotas. Los padres se inclinaban junto a ella con afán insensato, cual si quisieran con la sola fuerza del mirar detener aquella existencia que se iba, suspender la rápida desorganización humana, y con su aliento renovar el aliento de la pobre mártir que se desvanecía en un suspiro.

Sonaron en la calle tambores y zambombas y alegres chasquidos de panderos. Celinina abrió los ojos, que ya parecían cerrados para siempre, miró a sus padres, y con la mirada tan sólo y un grave murmullo que no parecía venir ya de lenguas de este mundo, pidió a su padre lo que éste no había querido traerle. Traspasados de dolor padre y madre quisieron engañarla, para que tuviese una alegría en aquel instante de suprema aflicción y, presentándole los pavos, le dijeron: "Mira, hija de mi alma, aquí tienes la mulita y el bueyecito".

Pero Celinina, aun acabándose, tuvo suficiente claridad en su entendimiento para ver que los pavos no eran otra cosa que pavos, y los rechazó con agraciado gesto. Después siguió con la vista fija en sus padres y ambas manos en la cabeza señalando sus agudos dolores. Poco a poco fue extinguiéndose en ella aquel acompasado son, que es el último vibrar de la vida, y al fin todo calló, como calla la máquina del reloj que se para; y la linda Celinina fue un gracioso bulto, inerte y frío como mármol, blanco y trasparente como la purificada cera que arde en los altares.

¿Se comprende ahora el remordimiento del padre? Porque Celinina tornara a la vida, hubiera él recorrido la tierra entera para recoger todos los bueyes y todas, absolutamente todas las mulas que en ella hay. La idea de no haber satisfecho aquel inocente deseo era la espada más aguda y fría que traspasaba su corazón. En vano con el raciocinio quería arrancársela, pero ¿de qué servía la razón, si era tan niño entonces como la que dormía en el ataúd, y daba más importancia a un juguete que a todas las cosas de la tierra y del cielo?


VI

En la casa se apagaron al fin los rumores de la desesperación como si el dolor, internándose en el alma, que es su morada propia, cerrara las puertas de los sentidos para estar más solo y recrearse en sí mismo.

Era nochebuena, y si todo callaba en la triste vivienda recién visitada de la muerte, fuera, en las calles de la ciudad, y en todas las demás casas, resonaban placenteras bullangas de groseros instrumentos músicos, y vocería de chiquillos y adultos cantando la venida del Mesías. Desde la sala donde estaba la niña difunta, las piadosas mujeres que le hacían compañía oyeron espantosa algazara, que a través del pavimento del piso superior llegaba hasta ellas, conturbándolas en su pena y devoto recogimiento. Allá arriba, muchos niños chicos, congregados con mayor número de niños grandes y felices papás y alborozados tíos y tías, celebraban la pascua, locos de alegría ante el más admirable nacimiento que era dado imaginar, y atentos al fruto de juguetes y dulces que en sus ramas llevaba un frondoso árbol con mil vistosas candilejas alumbrado.

Hubo momentos en que con el grande estrépito de arriba parecía que retemblaba el techo de la sala, y que la pobre muerta se estremecía en su caja azul, y que las luces todas oscilaban, cual si, a su manera, quisieran dar a entender también que estaban algo peneques. De las tres mujeres que velaban se retiraron dos; quedó una sola, y ésta, sintiendo en su cabeza grandísimo peso, a causa sin duda del cansancio producido por tantas vigilias, tocó el pecho con la barba y se durmió.

Las luces siguieron oscilando y moviéndose mucho, a pesar de que no entraba aire en la habitación. Creeríase que invisibles alas se agitaban en el espacio ocupado por el altar. Los encajes del vestido de Celinina se movieron también, y las hojas de sus flores de trapo anunciaban el paso de una brisa juguetona o de manos muy suaves. Entonces Celinina abrió los ojos.

Sus ojos negros llenaron la sala con una mirada viva y afanosa que echaron en derredor y de arriba abajo. Inmediatamente después, separó las manos sin que opusiera resistencia la cinta que las ataba, y cerrando ambos puños se frotó con ellos los ojos, como es costumbre en los niños al despertarse. Luego se incorporó con rápido movimiento, sin esfuerzo alguno, y mirando al techo, se echó a reír; pero su risa, sensible a la vista, no podía oírse. El único rumor que fácilmente se percibió era una bullanga de alas vivamente agitadas, cual si todas las palomas del mundo estuvieran entrando y saliendo en la sala mortuoria y rozaran con sus plumas el techo y las paredes.

Celinina se puso en pie, extendió los brazos hacia arriba, y al punto le nacieron unas alitas cortas y blancas. Batiendo con ellas el aire, levantó el vuelo y desapareció.

Todo continuaba lo mismo; las luces ardiendo, derramando en copiosos chorros la blanca cera sobre las arandelas; las imágenes en el propio sitio, sin mover brazo ni pierna ni desplegar sus austeros labios; la mujer sumida plácidamente en su sueño que debía saberle a gloria; todo seguía lo mismo, menos la caja azul, que se había quedado vacía.


VII

!Hermosa fiesta la de esta noche en casa de los señores de ***! Los tambores atruenan la sala. No hay quien haga comprender a esos endiablados chicos que se divertirán más renunciando a la infernal bulla de aquel instrumento de guerra. Para que ningún humano oído quede en estado de funcionar al día siguiente, añaden al tambor esa invención del Averno llamada zambomba, cuyo ruido semeja a gruñidos de Satanás. Completa la sinfonía el pandero, cuyo atroz chirrido de calderetería vieja alborota los nervios más tranquilos. Y sin embargo, esta discorde algazara sin melodía y sin ritmo, más primitiva que la música de los salvajes, es alegre en aquesta singular noche, y tiene cierto sonsonete lejano de coro celestial.

El nacimiento no es una obra de arte a los ojos de los adultos; pero los chicos encuentran tanta belleza en las figuras, expresión tan mística en el semblante de todas ellas, y propiedad tanta en sus trajes, que no creen haya salido de manos de los hombres obra más perfecta, y la atribuyen a la industria peculiar de ciertos ángeles dedicados a ganarse la vida trabajando en barro. El portal de corcho, imitando un arco romano en ruinas, es monísimo y el riachuelo representado por un espejillo con manchas verdes que remedan acuáticas hierbas y el musgo de las márgenes, parece que corre por la mesa adelante con plácido murmurio. El puente por donde pasan los pastores es tal, que nunca se ha visto el cartón tan semejante a la piedra, al contrario de lo que pasa en muchas obras de nuestros ingenieros modernos, los cuales hacen puentes de piedra que parecen de cartón. El monte que ocupa el centro se confundiría con un pedazo de los Pirineos, y sus lindas casitas, más pequeñas que las figuras, y sus árboles figurados con ramitas de evónimus, dejan atrás a la misma naturaleza.

En el llano es donde está lo más bello y las figuras más características: las lavanderas que lavan en el arroyo; los paveros y polleros conduciendo sus manadas; un guardia civil que lleva dos granujas presos; caballeros que pasean en lujosas carretelas junto al camello de un rey mago, y Perico el ciego tocando la guitarra en un corrillo donde curiosean los pastores que han vuelto del portal. Por medio a medio, pasa un tranvía lo mismito que el del barrio Salamanca, y como tiene dos rails y sus ruedas, a cada instante le hacen correr de oriente a occidente con gran asombro del rey negro, que no sabe qué endiablada máquina es aquélla.

Delante del portal hay una lindísima plazoleta, cuyo centro lo ocupa una redoma de peces, y no lejos de allí vende un chico La correspondencia, y bailan gentilmente dos majos. La vieja que vende buñuelos y la castañera de la esquina son las piezas más graciosas de este maravilloso pueblo de barro, y ellas solas atraen con preferencia las miradas de la infantil muchedumbre. Sobre todo, aquel chicuelo andrajoso que en una mano tiene un billete de lotería y con la otra le roba bonitamente las castañas del cesto a la tía Lambrijas, hace desternillar de risa a todos.

En suma, el nacimiento número uno de Madrid es el de aquella casa, una de las más principales, y ha reunido en sus salones a los niños más lindos y más juiciosos de veinte calles a la redonda.


VIII

Pues, ¿y el árbol? Está formado de ramas de encina y cedro. El solícito amigo de la casa que lo ha compuesto con gran trabajo, declara que jamás salió de sus manos obra tan acabada y perfecta. No se pueden contar los regalos pendientes de sus hojas. Son, según la suposición de un chiquitín allí presente, en mayor número que las arenas del mar. Dulces envueltos en cáscaras de papel rizado; mandarinas, que son los niños de pecho de las naranjas; castañas arropadas en mantillas de papel de plata; cajitas que contienen glóbulos de confitería homeopática; figurillas diversas a pie y a caballo, cuanto Dios crió para que lo perfeccionase luego la Mahonesa o lo vendiese Scropp, ha sido puesto allí por una mano tan generosa como hábil. Alumbran aquel árbol de la vida candilejas en tal abundancia que, según la relación de un convidado de cuatro años, hay allí más lucecitas que estrellas en el cielo.

El gozo de la caterva infantil no puede compararse a ningún sentimiento humano: es el gozo inefable de los coros celestiales en presencia del sumo bien y de la belleza suma. La superabundancia de satisfacción casi les hace juiciosos, y están como perplejos, en seráfico arrobamiento, con toda el alma en los ojos, saboreando de antemano lo que han de comer, y nadando, como los ángeles bienaventurados, en éter puro de cosas dulces y deliciosas, en olor de flores y de canela, en la esencia increada del juego y de la golosina.


IX

Mas de repente sintieron un rumor que no provenía de ellos. Todos miraron al techo y, como no veían nada, se contemplaban los unos a los otros, riendo. Oíase gran murmullo de alas rozando contra la pared y chocando en el techo. Si estuvieran ciegos, habrían creído que todas las palomas de todos los palomares del universo se habían metido en la sala. Pero no veían nada, absolutamente nada.

Notaron, sí, de súbito, una cosa inexplicable y fenomenal. Todas las figurillas del nacimiento se movieron, todas variaron de sitio sin ruido. El coche del tranvía subió a lo alto de los montes y los reyes se metieron de patas en el arroyo. Los pavos se colaron sin permiso dentro del portal, y san José salió todo turbado, cual si quisiera saber el origen de tan rara confusión. Después, muchas figuras quedaron tendidas en el suelo. Si al principio las traslaciones se hicieron sin desorden, después se armó una baraúnda tal que parecían andar por allí cien mil manos afanosas de revolverlo todo. Era un cataclismo universal en miniatura. El monte se venía abajo, faltándole sus cimientos seculares; el riachuelo variaba de curso y, echando fuera del cauce sus espejillos, inundaba espantosamente la llanura; las casas hundían el tejado en la arena; el portal se estremecía cual si fuera combatido de horribles vientos, y como se apagaron muchas luces, resultó nublado el sol y oscurecidas las luminarias del día y de la noche.

Entre el estupor que tal fenómeno producía, algunos pequeñuelos reían locamente y otros lloraban. Una vieja supersticiosa les dijo:

— ¿No sabéis quién hace este trastorno? Hácenlo los niños muertos que están en el cielo, y a los cuales permite Padre Dios, esta noche, que vengan a jugar con los nacimientos.

Todo aquello tuvo fin y se sintió otra vez el batir de alas alejándose.

Acudieron muchos de los presentes a examinar los estragos y un señor dijo:

— Es que se ha hundido la mesa y todas las figuras se han revuelto.

Empezaron a recoger las figuras y ponerlas en orden. Después del minucioso recuento y de reconocer una por una todas las piezas, se echó de menos algo. Buscaron y rebuscaron; pero sin resultado. Faltaban la mula y el buey.


X

Ya cercano el día, iban los alborotadores camino del cielo, más contentos que unas pascuas, dando brincos por esas nubes, y eran millones de millones, todos preciosos, puros, divinos, con alas blancas y cortas que batían más rápidamente que los más veloces pájaros de la tierra. La bandada que formaban era más grande que cuanto pueden abarcar los ojos en el espacio visible, y cubría la luna y las estrellas, como cuando el firmamento se llena de nubes.

— A prisa, a prisa, caballeritos, que va a ser de día -dijo uno-, y el abuelo nos va a reñir si llegamos tarde. No valen nada los nacimientos de este año... ¡Cuando uno recuerda aquellos tiempos!...

Celinina iba con ellos y, como por primera vez andaba en aquellas altitudes, se atolondraba un poco.

— Ven acá -le dijo uno-, dame la mano y volarás más derecha... Pero ¿qué llevas ahí?

— Esto -repuso Celinina oprimiendo contra su pecho dos groseros animales de barro-. Son pa mí, pa mí.

— Mira, chiquilla, tira esos muñecos. Bien se conoce que sales ahora de la tierra. Has de saber que, aunque en el cielo tenemos juegos eternos y siempre deliciosos, el abuelo nos manda al mundo esta noche para que enredemos un poco en los nacimientos. Allá arriba se divierten también esta noche y yo creo que nos mandan abajo porque los mareamos con el gran ruido que metemos... Pero si Padre Dios nos deja bajar y andar por las casas es a condición de que no hemos de coger nada; y tú has afanado eso.

Celinina no se hacía cargo de estas poderosas razones y, apretando más contra su pecho los dos animales, repitió:

— Pa mí, pa mí.

— Mira, tonta -añadió el otro-, que si no haces caso nos vas a dar un disgusto. Baja en un vuelo y deja eso, que es de la tierra y en la tierra debe quedar. En un momento vas y vuelves, tonta. Yo te espero en esta nube.

Al fin Celinina cedió y, bajando, entregó a la tierra su hurto.


XI

Por eso observaron que el precioso cadáver de Celinina, aquello que fue su persona visible, tenía en las manos, en vez del ramo de flores, dos animalillos de barro. Ni las mujeres que la velaron, ni el padre, ni la madre, supieron explicarse esto; pero la linda niña, tan llorada de todos, entró en la tierra apretando en sus frías manecillas la mula y el buey.

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El Ángel de la Navidad (Marielena Rondinel)

6. El Ángel de la Navidad (Marielena Rondinel)

El Ángel de la Navidad. Marielena Rondinel, escritora peruana. Cierta tarde había tanto alboroto en el cielo que los ruidos despertaron a Dios que descansaba plácidamente en esos momentos. Sí, porque Dios también hace siesta y deja encargado a sus ángeles el cuidado de los niños, pequeños y... Ver mas
El Ángel de la Navidad. Marielena Rondinel, escritora peruana.

Cierta tarde había tanto alboroto en el cielo que los ruidos despertaron a Dios que descansaba plácidamente en esos momentos. Sí, porque Dios también hace siesta y deja encargado a sus ángeles el cuidado de los niños, pequeños y grandes.

Los ángeles estaban en una gran reunión y hablaba uno tras otro sin parar, no se ponían de acuerdo sobre el regalo que iban a entregar el día de Navidad y ya faltaba solamente una semana.

Un ángel de cara regordeta dijo: “Este año hay que darles sencillez para que vean el mundo con calidez” Otro ángel, alzando los brazos, expresó: “Mejor entreguemos prosperidad y los bolsillos llenos tendrán“

Había un ángel que estaba pensativo, se acercó a ellos y murmuró: “Vamos a darles valentía para que afronten mejor las cosas de la vida” A lo lejos venía un ángel saltando de nube en nube, dijo: “Si les regalamos alegría, sonreirán noche y día” Sucesivamente, cada quien daba su opinión pero había un ángel con la carita pecosa que observaba todo con timidez y no se atrevía a decir nada.

Cuando Dios terminó de escuchar a los ángeles, se dio cuenta que el ángel pecoso lo miraba de reojo, entonces lo llamó y el ángel le entregó escrito en el pétalo de una flor lo que él deseaba regalar a los hombres de la Tierra.

Dios lo miró con ternura y le dijo: “Desde este momento te declaro El Ángel de la Navidad porque haz elegido el mejor regalo“.

Así que cada año, unas horas antes del 25 de diciembre, el ángel se viste con sus mejores alas, se coloca una aureola dorada y vuela por el mundo entero llevando entre sus manos “Semillas de amor y generosidad” y las deja plantadas en el corazón de los seres humanos.

Terminada su misión, el ángel regresa al cielo; espera ansioso la Nochebuena junto a Dios y a los demás ángeles para disfrutar el regalo entregado.

En algunas personas las semillas florecen más rápido que en otras, echan raíces firmes y dan flores y frutos hermosos y perdura mucho tiempo.

Es por eso que el espíritu de la Navidad se mantiene intacto y cada vez que compartimos lo mejor de nosotros, el ángel sonríe y una estrella nueva nace en el firmamento que servirá como semilla para el próximo año.

Fin

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Recuerdos de una mañana de Navidad

7. Recuerdos de una mañana de Navidad

No lo creí. Los ángeles tenían cosas más importantes que hacer con su tiempo que observar si yo era un niño bueno o malo. Aun con mi limitada sabiduría de un niño de siete años, había decidido que, en el mejor de los casos, el Ángel sólo podía vigilar a dos o tres muchachos a la vez... y ¿por qu... Ver mas
No lo creí. Los ángeles tenían cosas más importantes que hacer con su tiempo que observar si yo era un niño bueno o malo. Aun con mi limitada sabiduría de un niño de siete años, había decidido que, en el mejor de los casos, el Ángel sólo podía vigilar a dos o tres muchachos a la vez... y ¿por qué habría de ser yo uno de éstos? Las ventajas, ciertamente, estaban a mi favor. Y, sin embargo, mamá, que sabía todo, me había repetido una y otra vez que el Ángel de la Navidad sabía, veía y evaluaba todas nuestras acciones y que no podíamos compararlo con cualquier cosa que pudiéramos entender nosotros, los ignorantes seres humanos. De todos modos, no estaba muy seguro de creer en el Ángel de la Navidad.

Todos mis amigos del barrio me dijeron que Santa Claus era el que llegaba la víspera de la Navidad y que nunca supieron de un ángel que llevara regalos. Mamá vivió en América durante muchos años y bendecía a su nueva tierra como su hogar permanente, pero siempre fue tan italiana como la polenta y, para ella, siempre sería un ángel. "Quién es este Santa Claus?", solía decir. "Y, ¿qué tiene que ver con la Navidad?".

Además, debo reconocer que nuestro ángel italiano me impresionaba mucho. Santa Claus siempre era más generoso e imaginativo. Les llevaba a mis amigos bicicletas, rompecabezas, bastones de caramelo y guantes de béisbol. Los ángeles italianos siempre llevaban manzanas, naranjas, nueces surtidas, pasas un pequeño pastel y unos pequeños dulces redondos de ‘orosuz’ que llamábamos bottone di prete (botones de sacerdote) porque se parecían a los botones que veíamos en la sotana del padrecito. Además, el Ángel siempre ponía en nuestras medias algunas castañas importadas, tan duras como las piedras. Debo admitir que nunca supe qué hacer con las castañas.

Finalmente se las dábamos a mamá para que las hirviera hasta que se sometieran y luego las pelábamos y las comíamos de postre después de la cena de Navidad. Parecía un regalo poco apropiado para un niño de seis o siete años. A menudo pensé que el Ángel de la Navidad no era muy inteligente.

Cuando cuestioné a mamá acerca de esto, ella solía contestar que no me correspondía a mí, "que todavía era un muchachito imberbe", poner en tela de juicio a un ángel, especialmente al Ángel de la Navidad.

En esta época navideña en particular, mi comportamiento de un siete años era todo menos ejemplar. Mis hermanos y hermanas, todos mayores que yo, por lo visto nunca causaban problemas. En cambio yo siempre estaba en medio de todos los problemas. A la hora de la comida aborrecía todo. Me obligaban a probar un poco di tutto (de todo) y cada comida se convertía en un reto... Felice, como me llamaba la familia, contra el mundo de los adultos. Yo era el que nunca me acordaba de cerrar la puerta del gallinero, el que prefería leer a sacar la basura y el que, sobre todo, reclamaba todo lo que mamá y papá hacían, sentían u ordenaban. En pocas palabras, era un niño malcriado.

