Con el surgimiento de la Primera Guerra Mundial se suscitaron varios cambios; sobretodo, de índole político y social. En países como Alemania e Italia, principalmente, cobraron fuerza los regímenes totalitarios por encima de los gobiernos democráticos, dando paso así a corrientes como el Nazismo y el Fascismo.
El llamado Nacionalismo o Nazismo es idea original de Adolfo Hitler, la cual cobró fuerza importante para 1930. Ésta propugnaba la creación de un gobierno dictatorial, el cual apoyaba la militarización del pueblo; así como la nulidad de la democracia, el judaísmo y el comunismo. Racismo e imperialismo son, prácticamente, otras de sus características.
Por su parte, el Fascismo fue liderado por el italiano, Benito Mussolini, y es una corriente política que guarda cierta similitud con el Nazismo. Se opone a la democracia y a un estado socialista; pretende anteponer la nación a las personas, aprovechándose de sus miedos y frustraciones para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda.
Ambas ideologías se expandieron por varios países europeos e incluso americanos. A pesar de las terribles consecuencias aún, en estos tiempos, hay quienes comulgan con dichas propuestas y están a la espera de nuevos líderes que puedan aplicarlas.
Ser fascista o nazista es una elección personal y hay quienes han entendido ambas ideologías de la mejor manera, adoptando única y exclusivamente aquello que pudiera ser utilizado en servicio y bien de la sociedad en general.
Sin embargo, quien adopta dichas ideologías de forma estricta fomentan y apoyan el ejercicio de una política absolutista y totalitaria, desechando en su totalidad todo aquel orden democrático.
También significa rechazar todo aquel acto a favor del pacifismo y del progreso; es despreciar al individuo y sus derechos y siempre estará relacionado al odio que alguien puede sentir por el otro y exalta las prácticas racistas que ponen en peligro la vida de ambos bandos.
Fuente: de10.com.mx
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