3. Pamplona
LOS ALBORES
El núcleo primitivo de la ciudad de Pamplona se remonta al primer milenio a.C., cuando era una aldea habitada por vascones, de nombre Uruna o Iruna, emplazada en la parte más alta de una terraza sobre el río Arga, en un emplazamiento estratégico. Aunque está considerada como...
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LOS ALBORES
El núcleo primitivo de la ciudad de Pamplona se remonta al primer milenio a.C., cuando era una aldea habitada por vascones, de nombre Uruna o Iruna, emplazada en la parte más alta de una terraza sobre el río Arga, en un emplazamiento estratégico. Aunque está considerada como punto importante en el primitivo trazado viario de la Península Ibérica e inevitable lugar de paso para las primeras migraciones indoeuropeas, los historiadores creen que el núcleo primitivo pudo ser utilizado como escala por los celtas. Desde sus orígenes Pamplona muestra una decidida voluntad de ejercer su hegemonía sobre el territorio circundante.
ÉPOCA ROMANA Y VISIGODA
La romanización echa raíces en el siglo I antes de Cristo, cuando la ciudad romana se instala sobre el primitivo poblado vascón. Está fuera de dudas que en el invierno de los años 75 a 74 a. C. sirvió de campamento al general romano Cneo Pompeyo, durante su campaña contra Sertorio, al que se considera por ello fundador de "Pompaelo" , Pompailon, Pompeiopolis, del que deriva Pamplona, "la ciudad de Pompeyo" a partir de un poblado vascón autóctono. Los primeros historiadores romanos, cuentan la gran dificultad que tenían los generales de Roma en conquistar estas tierras.
La cristianización del territorio y la presencia cultural de Roma propiciarán la consolidación de Pamplona como capital política y religiosa. Pamplona ( Iruña ) se construyó con la intención de dominar las comunicaciones entre el Cantábrico, el río Ebro y los Pirineos por parte de los romanos, sirviendo de enlace entre la Península y el resto del Imperio a través de la Galia. Pompaelo crece hasta convertirse en un auténtico municipio romano, con foro y termas, que alcanza su máximo esplendor en el siglo II. Excavaciones en torno a la catedral han puesto de manifiesto la existencia de una ciudad desarrollada y dotada de servicios. El Museo de Navarra guarda testimonios de este momento crucial, cuando el primitivo poblado de vascones entró en la Historia de la mano de la civilización romana.
La ciudad conoció hacia el 275 las primeras incursiones germánicas, a las que en el 409 se sumaron las invasiones de suevos, vándalos y alanos. Queda constancia de la toma de la ciudad por los visigodos en el año 472, en la pluma de San Isidoro, y en la de San Gregorio de Tours, de las sucesivas conquistas de Childeberto I (511) y Clotario I (561). Navarra en general, y de manera especial Pamplona, en los siglos VI y VII fueron un constante objetivo militar para la monarquía visigoda, que trató de controlar, con escaso éxito, el territorio. Sin embargo convendrá precisar que esta empresa tuvo un interés secundario, dado que tenía lugar en un escenario alejado, remoto, para los monarcas visigodos. Wamba restaura sus murallas en el siglo VII, y es posible que en el 711, momento de la invasión islámica, el rey Rodrigo se encuentre en campaña militar frente a estos muros.
ALTA EDAD MEDIA
Las tropas musulmanas llegaron temprano a Pamplona, en el año 714, aunque su presencia fue efímera, ya que prefirieron arraigar en la Ribera, particularmente en la comarca de Tudela, donde los musulmanes permanecieron durante 400 años, concretamente hasta 1119. Después de la Conquista, Pamplona se somete a los musulmanes mediante pactos entre éstos y los jefes nativos. Y es lugar de flujo y reflujo en los sucesivos intentos de árabes y francos por romper el equilibrio establecido a ambos lados de los Pirineos. Desde el siglo VIII, el poder musulmán, a cambio de tributos, permite a la nobleza local conservar la religión cristiana y gozar de cierta libertad de acción.
Carlomagno, dentro de su política de expansión territorial, a la vuelta de una expedición a la Zaragoza musulmana, ocupó Pamplona y destruyó sus murallas en el año 778. Inmediatamente después, en Roncesvalles, cuando estaba a punto de abandonar la tierra de los vascones, sufrió una clamorosa derrota que inspiró la Chanson de Roland y que frustró su proyecto de constituir una zona de influencia carolingia en el valle del Ebro, similar a la Marca Hispánica de Cataluña. Tres años más tarde, Abd al-Rahman I reocupa la ciudad.
Tras los episodios visigodos, musulmanes y carolingios, en la segunda mitad del siglo IX la ciudad se afianza en el emergente núcleo cristiano, que al igual que en Aragón y Asturias, se configura como elemento de oposición frente al Islam instalado en el territorio de la monarquía visigoda, cuando la familia vascona de los Íñigo dio a Pamplona su primer caudillo, Íñigo Arista.
La dinastía Jimena, en el siglo X, vertebra este movimiento social y político y da lugar al Reino de Pamplona, así llamado originariamente y que así se llamará en los dos siglos siguientes, hasta que en 1164 se tomó el título de Reino de Navarra. Sancho Garcés I que reinó entre los años 905 al 925, se comprometía a acatar los Fueros, códigos de leyes que garantizaban el cumplimiento de los derechos de los navarros. Con este cambio de denominación se pretendía subrayar la soberanía del territorio, del conjunto de Navarra, y marcar distancias frente a la corona de Castilla, a la que en algún momento los monarcas navarros habían prestado vasallaje. Para sobrevivir ante los reinos de Castilla y Aragón, los reyes de Navarra se pusieron bajo vasallaje de los reyes de Francia e incluso las ultimas dinastías reales navarras ( los Thibault o Teobaldos, los Champagne, los Albret o Labrit ) eran de origen francés.