Cuando menos un mes antes de la Navidad, mamá me advertía: "Te estás portando muy mal, Felice. Los ángeles de la Navidad no llevan regalo a los niños malcriados. Les llevan un palo de durazno para pegarte en las piernas. De modo que – me amenazaba – más vale que cambies tu comportamiento. Yo no puedo portarme bien por ti. Sólo tu puedes optar por ser un buen niño".

"¿Qué me importa? – contestaba yo - . De todos modos el ángel nunca me trae lo que quiero. "Y durante las siguientes semanas hacía muy poco para ‘mejorar mi comportamiento’.

Como sucede en la mayoría de los hogares, la Nochebuena era mágica. A pesar de que éramos muy pobres, siempre teníamos comida especial para la cena. Después de cenar nos sentábamos alrededor de la vieja estufa de leña que era el centro de nuestras vidas durante los largos meses de invierno y platicábamos y reíamos y escuchábamos cuentos. Pasábamos mucho tiempo planeando la fiesta del día siguiente, para la cual nos habíamos estado preparando toda la semana. Como éramos una familia católica, todos íbamos a confesarnos y después nos dedicábamos a decorar el árbol. La noche terminaba con una pequeña copa del maravilloso zabaglione de mamá. ¡No importaba que tuviera un poco de vino; la Navidad sólo llegaba una vez al año!.

Estoy seguro de que sucede con todos los niños, pero no era casi imposible dormir en la Nochebuena. Mi mente divagaba. No pensaba en las golosinas, sino que me preocupaba seriamente la posibilidad de que el ángel de la Navidad no llegara a mi casa o que se le acabaran los regalos. Me emocionaba mucho la posibilidad de que Santa Claus olvidara que éramos italianos y de cualquier modo nos visitara sin darse cuenta de que el Ángel ya me había visitado. ¡Así recibiría el doble de todo!

¿Por qué sucede que en la mañana de Navidad, por poco que se duerma la noche anterior, nunca resulta difícil despertar y levantarnos? Así ocurrió esa mañana en particular. Fue cuestión de minutos, después de escuchar los primeros movimientos, para que todos nos levantáramos y saliéramos disparados hacia la cocina y el tendedero donde estaban colgadas nuestras medias y debajo de éstas se encontraban nuestros brillantes zapatos recién lustrados.

Todo estaba tal como lo habíamos dejado la noche anterior. Excepto que las medias y los zapatos estaban llenos hasta el tope con los generosos regales del Ángel de la Navidad... es decir, todos excepto los míos. Mis zapatos, muy brillantes, estaban vacíos. Mis medias colgaban sueltas en el tendedero y también estaban vacías, pero de una de ellas salía una larga rama seca de durazno.

Alcancé a ver las miradas de horror en los rostros de mi hermano y mis hermanas. Todos nos detuvimos paralizados. Todos los ojos se dirigieron hacia mamá y papá y luego regresaron a mí.

- Ah, lo sabía – dijo mamá -. Al Ángel de la Navidad no se le va nada. El Ángel sólo nos deja lo que merecemos.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mis hermanas trataron de abrazarme para consolarme, pero las rechacé con furia.

- Ni quería esos regalos tan tontos – exclamé -. Odio a ese estúpido Ángel. Ya no hay ningún Ángel de la Navidad.

Me dejé caer en los brazos de mamá. Ella era una mujer voluminosa y su regazo me había salvado de la desesperación y de la soledad en muchas ocasiones. Noté que ella también lloraba mientras me consolaba. También papá. Los sollozos de mis hermanas y los lloriqueos de mi hermano llenaron el silencio de la mañana.

Después de un rato, mi madre dijo, como si estuviera hablando con ella misma:

- Felice no es malo. Sólo se porta mal de vez en cuando. El Ángel de la Navidad lo sabe. Felice sería un niño bueno si hubiera querido, pero este año prefirió ser malo. No le quedó alternativa al Ángel. Tal vez el próximo año decida portarse mejor. Pero, por el momento, todos debemos ser felices de nuevo.

De inmediato todos vaciaron el contenido de sus zapatos y medias en mi regazo.

- Ten – me dijeron -, toma esto.

En poco tiempo otra vez la casa estaba llena de alegría, sonrisas y conversación. Recibí más de lo que cabía en mis zapatos y medias.

Mamá y papá habían ido a misa temprano, como de costumbre. Juntaron las castañas y empezaron a hervirlas durante muchas horas en una maravillosa agua llena de especias y había otra olla hirviendo entre las salsa. Los más delicados olores surgieron del horno como mágicas pociones. Todo estaba preparado para nuestra milagrosa cena de Navidad.

Nos alistamos para ir a la iglesia. Como era su costumbre, mamá nos revisó, uno por uno; ajustaba un cuello aquí, jalaba el cabello por allá, una caricia suave para cada uno... Yo fui el último. Mamá fijó sus enormes ojos castaños en los míos.

- Felice – me dijo -, ¿entiendes por qué el Ángel de la Navidad no pudo dejarte regalos?
- Sí – respondí.
- El Ángel nos recuerda que siempre tendremos lo que merecemos. No podemos evadirlo. Algunas veces resulta difícil entenderlo y nos duele y lloramos. Pero nos enseña lo que está bien hecho y lo que está mal y, así, cada año seremos mejores.

No estoy muy seguro de haber entendido en aquellos momentos lo que mamá quiso decirme. Sólo estaba seguro de que yo era amado; que me habían perdonado por cualquier cosa que hubiese hecho y que siempre me darían otra oportunidad.

Jamás he olvidado aquella Navidad tan lejana. Desde entonces, la vida no siempre ha sido justa ni tampoco me ha ofrecido lo que creí merecer, ni se me ha recompensado por portarme bien. A lo largo de los años he llegado a comprender que he sido egoísta, malcriado, imprudente y quizá, en ocasiones, hasta cruel... pero nunca olvidé que cuando hay perdón, cuando las cosas se comparten, cuando se da otra oportunidad y amor sin límite, el Ángel de la Navidad siempre está presente y siempre es Navidad.

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La estrella de oriente siempre señala nuestra casa en Navidad (Antonio Román Sánchez Rodríguez)

8. La estrella de oriente siempre señala nuestra casa en Navidad (Antonio Román Sánchez Rodríguez)

La estrella de oriente siempre señala nuestra casa en Navidad. Antonio Román Sánchez Rodríguez. Hace millones de años, nuestros antepasados caminaban apoyando las manos en el suelo. Eran tiempos en los que aún éramos cuadrúpedos, y en la hominización jugó un papel esencial la bipedestación... Ver mas
La estrella de oriente siempre señala nuestra casa en Navidad. Antonio Román Sánchez Rodríguez.

Hace millones de años, nuestros antepasados caminaban apoyando las manos en el suelo. Eran tiempos en los que aún éramos cuadrúpedos, y en la hominización jugó un papel esencial la bipedestación.

Hoy en día, los antropólogos continúan estudiando la evolución humana hasta la irrupción del homo sapiens, pero desconocen que fueron los más pequeños quienes empezaron a usar las manos liberadas de la acción locomotora. Todo comenzó en Jugalandia, una tierra bañada por un fértil río, con abundante vegetación, caza y excelente temperatura.

Los niños se aburrían y aturdían con constantes brincos a sus cuidadores, lo que les enervaba, impidiendo realizar las tareas diarias. Una noche se reunieron en la orilla del río los más sabios del lugar con la finalidad de buscar una solución para entretener a sus hijos y poder disfrutar de momentos de descanso y trabajar sin perturbaciones. Los debates fueron largos y parecía que no se encontraría solución alguna.

Tras un largo silencio, Juguete, que era uno de los más juiciosos de los allí presentes, se levantó y se dirigió a sus compañeros en los siguientes términos:

- La solución está en que ocupemos sus manos con algo y de esta forma, caminarán sólo con los pies. Mataremos su aburrimiento haciéndoles transportar con ellas la comida y las cosas que necesitemos en nuestros desplazamientos.

La idea convenció a todos, pero Muñeca, mujer de extraordinaria sagacidad, intervino objetando que las manos desarrolladas para ser soporte en el movimiento, necesitarían un período de aprendizaje de habilidades de los dedos antes de que los pequeños pudieran realizar las actividades con las que matar su tedio.

Y de esta forma, Juguete y Muñeca fueron aclamados por unanimidad y se les liberó de cooperar en los trabajos de la comunidad con el objetivo de quedar al cuidado de los pequeños y enseñarles a ocupar sus manos. A partir de entonces, los niños aprendieron a usarlas con juguetes y muñecas, que tomaron sus respectivos nombres del propio de sus mentores.

Como quiera que aprendieron a moverse erguidos y a llevar sus manos libres, los mayores decidieron imitarlos y con el paso del tiempo consiguieron fabricar utensilios y armas para cazar. En Jugalandia los hombres aprendieron que el juego suponía crear un mundo inventado sobre el dominio del espíritu, junto al que les brindaba la naturaleza tangible.

Descubrieron que el acto de jugar estaba al margen de las obligaciones diarias, de las normas, de la verdad, de lo bueno y de lo malo, y que jugar les hacía libres. Pero también aprendieron a recorrer largas distancias en busca de alimentos y en consecuencia, a alejarse de las familias.

Los niños habían conseguido liberar las manos aprendiendo a jugar con ellas, y los mayores habían aprendido a elaborar útiles y recorrer largas distancias al poder portar sus herramientas en búsqueda de mejores lugares y condiciones de vida. La especialización del trabajo y el fenómeno migratorio asociado se fue imponiendo produciendo un sentimiento de nostalgia y tristeza por el alejamiento de los seres queridos.

Así ocurrió, y los más jóvenes se alejaban cada día más de sus mayores explorando nuevos territorios. Todos sentían una inmensa gratitud hacia Juguete y Muñeca porque gracias a su labor, sus manos podían ocuparlas transportando enseres, y al caminar con la mirada alzada, oteaban mejor los matorrales y divisaban con antelación a los animales depredadores. Transcurrió mucho tiempo y cada vez más, las familias se distanciaban con los ritos de paso asociados a la marcha de sus hijos de casa, en busca de su propia independencia, lo que produjo un profundo dolor.

Padres y abuelos sentían un gran pesar al comprobar que no regresaban a sus hogares y que las cartas, noticias y albricias recibidas eran insuficientes porque no podían acariciar, sentir ni mirar a sus seres más queridos. La gente comenzó a disponer de mayores comodidades materiales, pero nada les impulsaba a regresar de vez en cuando con los suyos.

Pero quiso Dios traer al mundo a su Hijo y su Espíritu, hacerse Hombre y habitar entre nosotros. Su luz, es la luz del mundo (Jn 8,12) y nos enseñó que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él (Mc 10, 15). Su omnisciencia le hacía sabedor de la importancia de los niños y de las cosas que ocurrieron en Jugalandia.

El Espíritu se instalaría en nuestros corazones y se convertiría en el motor del mundo, de esta forma en Navidad, su fuerza nos impelería a reunirnos en una mesa junto a la familia, llenos de buena voluntad y compasión. Pero la naturaleza del Espíritu es inmaterial y la ceguera de los hombres impedía desentrañarlo. Jesús ya había advertido a sus discípulos que hablaba por medio de parábolas a la gente porque “a vosotros Dios os ha dado a conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no” (Mt 13,11), por ello grandes sabios como Aristóteles se encargaron de ilustrarnos:

“El escaso concepto que podemos alcanzar en lo referente a las cosas celestes, nos proporciona, debido a su excelencia, más placer que todo nuestro conocimiento sobre el mundo en que vivimos, de la misma manera que la ojeada furtiva de las personas a quienes amamos es más deliciosa que la plena contemplación de otra cosa cualquiera, sea cual fuere su número y dimensiones”.

El Niño Dios terminó atrapándonos en una mesa para impulsarnos a volver a casa por Navidad, pero tuvo que contar con la complicidad de los más pequeños. Sabedor que Juquete y Muñeca les habían enseñado a no aburrirse jamás y que jugando con sus manos podían crear mundos de fantasía y libertad, reunió un día a los Reyes Magos y les ordenó que en lo sucesivo, para celebrar su Epifanía, repartieran regalos y que los dejaran en todas las casas.

El Niño Dios igualmente había acordado en reunión secreta con los niños, que como antaño en Jugalandia, dieran toda la lata posible a los padres y así obligarlos a regresar a sus hogares para disfrutar de los presentes recibidos. Naturalmente obró el milagro, y en unas Navidades hace mucho tiempo, al amanecer de la Noche Mágica, las vivendas quedaron inundadas de juguetes.

Los pequeños al recibir la noticia y en complicidad con el Niño Dios, dieron la tabarra y obligaron a sus padres a llevarlos junto a los abuelos. Papá Noel no quiso ser menos y se sumó al proyecto en las Navidades siguientes. El Consejo de sabios volvió a reunirse y en gratitud hacia los niños por habernos enseñado a liberar las manos de la locomoción, y por haber conseguido reunir a las familias, tras una declaración solemne, les otorgó una Carta de derechos inalienables como el de jugar, el de tener una familia, y el de protegerlos contra el trabajo infantil.

Y es que después de aprender a caminar y recorrer muchos caminos con las manos libres, necesitamos de la Navidad para descansar, reflexionar y reunirnos juntos a los seres queridos.

La recomendación de Jesús de recibir su reino como un niño es la clave.

¿Cómo definir la Navidad? ¿Cómo no identificarla con la infancia?

Quizá sólo sea cuestión de vivirla. Así que estas Fiestas hay que atraparlas, disfrutarlas y conservar su Espíritu. Y si no es nuestro momento particular, todo volverá a empezar. Congregarnos, ojear furtivamente a las personas importantes en nuestra vida, compartir nuestras inquietudes, miserias y alegrías es tal vez una experiencia que sólo podamos vivir en Navidad.

Y todo comenzó porque en Jugalandia, los niños antes de aprender a jugar, se aburrían y obligaron a adoptar una estrategia a los mayores que terminó por liberarnos del encadenamiento de las manos al suelo. Y muchos años después, otro Niño, impulsó a modo de soplido etéreo y universal su Espíritu en forma de fuerza gravitatoria que nos obliga a volver a casa.

Si no lo percibimos, observemos el cielo: la estrella de oriente siempre ilumina nuestro hogar en Navidad.

Fin

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La adoración de los Reyes  (Valle-Inclán)

9. La adoración de los Reyes (Valle-Inclán)

Y aquellos tres Reyes, que llegaban de Oriente en sus camellos blancos, volvieron a inclinar las frentes coronadas, y arrastrando sus mantos de púrpura y cruzadas las manos sobre el pecho, penetraron en el establo. Sus sandalias bordadas de oro producían un armonioso rumor. El Niño que dormía en... Ver mas
Y aquellos tres Reyes, que llegaban de Oriente en sus camellos blancos, volvieron a inclinar las frentes coronadas, y arrastrando sus mantos de púrpura y cruzadas las manos sobre el pecho, penetraron en el establo. Sus sandalias bordadas de oro producían un armonioso rumor. El Niño que dormía en el pesebre sobre rubia paja de centeno sonrió en sueños. A su lado hallábase la Madre, que lo contemplaba de rodillas con las manos juntas. Un ángel tenía sobre la cuna sus alas de luz, y las pestañas del Niño temblaban como mariposas rubias, y los tres Reyes se postraron para adorarle, y luego besaron los pies del Niño. Para que no se despertase, con las manos apartaban las luengas barbas que eran graves y solemnes como oraciones. Después se levantaron, y volviéndose a sus camellos le trajeron sus dones: oro, incienso y mirra.

Después se levantaron para irse, porque ya rayaba el alba. Se tornaban a sus tierras, cuando fueron advertidos por el cántico lejanode una vieja y una niña. Y era éste el cantar remoto de las voces:

Camiña de Santos Reyes
por camiños desviados,
que por los camiños reaes
Herodes mandou soldados.

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Episodios de Nochebuena (Pedro Antonio de Alarcón)

10. Episodios de Nochebuena (Pedro Antonio de Alarcón)

El año de gracia de 1855 escribí un artículo titulado La Nochebuena del poeta, donde dejé estampadas, para lección y escarmiento de otros hijos pródigos, las negras melancolías y hondas inquietudes que cierto presumido vate provinciano (más codicioso de falsas glorias que agradecido y reverente... Ver mas
El año de gracia de 1855 escribí un artículo titulado La Nochebuena del poeta, donde dejé estampadas, para lección y escarmiento de otros hijos pródigos, las negras melancolías y hondas inquietudes que cierto presumido vate provinciano (más codicioso de falsas glorias que agradecido y reverente con sus padres) llegó a sentir, en medio de los esplendores de la corte, la vez primera que, al caer sobre el mundo los sagrados velos de esta noche de bendición, viose solo y sin familia, huérfano y desheredado por su voluntad, vagando a la ventura por calles y plazas, como pájaro sin nido, o más bien como perro sin amo... ¡Oh! Sí...: en aquel artículo pinté valerosamente, no con postizos colores, sino con sangre de mis venas, la casa y la familia de provincias, los santos afectos de la niñez, la esterilidad de los placeres de la corte, la árida existencia del egoísta que todo lo inmola en aras de su ambición, y los consiguientes remordimientos que atarazan el día de Nochebuena a cuantos van por mares desconocidos, como iba yo entonces, en busca de un porvenir incierto, dejando atrás las ruinas y naufragios de la antigua familia y de la antigua sociedad, y cada vez con menos esperanzas de descubrir las playas de otra familia y de otra sociedad nuevas...; esto es, tal como irían los marineros de Colón cuando llegaron a creer que no tenía límites el Océano.

Por la misericordia de Dios, el presente año no estoy tan melancólico: mi alma se encuentra más tranquila, y para solaz y contentamiento de la vuestra voy a contaros en pocas palabras, no las amarguras de los soberbios, ingratos y rebeldes, sino los humildes regocijos que el Cielo otorga, en esta noche de amor y de misterio, a los pobres sin ambición, al pueblo de Madrid, a esos miles de familias, resignadas con sus afanes y privaciones, que dejan en este momento y sólo por algunas horas, la gloriosa cruz del trabajo y del infortunio para celebrar el nacimiento de aquel que había de hacer suya la cruz de todos los afligidos; de aquel que les dio fe, valor y fuerza para el sufrimiento; de aquel que redimió a los mansos, a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los que han hambre y sed de justicia, a los que padecen persecuciones por defenderla, a los pacíficos, a los limpios de corazón, a los misericordiosos...; esto es, a todos los tristes, a todos los modestos, a todos los caídos, a todos los maltratados por la fortuna.

Dicho se está, por consiguiente, que en los cuadros que pretendo bosquejar hoy no figuraremos para nada los huéspedes de Madrid, ni tampoco los magnates, hijos de la corte, que nacen, viven y mueren a la parisiense, ni tan siquiera las personas algo acomodadas que han dado en la flor de pasar la Nochebuena en los teatros, sino solamente el castizo pueblo madrileño... de la clase tenida por baja; la gente de los barrios; los protagonistas de los cuadros de Goya y de los sainetes de don Ramón de la Cruz.


- II -

Empecemos fijando nuestra consideración en los muchachos del barrio de Maravillas, que son los peores o más traviesos de Madrid, al decir de los maestros de escuela. Desde esta mañana están celebrando a su modo el Nacimiento de Nuestro Señor, y toda la inventiva de su religioso entusiasmo se reduce a armar ruido y a [178] guerrear. Vedlos, pues, con sendos tambores al cinto, que abultan más que ellos, y llevando cada cual en la cabeza una gorra de cuartel, procedente de su padre, y que, por ende, simboliza toda nuestra historia contemporánea, dado que habrá sido escondida bajo siete llaves o sacada a relucir de nuevo tantas veces como ha sido armada o desarmada la Milicia Nacional desde 1820. Vedlos, digo, dispuestos a rechazar cualquier invasión de los barrios fronterizos, o sea con la honda a la cintura y los bolsillos llenos de piedras, cual si algún secreto instinto les avisara que el santo y seña de este día es cada uno en su casa, y Dios en la de todos. Vedlos, en fin, montar la guardia en casa del cura, a quien ofrecen sus servicios para solemnizar la Misa del Gallo o la de Los Pastores; recorrer el barrio cantando coplas llenas de requiebros a la Virgen y al Niño Jesús; encender fogatas en medio de las calles luego que oscurece, como llamando a recogerse en sus casas a los vecinos que anden todavía dispersos por Madrid, y contarse alrededor de la lumbre historias de moros y cristianos, martirios y milagros de santos, hazañas de sus mayores en la guerra de la Independencia, cuentos de brujas y de aparecidos y otra porción de cosas muy preferibles a las predicaciones de esos filósofos racionalistas que hace algún tiempo se afanan por civilizar al pueblo, o sea por arrancarle su caudal de creencias, respetos y temores...

Semejante atraso de los niños; su apego a lo tradicional y a lo maravilloso; sus preocupaciones y sus intolerancias; su bárbaro patriotismo y anticuada religiosidad consuelan dulcemente a los hombres que (por pobreza, o demasiada riqueza de espíritu) no se contentan con los goces de esta vida, ni con el conocimiento de nuestro planeta; a los que necesitan más tiempo y más espacio para su alma; a los que echan de menos, en fin, mejores empresas y más altos fines para su actividad y su culto que este maravilloso aprovechamiento de la materia a que se reduce la actual civilización.

¡Mal haya, pues, el poeta, el publicista o el orador que se complace en profanar y saquear el alma de los niños, arrancando de allí las flores que sembró la piedad de sus padres!... Ya lo dijo el Divino Maestro: «El que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que en mí cree, mejor fuera que colgasen a su cuello una piedra de molino de asno y le anegasen en lo profundo del mar... ¡Ay del mundo por los escándalos!»

«PEPA. ¿Conque en efecto, Manolo,
te has encerrado en el tema
de que hemos de estar solitos
a cenar?

MANOLO. Es conveniencia
del bolsillo y la salud.
Mira: se pone la mesa
con lo poco o mucho que hay,
y, arrimando dos silletas,
yo enfrente de ti, tú enfrente
de mí, a este lado la vela.
La servilleta a este otro lado,
en el suelo las botellas,
va trayéndonos la moza
las viandas; se conversa
un rato; se bebe siempre
que los gaznates se secan
o se atraviesa el bocado;
si empalagan las menestras,
a la izquierda está la fruta,
y el cascajo a la derecha;
se hace boca al hipocrás,
y, sin voces ni etiquetas,
cenamos como señores...»


- III -

Estos versos, de un lindo sainete de don Ramón de la Cruz, expresan gráficamente, aunque sólo sea en proyecto, las puras alegrías que disfrutan los clásicos manolos y chisperos de Madrid durante la noche llamada buena. Yo creo verlos (y todavía se les puede ver, sin embargo de lo mucho que han variado las costumbres) regresar a la Plaza Mayor, seguidos de un gallego, que lleva al hombro la espuerta de provisiones (menos el vino, que lo oculta la manola debajo del pañolón), y tomar el camino de su casa (calle de Embajadores), cuando las sombras nocturnas principian a caer sobre la alborozada capital de la Monarquía.

Pues añadid el encanto de los hijos, que también van cargados de viandas, y que se proponen comer esta noche por todo el año, a cuyo fin empiezan a roer, desde la calle, cuanto se puede pasar sin aliño ni condimento y hasta lo que no se puede (que tales milagros hacen la voracidad y la prohibición reunidas); añadid los tremendos instrumentos de que se han provisto: zambombas, rabeles y tambores, con ayuda de los cuales se prometen romper la cabeza a su familia y a toda la vecindad, y comprenderéis el santo júbilo de esa escena, cien mil veces repetida hoy en las inmediaciones de los mercados.

- IV -

Cambiemos la decoración.

Es ya de noche.

Hace un frío de diciembre y de Madrid.

Tres ciegos, tres Homeros de la edad presente, andaluces de pura raza, si no mienten su traje y su acento, y remolcados por diminuto lazarillo, han hecho alto al pie de una aristocrática reja, cuyos lujosos visillos dejan filtrarse la luz de brillantes lámparas, y allí entonan a cuatro voces, con acompañamiento de guitarras y bandurria, los sagrados himnos de Belén; los villancicos con que la cristiandad entera saluda a estas mismas horas la conmemoración del advenimiento del Mesías.

No copiaré yo aquí los villancicos de esos ciegos, sino otros muchos más delicados que me sé de memoria, y que fueron compuestos hace algunos años por el ciego que ve, por el tío Antonio, o sea por Antón el de los cantares, que todos esos nombres tiene el buen amigo Antonio de Trueba.

Dice así el poeta vascongado:

«Gloriosa Virgen María,
madre y abogada nuestra,
¡qué alegre el pueblo cristiano
tu alumbramiento celebra!»


Pero la ventana se abre no obstante el frío, y una mujer elegante, joven y hermosa aparece con un niño en brazos. Indudablemente, la voz infantil del lazarillo, destacándose sobre la de los ciegos, ha excitado la compasión de aquella tierna madre.

El ángel que ésta lleva en los brazos arroja una moneda de oro a aquel hermano suyo que tirita descalzo sobre las heladas piedras de la calle, y todos sus compañeros del cielo entonan un salmo al Dios de la Caridad.

¡Ah! Sí... En este sacrosanto día nadie niega una limosna a su prójimo. Por eso añade el ciego que ve:


«Lo mismo en la humilde choza
que en la morada soberbia,
blancas espirales de humo
hacia los cielos se elevan.
Son el tributo de gracias
que dan a la Providencia
los animados hogares
en que la abundancia reina:
que el pobre tiene esta noche
Gracia de Dios en su mesa.»

- V -

¡Noche bendita! La paz y la unión reinan en el hogar doméstico. El estudiante, el sirviente, el militar, el marino, el empleado, el que trabaja en las minas, el dependiente de comercio, todos los que fuera de su casa mojan el pan cotidiano con el sudor de su rostro, procuran obtener licencia para pasar esta noche al lado de sus padres, tutores o padrinos. Por otra parte, los yernos olvidan desavenencias de familia, y llevan a su mujer a la casa de donde la sacaron. Háblanse los hermanos mal avenidos; reconcílianse los matrimonios casi disueltos; quién deja los vicios de todo el año; quién sus diversiones favoritas; quién la acostumbrada tertulia; quién a su novia; quién sus amores ilegítimos, y todos se reúnen en la casa patriarcal. Es una velada de santas memorias, en que se recuerda a los hijos que se llevó la muerte. Es una velada de esperanzas lisonjeras, en que se forman proyectos acerca del porvenir de los niños. Desándanse edades; recuérdanse las generaciones pasadas; cada cual conmemora todas y cada una de las Nochebuenas de su vida; éste refiere el peligro en que se encontró tal o cual 24 de diciembre; aquél la amarga soledad en que pasó alguna vez aquellas solemnes horas, a la presente tan felices; cantan los niños sencillas y tiernas coplas; ríen los padres tristes, y hablan los taciturnos, bendicen a Dios las mujeres abandonadas, al ver un rayo del antiguo amor en los ojos del extraviado marido; suspira la enamorada doncella porque esta noche no hablará con su novio, y trata de inclinar a la familia a que vaya a la Misa del Gallo, donde sabe que él la aguarda; y, en tanto, los viejos, que ya no existen como actores de la vida, sino como testigos de la vida ajena, medio se consuelan de haberlo perdido ya todo al verse reproducidos en sus hijos y en sus nietos. Y es que acaso vislumbran en aquel instante la idea de la solidaridad humana, de la mancomunidad de nuestros destinos, de la misteriosa unidad de esta peregrinación que cumplen las generaciones sobre la Tierra... ¿Quién sabe?

Con tan altos y nobles pensamientos, siéntanse hoy a un banquete de amor todas las familias dignas de tal nombre. ¡Desgraciados los que no conocen estas santas alegrías! ¡Más desgraciados aún los que reniegan de ellas!

- VI -

Bosquejemos el último cuadro, tal y como yo lo trazaría si fuera pintor.

Ha dado la una y media de la noche.

Ya es tarde para ir a la Misa del Gallo, y, aunque no lo fuera, acontecería lo mismo, pues todo el mundo duerme en casa de Juan Fernández, vidriero, natural y vecino de Madrid, que vive en la Cava Baja; y, además, allí no hay muchacha casadera, ni no casadera, sino tres guerreros como tres soles, de los cuales el mayor está ya en el musa musae.

La madre de Juan Fernández y el padre de su mujer (únicos abuelos que quedan, pues los otros dos pasaron a mejor vida del modo y forma que ya se ha referido dos o tres veces durante la velada) fueron acostados hace media hora en las mejores camas allí disponibles, por no ser cosa de que regresen a sus casas tan a deshora y en una noche de diciembre, a la edad de setenta años por cabeza. Y ¡vive Dios que los dos carcamales iban alegrillos al entrar en su respectiva alcoba, disputando jocosamente sobre quién había bebido más o menos, después de haber corrido otro bromazo acerca de si sería mejor que durmieran juntos, a lo cual fingía prestarse la vieja y se había resistido con mucha gracia el viejo!...

Joaquina, la vidriera, que se levantó esta mañana al amanecer, y que ha trabajado todo el día y toda la noche como una leona, se ha dormido junto a la apagada chimenea, esperando a que su esposo termine los discursos y libaciones que recomenzó después de acostar a los dos consuegros... Pero Juan Fernández, vencido por el moscatel, el pardillo y el arganda, acaba de dormirse también, apoyado de codos sobre la mesa (todavía cubierta de restos del banquete) y con la cabeza metida entre las manos.

Los chicos, en fin, hartos de merodear en el ya desierto campo de batalla, y llenos el estómago, los bolsillos y las manos de todo linaje de golosinas, han acabado asimismo por dormirse, el menor sobre la falda de la madre, el de en medio sobre dos sillas, y el mayor sobre tres.

Sólo velan un gato y un ratón. El gato campa por su respeto encima de la mesa, y se come las sobras del besugo y del mazapán. El ratón se contenta con las migajas del suelo. Es decir, que Dios ha dado para todos, y la paz ha nacido de la abundancia. El gato oye roer al ratón, sin pensar en comérselo, y el ratón oye comer al gato, sin pensar en emprender la fuga... ¡Esta noche es Nochebuena!

- VII -

Concluyamos.

¡Ved las tres generaciones de siempre! ¡Vedlas dormidas bajo la salvaguardia de su fe! El tiempo pasa con las agujas del horario, descontando instantes a los que llegan al mundo, a los que viven en él y a los que van de retirada... ¡No importa! ¡El numen protector del género humano tiende sus alas sobre la familia, y el recóndito misterio de esta nuestra vida terrenal, cuyo objeto no se nos alcanza, se cumple en la mente del Eterno!

Entretanto, en las tinieblas de la noche, en la soledad de los campos, en los desiertos caminos (pues a esta hora nadie que Dios bendiga transita por ellos), cánticos de júbilo y alborozo estremecen los aires, y mil y mil voces repiten, al son de acordadas liras: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad»

Madrid, 1858.

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Navidad en los Andes (Ciro Alegría)

11. Navidad en los Andes (Ciro Alegría)

Marcabal Grande, hacienda de mi familia, queda en una de las postreras estribaciones de los Andes, lindando con el río Marañon. Compónenla cerros enhiestos y valles profundos. Las frías alturas azulean de rocas desnudas. Las faldas y llanadas propicias verdean de sembríos, donde hay gente que... Ver mas
Marcabal Grande, hacienda de mi familia, queda en una de las postreras estribaciones de los Andes, lindando con el río Marañon. Compónenla cerros enhiestos y valles profundos. Las frías alturas azulean de rocas desnudas. Las faldas y llanadas propicias verdean de sembríos, donde hay gente que labre, pues lo demás es soledad de naturaleza silvestre. En los valles aroman el café, el cacao y otros cultivos tropicales, a retazos, porque luego triunfa el bosque salvaje. La casa hacienda, antañona construcción de paredes calizas y tejas rojas, álzase en una falda, entre eucaliptos y muros de piedra, acequias espejeantes y un huerto y un jardín y sembrados y pastizales. A unas cuadras de la casa, canta su júbilo de aguas claras una quebrada y a otras tantas, diseña su melancolía de tumbas un panteón. Moteando la amplitud de la tierra, cerca, lejos, humean los bohíos de los peones. El viento, incansable transeúnte andino, es como un mensaje de la inmensidad formada por un tumulto de cerros que hieren el cielo nítido a golpe de roquedales.

Cuando era niño, llegaba yo a esa casa cada diciembre durante mis vacaciones. Desmontaba con las espuelas enrojecidas de acicatear al caballo y la cara desollada por la fusta del viento jalquino. Mi madre no acababa de abrazarme. Luego me masajeaba las mejillas y los labios agrietados con manteca de cacao. Mis hermanos y primos miraban las alforjas indagando por juguetes y caramelos. Mis parientes forzudos me levantaban en vilo a guisa de saludo. Mi ama india dejaba resbalar un lagrimón. Mi padre preguntaba invariablemente al guía indio que me acompañó si nos había ido bien en el camino y el indio respondía invariablemente que bien. Indio es un decir, que algunos eran cholos. Recuerdo todavía sus nombres camperos: Juan Bringas, Gaspar Chiguala, Zenón Pincel. Solían añadir, de modo remolón, si sufrimos lluvia, granizada, cansancio de caballos o cualquier accidente. Una vez, la primera respuesta de Gaspar se hizo más notable porque una súbita crecida llevóse un puente y por poco nos arrastra el río al vadearlo. Mi padre regañó entonces a Gaspar:

- ¿Cómo dices que bien?

- Si hemos llegao bien, todo ha estao bien-, fue su apreciación.

El hecho era que el hogar andino me recibía con el natural afecto y un conjunto de características a las que podría llamar centenarias y, en algunos casos, milenarias.

Mi padre comenzaba pronto a preparar el Nacimiento. En la habitación más espaciosa de la casona, levantaba un armazón de cajones y tablas, ayudado por un carpintero al que decían Gamboyao y nosotros los chicuelos, a quienes la oportunidad de clavar o serruchar nos parecía un privilegio. De hecho lo era, porque ni papá ni Gamboyao tenían mucha confianza en nuestra destreza.

Después, mi padre encaminábase hacia alguna zona boscosa, siempre seguido de nosotros los pequeños, que hechos una vocinglera turba, poníamos en fuga a perdices, torcaces, conejos silvestres y otros espantadizos animales del campo. Del monte traíamos musgo, manojos de unas plantas parásitas que crecían como barbas en los troncos, unas pencas llamadas achupallas, ciertas carnosas siemprevivas de la región, ramas de hojas olorosas y extrañas flores granates y anaranjadas. Todo ese mundillo vegetal capturado, tenía la característica de no marchitarse pronto y debía cubrir la armazón de madera. Cumplido el propósito, la amplia habitación olía a bosque recién cortado.

Las figuras del Nacimiento eran sacadas entonces de un armario y colocadas en el centro de la armazón cubierta de ramas, plantas y flores. San José, la Virgen y el Niño, con la mula y el buey, no parecían estar en un establo, salvo por el puñado de paja que amarilleaba en el lecho del Niño. Quedaban en medio de una síntesis de selva. Tal se acostumbraba tradicionalmente en Marcabal Grande y toda la región. Ante las imágenes relucía una plataforma de madera desnuda, que oportunamente era cubierta con n mantel bordado, y cuyo objeto ya se verá.

En medio de los preparativos, mamá solía decir a mi padre, sonriendo de modo tierno y jubiloso:

- José, pero si tú eres ateo...

- Déjame, déjame, Herminia, replicaba mi padre con buen humor-, no me recuerdes eso ahora y...a los chicos les gusta la Navidad...

Un ateo no quería herir el alma de los niños. Toda la gente de la región, que hasta ahora lo recuerda, sabía por experiencia que mi padre era un cristiano por las obras y cotidianamente.

Por esos días llegaban los indios y cholos colonos a la casa, llevando obsequios, a nosotros los pequeños, a mis padres, a mi abuela Juana, a mis tíos, a quien quisieran elegir entre los patrones. Más regalos recibía mamá. Obsequiábannos gallinas y pavos, lechones y cabritos, frutas y tejidos y cuantas cosillas consideraban buenas. Retornábaseles la atención con telas, pañuelos, rondines, machetes, cuchillas, sal, azúcar...Cierta vez, un indio regalóme un venado de meses que me tuvo deslumbrado durante todas las vacaciones.

Por esos días también iban ensayando sus cantos y bailes las llamadas "pastoras", banda de danzantes compuesta por todas las muchachas de la casa y dos mocetones cuyo papel diré luego.

El día 24, salido el sol apenas, comenzaba la masacre de animales, hecha por los sirvientes indios. La cocinera Vishe, india también, a la cual nadie le sabía la edad y mandaba en la casa con la autoridad de una antigua institución, pedía refuerzos de asistentes para hacer su oficio. Mi abuela Juana y mamá, con mis tías Carmen y Chana, amasaban buñuelos. Mi padre alineaba las encargadas botellas de pisco y cerveza, y acaso alguna de vino, para quien quisiese. En la despensa hervía roja chicha en cónicas botijas de greda. Del jardín llevábanse rosas y claveles al altar, la sala y todas las habitaciones. Tradicionalmente, en los ramos entremezclábanse los colores rojo y blanco. Todas las gentes y las cosas adquirían un aire de fiesta.

Servíase la cena en un comedor tan grande que hacía eco, sobre una larga mesa iluminada por cuatro lámparas que dejaban pasar una suave luz a través de pantallas de cristal esmerilado. Recuerdo el rostro emocionadamente dulce de mi madre, junto a una apacible lámpara. Había en la cena un alegre recogimiento aumentado por la inmensa noche, de grandes estrellas, que comenzaba junto a nuestras puertas. Como que rezaba el viento. Al suave aroma de las flores que cubrían las mesas, se mezclaba la áspera fragancia de los eucaliptos cercanos.

Después de la cena pasábamos a la habitación del Nacimiento. Las mujeres se arrodillaban frente al altar y rezaban. Los hombres conversaban a media voz, sentados en gruesas sillas adosadas a las paredes. Los niños, según la orden de cada mamá, rezábamos o conversábamos. No era raro que un chicuelo demasiado alborotador, se lo llamara a rezar como castigo. Así iba pasando el tiempo.

De pronto, a lo lejos sonaba un canto que poco a poco avanzaba acercándose. Era un coro de dulces y claras voces. Deteníase junto a la puerta. Las "pastoras" entonaban una salutación, cantada en muchos versos. Recuerdo la suave melodía. Recuerdo algunos versos:

En el portal de Belén
hay estrellas, sol y luna;
a Virgen y San José
y el niño que esta en la cuna.

Niñito, por qué has nacido
en este pobre portal,
teniendo palacios ricos
donde poderte abrigar...

Súbitamente las "pastoras" irrumpían en la habitación, de dos en dos, cantando y bailando a la vez. La música de los versos había cambiado y estos eran más simples.