PAMPLONA MEDIEVAL, CAPITAL DEL REINO
En la Pamplona medieval predomina la autoridad del obispo, en tanto que el monarca tiene una corte itinerante, como es habitual en esta época. Pamplona se reducía entonces a una pequeña aldea campesina, denominada también Iruña y más tarde Navarrería, heredera histórica de la ciudad romana, habitada por labradores dependientes del obispo y sometida al dominio temporal del obispo. De hecho durante más de 300 años, de finales del siglo X hasta 1323, permanecerá bajo la autoridad del obispo. Mientras tanto, el rey vive a compás de las coyunturas militares y políticas, y establece su corte itinerante en otras poblaciones del reino antes que en Pamplona, donde aunque también tiene palacio no se encuentra cómodo, pues su jurisdicción puede entrar en colisión con la episcopal.
La Pamplona medieval no es una, sino tres. La política repobladora de los monarcas pamploneses que inicia Sancho Ramírez (1076), dinamizada por el auge espectacular del Camino de Santiago, motiva el surgimiento de nuevos núcleos urbanos junto a la ciudad originaria. Aquí existen, a veces a duras penas, tres núcleos urbanos diferenciados jurídica y socialmente. Cada uno de ellos tiene sus propias autoridades municipales, sus ordenanzas y sus murallas.
El primitivo poblado vascón, tradicionalmente llamado Iruña, después romanizado, alberga a los navarros, a los pobladores autóctonos; es el barrio de la Navarrería.
En el burgo de San Cernin —San Saturnino, en castellano— impulsado por la corona en los años 1090-1100, se ha establecido el influyente grupo de francos, burgueses, comerciantes, en buena parte procedentes de Francia de donde han traído su lengua y sus devociones —San Cernin se venera en Toulouse—a los que Alfonso I el Batallador le extendió el fuero de Jaca en 1129.
La población de San Nicolás constituye el tercer núcleo urbano de Pamplona, con una sociedad más heterogénea en su procedencia y condición social, -navarros y francos-, que actuará como fermento de la futura Pamplona favorecido también con el mismo privilegio.
Estas dos nuevas poblaciones se apresuran a levantar sus iglesias parroquiales y sus recintos amurallados para dejar patente su autonomía respecto al cabildo catedralicio. La trama urbana se completaba con otros núcleos menores: el pequeño burgo de San Miguel y la aljama judía junto a la Navarrería y la "Pobla Nova del Mercat', de labradores, sobre tierras del mercado del burgo de San Cernin.
Cuando en 1189 Sancho el Sabio favorece al núcleo de la Navarrería con un privilegio real que la fortifica y la repuebla, se inicia una sucesión de enfrentamientos y rencillas entre los tres burgos que dura tres siglos debido a las diferencias de origen de sus habitantes, privilegios y dependencia real o eclesial.
La división en barrios o burgos se mantendrá a lo largo de los siglos XIII y XIV, con su secuela de conflictos y violencia que frena el desarrollo de la ciudad. Orígenes, intereses y ocupaciones a menudo divergentes alimentaron frecuentes rencillas entre los tres burgos principales. La tensión alcanza su mayor intensidad en 1276, cuando al calor de la crisis política suscitada por la llegada de una dinastía extranjera al trono navarro, los Capetos, reyes de Francia, las tropas francesas asaltan el barrio de la Navarrería, matan a sus habitantes y arrasan las propiedades. El obispo, que ha padecido con especial virulencia el saqueo, pierde su tradicional hegemonía sobre la ciudad, que pasará definitivamente bajo control del monarca.
Navarra da un paso decisivo hacia el futuro, bajo la dinastía de la casa de Champaña y con los reinados de Teobaldo I, Teobaldo II y Enrique I como protagonistas. Poco a poco se van dejando atrás las viejas formas y estructuras, dando paso a otras más acordes con la modernidad de la época, tanto en apartados económicos como sociales, apostando por aires europeístas en su proyección exterior y en distintas reformas administrativas, que marcan el comienzo de una nueva era que, los historiadores, engloban hasta la muerte de Enrique I en 1274.
La llegada de la casa de Evreux al trono de Navarra en 1328 abre una época de consolidación política y de desarrollo económico y cultural. Sin embargo, la situación de casi continua guerra civil entre los burgos de la que no se libra, tampoco, la rica judería, persiste hasta el 8 de septiembre de 1423, fecha en que Carlos III, EL NOBLE, rey de Navarra, promulga el Privilegio de la Unión, fuero municipal que integra a las tres poblaciones bajo una sola autoridad municipal y bajo el mismo escudo heráldico y que va a durar hasta la implantación del nuevo régimen en 1836. Supone la fusión perpetua de "la ciudad", "el burgo'' y "la población" en un solo municipio con alcalde, justicia y jurados comunes. La ciudad calificada a partir de ese momento de 'muy noble', dispondría así en adelante de un emblema definitorio: el blasón con león rampante sobre campo de azur y la corona símbolo del juramento de los reyes en la Catedral. Al fin la ciudad supera sus enfrentamientos fratricidas e inicia un periodo de desarrollo del que da testimonio el conjunto arquitectónico de la Catedral, en el que destacan el claustro del gótico final y el soberbio sepulcro, esculpido por artistas borgoñones, en el que reposan Carlos III el Noble y su esposa.
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