Cuantas muchachas quisieron formar la banda, tanto las blancas hijas de los patrones como las sirvientas indias y cholas, estaban allí confundidas. Todas vestían trajes típicos de vivos colores. Algunas ceñíanse una falda de pliegues precolombina, llamada anaco. Todas llevaban los mismos sombreros blancos adornados con cintas y unas menudas hojas redondas de olor intenso. Todas calzaban zapatillas de cordobán. Había personajes cómicos. Eran los "viejos". Los dos mocetones habíanse disfrazado de tales, simulando jorobas con un bulto de ropas y barbazas con una piel de chivo. Empuñaban cayados. Entre canto y canto, los "viejos" lanzaban algún chiste y bailaban dando saltos cómicos. Las muchachas danzaban con blanda cadencia, ya en parejas o en forma de ronda. De cuando en vez, agitaban claras sonajas. Y todo quería ser una imitación de los pastores que llegaron a Belén, así con esos trajes americanos y los sombreros peruanísimos. El cristianismo hondo estaba en una jubilosa aceptación de la igualdad. No había patrona ni sirvientitas y tampoco razas diferenciadoras esa noche.

La banda irrumpía el baile para hacer las ofrendas. Cada "pastora" iba hasta la puerta, donde estaban los cargadores de los regalos y tomaba el que debía entregar. Acercándose al altar, entonaba un canto alusivo a su acción.

- Señora Santa Ana,
¿por qué llora el Niño?
-Por una manzana
que se le ha perdido.

-No llore por una,
yo le daré dos:
una para el Niño
y otra para vos

La muchacha descubríase entonces, caía de rodillas y ponía efectivamente dos manzanas en la plataforma que ya mencionamos. Si quería dejaba más de las enumeradas en el canto. Nadie iba a protestar. Una tras otra iban todas las "pastoras" cantando y haciendo sus ofrendas. Consistían en juguetes, frutas, dulces, café y chocolate, pequeñas cosas bellas hechas a mano. Una nota puramente emocional era dada por la "pastora" más pequeña de la banda. Cantaba:

A mi niño Manuelito
todas le trae un don
Yo soy chica y nada tengo,
le traigo mi corazón.

La chicuela arrodillábase haciendo con las manos el ademán del caso. Nunca faltaba quien asegurara que la mocita de veras parecía estar arrancándose el corazón para ofrendarlo.

Las "pastoras" íbanse entonando otros cantos, en medio de un bailecito mantenido entre vueltas y venias. A poco entraban de nuevo, con los rebozos y sombreros en las manos, sonrientes las caras, a tomar parte en la reunión general.

Como habían pasado horas desde la cena, tomábase de la plataforma los alimentos y bebidas ofrendados al Niño Jesús. No se iba a molestar el Niño por eso. Era la costumbre. Cada uno servíase lo que deseaba. A los chicos nos daban además los juguetes. Como es de suponer, las "pastoras" también consumían sus ofrendas. Conversábase entre tanto. Frecuentemente, pedíase a las "pastoras" de mejor voz, que cantaran solas. Algunas accedían. Y entonces todo era silencio, para escuchar a una muchacha erguida, de lucidas trenzas, elevando una voz que era a modo de alta y plácida plegaria.

La reunión se disolvía lentamente. Brillaban linternas por los corredores. Me acostaba en mi cama de cedro, pero no dormía. Esperaba ver de nuevo a mamá. Me gustaba ver que mi madre entraba caminando de puntillas y como ya nos habían dado los juguetes, ponía debajo de mi almohada un pañuelo que había bordado con mi nombre. Me conmovía su ternura. Deseaba yo correspondérsela y no le decía que la existencia había empezado a recortarme los sueños. Ella me dejó el pañuelo bordado, tratando de que yo no despertara, durante varios años.

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Cuento de Navidad para incrédulos

12. Cuento de Navidad para incrédulos

Hay muchos años atrapados en esta celosía. Lleva por dentro los detalles, las horas, los instantes precisos de todas las historias de todos los abuelos de la ribera oriental. Hoy, como de costumbre, se abre al mundo y los abalorios de la abuela flotan desadvertidos por las callejas y las g... Ver mas
Hay muchos años atrapados en esta celosía. Lleva por dentro los detalles, las horas, los instantes precisos de todas las historias de todos los abuelos de la ribera oriental. Hoy, como de costumbre, se abre al mundo y los abalorios de la abuela flotan desadvertidos por las callejas y las gárgolas de aquel santuario en ruinas. Vacilan mucho las manos y la boca, pero siempre que se quiere un grito interno, abre la jaula y nos transforma en cuadros plásticos maquillados a la usanza de aquellas viejas consejas.

Te anaranjeaba la tarde el borde interior de los pómulos y sobre tus dientes se dibujaban las imágenes marinas repletas de estela y serena entrega. Todos recordamos la más dulce triquiñuela de nuestras mocedades; cada merced lleva la suya atada a las lágrimas en la noche de año nuevo. Cada tarantín de la calle retrotrae la mano tierna que roza a hurtadillas la piel de alguna muchacha, en medio de la multitud de nombres que dejan huella tras el pasar del tiempo. Yo siempre me ralentizaba cuando iba a tu encuentro, era el señor de los caramelos y vos montada en tu risa me dabas el asisito matinal de las frutas del mercado.

Aquí estás de nuevo -solía decirme- eres: diciembre. La página en blanco, un trago que fluye por ríos de gentes y secretos hermosos que se pasean por la plaza. Que maravillan el rostro bañado de aceites delineados en la majestuosidad de una mueca pícara por entre miles de ojos que destejen al tiempo. Pintores que añaden sonidos, a estos cuadros vivos de Rafael, en la pulcritud de su atardecer entre nosotros. Las gaitas, sus voces mágicas, Renato fabricando con sus dedos, todo el amor del poeta para acariciar la ciudad. El chino Jung que nos regala el silencio con la paz de su mirada. La tercera siesta, que es Bellorín en su asalto al salto y los bardos que recorren los sueños guiados por Blas, quien dispara al cielo versos que regresan en cometas furtivos sobre las paredes que se encienden como cuando amanece en tus ojos. Cada vez que llegas, me retrata profundo el ojo del tigre y tu beduina mirada como luna del desierto.

Si ahora queréis comprender por qué los incrédulos abundan en diciembre, podrás darte perfecta cuenta, que todo se debe precisamente a que los mercaderes no saben hacer otra cosa que vender para comprar tu alegría. Pero no creáis que en vano un pesebre es la luz del mundo; porque imagina por un momento que todo se hubiese desarrollado en un hotel cinco estrellas: como le pediría al que solo tiene esperanza que creyera en los milagros, si la última estrella que tenía para vender te la había guardado y, de tanto esperar por ti se murió. Por eso el angelito que me diste, todos los días me pregunta: A dónde se fue la dueña de mi imagen si vos te quedaste solamente con la soledad de mi espacio...A mí también me dolió, pero no te preocupes: Diciembre me dijo que este año me exoneraba del llanto, por lo tanto me das un abrazo y te devuelvo para siempre la alegría, que solamente una vez ensoñamos. Feliz navidad! Saboreo aún tus fresas y a estos incrédulos que nos miran.

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Un árbol de Noel y una boda (Fiodor Dostoyevski)

13. Un árbol de Noel y una boda (Fiodor Dostoyevski)

Hace un par de días asistí yo a una boda... Pero no... Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho... Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de... Ver mas
Hace un par de días asistí yo a una boda... Pero no... Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho... Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.

Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo.

Otro tanto hubo de sucederle a otro caballero, que, según me pareció, no se distinguía ni por su posición social, ni por su apellido, y, a semejanza mía, sólo por pura causalidad se encontraba en aquel baile infantil... Inmediatamente hubo de llamarme la atención. Su aspecto exterior impresionaba bien: era de gran estatura, delgado, sumamente serio e iba muy bien vestido. Se advertía de inmediato que no era amigo de distracciones ni de pláticas frívolas. Al instalarse en un rinconcito tranquilo, su semblante, cuyas negras cejas se fruncieron, asumió una expresión dura, casi sombría. Saltaba a la vista que, quitando al dueño de la casa, no conocía a ninguno de los presentes. Y tampoco era difícil adivinar que aquella fiestecita lo aburría hasta la náusea, aunque, a pesar de ello, mostró hasta el final el aspecto de un hombre feliz que pasa agradablemente el tiempo. Después supe que procedía de la provincia y sólo por una temporada había venido a Petersburgo, donde debía de fallarse al día siguiente un pleito, enrevesado, del que dependía todo su porvenir. Se le había presentado con una carta de recomendación a nuestro amigo el dueño de la casa, por lo que aquél cortésmente lo había invitado a la velada: pero, según parecía, no contaba lo más mínimo con que el dueño de la casa se tomase por él la más ligera molestia. Y como allí no se jugaba a las cartas y nadie le ofrecía un cigarro ni se dignaba dirigirle la palabra -probablemente conocían ya de lejos al pájaro por la pluma-, se vio obligado nuestro hombre, para dar algún entretenimiento a sus manos, a estar toda la noche mesándose las patillas. Tenía, verdaderamente, unas patillas muy hermosas; pero, así y todo, se las acariciaba demasiado, dando a entender que primero habían sido creadas aquellas patillas, y luego le habían añadido el hombre, con el solo objeto de que les prodigase sus caricias.

Además de aquel caballero que no se preocupaba lo más mínimo por aquella fiesta de los cinco chicos pequeñines y regordetes del anfitrión, hubo de chocarme también otro individuo. Pero éste mostraba un porte totalmente distinto: ¡era todo un personaje!

Se llamaba Yulián Mastakóvich. A la primera mirada se comprendía que era un huésped de honor y se hallaba, respecto al dueño de la casa, en la misma relación, aproximadamente, en que respecto a éste se encontraba el forastero desconocido. El dueño de la casa y su señora se desvivían por decirle palabras lisonjeras, le hacían lo que se dice la corte, lo presentaban a todos sus invitados, pero sin presentárselo a ninguno. Según pude observar, el dueño de la casa mostró en sus ojos el brillo de una lagrimita de emoción cuando Yulián Mastakóvich, elogiando la fiesta, le aseguró que rara vez había pasado un rato tan agradable. Yo, por lo general, suelo sentir un malestar extraño en presencia de hombres tan importantes; así que, luego de recrear suficientemente mis ojos en la contemplación de los niños, me retiré a un pequeño boudoir, en el que, por casualidad, no había nadie, y allí me instalé en el florido parterre de la dueña de la casa, que cogía casi todo el aposento.

Los niños eran todos increíblemente simpáticos e ingenuos y verdaderamente infantiles, y en modo alguno pretendían dárselas de mayores, pese a todas las exhortaciones de ayas y madres. Habían literalmente saqueado todo el árbol de Navidad hasta la última rama, y también tuvieron tiempo de romper la mitad de los juguetes, aun antes de haber puesto en claro para quién estaba destinado cada uno. Un chiquillo de aquellos de negros ojos y rizos negros, hubo de llamarme la atención de un modo particular: estaba empeñado en dispararme un tiro, pues le había tocado una pistola de madera. Pero la que más llamaba la atención de los huéspedes era su hermanita. Tendría ésta unos once años, era delicada y pálida, con unos ojazos grandes y pensativos. Los demás niños debían de haberla ofendido por algún concepto, pues se vino al cuarto donde yo me encontraba, se sentó en un rincón y se puso a jugar con su muñeca. Los convidados se señalaban unos a otros con mucho respeto a un opulento comerciante, el padre de la niña, y no faltó quién en voz baja hiciese observar que ya tenía apartados para la dote de la pequeña sus buenos trescientos mil rublos en dinero contante y sonante. Yo, involuntariamente, dirigí la vista hacia el grupo que tan interesante conversación sostenía, y mi mirada fue a dar en Yulián Mastakóvich, que, con las manos cruzadas a la espalda y un poco ladeada la cabeza, parecía escuchar muy atentamente el insulso diálogo. Al mismo tiempo hube de admirar no poco la sabiduría del dueño de la casa, que había sabido acreditarla en la distribución de los regalos. A la muchacha que poseía ya trescientos mil rublos le había correspondido la muñeca más bonita y más cara. Y el valor de los demás regalos iba bajando gradualmente, según la categoría de los respectivos padres de los chicos. Al último niño, un chiquillo de unos diez años, delgadito, pelirrojo y con pecas, sólo le tocó un libro que contenía historias instructivas y trataba de la grandeza del mundo natural, de las lágrimas de la emoción y demás cosas por el estilo: un árido libraco, sin una estampa ni un adorno.

Era el hijo de una pobre viuda, que les daba clase a los niños del anfitrión, y a la que llamaban, por abreviar, el aya. Era el tal chico un niño tímido, pusilánime. Vestía una blusilla rusa de nanquín barato. Después de recoger su libro, anduvo largo rato huroneando en torno a los juguetes de los demás niños; se le notaban unas ganas terribles de jugar con ellos; pero no se atrevía; era claro que ya comprendía muy bien su posición social. Yo contemplaba complacido los juguetes de los niños. Me resultaba de un interés extraordinario la independencia con que se manifestaban en la vida. Me chocaba que aquel pobre chico de que hablé se sintiera tan atraído por los valiosos juguetes de los otros nenes, sobre todo por un teatrillo de marionetas en el que seguramente habría deseado desempeñar algún papel, hasta el extremo de decidirse a una lisonja. Se sonrió y trató de hacerse simpático a los demás: le dio su manzana a una nena mofletuda, que ya tenía todo un bolso de golosinas, y llegó hasta el punto de decidirse a llevar a uno de los chicos a cuestas, todo con tal de que no lo excluyesen del teatro. Pero en el mismo instante surgió un adulto, que en cierto modo hacía allí de inspector, y lo echó a empujones y codazos. El chico no se atrevió a llorar. En seguida apareció también el aya, su madre, y le dijo que no molestase a los demás. Entonces se vino el chico al cuarto donde estaba la nena. Ella lo recibió con cariño, y ambos se pusieron, con mucha aplicación, a vestir a la muñeca.

Yo llevaba ya sentado media horita en el parterre, y casi me había adormilado, arrullado inconscientemente por el parloteo infantil del chico pelirrojo y la futura belleza con dote de trescientos mil rublos, cuando de repente hizo irrupción en la estancia Yulián Mastakóvich. Aprovechó la ocasión de haberse suscitado una gran disputa entre los niños del salón para desaparecer de allí sin ser notado. Hacía unos minutos nada más lo había visto yo al lado del opulento comerciante, padre de la pequeña, en vivo coloquio, y, por alguna que otra palabra suelta que cogiera al vuelo, adiviné que estaba ensalzando las ventajas de un empleo con relación a otro. Ahora estaba pensativo, en pie, junto al parterre, sin verme a mí, y parecía meditar algo.

"Trescientos..., trescientos... -murmuraba-. Once.... doce..., trece..., dieciséis... ¡Cinco años! Supongamos al cuatro por ciento... Doce por cinco... Sesenta. Bueno; pongamos, en total, al cabo de cinco años... Cuatrocientos. Eso es... Pero él no se ha de contentar con el cuatro por ciento, el muy perro. Lo menos querrá un ocho y hasta un diez. ¡Bah! Pongamos... quinientos mil... ¡Hum! Medio millón de rublos. Esto es ya mejor... Bueno...; y luego, encima, los impuestos... ¡Hum!"

Su resolución era firme. Se escombró, y se disponía ya a salir de la habitación, cuando, de pronto, hubo de reparar en la pequeña. que estaba con su muñeca en un rincón, junto al niñito pobre, y se quedó parado. A mí no me vio, escondido, como estaba, detrás del denso follaje. Según me pareció, estaba muy excitado. Difícil sería, no obstante, precisar si su emoción era debida a la cuenta que acababa de echar o a alguna otra causa, pues se frotó sonriendo las manos, y parecía como si no pudiese estarse quieto. Su excitación fue creciendo hasta un extremo incomprensible, al dirigir una segunda y resuelta mirada a la rica heredera. Quiso avanzar un paso; pero volvió a detenerse y miró con mucho cuidado en torno suyo. Luego se aproximó de puntillas, como consciente de una culpa, lentamente y sin hacer ruido, a la pequeña. Como ésta se hallaba detrás del chico, se inclinó el hombre y le dio un beso en su cabecita. La pequeña lanzó un grito, asustada, pues no había advertido hasta entonces su presencia.

-¿Qué haces aquí, hija mía? -le preguntó por lo bajo, miró en torno suyo y le dio luego una palmadita en las mejillas.

-Estamos jugando...

-¡Ah! ¿Con éste? -y Yulián Mastakóvich lanzó una mirada al pequeño-. Mira, niño: mejor estarías en la sala -le dijo.

El chico no replicó, y se le quedó mirando fijo. Yulián Mastakóvich volvió a echar una rápida ojeada en torno suyo, y de nuevo se inclinó hacia la pequeña.

-¿Qué es esto, niña? ¿Una muñeca? -le preguntó.

-Sí, una muñequita... -repuso la nena algo forzada, y frunció levemente el ceño.

-Una muñeca... Pero ¿sabes tú, hija mía, de qué se hacen las muñecas?

-No... -respondió la niña en un murmullo, y volvió a bajar la cabeza.

-Bueno; pues mira: las hacen de trapos viejos, corazón. Pero tú estarías mejor en la sala, con los demás niños -y Yulián Mastakóvich, al decir esto, dirigió una severa mirada al pequeño. Pero éste y la niña fruncieron la frente y se apretaron más el uno contra el otro. Por lo visto, no querían separarse.

-¿Y sabes tú también para qué te han regalado esta muñeca? -tornó a preguntar Yulián Mastakóvich, que cada vez ponía en su voz más mimo.

-No.

-Pues para que seas buena y cariñosa.

Al decir esto, tornó Yulián Mastakóvich a mirar hacia la puerta, y luego le preguntó a la niña con voz apenas perceptible, trémula de emoción e impaciencia:

-Pero ¿me querrás tú también a mí si les hago una visita a tus padres? Al hablar así, intentó Yulián Mastakóvich darle otro beso a la pequeña; pero al ver el niño que su amiguita estaba ya a punto de romper en llanto, se apretujó contra su cuerpecito, lleno de súbita congoja, y por pura compasión y cariño rompió a llorar alto con ella. Yulián Mastakóvich se puso furioso.

-¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí -le dijo con muy mal genio al chico-. ¡Vete a la sala! ¡Anda a reunirte con los demás niños!

-¡No, no, no! ¡No quiero que se vaya! ¿Por qué tiene que irse? ¡Usted es quien debe irse! -clamó la nena-. ¡Él se quedará aquí! ¡Déjele usted estar! -añadió casi llorando.

En aquel instante sonaron voces altas junto a la puerta y Yulián Mastakóvich irguió el busto imponente. Pero el niño se asustó todavía más que Yulián Mastakóvich; soltó a la amiguita y se escurrió, sin ser visto, a lo largo de las paredes, en el comedor. También al comedor se trasladó Yulián Mastakóvich, cual si nada hubiera pasado. Tenía el rostro como la grana, y como al pasar ante un espejo se mirase en él, pareció asombrarse él mismo de su aspecto. Quizá lo contrariase haberse excitado tanto y hablado de manera tan destemplada. Por lo visto, sus cálculos lo habían absorbido y entusiasmado de tal modo, que a pesar de toda su dignidad y astucia, procedió como un verdadero chiquillo, y en seguida, sin pararse a reflexionar, empezaba a atacar su objetivo. Yo lo seguí al otro cuarto..., y en verdad que fue un raro espectáculo el que allí presencié. Pues vi nada menos que a Yulián Mastakóvich, el digno y respetable Yulián Mastakóvich, hostigar al pequeño, que cada vez retrocedía más ante él y, de puro asustado, no sabía ya dónde meterse.

-¡Vamos, largo de aquí! ¿Qué haces aquí, holgazán? ¡Anda, vete! Has venido aquí a robar fruta, ¿verdad? Habrás robado alguna, ¿eh? ¡Pues lárgate en seguidita, que ya verás, si no, cómo te arreglo yo a ti!

El muchacho, azorado, se resolvió, finalmente, a adoptar un medio desesperado de salvación: se metió debajo de la mesa. Pero al ver aquello se puso todavía más furioso su perseguidor. Lleno de ira, tiró del largo mantel de batista que cubría la mesa, con objeto de sacar de allí al chico. Pero éste se estuvo quietecito, muertecito de miedo, y no se movió. Debo hacer notar que Yulián Mastakóvich era algo corpulento. Era lo que se dice un tipo gordo, con los mofletes colorados, una ligera tripa, rechoncho y con las pantorrillas gordas...; en una palabra: un tipo forzudo, que todo lo tenía redondito como la nuez. Gotas de sudor le corrían ya por la frente; respiraba jadeando y casi con estertor. La sangre, de estar agachado, se le subía, roja y caliente, a la cabeza. Estaba rabioso, de puro grande que eran su enojo o, ¿quién sabe?, sus celos. Yo me eché a reír alto. Yulián Mastakóvich se volvió como un relámpago hacia mí, y, no obstante su alta posición social, su influencia y sus años, se quedó enteramente confuso. En aquel instante entró por la puerta frontera el dueño de la casa. El chico se salió de debajo de la mesa y se sacudió el polvo de las rodillas y los codos. Yulián Mastakóvich recobró la serenidad, se llevó rápidamente el mantel, que aún tenía cogido de un pico, a la nariz, y se sonó.

El dueño de la casa nos miró a los tres sorprendido; pero, a fuer de hombre listo que toma la vida en serio, supo aprovechar la ocasión de poder hablar a solas con su huésped.

-¡Ah! Mire usted: éste es el muchacho en cuyo favor tuve la honra de interesarle... -empezó, señalando al pequeño.

-¡Ah! -replicó Yulián Mastakóvich, que seguía sin ponerse a la altura de la situación.

-Es el hijo del aya de mis hijos -continuó explicativo el dueño de la casa, y en tono comprometedor-, una pobre mujer. Es viuda de un honorable funcionario. ¿No habría medio, Yulián Mastakóvich...?

-¡Ah! Lo había olvidado. ¡No, no! -lo interrumpió éste presuroso-. No me lo tome usted a mal, mi querido Filipp Aleksiéyevich; pero es de todo punto imposible. Me he informado bien; no hay, actualmente, ninguna vacante, y aun cuando la hubiese, siempre tendría éste por delante diez candidatos con mayor derecho... Lo siento mucho, créame; pero...

-¡Lástima! -dijo pensativo el dueño de la casa-. Es un chico muy juicioso y modesto...

-Pues a mí, por lo que he podido ver, me parece un tunante -observó Yulián Mastakóvich con forzada sonrisa-. ¡Anda! ¿Qué haces aquí? ¡Vete con tus compañeros! -le dijo al muchacho, encarándose con él.

Luego no pudo, por lo visto, resistir la tentación de lanzarme a mí también una mirada terrible. Pero yo, lejos de intimidarme, me reí claramente en su cara. Yulián Mastakóvich la volvió inmediatamente a otro lado y le preguntó de un modo muy perceptible al dueño de la casa quién era aquel joven tan raro. Ambos se pusieron a cuchichear y salieron del aposento. Yo pude ver aún, por el resquicio de la puerta, cómo Yulián Mastakóvich, que escuchaba con mucha atención al dueño de la casa, movía la cabeza admirado y receloso.

Después de haberme reído lo bastante, yo también me trasladé al salón. Allí estaba ahora el personaje influyente, rodeado de padres y madres de familia y de los dueños de la casa, y hablaba en tono muy animado con una señora que acababan de presentarle. La señora tenía cogida de la mano a la pequeña que Yulián Mastakóvich besara hacía diez minutos. Ponderaba el hombre a. la niña, poniéndola en el séptimo cielo; ensalzaba su hermosura, su gracia, su buena educación, y la madre lo oía casi con lágrimas en los ojos. Los labios del padre sonreían. El dueño de la casa participaba con visible complacencia en el júbilo general. Los demás invitados también daban muestras de grata emoción, e incluso habían interrumpido los juegos de los niños para que éstos no molestasen con su algarabía. Todo el aire estaba lleno de exaltación. Luego pude oír yo cómo la madre de la niña, profundamente conmovida, con rebuscadas frases de cortesía, rogaba a Yulián Mastakóvich que le hiciese el honor especial de visitar su casa, y pude oír también cómo Yulián Mastakóvich, sinceramente encantado, prometía corresponder sin falta a la amable invitación, y cómo los circunstantes, al dispersarse por todos lados, según lo pedía el uso social, se deshacían en conmovidos elogios, poniendo por las nubes al comerciante, su mujer y su nena, pero sobre todo a Yulián Mastakóvich.

-¿Es casado ese señor? -pregunté yo alto a un amigo mío, que estaba al lado de Yulián Mastakóvich.

Yulián Mastakóvich me lanzó una mirada colérica, que reflejaba exactamente sus sentimientos.

-No -me respondió mi amigo, visiblemente contrariado por mi intempestiva pregunta, que yo, con toda intención, le hiciera en voz alta.

***

Hace un par de días hube de pasar por delante de la iglesia de ***. La muchedumbre que se apiñaba en el balcón, y sus ricos atavíos, hubieron de llamarme la atención. La gente hablaba de una boda. Era un nublado día de otoño, y empezaba a helar. Yo entré en la iglesia, confundido entre el gentío, y miré a ver quién fuese el novio. Era un tío bajo y rechoncho, con tripa y muchas condecoraciones en el pecho. Andaba muy ocupado, de acá para allá, dando órdenes, y parecía muy excitado. Por último, se produjo en la puerta un gran revuelo; acababa de llegar la novia. Yo me abrí paso entre la multitud y pude ver una beldad maravillosa, para la que apenas despuntara aún la primera primavera. Pero estaba pálida y triste. Sus ojos miraban distraídos. Hasta me pareció que las lágrimas vertidas habían ribeteado aquellos ojos. La severa hermosura de sus facciones prestaba a toda su figura cierta dignidad y solemnidad altivas. Y, no obstante, a través de esa seriedad y dignidad y de esa melancolía, resplandecía el alma inocente, inmaculada, de la infancia, y se delataba en ella algo indeciblemente inexperto, inconsciente, infantil, que, según parecía, sin decir palabra, tácitamente, imploraba piedad.

Se decía entre la gente que la novia apenas si tendría dieciséis años. Yo miré con más atención al novio, y de pronto reconocí al propio Yulián Mastakóvich, al que hacía cinco años que no volviera a ver. Y miré también a la novia. ¡Santo Dios! Me abrí paso entre el gentío en dirección a la salida, con el deseo de verme cuanto antes lejos de allí. Entre la gente se decía que la novia era rica en dinero contante y sonante y que poseía medio millón de rublos, más una renta por valor de tanto y cuanto...

"¡Le salió bien la cuenta”, pensé yo, y me salí a la calle.

FIN

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Un sueño de Navidad (Guillermo Tribín Piedrahita)

14. Un sueño de Navidad (Guillermo Tribín Piedrahita)

La noche tenía un Cielo brillante. Las estrellas habían salido en alegres grupos para iluminarlo y advertir y precisar ante los habitantes de la tierra que era la víspera de la Navidad, por lo que nadie podía tener amarguras, ni peleas, ni guerras. Se acercaba el Nacimiento de Jesús, la mejor... Ver mas
La noche tenía un Cielo brillante. Las estrellas habían salido en alegres grupos para iluminarlo y advertir y precisar ante los habitantes de la tierra que era la víspera de la Navidad, por lo que nadie podía tener amarguras, ni peleas, ni guerras. Se acercaba el Nacimiento de Jesús, la mejor noticia que el Mundo iba a recibir por los siglos de los siglos.
Era, en cierta forma, el mensaje de paz que la Madre Naturaleza lanzaba, en una estación invernal, a un mundo convulsionado por las guerras, por los espíritus belicosos, por los hombres que habían olvidado que muy jóvenes, desde su nacimiento, habían creado un núcleo denominado Familia, que con el paso de los años se estaba desintegrando, con lo cual los grandes valores morales y éticos, dolorosamente, se escabullían.
También ese Cielo tan preciosamente iluminado quería despertar la conciencia de tántos y tántos jóvenes -hombres y mujeres- sumidos en la más tremenda oscuridad porque una vez, pese a las numerosas advertencias, ingresaron en el mundo de las drogas. Y a muchísimos les costaba salir luego de ellas. Y, generalmente, pasaban a convertirse en delincuentes porque su adicción les obligaba a matar o a robar.
El Cielo quería con esa luminosidad indicar el camino para quienes son causantes de las grandes epidemias que, como el Sida, van extendiéndose por el mundo, y señalarles que, con mínimas precauciones, podían evitar su propagación y no seguir siendo la causa de miles y miles de muertes.
Quería también el Cielo, rodeado de estrellas que se mantenían firmes y no eran fugaces, dar una luz de esperanza para millones de personas víctimas del racismo y la xenofobia, por el color de su piel, por su procedencia, por su condición ecónomica débil, para que tuvieran un hálito de paz y pensaran que un día no muy lejano serían bien recibidos y desaparecerían todas las persecuciones, los malos y despectivos tratos, las mofas y podrían trabajar y establecerse en países que no eran los suyos para ayudar a crear riquezas y poder subsistir decorosamente.
La víspera del Nacimiento del Niño Dios, un Cielo tan resplandeciente, pretendía indicar que todas las religiones eran igualmente respetables y que en nombre de ninguna de ellas se podía incitar al crimen, al terrorismo, a la violencia porque, precisamente Dios, creó al mundo para que la gente se entendiese mediante la palabra.
Desde miles de kilómetros de distancia, el Cielo ofrecía a la vista un hermoso panorama, como queriendo decir que iban a desaparecer las desigualdades sociales; que los hombres y mujeres de buena voluntad contarían con los recursos indispensables para su supervivencia y que la pobreza y la miseria pasarían a ser elementos de un lejano pasado. Así se conseguiría que la felicidad fuera la norma general , que ya nadie pasaría hambre, que todos contarían con una vivienda digna, con eficientes sistemas de salud y de educación, sin prejuicios sociales ni discriminaciones.
En fin, ese conglomerado de estrellas no se había asomado al Cielo para darle un simple colorido. No. En cada uno de sus reflejos luminosos traía un mensaje específico para que se acabaran las guerras; para que la familia volviera a ser ese gran núcleo compacto donde predominase el diálogo, como símbolo de unidad; para que desapareciesen las pandemias, causantes de tántas muertes; para que no hubiese nunca más las drogas malignas y se eliminaran para siempre las redes de narcotraficantes; para que el blanco, el negro, el amarillo y todas las razas convivieran pacíficamente ayudándose unas a otras; para que todas las religiones se uniesen en un sólo objetivo de ser auténticas guías espirituales y, en su nombre, no volviesen a aparecer vientos bélicos; para que en todo el mundo las divergencias, las diferencias entre los seres humanos encontraran la solución mediante el diálogo.
Todo esto lo soñé con una extrema felicidad, con el orgullo de pertenecer a una raza humana que había encontrado, sin vacilaciones, por fin, el camino amplio de la confraternización; el Cielo parecía decirme: "goza bien de esta noche, que a lo mejor nunca se repetirá. Pero cuando despiertes trata de convertirte en una adalid de las buenas y nobles causas. Debes formar causa común con tu familia, con tus amigos, para que todos, como una sóla persona, procuren hacer el bien".
Pero, desafortunadamente todo era un sueño. Tuve que despertar y encontrarme con la realidad, con esa cruda realidad, que muchas veces, con gesto dolorido, remueve las entrañas ante tántos hechos dolorosos, tristes, injustos y amargos que se viven a diario Durante la noche la lluvia y la nieve se habían entremezclado y el Cielo había estado permanentemente a oscuras. Mi mente había ideado un mundo digno. Un mundo construido para el ser humano. Un mundo, sin embargo, destruido por el propio ser humano, debido a su egoísmo, a no saber alejar de su corazón las malas obras y la cizaña y por tener abierta su mente y su pensamiento para el mal cerrándole todas sus puertas al bien.

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Inocencia (Fernando Palacios León)

15. Inocencia (Fernando Palacios León)

Inocencia. Fernando Palacios León, escritor español. Los ojos de Inocente miraban la noche al otro lado de la ventana, el asfalto mojado, la lluvia cayendo monótona y tranquila sobre los charcos, sobre las aceras, sobre los paraguas o las cabezas de las personas, haciéndose visible al pasar... Ver mas
Inocencia. Fernando Palacios León, escritor español.

Los ojos de Inocente miraban la noche al otro lado de la ventana, el asfalto mojado, la lluvia cayendo monótona y tranquila sobre los charcos, sobre las aceras, sobre los paraguas o las cabezas de las personas, haciéndose visible al pasar cerca de la luz de las farolas o los faros de los coches.

Era Diciembre, y a él ya le habían dado vacaciones de navidad en el colegio. Las noches eran infinitamente largas y empezaban antes, casi al salir de la escuela, a él le gustaba toda aquella oscuridad sobre las calles, las manos encerradas en los guantes, el cuello del abrigo, la forma en que su madre abría el paraguas y ellos dos caminaban debajo, escuchando a la lluvia acompañarles chocando contra la tela como pequeños pasos sobre sus cabezas.

De repente, la urgencia de una idea le hizo ir a buscar su cuaderno de Lengua y un bolígrafo en el fondo de su mochila azul, y se sentó a escribir en la mesa donde solía hacer sus dibujos y sus deberes. “Cambiaré el mundo. ¿Cómo no se le ha ocurrido antes a nadie?” pensó Inocente.

Queridos Reyes Magos: Este año no quiero pediros nada para mí, puede que sea la última carta que os escriba, pues si sois capaces de traer lo que os pido ya no harán falta más cartas, esta carta valdría por todos los años que vengan. Además dentro de poco dejaré de ser niño y me he dado cuenta de que las personas mayores nunca os escriben. Así que, por si acaso, me despido antes de empezar y os doy las gracias por adelantado.

He visto y he notado que el comportamiento al final no cuenta demasiado para que traigáis lo que los niños os pedimos, conozco a niños y a niñas que se portan muy bien y no les lleváis más que una cosa a su casa o incluso cosas que no eran lo que pidieron, sin embargo, otros que sé que se comportan fatal acaban recibiendo muchos regalos, los que habían pedido y algunos más por añadidura. Supongo que vosotros, que lo veis todo, sabéis más que yo de todos nosotros, así que si lo hacéis, por algo será.

De todos modos os escribo en nombre de todas las personas que no lo hacen, los niños, los padres, los abuelos… Por eso no os pediré nada para mí, sino que desearé por ellos, sólo os pido que no les digáis nada, así les hará mucha más ilusión cuando reciban sus regalos. Para hacéroslo más fácil empezaré por mi casa, luego por mi barrio, seguiré por mi ciudad y acabaré por pediros cosas para todo el mundo.

Creo que sé lo que necesitan, los escucho quejarse a diario, veo el silencio con el que muchos esperan una ayuda y paso miedo cuando veo los telediarios, pero si me equivoco o pido algo que ellos no quieren, os ruego que me perdonéis si os lo devuelven o simplemente no les gusta…

En el colegio he aprendido que todos nacemos por el amor que hay entre dos personas, así que lo primero que os pido es que ese amor que existe una vez entre los padres no pueda morir nunca, y todos los niños que nazcan a partir de ahora, nazcan por amor. O al menos si ese amor tiene que morir, que los niños que tienen padres que ya no se quieran, encuentren en su padre y en su madre el amor que los hizo posibles aunque sea por separado, o al menos el de alguien que quiera dárselo de verdad.

También os pido, que si los padres tienen que discutir, decirse cosas feas y dejarse de querer, que lo hagan lejos de nosotros, donde no podamos verlos ni escucharlos, porque al final nos sentimos culpables. Así que como primer deseo de esta carta, os necesito para que protejáis el amor que pueda haber en todas las casas. Sé que tenía que habéroslo pedido antes, y así mi madre y mi padre vivirían todavía juntos, pero era más pequeño y preferí pedir el libro del Principito y el coche teledirigido.

Quiero pediros también que si a mi abuela, que ahora también vive en casa, le tiene que doler la espalda por su edad, hagáis lo posible porque le duela menos y recupere su sentido del humor y sus ganas de vivir, aunque sea poco a poco, y quiera vivir un día más cada día.

Desde que se murió mi abuelo está muy triste. Y aunque sé que no podéis hacer que mi abuelo resucite, porque es un deseo imposible, sí os pido que al menos ella guarde los recuerdos más bonitos con él para alegrarse los días. Los padres y las madres en mi barrio andan muy nerviosos, muchos de ellos han perdido su trabajo, lo llaman paro, y sin trabajo no hay dinero que llevar a casa, y sin dinero no pueden comprar comida, ni pagar las facturas y entonces en las casas se discute, y se oyen gritos, y los padres acaban bajando al bar a beber, y las madres acaban pidiendo siempre una cosa que se llama divorcio y significa irse uno de los dos de casa. Así que otra de las cosas que os pido es que todas las personas que lo busquen y lo necesiten encuentren su trabajo, y así puedan tener dinero, y puedan comer y pagar sus facturas y discutan menos.

A veces se dejan de querer y les oigo llorar por eso. Sabéis, cuando acompaño a mi madre a hacer algún recado, veo en mi ciudad a gente en la entrada de las tiendas que piden con vasos, o estirando la mano. Algunos de ellos van descalzos y mal vestidos, otros parece que no han dormido durante mucho tiempo, y casi todos pasan frío. Luego, al volver a casa, veo las tiendas de zapatos cerradas con los zapatos dentro y a oscuras, veo tiendas de muebles en las que no vive nadie con camas que parecen muy cómodas, y tiendas de ropa en las que hay abrigos colgados con los que se deja de pasar frío, y bancos con letreros de colores y con máquinas de las que la mayoría de personas mayores sacan dinero en billetes.

Todos los días me pregunto por qué si sobran tantas cosas, si se dejan a oscuras sin utilizar, y si otros no tienen ni siquiera con qué cubrir su cuerpo, por qué no se les ayuda, por qué si se rompe una farola de la calle enseguida aparecen hombres con uniforme para arreglarla, y si va un pobre descalzo y pasa frío en la puerta de una tienda, nadie le ayuda.

¿No es más importante un hombre o una mujer que pasa frío que una farola? ¿Veis esto también vosotros Reyes Magos?

No os culpo, supongo que no habéis podido hacer nada porque nadie os lo ha pedido antes. Sólo os pido que regaléis lo que sobra en las tiendas, lo que nadie utiliza y se queda a oscuras al terminar el día, lo que sepáis que no se va a vender, a esos hombres y mujeres pobres que pasan frío, o al menos que tengan un lugar donde resguardarse más cómodo y caliente que la calle, en Diciembre hace frío.

La verdad es que no sé a dónde van las cosas que no se venden, tampoco entiendo muy bien qué han hecho los pobres para ser pobres, si es que se nace diferente o algo… Hay un pobre incluso que sabe más que yo, tiene un perro que lo mira y toca la guitarra en la calle y canta canciones muy bonitas, a ese podríais traerle cuerdas nuevas y un hueso para su perro.

Hay otro, no muy lejos del de la guitarra unas calles más abajo que toca con un acordeón, y parece muy mayor, casi como mi abuela, está siempre sentado y creo que no sabe hablar español, sólo sabe decir gracias, pero lo dice mal, podríais traerle nuestro idioma a sus pensamientos, o un diccionario y un trapo limpio para que limpie su acordeón, su acordeón es precioso, pero está realmente sucio.

¿Quién piensa en esas personas? ¿Quién se preocupa por ellos? ¿Dónde están sus familias?

Os hago demasiadas preguntas, me gustaría pediros que todos los que vivimos y pasamos cerca de ellos supiéramos ayudarles de forma que los entendiéramos, mi padre dice que a veces ellos mismos no quieren la ayuda que se les da, yo creo que somos nosotros los que no sabemos dársela, los vemos de pasada cuando vamos de camino a otro lado.

Yo mismo estoy pidiendo cosas para ellos sin preguntarles, me da vergüenza, además quiero que sea un secreto, que sea una sorpresa. Sé que os he dicho que no iba a pedir nada pero: ¿Podéis traerme valor para hablar con ellos? Hay muchas cosas que me dan miedo, me da miedo por ejemplo que se construyan hospitales.

Cuando mi abuelo se puso malo, se lo llevaron al hospital y acabó muriendo allí, no me gusta que nadie muera. Pienso en los abuelos de mis amigos, y lo paso mal por ellos. Me gustaría que los hospitales de todo el mundo estuviesen vacíos, que nadie se tuviera que poner malo, que a nadie le volviera a doler nada.

Si tiene que haber hospitales que sean sólo para nacer, o al menos, para salir vivo de ellos. Y me dan mucho miedo las armas, queridos Reyes Magos, ¿por qué se fabrican armas en el mundo, si se saben que son malas? ¿No sirven sólo para matar, para hacer daño y para asustar?

¿No hay otra manera de defenderse o de que los hombres se entiendan? ¿No son las armas lo contrario de la paz y de los colegios? ¿Habéis ido alguna vez a un concierto de música, habéis visto lo contenta que se pone la gente sólo por escuchar canciones? ¿No somos fáciles de contentar los hombres?

Deseo que no se construyan más armas y que escondáis todas las que hay por el mundo, y las pongáis lejos de las manos de todos los hombres, y se hagan más canciones bonitas, mejores libros y colegios donde aprendamos todos de una vez que no es necesario matar, ni imponer lo que creemos que es mejor a base de golpes, de disparos o de bombas.

Siempre que sé que muere alguien asesinado, en una guerra, en un atentado, o en una calle a oscuras, siento que todo el mundo está equivocado y que yo también tengo la culpa de que las cosas no cambien, por eso os escribo, estoy harto de no hacer nada. A veces no sé qué hacer y me voy a mi cuarto a llorar de pena, a todo el mundo parece darle igual todo lo que ocurre.

¿Qué importa que haya telenoticias si nada cambia? ¿Podéis hacer que no nos dé igual el sufrimiento de los demás? Creo que con que se cumpliese ese deseo, se cumplirían todos los demás que os he pedido, y los zapatos dejarían de estar a oscuras. ¿De quién depende el mundo? En casa de mi madre manda mi madre, y en casa de mi padre, manda mi padre y se hace lo que él dice, o al menos él sí hace lo que quiere. ¿De quién es el mundo? ¿No es de todos?

Yo me siento mejor cuando me quieren, cuando me abrazan, cuando puedo estar tranquilo y sin tener que pedirlo puedo hacer lo que quiera a solas o acompañado por alguien, sin molestar… Os pido entonces una última cosa, que todas las personas en el mundo logren sentirse queridas por aquellas personas que conocen, sin importar lo que hayan hecho bien o mal antes, que sientan que no están solos y se les comprende.

No pido que los desconocidos se quieran, eso es una tontería, pido que todos los hombres sean capaces de conocerse algún día y llegar a no hacerse daño, sin importar sus diferencias, al contrario, que sean las diferencias lo que les permita reconocerse y apreciarse, como cuando voy a casa de un amigo y sé que es diferente y es igual al mismo tiempo.

Lo dejo en vuestras manos, queridos Reyes Magos. Ya sabéis quién soy, Inocente.

El niño arrancó las hojas, las dobló con cuidado y las metió en el bolsillo de su abrigo, junto con el bolígrafo con el que había escrito en ellas. Antes de salir a la calle, vio que su abuela dormía sentada en el sillón del salón, y su madre estaba ocupada con la mirada puesta en la pantalla del ordenador.

– Ahora vengo.

– ¿Dónde vas tú a estas horas?– dijo la madre de Inocente al verle ataviado con su abrigo.

– Tengo que comprar un sobre, es muy importante.

– ¿Tienes dinero? ¿Un sobre? ¿Qué corre tanta prisa?

– Ya lo sabrás, sí que tengo dinero, me queda un euro de la paga que me dio la abuela. ¿Cuánto cuesta un sobre?

– Con eso tienes suficiente. Pero si vas a mandar una carta, necesitarás sellos…

– Para esta carta no hacen falta sellos.

– Bueno, no tardes mucho, estarán a punto de cerrar y con la que ha caído no creo que hayan tenido mucho trabajo hoy, son casi las ocho. Saluda a Leticia de mi parte cuando compres el sobre, si te hace falta más dinero, dile que luego se lo doy yo.

– Vale, hasta luego.

Inocente bajó a toda prisa por las escaleras, sujetando con una mano las hojas de la carta en el bolsillo, y con la otra el bolígrafo como un director de orquesta. La papelería estaba a escasos metros de su casa, allí estaban acostumbrados a atenderle, pues todos los domingos bajaba a comprar la prensa y de paso, con las vueltas, los cromos de la colección de fútbol, o entre semana algún que otro bolígrafo que se le gastara o folios para su madre.

– Hola.

– Hola, Inocente, ¿qué te trae por aquí?– dijo Leticia, una mujer de unos cincuenta años desde su inmensa tripa y sus preciosos ojos verdes.

– Necesito un sobre de carta.

– ¿Sólo uno? ¿De qué tamaño? ¿Es para ti o para tu madre?

– No, es para mí. No sé, un sobre de carta, un sobre para una carta importante.

– ¿Cómo que para una carta importante? No sé si tenemos sobres de ese tipo. ¿Te vale este de color azul?

– Ese valdrá, sí. ¿Cuánto es?– dijo Inocente sacando el euro de su bolsillo.

– No te preocupes, guárdate el dinero, te lo regalo. Nunca me habían pedido un sobre para una carta importante.

– ¿De verdad?– Inocente pensó en que los Reyes Magos le estaban regalando el sobre desde algún lugar invisible.

– De verdad, no te preocupes. Este sobre es para ti, toma. Saluda a tu madre de mi parte, suerte con tu carta.

– ¡Ah! Casi se me olvida. Ella también me ha dicho que te salude, gracias. Inocente salió de la papelería con el sobre en la mano, y unos pasos después metió en él con cuidado las hojas de cuaderno.

Mientras lo hacía releyó por encima algunos pasajes de la carta como si las letras fuesen a caerse de ella, superponiéndose unas frases con las otras. “Una carta de parte de todos, a lo mejor no tenía que haberla firmado… Bueno, el sobre no lo he comprado yo, si no que me lo han dado. Ellos…”

Apoyándose contra una columna de la calle escribió en el sobre: A los Reyes Magos. Y en el remite, tras pensarlo durante un momento: De parte de todos los que no os escriben nunca. Así no habría lugar a equívocos, además el sobre ayudaba, no era un sobre de color blanco normal como casi todos los sobres, era un sobre de color azul, diferente. Antes de arrojarla al amarillo buzón de correos que había en su calle, apretó la carta contra su pecho, como si con aquel gesto pudiera guardar de algún modo todo el ardor de sus palabras dentro del papel azul.

Al hacerlo, se le ocurrió que era mejor idea que alguien que no fuese él echase la carta allí dentro, así él no la habría mandado después de todo. ¿Pero a quién darle la carta? No había casi nadie por la calle a aquellas horas, una intensa lluvia acababa de amainar, y él parecía ser el único interesado en acercarse a mandar en aquel momento una carta dentro de aquel buzón que parecía recién llorado, con infinidad de gotas de lluvia agolpadas contra la fría chapa.

Yo acababa de aparcar mi coche, pensando en cualquier cosa sin importancia, cuando Inocente se me acercó con el sobre azul en la mano.

– ¿Ha escrito alguna vez a los Reyes Magos? ¿Puede tirar este sobre dentro de este buzón, por favor? Yo no puedo hacerlo, esta carta no es de mi parte.

–Por supuesto que puedo–dije asombrado ante las preguntas, lo extraño de la situación y la preocupación del chico.

–Muchísimas gracias, tome–dijo Inocente como una persona a la que se le hubiera resuelto de repente y por arte de magia un imposible trámite burocrático.

Y allí me dejó a solas en mitad de la calle, con un sobre azul que ponía A los Reyes Magos y en el remitente De parte de todos los que no os escriben nunca, sin decirme una sola palabra más, lo perdí de vista corriendo a saltos calle arriba, con prisa, con una invisible alegría.

Fin

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¡Santa Claus no lo sabía! (Héctor Ugalde)

16. ¡Santa Claus no lo sabía! (Héctor Ugalde)

No debímos haberlo hecho. Luis, de ocho años, se restregaba inquieto las manos mientras esperaba la respuesta de su amigo. Ricardo, dos meses menor, pero diez centímetros mayor, dejo de jugar con el mecano y volteó a ver a su mejor amigo. Contestó:- ¿Por qué no?- Santa Claus nos va a acusar y... Ver mas
No debímos haberlo hecho. Luis, de ocho años, se restregaba inquieto las manos mientras esperaba la respuesta de su amigo. Ricardo, dos meses menor, pero diez centímetros mayor, dejo de jugar con el mecano y volteó a ver a su mejor amigo. Contestó:- ¿Por qué no?- Santa Claus nos va a acusar y todos se van a enojar mucho.- No te preocupes, no lo sabe.- ¿Cómo no va a saberlo? Si Santa Claus lo sabe todo.- No te preocupes. No sabe que lo hicimos.- ¿Cómo sabes que Santa Claus no lo sabe? Ricardo desesperado por la insistencia de Luis, replicó:- ¡Porque yo sé más que Santa Claus! La respuesta de Ricardo no convenció mucho a Luis, pero ya no siguió insistiendo.

Caminando de regreso a su casa, Ricardo no comprendía la preocupación de su amigo. A Ricardo no le importaba que Santa Claus este año tampoco le volviera a traer nada, ¡la idea de hacer estallar con un cohete el buzón del Director de la escuela había sido fantástica! ¡Cómo había volado el Buzón! ¡Cómo había sonado la explosión! ¡Cómo... En ese momento apareció una ardilla en la banqueta y Ricardo, corriendo tras de ella, se olvidó del asunto. María estaba preocupada. Se acercaba la Navidad y los niños se ponían más nerviosos, cometían más errores y prestaban menos atención a las clases. Pero lo más importante de todo: se ponían tristes, en vez de alegrarse con la llegada de la Navidad.

Desde que había llegado como maestra hace cuatro años, y le habían explicado la costumbre que tenían de que alguien se disfrazara de Santa Claus, para leer ante todos la lista de fechorías que los niños del pueblo hacían, para castigar a los niños malos y convertirlos en niños buenos; la idea del Santa Claus regañón no le gustaba. María suspiró. Lo que para ellos eran fechorías, para María eran simple travesuras. Para ella no había niños malos ni niños buenos, sólo niños tranquilos, y niños inquietos que no podían contener el bullicio de la vida que tenían dentro. Allí estaba el caso de Ricardo y Mauricio: los niños rebeldes y traviesos del pueblo, o el de Luis muchacho tímido y sensible que lloraba cuando se hablaba de Santa Claus. María no creía que eso fuera bueno para los niños, pero todas sus tentativas de acabar con esa "nueva" tradición habían sido infructuosos. Ricardo comenzó a inquietarse por su amigo Luis, lo veía cada vez más triste y callado.- ¿Qué te pasa?- Nada.- ¿Cómo que nada? ¿Qué pasa?- ¡Te dije que nada!- Somos amigos, así que me tienes que decir qué te pasa.- Nada, el próximo Lunes es Navidad.- ¿Y?- ¡Y Santa Claus les va a decir a todos que soy un niño muy malo, y mis papás ya no me van a querer!- No. Te aseguro que Santa Claus no lo sabe, y te lo voy a demostrar. ¡Te lo prometo! Ricardo no sabía cómo, pero tenía que encontrar pruebas de que Santa Claus no sabía que ellos habían sido los del "Buzón cohete".

¡No podía tener ojos en todos lados! ¡No podía saberlo todo! Si así fuera, hace dos años Santa Claus lo habría regañado por lo de la miel derramada en el interior de los pantalones de deportes. Creyeron que había sido Abelardo, ese niño raro que expulsaron y se fue a una escuela en la ciudad. Y no le hubiera dado regalos, bueno, el pequeño regalo que le dio. ¡Ni eso le hubiera dado! Pero Ricardo pensaba y pensaba, y no se le ocurría cómo cumplir su promesa. Hasta que llegó el 24 de Diciembre, y decidió resolver el asunto de una manera directa: ¡enfrentaría a Santa Claus cara a cara! Ricardo se situó en un lugar estratégico, una calle por la que a fuerza tenía que pasar Santa Claus, cuando se dirigiera al Kiosco donde cada Domingo tocaba la banda del pueblo, pero cada 24 de Diciembre el show lo daba el gordo Santa Claus.

Cuando la figura de Santa Claus apareció caminando por la estrecha calle, Ricardo corrió y se interpuso en su camino. Santa Claus trastabilló y se paró en seco.- ¿Qué quieres, mocoso?- Preguntarte algo.- ¿Qué cosa?- Quiero preguntarte si sabes quién puso cohetes en el buzón del director. Santa Claus se quedó un rato extrañado por la pregunta. Después dirigió una mirada furiosa a Ricardo.- ¡Así que fuiste tú, chamaco endiablado! ¡Me lo suponía, pero no estaba seguro! Podría haber sido Mauricio, ese otro monstruo enano que me saca canas verdes.- ¡No lo sabía! Santa Claus ahora sabía que él había sido, pero no importaba, de todos modos por lo de la bicicleta sin frenos no iba a tocarle regalos. ¡Lo importante era que Santa Claus no sabía que Luis le había ayudado! El niño se sonrió y se fue corriendo, dejando al Santa Claus haciendo un berrinche navideño. Ricardo entró corriendo a la casa de Luis. ¡Tenía que darle la noticia! Subió las escaleras de dos en dos y entró apresuradamente en la recámara de su amigo. El cuerpo de Luis colgaba del techo, balanceándose sin vida. Una opresión se formó en su pecho y sintió que se ahogaba. Corrió escaleras abajo, tropezó con el papá de Luis y salió a la calle a tomar aire. Lo único que rondaba en su cabeza era ¿Por qué? ¿Por qué? Seguía sintiendo un nudo en el estomágo y para soltarlo, para liberarlo, comenzó a gritar a media calle:- ¡No lo sabía!- ¡No lo sabía!- ¡Santa Claus no lo sabía!.

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Cuento de Nochebuena (Rubén Darío)

17. Cuento de Nochebuena (Rubén Darío)

El hermano Longinos de Santa María era la perla del convento. Perla es decir poco, para el caso; era un estuche, una riqueza, un algo incomparable e inencontrable: lo mismo ayudaba al docto fray Benito en sus copias, distinguiéndose en ornar de mayúsculas los manuscritos, como en la cocina hacía... Ver mas
El hermano Longinos de Santa María era la perla del convento. Perla es decir poco, para el caso; era un estuche, una riqueza, un algo incomparable e inencontrable: lo mismo ayudaba al docto fray Benito en sus copias, distinguiéndose en ornar de mayúsculas los manuscritos, como en la cocina hacía exhalar suaves olores a la fritanga permitida después del tiempo de ayuno; así servía de sacristán, como cultivaba las legumbres del huerto; y en maitines o vísperas, su hermosa voz de sochantre resonaba armoniosamente bajo la techumbre de la capilla. Mas su mayor mérito consistía en su maravilloso don musical; en sus manos, en sus ilustres manos de organista. Ninguno entre toda la comunidad conocía como él aquel sonoro instrumento del cual hacía brotar las notas como bandadas de aves melodiosas; ninguno como él acompañaba, como poseído por un celestial espíritu, las prosas y los himnos, y las voces sagradas del canto llano. Su eminencia el cardenal —que había visitado el convento en un día inolvidable— había bendecido al hermano, primero, abrazádole enseguida, y por último díchole una elogiosa frase latina, después de oírle tocar. Todo lo que en el hermano Longinos resaltaba, estaba iluminado por la más amable sencillez y por la más inocente alegría. Cuando estaba en alguna labor, tenía siempre un himno en los labios, como sus hermanos los pájaritos de Dios. Y cuando volvía, con su alforja llena de limosnas, taloneando a la borrica, sudoroso bajo el sol, en su cara se veía un tan dulce resplandor de jovialidad, que los campesinos salían a las puertas de sus casas, saludándole, llamándole hacia ellos: "¡Eh!, venid acá, hermano Longinos, y tomaréis un buen vaso..." Su cara la podéis ver en una tabla que se conserva en la abadía; bajo una frente noble dos ojos humildes y oscuros, la nariz un tantico levantada, en una ingenua expresión de picardía infantil, y en la boca entreabierta, la más bondadosa de las sonrisas.

Avino, pues, que un día de navidad, Longinos fuese a la próxima aldea...; pero ¿no os he dicho nada del convento? El cual estaba situado cerca de una aldea de labradores, no muy distante de una vasta floresta, en donde, antes de la fundación del monasterio, había cenáculos de hechiceros, reuniones de hadas, y de silfos, y otras tantas cosas que favorece el poder del Bajísimo, de quien Dios nos guarde. Los vientos del cielo llevaban desde el santo edificio monacal, en la quietud de las noches o en los serenos crepúsculos, ecos misteriosos, grandes temblores sonoros..., era el órgano de Longinos que acompañando la voz de sus hermanos en Cristo, lanzaba sus clamores benditos. Fue, pues, en un día de navidad, y en la aldea, cuando el buen hermano se dio una palmada en la frente y exclamó, lleno de susto, impulsando a su caballería paciente y filosófica:

—¡Desgraciado de mí! ¡Si mereceré triplicar los cilicios y ponerme por toda la viada a pan y agua! ¡Cómo estarán aguardándome en el monasterio!

Era ya entrada la noche, y el religioso, después de santiguarse, se encaminó por la vía de su convento. Las sombras invadieron la Tierra. No se veía ya el villorrio; y la montaña, negra en medio de la noche, se veía semejante a una titánica fortaleza en que habitasen gigantes y demonios.

Y fue el caso que Longinos, anda que te anda, pater y ave tras pater y ave, advirtió con sorpresa que la senda que seguía la pollina, no era la misma de siempre. Con lágrimas en los ojos alzó éstos al cielo, pidiéndole misericordia al Todopoderoso, cuando percibió en la oscuridad del firmamento una hermosa estrella, una hermosa estrella de color de oro, que caminaba junto con él, enviando a la tierra un delicado chorro de luz que servía de guía y de antorcha. Diole gracias al Señor por aquella maravilla, y a poco trecho, como en otro tiempo la del profeta Balaam, su cabalgadura se resistió a seguir adelante, y le dijo con clara voz de hombre mortal: 'Considérate feliz, hermano Longinos, pues por tus virtudes has sido señalado para un premio portentoso.' No bien había acabado de oír esto, cuando sintió un ruido, y una oleada de exquisitos aromas. Y vio venir por el mismo camino que él seguía, y guiados por la estrella que él acababa de admirar, a tres señores espléndidamente ataviados. Todos tres tenían porte e insignias reales. El delantero era rubio como el ángel Azrael; su cabellera larga se esparcía sobre sus hombros, bajo una mitra de oro constelada de piedras preciosas; su barba entretejida con perlas e hilos de oro resplandecía sobre su pecho; iba cubierto con un manto en donde estaban bordados, de riquísima manera, aves peregrinas y signos del zodiaco. Era el rey Gaspar, caballero en un bello caballo blanco. El otro, de cabellera negra, ojos también negros y profundamente brillantes, rostro semejante a los que se ven en los bajos relieves asirios, ceñía su frente con una magnífica diadema, vestía vestidos de incalculable precio, era un tanto viejo, y hubiérase dicho de él, con sólo mirarle, ser el monarca de un país misterioso y opulento, del centro de la tierra de Asia. Era el rey Baltasar y llevaba un collar de gemas cabalístico que terminaba en un sol de fuegos de diamantes. Iba sobre un camello caparazonado y adornado al modo de Oriente. El tercero era de rostro negro y miraba con singular aire de majestad; formábanle un resplandor los rubíes y esmeraldas de su turbante. Como el más soberbio príncipe de un cuento, iba en una labrada silla de marfil y oro sobre un elefante. Era el rey Melchor. Pasaron sus majestades y tras el elefante del rey Melchor, con un no usado trotecito, la borrica del hermano Longinos, quien, lleno de mística complacencia, desgranaba las cuentas de su largo rosario.

Y sucedió que —tal como en los días del cruel Herodes— los tres coronados magos, guiados por la estrella divina, llegaron a un pesebre, en donde, como lo pintan los pintores, estaba la reina María, el santo señor José y el Dios recién nacido. Y cerca, la mula y el buey, que entibian con el calor sano de su aliento el aire frío de la noche. Baltasar, postrado, descorrió junto al niño un saco de perlas y de piedras preciosas y de polvo de oro; Gaspar en jarras doradas ofreció los más raros ungüentos; Melchor hizo su ofrenda de incienso, de marfiles y de diamantes...

Entonces, desde el fondo de su corazón, Longinos, el buen hermano Longinos, dijo al niño que sonreía:

—Señor, yo soy un pobre siervo tuyo que en su covento te sirve como puede. ¿Qué te voy a ofrecer yo, triste de mí? ¿Qué riquezas tengo, qué perfumes, qué perlas y qué diamantes? Toma, señor, mis lágrimas y mis oraciones, que es todo lo que puedo ofrendarte.

Y he aquí que los reyes de Oriente vieron brotar de los labios de Longinos las rosas de sus oraciones, cuyo olor superaba a todos los ungüentos y resinas; y caer de sus ojos copiosísimas lágrimas que se convertían en los más radiosos diamantes por obra de la superior magia del amor y de la fe; todo esto en tanto que se oía el eco de un coro de pastores en la tierra y la melodía de un coro de ángeles sobre el techo del pesebre.

Entre tanto, en el convento había la mayor desolación. Era llegada la hora del oficio. La nave de la capilla estaba iluminada por las llamas de los cirios. El abad estaba en su sitial, afligido, con su capa de ceremonia. Los frailes, la comunidad entera, se miraban con sorprendida tristeza. ¿Qué desgracia habrá acontecido al buen hermano?

¿Por qué no ha vuelto de la aldea? Y es ya la hora del oficio, y todos están en su puesto, menos quien es gloria de su monasterio, el sencillo y sublime organista... ¿Quién se atreve a ocupar su lugar? Nadie. Ninguno sabe los secretos del teclado, ninguno tiene el don armonioso de Longinos. Y como ordena el prior que se proceda a la ceremonia, sin música, todos empiezan el canto dirigiéndose a Dios llenos de una vaga tristeza... De repente, en los momentos del himno, en que el órgano debía resonar... resonó, resonó como nunca; sus bajos eran sagrados truenos; sus trompetas, excelsas voces; sus tubos todos estaban como animados por una vida incomprensible y celestial. Los monjes cantaron, cantaron, llenos del fuego del milagro; y aquella Noche Buena, los campesinos oyeron que el viento llevaba desconocidas armonías del órgano conventual, de aquel órgano que parecía tocado por manos angélicas como las delicadas y puras de la gloriosa Cecilia...

El hermano Longinos de Santa María entregó su alma a Dios poco tiempo después; murió en olor de santidad. Su cuerpo se conserva aún incorrupto, enterrado bajo el coro de la capilla, en una tumba especial, labrada en mármol.

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Nochebuena aristocrática (Jacinto Benavente)

18. Nochebuena aristocrática (Jacinto Benavente)

Después de la misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor. La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más... Ver mas
Después de la misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor.
La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.
Entre todos no pasaban de quince.
—La Nochebuena es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me encuentro muy dichosa.
Los invitados asintieron graciosamente al cumplido.
—¡Ya lo creo! ¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?
—Así, así, pocos y buenos.
—¡Ilfaut serrer les rangs, querida marquesa!
—¡Home, sweet home!
Y, rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la Noche que, según el poeta, «Envidia dar pudiera / al más luciente día».
Pero, a pesar de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo y alma.
El saque de la conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito turbot con salsa deppoise.
La conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. La risa no era franca ni sonora; parecían desgarraduras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador suspiro. No había duda; neblina de tristeza nublaba el ambiente. Era como una obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre marquesa! ¡Ella, que, según frase de revisteros, poseía como nadie el don encantador de que las horas parecieran minutos en su casa! Bien asegura la superstición vulgar que la noche del nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios y encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche agradable a su lado, y ellos, por no desairarla estaban allí, forzados por los deberes sociales, estaban allí… y con el pensamiento muy lejos. Con quien y sin quien, porque cada uno, por su voluntad, por su gusto, habría pasado la Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho, o la diversión, la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno, el marqués de San Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el primero:
—¡Qué ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa de Encinar del Valle, y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima ósea de mi mujer. ¡Porque cuidado si está delgada! En cambio, mi tía… ¡Para cuándo son los empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía sólo habla de comer y de beber, y la primita… de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu. ¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse temprano!
Así monologaba el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita espiritual, a su vez, pensaba:
—¡Qué idea la de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar de nada. A estas horas estará Federico en casa de los Vivares. Allí sí que me hubiese ido yo de muy buena gana… ¡Pero la familia!… ¡Si Pilar hubiera sabido que yo no venía a su casa por ir a casa de los Vivares!
La marquesa de Encinar del Valle, grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella Helena que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y, en cambio, el menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas, violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres, y los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del país azul de citerea, pero los filets de volaille eran abominables.
La verdad, hubiera sido mejor ir al réveillon de Mistress Bryan. Allí sí se comía.
La condesita de Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes como una quimera de artista, pensaba… en lo imposible; en una cita misteriosa con un ser ideal, en poesía sin palabras y en música sin sonidos, como los amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores inaccesibles. ¡Triste condesita! ¡Cuántos tropezones había dado por ir mirando arriba! Aquella noche misma en que con qué poco hubiera forjado un ideal, como una niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de madre. El trapo con que había formado su último muñeco dormiría a la hora aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme de color de cielo…, y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora mientras cenaba desentendida de cuanto la rodeaba.
A su lado, Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del predestinado al reblandecimiento, pensaba, como el marqués en la Chipilina, en la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella. ¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles un quadrille con el grand eccart; seis mil francos se había gastado en dessous para la circunstancia! ¡Y perder aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba al marqués, como si quisiera decirle: si esto concluyera pronto, podríamos hacer una escapada; el marqués lo comprendía y miraba el reloj impaciente.
Paco Noguera, literato de salón protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de sus poesías, pensaba con tristeza en sus hermanas, dos pobres muchachas que sufrían en casa mil privaciones, mientras él brillaba en fiestas y en veladas aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas para que él vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta, brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable de sus pobres hermanas.
Lola Montero pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Fondelvalle, y en que la condesa quería casarle a toda costa con su hija…, y en que ella debía estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios desbocados no la dejaban sosegar ni atravesar bocado… Y así todos, con el pensamiento lejos y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.
Y la dueña de la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su cariño. Sólo dos le faltaban: su hermana, la marquesa del Robledal, venerable señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y otra… de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena…, de quien más valía no hablar… Pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y perdidos en algún colmado, ése estaba fuera de la sociedad… y de todo.
La marquesa, en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su mesa aquella noche eran las dos únicas personas felices. Una por sublime virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.

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Estas navidades siniestras (Gabriel García Márquez)

19. Estas navidades siniestras (Gabriel García Márquez)

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad . Hay tanto estruendo de cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda... Ver mas
Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad . Hay tanto estruendo de cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nacio hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde habia nacido, unos mil años antes, el rey David . 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran ademas muchos millones que no lo han creido nunca, pero le gusta la parranda, y muchos otros que estarian dispuestos a voltear el mundo al reves para que nadie lo siguiera creyendo. Seria interesante averiguar cuantos de ellos creen tambien en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.

Lo mas grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas estan causando en America Latina. Antes, cuando solo teniamos costumbres heredadas de España, los pesebres domesticos eran prodigios de imaginacion familiar. El niño Dios era mas grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran mas grande que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos : el paisaje de Belen era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche mas grande que un leon que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de transito que dirigia un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalen. Encima de todo se ponia una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que habria de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvacion. El resultado era mas bien feo, pero se parecia a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificacion empezo con la costumbre de que los jugetes no los trajeron los Reyes Magos - como sucede en España con toda razon -, sino el niño Dios. Los niños nos acostabamos mas temprano para que los regalos llegaran pronto, y eramos felices oyendo las mentiras poeticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenia mas de cinco años cuando alguien en mi casa decidio que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusion no solo porque yo creia de veras que era el niño Dios quien traia los jugetes, sino tambien porque hubiera querido seguir creyendolo. Ademas , por pura logica de adulto, pense entonces que tambien los otros misterios catolicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quede en el limbo. Aquel dia -como decian los maestros jesuitas en la escuela primaria - perdia la inocencia, pues descubri que tampoco a los niños los traian las cigueñas de Paris , que es algo que todavia me gustaria seguir creyendo para pensar mas en el amor y menos en la pildora.
Todo aquello cambio en los ultimos treinta años, mediante una operacion comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una desvastadora agresion cultural . El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses , que es el mismo Papa Noel de los franceses , y a quienes todos conocemos demasiado . Nos llego con todo : el trineo tirado por un alce , y el abeto cargado de juguetes bajo una fantastica tempestad de nieve. En realidad , este ursurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen San Nicolas ,un santo al que yo quiero mucho y porque es el de mi abuelo el coronel , pero que no tiene nada que ver con la Navidad , y mucho menos con la Nochebuena tropical de la America Latina. Segun la leyenda nordica , San Nicolas reconstruyo y revivio a varios escolares que un oso habia descuartizado en la nieve , y por eso lo proclamaron el patron de los niños . Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25 . La leyenda se volvio institucional en las provincias germanicas del Norte a fines del siglo XVIII , junto al arbol de los juguetes , y hace poco mas de cien años paso a Gran Bretaña y Francia . Luego paso a Estados Unidos , y estos nos lo mandaron para America Latina , con toda una cultura de contrabando : la nieve artificial , las candilejas de colores, el pavo relleno y estos quince dias de consumismo frenetico al que muy pocos nos atrevemos a escapar . Con todo , tal vez lo mas siniestro de estas Navidades de consumo sea la estetica miserable que trajeron consigo : esas tarjetas postales indigentes , esas ristras de foquitos de colores , esas campanitas de vidrio , esas coronas de muerdago colgadas en el umbral , esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del ingles ; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valia la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso , en torno a la fiesta mas espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando donde desaguar , o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala . Mentira : no es una noche de paz y amor , sino todo lo contrario . Es la ocasion solemne de la gente que no se quiere . La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables : la invitacion al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedo viuda hace quince años , a la abuela paralitica que nadie se atreve a mostrar . Es la alegria por decreto, el cariño por lastima, el momento de regalar porque nos regalan, y de llorar en publico sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobro de la Navidad anterior : la crema de menta , el licor de chocolate , el vino de platano . No es raro, como sucede a menudo , que la fiesta termine a tiros . Ni es raro tampoco que los niños - viendo tantas cosas atroces - terminen por creer de veras que el niño Jesus no nacio en Belen, sino en Estados Unidos.

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Carta a la Navidad del 2025

20. Carta a la Navidad del 2025

Querido abuelo Juan: Espero que reciba esta carta antes del 31, pues mi intención es obvia, saludarlo y desear así mismo la mayor felicidad para este año entrante, el 2025. Siempre recuerdo cuando nos sentábamos al pie del dique de nuestra ciudad, a mirar la variedad de viejas latitas de... Ver mas
Querido abuelo Juan:
Espero que reciba esta carta antes del 31, pues mi intención es obvia, saludarlo y desear así mismo la mayor felicidad para este año entrante, el 2025. Siempre recuerdo cuando nos sentábamos al pie del dique de nuestra ciudad, a mirar la variedad de viejas latitas de gaseosa que flotaban en él. Hoy le comento, al pasar diariamente por el dique, solo veo las de Coca Cola y una que otra de su competencia, usted sabrá bien abuelo, sólo quedaron como dueñas del mercado la Pepsi y la Coca. A pesar de eso, las recuerdo con mucho cariño, y cada una de esas latas, me recuerdan a usted.
Quería también contarle, que gracias a mis estudios en Harvard y a mis tres idiomas obvios, he logrado conseguir un puesto de trabajo, y con un poco de esfuerzo supe encontrar mi ascenso a la jefatura y poder aplicar todo mi conocimiento en la materia. Gracias a esto, pude comprar una pequeña T.V que quedó muy bonita como centro de mesa, y otra mas importante para nuestro baño compartido con los vecinos del 14 "ab38", pues el ambiente se veía aburrido y es muy agradable ahora, tomar una ducha mientras uno se informa de algunos chismes de famosos. Luego a cenar, y a decidir en familia cuales van a ser los artículos que compraremos el mes entrante. Eso sí, con la ayuda de las ingeniosas publicidades que nos proporciona nuestra nueva T.V, que queda muy bonita como centro de mesa.
Mi querido abuelo. Quiero agradecerle de corazón, el empeño que puso en mi infancia para que estudiase los idiomas y demás títulos y masters. Hoy por hoy, puedo decir que soy un hombre con futuro, orgulloso de sus logros así como de sus virtudes.
Que en este año entrante goce de salud, armonía y felicidad.

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El dragón Agamenón (Dolores Espinosa)

21. El dragón Agamenón (Dolores Espinosa)

El dragón Agamenón. Dolores Espinosa, escritora española. En cierta ocasión en que me aburría un montón alguien me contó la historia de un dragón llamado Agamenón. Un dragón gruñón, tragón y fanfarrón. Un dragón gordinflas al que volar le costaba un montón. Agamenón, el dragón, vivía en... Ver mas
El dragón Agamenón. Dolores Espinosa, escritora española.

En cierta ocasión en que me aburría un montón alguien me contó la historia de un dragón llamado Agamenón. Un dragón gruñón, tragón y fanfarrón.

Un dragón gordinflas al que volar le costaba un montón. Agamenón, el dragón, vivía en una cueva situada en una montaña que está cerca, muy cerca, demasiado cerca, del Bosque Más o Menos Encantado donde vivían varias hadas, siete docenas de duendes, unos cuantos elfos, tres o cuatro brujas, un montón de gnomos, algún mago despistado, cinco o seis sapos hechizados, un par de lobos casi feroces, una abuela tarambana y su nieta Mariana, varias princesas con sus respectivos príncipes y sus respectivos padres y sus respectivas madres y sus séquitos y sus cortes y… bueno, con toda esa gente que acompaña a las princesas.

Vivían, además, unas seis decenas de enanos, tres gigantes, cuatro ogros, una o dos familias de osos (formadas cada una por papá oso, mamá osa y un pequeño osezno más -inexplicablemente- una pequeña niña rubia de cabello rizado). Vamos, que el Bosque Más o Menos Encantado, estaba super poblado.

Tanta, pero tantísima gent… perso… seres habitaban en aquel bosque que, en ocasiones, el ruido se volvía insoportable. Sobre todo cuando los habitantes del Bosque Más o Menos Encantado celebraban alguna fiesta… Y os puedo asegurar que se celebraban unas cuantas a lo largo del año.

Entonces no había quien soportara el alboroto y la algarabía que allá se montaba. El pobre Agamenón, que sufría de migrañas, lo pasaba fatal. El dragón gruñía y se enfadaba. Les gritaba que callaran. Pero cuanto más se enfadaba, más ruido hacían. Cuando Agamenón se enfadaba mucho, mucho, rugía y, con esfuerzo, lograba levantar su enorme panza del suelo y remontaba el vuelo mientras escupía fuego sobre el bosque.

Pero como tenía muy mala puntería, nunca lograba quemar ni medio arbolito. Así que los habitantes del Bosque Más o Menos Encantado seguían haciendo ruido y celebrando fiestas estridentes. Y a Agamenón no le quedaba más remedio que meterse en lo más profundo de su cueva para intentar librarse de aquella bulla.

La peor época de todas, para el dragón, era la Navidad. Agamenón lo pasaba realmente mal con tantísimas fiestas, una detrás de la otra, casi sin descanso durante tantísimos días. Cada año, cuando veía cómo el hada Muérdago se preparaba para esparcir la magia navideña por todo el mundo, Agamenón soñaba con que se le perdiera la cajita donde la guardaba y así poder librarse de la fiesta que más dolores de cabeza le provocaba.

Pero eso nunca ocurría… Hasta cierto año en que, aquella cajita, misteriosamente, desapareció. El hada Muérdago recorrió todo el bosque intentando encontrarla pero nadie sabía qué había sido de ella.

Claro que a Muérdago no se le ocurrió ir hasta la montaña y preguntarle a cierto dragón gruñón, tragón y fanfarrón. Porque si lo hubiera hecho… Bueno, si lo hubiera hecho Agamenón le habría dicho que no sabía nada de la dichosa cajita y que lo dejara en paz y que no fuera pesada, y que hay qué ver que menudos vecinos tenía que no dejaban de molestarle y que bla, bla, bla.

Y Agamenón le habría dicho todo eso muy serio y muy ofendido mientras, con su enorme cola, ocultaría un pequeño y brillante cofre que se parecía mucho, pero que mucho, a la cajita de Muérdago. Vamos, que el dragón habría mentido como un bellaco y sin que se le moviera ni una sola de sus relucientes escamas.

Sí, señoritos, señoritas y demás bichitos. Fue Agamenón, el dragón, quien robó la magia de la Navidad porque, por una vez, quería librarse de tanto ruido y tanta música y tanto griterío. Lástima que le saliera mal el plan y que, a pesar de todo, aquel año también hubiera Navidad.

Pero os voy a contar un secreto y espero que no se lo contéis a nadie porque si el dragón Agamenón se entera…. ufffff…. si se entera… Acercaos un poco que no nos oiga nadie. Pues, veréis, resulta que, esa Navidad, el dragón no tuvo ni una migraña, ni tan siquiera una pequeñita; no señoritas, señoritos y demás bichitos.

Y es que, cuando Agamenón abrió aquella cajita, toda la magia de la Navidad cayó sobre él y, aunque no llegó al extremo de unirse a los habitantes del Bosque Más o Menos Encantado (Agamenón, en el fondo, era muy tímido), sí que disfrutó, por vez primera, de las fiestas. Y había que ver al gordinflón con las alas engalanadas con espumillón y bolas y estrellitas y acebo y muérdago y cualquier adorno navideño que encontró por ahí. Hasta un árbolito lleno de lucecitas llegó a poner en su cueva.

Sí, señoritas, señoritos y demás bichitos, aquel año, gracias a su malvado robo, Agamenón se lo pasó en grande en Navidad y, a partir de entonces, no volvió a gruñir ni a quejarse ni a sufrir migrañas durante esas fiestas.

Y hasta, incluso, llegó a confesarle a Muérdago lo que había hecho y a pedirle disculpas. Pero, recordad, esto es un gran, gran secreto. Shhhhh…. que no se entere nadie. Que no se entere Agamenón, el dragón gruñón, tragón y fanfarrón que si se entera de que lo he contado… Uffff…. si se entera…

Fin

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Lo que lleva el Rey Gaspar (Azorín)

22. Lo que lleva el Rey Gaspar (Azorín)

Érase una vez tres reyes magos que vinieron de oriente siguiendo una estrella. Los tres son viejecitos. El rey Melchor es alto, con una barba blanca y unos ojos azules. El rey Baltasar tiene la piel negra y brillante, es el menos viejecito de todos. El rey Gaspar tiene la barba y el pelo rojo... Ver mas
Érase una vez tres reyes magos que vinieron de oriente siguiendo una estrella. Los tres son viejecitos. El rey Melchor es alto, con una barba blanca y unos ojos azules. El rey Baltasar tiene la piel negra y brillante, es el menos viejecito de todos. El rey Gaspar tiene la barba y el pelo rojo; tiene el porte de un rey, claro, ¡ es un rey !, su nariz cae como un gancho sobre la boca y en sus labios se dibuja una sonrisa misteriosa. Yo os digo, amigos míos, que no perdáis de vista a este viejecito...

Los tres reyes van caminando durante la noche por un camino largo; las estrellas brillan, serenas; abajo, en la tierra, tal vez a lo lejos, se ve el resplandor de una lucecita. Esta lucecita indica una ciudad. Los Magos van a recorrer sus calles, se detendrán ante las casas y dejarán en los balcones los regalos esperados. Ya lo habréis oído contar, estos reyes eran muy ricos y les ponían sus regalos a tooodos los niños de tooodas las casas, de tooodas las ciudades; pero ha pasado mucho tiempo y los tesoros de los magos ya no son tan abundantes. Así Melchor, Gaspar y Baltasar cada año sólo pueden dejar sus regalos a unos pocos niños.

Lo que lleva el Rey Gaspar_ Adaptación del Cuento de Azorin

Los Magos se han detenido a las puertas de la ciudad. Melchor, el de la barba blanca y los ojos azules, tiene una gran arca. Baltasar, que tienes los ojos color azabache, también, y en ella buscan algo para dejar en el balcón del niño elegido. Gaspar, amigos míos, no tiene arca, no tiene equipaje, ni caballo, ni asno en que llevar lo que ha de regalar a los niños, pero tiene una nariz un poco encorvada, unos ojos de mirada soñadora y una sonrisa misteriosa en sus labios.

Los tres Magos se disponen a entrar en la ciudad. Como van siendo ya pobres, no se paran en todos los balcones, sino que dejan sus regalos en unos y pasan de largo ante otros. Cada rey elige a un niño para dejarle su regalo. Y así de tanto en tanto, Melchor llega a una casa, abre su arcón y deja en la ventana su regalo. Lo que este rey de la barba blanca regala se llama "Inteligencia". Al cabo de un largo rato, Baltasar se detiene ante otra casa, mete la mano en su tesoro y pone su obsequio en la ventana. Lo que este rey de ojos negros como una noche sin luna regala es la "Bondad".

Lo que lleva el Rey Gaspar_ Adaptación del Cuento de Azorin

Y sólo el rey Gaspar, el rey de nariz picuda y labios sonrientes, sólo este rey pasa, y pasa y pasa ante los balcones y sólo se detiene ante uno, o dos, o tres de cada ciudad. Y ¿qué es lo que hace entonces el Rey Gaspar? ¿Qué es lo que regala este rey?. Todo el tesoro de este rey está en una diminuta caja de plata que él lleva en uno de sus bolsillos. Cuando Gaspar se detiene ante un balcón, allá, muy de tarde en tarde, coge su pequeña caja, la abre con cuidado y pone su regalo en el balcón. No es nada lo que ha puesto; parece insignificante: es como humo que se disipa al menor viento; pero este niño favorecido con tal regalo gozará de él durante toda su vida y no se separarán de él ni la felicidad ni la alegría.

Lo que lleva el Rey Gaspar_ Adaptación del Cuento de Azorin

El rey Gaspar ha depositado ya su regalo. Sus ojos verdes _no os he dicho antes que eran verdes_ brillan fosforescentes; su nariz parece que baja más sobre la boca, y en los labios se dibuja con más profundidad su sonrisa. Acercaos, niños; yo os quiero decir lo que el rey Gaspar lleva en su caja. Sobre la tapa, con letras diminutas, pone: "Ilusiones" .

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Cartas de Papa Noel (J.R.R. Tolkien)

23. Cartas de Papa Noel (J.R.R. Tolkien)

Durante unos veinte años los hijos de Tolkien tuvieron la gran suerte de recibir puntualmente una carta desde el polo Norte escrita personalmente por el mismísimo Papá Noel. Este no es un honor que tengan todos los hogares. Pero, animados por estos relatos, quizás en muchos otros, podría... Ver mas
Durante unos veinte años los hijos de Tolkien tuvieron la gran suerte de recibir puntualmente una carta desde el polo Norte escrita personalmente por el mismísimo Papá Noel. Este no es un honor que tengan todos los hogares. Pero, animados por estos relatos, quizás en muchos otros, podría correrse a partir de ahora la misma suerte.

En esas divertidas cartas les daba buenos consejos para poder recibir muchos regalos y, sobre todo, cuentan las mil y una peripecias que este querido personaje tiene que realizar para estar cada año en los hogares de todos los niños del mundo. Desde luego no es tarea fácil. Hay que cuidar de la casa y, sobre todo, de los almacenes donde va acumulando los regalos. No olvidarse de nada ¡ni de nadie!
Conoceremos más sobre la vida de Papá Noel: En la Navidad de 1920 en carta dirijida a John le dice textualmente: "Me he enterado que le has preguntado a tu papá cómo soy y dónde vivo. He hecho un autorretrato y he dibujado mi casa. Guarda bien el dibujo. Ahora mismo me marcho a Oxford con el saco lleno de regalos (algunos para ti). Espero llegar a tiempo: esta noche la nieve es muy espesa en el Polo Norte. Con cariño, Papá Noel".

No está sólo en esa trabajo. En las primeras cartas parece que el único ayudante que tiene es el Oso Polar del Norte. Pero, poco a poco, Papá Noel irá necesitando de más ayudantes. Los sobrinos de Oso Polar: Paksu y Valkotukka, que llegan al Polo Norte de visita y deciden quedarse con su tío; los muñecos de nieve, los elfos de la nieve, los gnomos rojos... y, ya al final, su imprescindible secretario, el elfo llamado Ilbereth.

Pero Papá Noel se verá metido en muchos peligros. Las corrientes de aire, las tormentas, las meteduras de pata de Oso Polar y, al final, los ataques de los trasgos, dificultan enormemente su tarea. En su defensa tendrán mucha importancia todos sus colaboradores y, especialmente eficaces contra los trasgos, los elfos.

Un libro muy entretenido para ir leyendo entre ratos y que nos hará más "navideña", si cabe, las fiestas de Navidad.

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El año que mamá Noel repartió los regalos de Navidad (Pilar Alberdi)

24. El año que mamá Noel repartió los regalos de Navidad (Pilar Alberdi)

El año que mamá Noel repartió los regalos de Navidad. Pilar Alberdi, escritora y Licenciada en psicología de España. Podría decir de este cuento que así fue, porque así me lo contaron, pero… a los hechos me remito. Como sabéis en Laponia, donde vive Papá Noel, hace un frío terrible, te casta... Ver mas
El año que mamá Noel repartió los regalos de Navidad. Pilar Alberdi, escritora y Licenciada en psicología de España.

Podría decir de este cuento que así fue, porque así me lo contaron, pero… a los hechos me remito. Como sabéis en Laponia, donde vive Papá Noel, hace un frío terrible, te castañetean los dientes, algunos días se te pegan las pestañas; de los techos de las casas cuelgan unas incisi¬vas y larguísi¬mas estalactitas. En fin… Cabe imaginar que en lugar tan maravilloso como inhóspito, las ardillas usan guantes; los lobos, lustrosas botas de cuero; y los renos, unos gracio¬sos gorros rojos con orlas blancas, que acaban en su punta con un gracioso pompón. ¡Pero qué os voy a contar que no sepáis! O… ¿no sois vosotros de los primeros en salir hacia los mercadillos navideños de las plazas de vuestros pueblos y ciudades, y allí miráis encantados las figuras del Belén, las zambombas, las bolsas de confeti, la nieve artificial… hasta que…, lo inevi¬table, volvéis al hogar con uno de esos maravillosos gorros rojos y blancos sobre vuestras cabezas? Pues… lo que iba a contaros: a punto estaba de llegar a Laponia como a todo el mundo el día de Navidad y Papá Noel amaneció con tos y fiebre. —Es gripe —decía con los ojos llorosos. Y muy preocu¬pado añadía…— ¡Qué va a ser de mis niñitas y niñitos! ¿Quién reparti¬rá las ilusio¬nes y esperanzas, tantos regalos como ellos esperan!

—Yo —gritó una vocecita pequeña y delgada como un airecillo primaveral que llegaba de la cocina. Papá Noel, pensó en un ratoncito. Lo había visto hacía tiempo protegiéndose del frío del invierno junto a la cocina de leña. —Yo —repitió la vocecita… que acercándose a Papá Noel, le trajo un gran vaso de leche con miel y un pastelillo—. Yo lo haré. Papá Noel escuchó sin decir nada. Y Mamá Noel, repi¬tió: —Yo lo haré…

Bueno, la verdad es que a Papá Noel ese cambio no le agradó mucho; él, se llevaba los honores; él recibía las cartas de millones de niñas y niños; de él se hablaba en todos los telediarios y periódicos del mundo… —Está bien —refunfuñó—, está bien. Los tiempos han cambia¬do. Lo reconozco. He de reconocerlo. Me parece… justo. Entonces Mamá Noel, consolándole, dijo: —No te preocupes, Papá. No lo notarán. Llevaré tu traje, me pondré un almohadón para imitar tu barriga, y… ¡Hasta una barba postiza! Fuera, el trineo estaba preparado. Sonaban los casca¬belillos de los arneses y los renos se movían ansiosos y expectantes. Nevaba y de los pinos caían espontáneos puñados de nieve. —No, no es justo —reflexionó Papá Noel—.No puedo permitirlo. Tú eres tú. Entonces Mamá Noel, dijo: —Bien, bien… Veo que los dos estábamos preparados para este cambio… —¡Atchiss! —contestó Papá Noel. Mamá Noel comenzó a vestir su propio traje. No se ajustó barba, ni tripa, ni cargó un saco gigante lleno de juguetes sobre su espalda como para demostrar cuán fuerte era para su edad. Se miró al espejo… No estaba mal. Era mayor, pero su rostro reflejaba serenidad. Enton¬ces, mirando a Papá Noel, se despidió: —Es hora de marchar. —Sí —dijo él. —Volveré pronto —susurró ella— dándole un cariñoso beso en la mejilla. —Te estaré esperando. Así fue como Mamá Noel, repartió los regalos de Navidad, pero… ¡Siempre hay un pero! Sólo algunas personas, las que esperaban el maravilloso acontecimiento de ver aparecer algún día a Mamá Noel, la vieron, y fueron muy dichosos. Llamaron a las agencias de noticias y, al día siguiente, la noticia que podía oírse y leerse en los noticiarios y en los periódicos, era: «Mamá Noel repartió los juguetes de este año». «Mamá Noel hizo las delicias de los niños». «El nuevo siglo nos ha traído a Mamá Noel». Pero Mamá Noel no pensaba sólo en esto, aunque la hacía muy feliz, sino en cómo estaría Papá Noel recuperán¬dose de su gripe. Cuando llegó a su casa de Laponia, y no os cuento ¡cuán cansados estaban los renos y Mamá Noel!, se encontró a Papá Noel cantando y amasando pastelillos en la cocina. —Hola cielo —dijo ella. —Hola, mi amor —contestó él. Era la primera vez que Papá Noel cocinaba. Además, había lavado la ropa y ordenado la casa. Juntos leyeron las noticias de los periódicos, y de todas ellas, la que más les gustó, fue una que decía: «El año que viene, las niñas y niños del mundo, podrán escribir —indis¬tintamente— a Mamá y a Papá Noel». ¡Lo habían conseguido entre todos! Los cambios en las personas y en las vidas, son así… Primero un deseo, un sueño, una posibilidad; luego, una realidad, y cuando esto sucede… ¡Qué maravi¬lloso el aire de fraterni¬dad que respira¬n las personas, y qué maravi¬llosa la luz que parece irradiar el mundo!

Fin

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Vanka (Anton Chejov)

25. Vanka (Anton Chejov)

Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad. Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del... Ver mas
Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.

Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada, y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.

Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró el icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.

El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.

«Querido abuelo Constantino Makarich -escribió-: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti...

Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecito enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Lo acompañaban dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica.

Le gustaba acercarse a la gente con suavidad, sin ser notado, y morderla en las pantorrillas. Con frecuencia robaba pollos de casa de los campesinos. Le pegaban grandes palizas; dos veces había estado a punto de morir ahorcado; pero siempre salía con vida de los más apurados trances y resucitaba cuando lo tenían ya por muerto.

En aquel momento, el abuelo de Vanka estaría, de fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de la iglesia, embromaría a los cocineros y a las criadas, frotándose las manos para calentarse. Riendo con risita senil les daría vaya a las mujeres.

-¿Quiere usted un polvito? -les preguntaría, acercándoles la tabaquera a la nariz.

Las mujeres estornudarían. El viejo, regocijadísimo, prorrumpiría en carcajadas y se apretaría con ambas manos los ijares.

Luego les ofrecería un polvito a los perros. El Canelo estornudaría, sacudiría la cabeza, y, con el gesto huraño de un señor ofendido en su dignidad, se marcharía. El Serpiente, hipócrita, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos, no estornudaría y menearía el rabo.

El tiempo sería soberbio. Habría una gran calma en la atmósfera, límpida y fresca. A pesar de la oscuridad de la noche, se vería toda la aldea con sus tejados blancos, el humo de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el cielo, miles de estrellas parecerían hacerle alegres guiños a la Tierra. La Vía Láctea se distinguiría muy bien, como si, con motivo de la fiesta, la hubieran lavado y frotado con nieve...

Vanka, imaginándose todo esto, suspiraba.

Tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo:

«Ayer me pegaron. El maestro me cogió por los pelos y me dio unos cuantos correazos por haberme dormido arrullando a su nene. El otro día la maestra me mandó destripar una sardina, y yo, en vez de empezar por la cabeza, empecé por la cola; entonces la maestra cogió la sardina y me dio en la cara con ella. Los otros aprendices, como son mayores que yo, me mortifican, me mandan por vodka a la taberna y me hacen robarle pepinos a la maestra, que, cuando se entera, me sacude el polvo. Casi siempre tengo hambre. Por la mañana me dan un mendrugo de pan; para comer, unas gachas de alforfón; para cenar, otro mendrugo de pan. Nunca me dan otra cosa, ni siquiera una taza de té. Duermo en el portal y paso mucho frío; además, tengo que arrullar al nene, que no me deja dormir con sus gritos... Abuelito: sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho respeto y te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me moriré.»

Vanka hizo un puchero, se frotó los ojos con el puño y no pudo reprimir un sollozo.

«Te seré todo lo útil que pueda -continuó momentos después-. Rogaré por ti, y si no estás contento conmigo puedes pegarme todo lo que quieras. Buscaré trabajo, guardaré el rebaño. Abuelito: te ruego que me saques de aquí si no quieres que me muera. Yo escaparía y me iría a la aldea contigo; pero no tengo botas, y hace demasiado frío para ir descalzo. Cuando sea mayor te mantendré con mi trabajo y no permitiré que nadie te ofenda. Y cuando te mueras, le rogaré a Dios por el descanso de tu alma, como le ruego ahora por el alma de mi madre.

«Moscú es una ciudad muy grande. Hay muchos palacios, muchos caballos, pero ni una oveja. También hay perros, pero no son como los de la aldea: no muerden y casi no ladran. He visto en una tienda una caña de pescar con un anzuelo tan hermoso que se podrían pescar con ella los peces más grandes. Se venden también en las tiendas escopetas de primer orden, como la de tu señor. Deben costar muy caras, lo menos cien rublos cada una. En las carnicerías venden perdices, liebres, conejos, y no se sabe dónde los cazan.

«Abuelito: cuando enciendan en casa de los señores el árbol de Navidad, coge para mí una nuez dorada y escóndela bien. Luego, cuando yo vaya, me la darás. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna; dile que es para Vanka. Verás cómo te la da.»

Vanka suspira otra vez y se queda mirando a la ventana. Recuerda que todos los años, en vísperas de la fiesta, cuando había que buscar un árbol de Navidad para los señores, iba él al bosque con su abuelo. ¡Dios mío, qué encanto! El frío le ponía rojas las mejillas; pero a él no le importaba. El abuelo, antes de derribar el árbol escogido, encendía la pipa y decía algunas chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka. Jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el hachazo que sobre uno de ellos debía descargar la mano del abuelo. De pronto, saltando por encima de los montones de nieve, aparecía una liebre en precipitada carrera. El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y, agachándose, gritaba:

-¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo!

Luego el abuelo derribaba un abeto, y entre los dos lo trasladaban a la casa señorial. Allí, el árbol era preparado para la fiesta. La señorita Olga Ignatievna ponía mayor entusiasmo que nadie en este trabajo. Vanka la quería mucho. Cuando aún vivía su madre y servía en casa de los señores, Olga Ignatievna le daba bombones y le enseñaba a leer, a escribir, a contar de uno a ciento y hasta a bailar. Pero, muerta su madre, el huérfano Vanka pasó a formar parte de la servidumbre culinaria, con su abuelo, y luego fue enviado a Moscú, a casa del zapatero Alajin, para que aprendiese el oficio...

«¡Ven, abuelito, ven! -continuó escribiendo, tras una corta reflexión, el muchacho-. En nombre de Nuestro Señor te suplico que me saques de aquí. Ten piedad del pobrecito huérfano. Todo el mundo me pega, se burla de mí, me insulta. Y, además, siempre tengo hambre. Y, además, me aburro atrozmente y no hago más que llorar. Anteayer, el ama me dio un pescozón tan fuerte que me caí y estuve un rato sin poder levantarme. Esto no es vivir; los perros viven mejor que yo... Recuerdos a la cocinera Alena, al cochero Egorka y a todos nuestros amigos de la aldea. Mi acordeón guárdalo bien y no se lo dejes a nadie. Sin más, sabes que te quiere tu nieto

VANKA CHUKOV

Ven en seguida, abuelito.»

Vanka plegó en cuatro dobleces la hoja de papel y la metió en un sobre que había comprado el día anterior. Luego, meditó un poco y escribió en el sobre la siguiente dirección:

«En la aldea, a mi abuelo.»

Tras una nueva meditación, añadió:

«Constantino Makarich.»

Congratulándose de haber escrito la carta sin que nadie lo estorbase, se puso la gorra, y, sin otro abrigo, corrió a la calle.

El dependiente de la carnicería, a quien aquella tarde le había preguntado, le había dicho que las cartas debían echarse a los buzones, de donde las recogían para llevarlas en troika a través del mundo entero.

Vanka echó su preciosa epístola en el buzón más próximo...

Una hora después dormía, mecido por dulces esperanzas.

Vio en sueños la cálida estufa aldeana. Sentado en ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka. El perro Serpiente se paseaba en torno de la estufa y meneaba el rabo...

FIN

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